Y es que la aventura es la contrapartida del desgarro de la unidad. La aventura y el ir a la ventura configuran las coordenadas fundamentales del antídoto contra el dolor y sufrimiento que genera la condición trágica del sujeto. Es un antídoto sutil, que no es ni analgésico ni sedante, sino que orienta al individuo a mirar lo real de una manera distinta. Errar hasta perderse, hasta extraviarse en los confines más recónditos, para, finalmente, poder alcanzar una cierta sabiduría. Bruno representa como nadie dicho extravío sin fin de la aventura. Su viaje, su travesía, no sólo es física, topológica, espacial, sino que es interior. Bruno se extravía hasta perderse definitivamente en la oscuridad de su alma. Pero ahí, en esa oscuridad, alcanza una grieta, una falla que, a su vez, es irrenunciable: la grieta de la libertad. De forma análoga acontece con el personaje de Víctor en Transeuropa. Su viaje a Moscú, su deambular errático por la ciudad y su noche iniciática con Raisa son momentos en los que se mueve en busca de algo que desconoce por completo, pero que sabe que no puede renunciar. Incluso en el desenlace iniciático, donde el autorreconocimiento parece perfecto, donde la cuestión del doppelgänger parece desvanecerse definitivamente, hay un resto que no se puede absorber, hay un resquicio que la aventura no puede integrar plenamente en el botín de las conquistas. Leonardo Carracci, en Lampedusa, también apuesta por la aventura como antídoto para superar la perdición de su Irene. Su paz, si es que alguna vez la ha tenido, se ha esfumado. Cree moverse por un amor que cataloga de infinito, inabordable, inconmensurable, pero, en realidad, es lo desconocido aquello que lo guía por todas sus andaduras en Lampedusa y luego en el frente de la guerra. Gabriel y Tomás, en Desciende, río invisible, encaran una aventura sin paliativos. Una errancia sin destino aparente, sin meta que alcanzar, donde hay una orientación improvisada, y en la que las planificaciones, que parecen muy seguras, en realidad responden a estímulos del instante. En La razón del mal, en cambio, varía la perspectiva ya que la aventura, enigmática y trágica, está condicionada por la ciudad. Es ese microcosmos, con su maldición, la que somete a sus protagonistas a la deriva. Nada es seguro, ningún elemento de la ciudad es confiable. Incluso la amistad tan sólida entre Gabriel y David se ve enturbiada por el decoro, o también podríamos definir por la desconfianza, de la mujer de David al no informarle de la «infección» de su marido.

Sin embargo, como se apuntó más arriba en el caso de Bruno, el ir a la ventura, la aventura, son condiciones para que irrumpa algo irrenunciable, para que se horade la membrana de la fatalidad. Dicho en otros términos, la aventura es la condición para que emerja la grieta de la libertad. De ahí lo de la contrapartida al desgarro de la edad de oro (inexistente). La aventura proporciona unas coordenadas que no responden a intereses ni planificaciones. Nada es seguro, nos movemos en un terreno inestable. Pero nos movemos, en definitiva. Y eso indica cierta brecha, algún tipo de falla por la que se infiltra la libertad.

Falla por la que, por otro lado, también se infiltra el enigma. Las certezas son escasas, los dogmas deben ser desalojados de nuestra existencia. El enigma es la consecuencia de nuestra condición trágica, y de la aventura en la que estamos inmersos. Libertad y enigma son en el haz y el envés de la luz que se infiltra por la grieta de la libertad. La existencia es enigmática, donde las preguntas siempre son más trascendentales que las respuestas. ¿A dónde se dirige Bruno en su huida sin fin en las postrimerías de El asalto del cielo?, ¿por qué Leonardo Carracci espera lo imposible en su retiro en Lampedusa?, ¿qué hay de los motivos reales, más allá de la deuda de la amistad, de Gabriel para acompañar en su viaje de despedida a Tomás?, ¿de dónde emerge el sortilegio de La razón del mal y por qué se desvanece?, ¿es el autorreconocimiento de Víctor, en Transeuropa, una forma de liberación o bien, por el contrario, es la avanzadilla a un nuevo estado misterioso y enigmático en el que el autoconocimiento no es más que una de la infinitas máscaras producidas por los experimentos con su memoria?, ¿qué es lo que le conduce a Gaudí a encerrarse en su cripta y realizar todas las representaciones más o menos macabras que se nos han legado? Enigma tras enigma, los personajes de la obra literaria de Argullol siempre se mueven en la incertidumbre, en el desamparo en su pesquisa de respuestas cerradas y exhaustivas. Todo fluye en una apertura de posibilidades que carece de fin, como una matrioshka inacabable, en la que cada capa da lugar a una nueva figura ad infinitum. Y es que las preguntas están preñadas de más preguntas, jamás de respuestas. Como dirá Argullol en innumerables ocasiones a lo largo de su escritura transversal, el alma, si es que existe, únicamente la podemos concebir como una interrogación infinita. El alma son las preguntas. Sin embargo, y lejos de dejarnos llevar por un supuesto pesimismo positivista, esa incertidumbre no paraliza sino que, más bien, sucede lo contrario. Son los interrogantes los que nos lanzan a la aventura. Por ello, debe volverse a lo dicho en anterioridad: es esa ausencia de coordenadas rígidas, de pautas fijas, de sistemas omnicomprensivos, lo que nos incita a la búsqueda, lo que sedimenta, en definitiva, interrogante tras interrogante el subsuelo sobre el que se asienta nuestro deseo.

