Hay dos ámbitos de la sociabilidad burguesa —la función de la literatura y la práctica del amor— a los que la muerte de la intimidad y la fuerza de la colectivización han modificado muy pronto. Sender ha comprobado que en la nueva Unión Soviética los escritores, cuando se reúnen, no hablan de literatura sino de política. Y que, si bien las bibliotecas abundan, los libros se traducen y florecen las literaturas en todas las lenguas de la Unión, lo más importante es el triunfo del nuevo teatro realista que, en gran medida, es una creación colectiva que implica a muchos, a autores y actores, a tramoyistas e iluminadores. En rigor, el motivo de la invitación de Sender era la celebración de una Olimpiada de Teatro Popular a la que, aunque lo oculte, asistieron otros colegas españoles de los que nuestro escritor no era el menos cualificado: en 1932 había publicado un volumen, Teatro de masas, que daba cuenta de algunas novedades de la escena europea revolucionaria. En las páginas de Madrid-Moscú lo sabemos discrepante del culto al poeta suicida Vladimír Maiakovski que, en su opinión, encarna «el espíritu ruso tradicional, confuso, alucinado, no se sabe si contemplativo o dinámico, o las dos cosas juntas. Maikovski era la Rusia revolucionaria, enferma de occidentalismo». Por eso, sin duda, aprueba las manifestaciones de sus oyentes, al final de su conferencia sobre literatura española pronunciada en la Biblioteca de la Unión de Escritores: a ellos les gustan Baroja y Valle-Inclán y, «en cuanto a Unamuno, se ríen y confiesan que no lo entienden». Con ellos también coincide en pensar que «Dostoyevski está liquidado» y mucho más Leonid Andréyev, que siempre fue un ruso blanco en una «lucha contra los fantasmas», mientras que «a Tolstói lo admiran con una especie de compasión que quizá provenga del hecho de verlo toda su vida dedicado a conmover con la ternura y el bien, con la virtud cristiana y la bondad, a la pequeña burguesía de todo el mundo».

En cuanto al porvenir de la efusión erótica, Sender parece haber tenido primera noticia de un horizonte distinto al ver, despreocupadas, sonrientes y esbeltísimas, a las gimnastas de los parques públicos. Pero el tema comparece de forma más evidente en un interludio descriptivo y risueño —«La luz, la lluvia, el amor y otros meteoros»— a mitad del libro: son «unas pequeñas notas desperdigadas que se obstinan en huir o en ocultarse en los bolsillos». Entre ellas está el recuerdo del grito de alegría de una muchacha, oído en una enorme casa vecinal, a la que ha respondido el grito de un muchacho. Y es que —cavila el autor que ha venido hablando de la luz diferente de Moscú y de Leningrado, de los chaparrones repentinos y del grato calor de los mediodías— «el amor en la Unión Soviética tiene algo de meteoro, como la luz o la lluvia». Algunas páginas después, el capítulo «Conversación frustrada con la camarada Kuster sobre el amor» permite a Sender despacharse a gusto sobre el tema: «Este país es el único donde sobre la base de una libertad completa y de una moral instintiva, sana y fuerte, el encuentro de un hombre y una mujer puede ser, mejor que en ninguna otra parte, el amor». La camarada Kuster —mujer «de mediana edad, no muy guapa» y «un poco deshabitada y ausente»— lo acusa de «misticismo», pero Sender suspende la plática, justo cuando ella va a tomar la palabra… La respuesta extensa quedó, sin duda, para un libro que la edición de Madrid-Moscú daba como de inminente aparición, Carta desde Moscú sobre el amor. (A una muchacha española), también impreso por Pueyo y que vio la luz a finales de 1934.

