Este tiempo corporal requiere de una memoria orgánica, tal y como se apuntaba antes. La memoria clásica ofrece un recuerdo desvirtuado ya que se mueve siempre por el afán intelectualista de capturar plenamente los elementos y vivencias que configuran nuestro pasado. Pero en realidad, más bien, lo que hace es crear el mito sobre el que descansan nuestros autoengaños más absurdos. La memoria, efectivamente, debe considerarse como el instinto de la conciencia, y, por ese motivo, no hay lugar para la melancolía o la nostalgia, que, por otra parte, genera constantemente nuestra imaginación, desquiciada por apresar lo que es imposible de poseer. La verdadera memoria es la que permite que el torrente de vivencias acontezca sin que el sujeto intervenga para nada. Cercano a la mémoire involontaire de Proust, la memoria orgánica no construye el recuerdo, ni imagina lo acontecido, sino que se convierte en el topos donde irrumpe el enigma, la edad de oro, los momentos áureos… es decir, todos aquellos aspectos que trazan la verdadera dimensión de nuestra temporalidad. Víctor, en Transeuropa, no puede recordar. El pasado esta enmarañado en una serie de velos que lo ciegan absolutamente por lo que concierne a los puntos cardinales de su vida pasada. Tiene vaguedades, intuiciones, pero ninguna certeza. O peor aún: ha generado un mito, un relato ficticio de su vida pasada, que le oculta lo que verdaderamente es. Sin embargo, cuando escucha la interpretación de Vera de la pieza de Chaikovski, se inicia el mecanismo por el que la vivencia sobreviene a su memoria. Literalmente, Víctor es poseído por lo que ha sido y por aquello que, hasta ese momento, era incapaz de reconocer como suyo, debido a los experimentos de su verdadero padre. Lo importante, en cualquier caso, es que la experiencia emerge sin previo aviso. Es verdad que se necesita del acicate musical, de la intervención de un factor externo que desencadene la emergencia de las vivencias (de nuevo, la analogía con la mémoire involontaire proustiana es patente), pero lo esencial consiste en que el tiempo es el que emerge en el cuerpo de Víctor, el que lo posee por completo para decirle quién es.

 

SER POSEÍDO POR LA EXPERIENCIA

En todo este punto, es patente la necesidad de concebir la experiencia como un acontecimiento, como algo que nos desborda, que nos sobrepasa y que hace trizas las cadenas intelectuales que perpetuamente queremos imponer a lo real. La obra literaria de Argullol está repleta de esos acontecimientos que destrozan la cotidianidad para iniciar un nuevo curso de acción en la vida de los sujetos. En Lampedusa, es la convalecencia de Leonardo en casa de Marcella, y el episodio de su huida al mar, la que genera su ruptura existencial con Irene. La continuará amando, sí, pero lo hará desde otro punto vital, de una manera menos desesperada y, por qué no decirlo, más alejada. En El asalto del cielo, es la muerte de la amada la que troca definitivamente la existencia de Luis Bruno y lo arroja en la noche de su conciencia. En La razón del mal, la puesta en circulación del hechizo aniquila la cotidianidad, no sólo de Gabriel, su protagonista, sino de todos los personajes (exceptuando, eso sí, el caso de Ángela que se mantiene impertérrita restaurando el cuadro de Orfeo y Eurídice). En Tratado erótico-teológico es la ausencia prolongada de Anel la que genera el replanteamiento vivencial de los dos protagonistas de la obra.

Ser conquistado por la experiencia, eliminar cualquier afán intelectual de dominar las vivencias constituyen un aspecto esencial en la propuesta filosófico-literaria de Argullol. Y evidentemente que, cuando no tenemos el control, el desasosiego puede hacer acto de presencia. Lo incierto, como se analizaba más arriba, es una condición trágica, incluso angustiosa, pero también es aquello que nos abre el resquicio por el que se asoma nuestra libertad. Nuestro viaje hacia el autoconocimiento es una aventura en la que el silencio y la polifonía conviven, en el que la teoría siempre debe aliarse con la praxis, en el que la experiencia siempre está en una encrucijada y, por ello, debe nutrirse continuamente de la experimentación. La necesidad del uno, de la integridad, pero al mismo tiempo su imposibilidad condicionan, en efecto, nuestra manera de abordar las constantes tentativas que dibujan cada instante de nuestra existencia.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]