 

TIEMPO Y MEMORIA ORGÁNICA. EL TIEMPO QUE NO TRANSCURRE

Ahora bien, la cuestión del tiempo es crucial en el momento de articular los puntos observados en anterioridad. Somos libres al movernos en el enigma, estamos condenados, por nuestra condición trágica, a la aventura sin fin. Pero para que ello sea efectivo, es necesario articular una determinada concepción del tiempo en la que la linealidad judeocristiana se derrumbe. Dicho en otras palabras, la temporalidad lineal, que defiende la continuidad de pasado-presente-futuro sin fisuras, es un espejismo que oculta, en realidad, un tiempo vivencial, orgánico, una temporalidad que, en resumidas cuentas, se anuda indisolublemente con la experiencia del sujeto. El tiempo es algo vivo y, por ese motivo, se encuentra completamente articulado con nuestra experiencia. Una experiencia que, por otra parte, no se circunscribe a lo que hemos vivido conscientemente. Lo soñado, fantaseado, las visiones, las alucinaciones, lo que se inscribe en nosotros sin ser conscientes… Es decir, todo aquello que no se reduce a lo que vivimos de una forma más o menos consciente, sino que, en realidad, la experiencia abarca todo un espectro de realidad que se nos escapa por completo. De ahí que el tiempo sea algo orgánico, dúctil, híbrido, donde lo que superficialmente creemos que es pasado, presente y futuro, en realidad, se trate de dimensiones que se penetran mutuamente dando lugar a una perspectiva multidimensional. Y esto se traduce en la narrativa de Argullol. El tiempo, tanto el narrativo como el interno de los propios personajes de sus novelas, está desajustado. Time is out of joint. El presente se alimenta sin cesar de aquello que creemos que es el pasado y del presunto porvenir. Asimismo, el futuro, o lo que creemos que es el futuro, en realidad es una prolongación de lo que creíamos que ya estaba muerto y enterrado en el pretérito. El tiempo se confunde continuamente para dar lugar a una dimensión de vivencias de verdadera riqueza ontológica. En Lampedusa es una historia del pasado la que llena el presente y futuro de nuestros protagonistas. En Transeuropa, pretérito y porvenir inundan cada instante de la obra, a modo de flashbacks y premoniciones. Mi Gaudí espectral está construida de tal manera que sea el pasado el que lleve el peso narrativo, pero siempre hibridándose con el presente y el futuro (sobre todo, en los constantes replanteamientos de la relación del personaje de Gaudí con el desarrollo de la ciudad de Barcelona a lo largo de los años).

Asimismo, los sueños tienen un carácter profético en algunos casos, mientras que en otros tienen un componente claramente explicativo respecto a la vida pasada de alguno de sus personajes. Ello es así, dicho nuevamente, porque el tiempo y la experiencia se encuentran entremezclados de tal manera que es imposible discernir los diferentes componentes que históricamente se han compuesto el tiempo.

Asimismo, dirá Argullol, esta temporalidad vivencial se acaba traduciendo en la memoria orgánica. El tiempo que va más allá de la cotidianidad, ese instante preñado de un sentido siempre excesivo y, por ello, inabordable, se encarna, y ese espacio en el que se materializará será el cuerpo. El tiempo no es una fantasma abstracto o metafísico, sino que se inscribe en todo momento en nuestra piel, se manifiesta continuamente en nuestra carne. Lampedusa, El asalto del cielo, Davalú o Visión desde el fondo del mar, entre otros, son buena prueba de ello. Un cuerpo que carece de historia es realmente un organismo extinto, o bien, en el mejor de los caso, un cuerpo enfermizo (El asalto del cielo, Desciende río invisible, Davalú, Tratado teológico-erótico), donde la existencia transita sin expectativas pero tampoco sin recuerdos (Transeuropa). Puro instante vacío, simple transición que no es capaz de absorber ningún retazo vivencial. Si, por ejemplo, nos vamos a Davalú, se verá este fenómeno descrito con una minuciosidad admirable. El dolor recluye al cuerpo a la pura cotidianidad, al simple ir pasando de los días. Cautivo de la vacuidad y la estereotipia, no hay referencias pasadas ni expectativas del porvenir que permitan salvar el infierno de un presente que adolece de verdadera experiencia.