Es más que posible que las objeciones de la camarada Kuster a las opiniones de Sender tuvieran que ver con la interpretación más libertaria que comunista que el escritor hacía de las conquistas morales del régimen. Lo cierto es que —no solamente en estos aspectos— Sender se inventaba un comunismo que se compadecía bastante mal con la realidad del primer estalinismo. Puede que la ortodoxia marxista del momento suscribiera lo que Sender dice en «De una carta sobre la actitud moral ante Rusia» acerca de la relación de las viejas utopías igualitarias con la construcción del comunismo: los sueños de Platón, Agustín de Hipona y Tomás Moro —sostiene Sender— nada tienen que ver con algo que «está fundado sobre la técnica y la economía. Su historia no comienza con Licurgo, ni con Platón, ni con Isaías». Pero es muy dudoso que los miembros del Comité Central aceptaran el final de la argumentación: «[Su historia] comienza en el desarrollo del capitalismo industrial en Europa». Y menos todavía verían con buenos ojos el contenido del capítulo «De otra carta sobre lo secundario y principal» donde Sender va bastante más allá del planteamiento leninista de la Nueva Economía Política (NEP) y afirma que «el capitalismo nos ha dado un excelente arsenal de cultura técnica, de conocimientos y de experiencia de organización […]. Es más sencillo: aprovechar los mejores elementos del capitalismo para dar a la civilización un camino más seguro […]. Este sistema no es negación del capitalismo sino su consecuencia dialéctica». Y tampoco es fácil que el estalinismo diera por buenas las críticas que, en «Conclusiones del último amanecer en la plaza Roja», un Sender que ha ingerido bastante vodka expone ante un general que, no menos achispado, le ha pedido su opinión al respecto: nuestro escritor señala que en el ambiente intelectual ha advertido una posición demasiado «servil» respecto a las grandes figuras culturales de Occidente, lo que no es ajeno al complejo de inferioridad política que ha percibido en otros dirigentes. Pero, sobre todo, no entiende la inflexibilidad doctrinaria que se empeña en desdeñar las diferencias de los países occidentales a la hora de diseñar sus procesos revolucionarios. Posiblemente, ni siquiera un afable general, tras una noche movida, hubiera aceptado sin alarma una afirmación que desmontaba el principio de subordinación de los partidos comunistas europeos al todopoderoso Komintern…

La despedida, sin embargo, regresa a la misma ortodoxia que expresaba la carta a sus camaradas que se dio a conocer en la revista Octubre: «Ahí queda ese enjambre afanoso de hombres nuevos con la misión abrumadora de edificar otra humanidad […]. Cada vez que claváis el azadón en la estepa tiembla el campo andaluz, se agitan las espigas en Egipto y la vibración llega al cogollo financiero de Nueva York. Cada vez que estalla un barreno en Siberia se estremecen las cajas blindadas de los bancos en Inglaterra, en Alemania, en Francia». Ante la realidad de esa nueva humanidad, los sueños anarquistas quedan muy lejos… Y, sin embargo, recién llegado a París desde Viena, harto de discusiones bizantinas con intelectuales, Sender acude a un acto libertario donde se habla de Casas Viejas: «Había tal histrionismo y tal vanidad pequeñoburguesa que me marché decepcionado». El final del libro es una finta magistral, entre la contumacia y la decepción, entre la fe y el escepticismo… Porque quizá la verdad esté en el viejo communard que, a la salida del acto, gritaba «enronquecido, delirante, su grito de los quince años: “Vive la Commune!”». Sender sabe que «vitoreaba su propia juventud encendida y poderosa. Y esa sinceridad no es más que cierta lealtad biológica a sí mismo. Pero no crean ustedes que es tan poco como parece».

 

EL FINAL DE UNA ILUSIÓN

El año de 1934 fue, para Sender, de una fecundidad prodigiosa. Publicó sus dos libros moscovitas —Madrid-Moscú y Carta de Moscú sobre el amor—, además de Viaje a la aldea del crimen. (Documental de Casas Viejas), pero también dio a las prensas una novela onírico-simbólica, La noche de las cien cabezas, de rasgos expresionistas, y un hermoso libro de crónicas, Proclamación de la sonrisa, que reúne muchas de las publicadas en La Libertad con anterioridad a 1933. El título, tan provocativo, invoca una nueva actitud y, en igual medida, la comparecencia de un nuevo autor-personaje. Ahora Sender vindica al dandy porque su curiosidad universal, su ligereza y su mirada, entre humorística y conmovida, han representado siempre lo más lúcido de la burguesía de cada época. Es patente que el autor ha decidido, después de sus viajes purgativos al horror y a la esperanza, una excursión más serena donde se combinan bellísimas estampas autobiográficas ambientadas en el Alto Aragón, recuerdos más cercanos de la guerra del Rif, estampas de la corrompida política europea y encuentros con la obra de otros escritores.

La Proclamación no es un libro desengañado, pero sí expectante. En octubre de 1934, los sucesos de Asturias —una insurrección armada, donde confluyeron socialistas, comunistas y anarquistas, que fue brutalmente reprimida— le suscitó serias dudas políticas; ante el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, su actitud fue, sin embargo, inequívoca y el escritor participó activamente en la propaganda republicana y fue un oficial adscrito al Estado Mayor republicano en la defensa de Madrid contra los franquistas. Su interesante novela de guerra, Contraataque (1938), muy pronto traducida al inglés y al francés, sigue fielmente las pautas comunistas de interpretación de la «república burguesa», de la constitución del Frente Popular y del esfuerzo solidario de resistencia contra la sublevación. Por eso, las circunstancias de su ruptura con el Partido Comunista no son muy claras: su marcha a Estados Unidos, donde participó en la propaganda oficial republicana, no parece haber sido una deserción en toda regla (como sostuvo, por ejemplo, el comunista Enrique Líster), pero lo cierto es que el autor ya no volvió a su país y permaneció en América. En México mantuvo relaciones —más bien editoriales— con los muy activos trostkistas de la capital; en Estados Unidos —donde entró gracias a los buenos oficios de Eleanor Roosevelt— fue acogido como un notorio refugiado europeo de izquierdas y sus trabajos vieron la luz en las revistas más importantes del progresismo procomunista norteamericano anterior al macartismo.

Aquel difícil viraje personal dejó huellas significativas en su obra: algunas tienen una nada desdeñable hondura simbólica —Proverbio de la muerte (1939), luego ampliada bajo el título La esfera (1947 y 1969)— y otras, un tono más autobiográfico, aunque siempre tocado de imaginaciones alegóricas, como Los cinco libros de Ariadna (1957) y Nocturno de los 14 (1969). El desengaño que narró fue el mismo de otros escritores a los que admiró o conoció, como Albert Camus, John Dos Passos, Arthur Koestler y George Orwell. Y sus obsesiones anticomunistas tardías y sus manías persecutorias tampoco faltaron en algunos otros miembros de su cofradía. Hoy, lejos del lazareto en que se confinó a bastantes de sus protagonistas, el anticomunismo intelectual se nos aparece como un humanismo de supervivencia que no siempre negaba todo su pasado, ni se entregaba en brazos de la reacción: resulta recomendable leer a la luz de esa trayectoria posterior las páginas febriles de Madrid-Moscú que —más allá de sus cegueras y sus legítimas esperanzas, que de todo hay…— son una inmersión de primer orden en la cenagosa historia del siglo xx.

 

Nota: el presente artículo es una abreviatura del prólogo «Años treinta: Sender en la Unión Soviética», en Ramón J. Sender, Madrid-Moscú. Notas de viaje, 1933-1934, Madrid, Fórcola, 2017 (col. Siglo XX), pp. 5-29. Agradezco a su editor, Javier Jiménez, que me haya permitido utilizarlo.

 

[i] Pueden leerse estos trabajos juveniles en Primeros escritos (1916-1924), ed. Jesús Vived Mairal, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1993.

[ii] Citan ese informe Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza en su libro sobre el Komintern y España, Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939, Barcelona, Planeta, 1999.

[iii] Sobre la producción militante de Sender hay dos monografías de interés: Patrick Collard, Ramón J. Sender en los años 1930-1936. Sus ideas sobre la relación entre política y sociedad, Universidad de Gent, 1980, y la más completa de José Domingo Dueñas Llorente, Ramón J. Sender. Periodismo y compromiso (1924-1939), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1994.

 

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]