
Ernesto Pérez Zúñiga
Veníamos de la noche
Galaxia Gutenberg
381 páginas
Leyendo esta última novela de Pérez Zúñiga (Granada, 1971) es evidente que con ella ha conseguido lo que en convencionales términos críticos se denomina “su madurez como escritor”, algo un tanto tautológico si se tiene en cuenta que escritores como él tienen la vocación de construirse una obra donde la evolución del estilo, de la temática también, refleje una evolución en su escritura, en claro contraste con la tradición norteamericana, tendencia detestada por Faulkner, de escribir “la gran novela americana”, como si la tendencia a destacar la obra artística tuviese cierta autonomía respecto a su creador, algo que fascina a aquellos que adoran el estertor romántico por encima de todo. Yo, por ejemplo, que tengo Moby Dick como una de las grandes novelas del XIX, no dejo de mirar con cierto orgullo la carta de presentación de los escritores europeos del XIX y parte del XX: ahí tienen a Thomas Mann que con Los Buddenbrook había escrito una obra maestra y, sin echar nunca la vista atrás, nos dio La montaña mágica o Dr. Faustus o la tetralogía José y sus hermanos, por no hablar de esas consideradas de menos peso, caso de El elegido o Muerte en Venecia. Pues bien, Ernesto Pérez Zúñiga, desde que en 2002 publicara Las botas de siete leguas y otras maneras de morir, su primera obra narrativa ya que hasta entonces su obra se centraba en la poesía, no ha cejado en cada entrega narrativa en que las consideráramos como una etapa que caminaba cada vez más hacia lo alto. Era éste primer libro, un libro de relatos y fue con Santo Diablo, publicada dos años más tarde, un libro cuya temática era la guerra civil, donde Pérez Zúñiga comenzó a cultivar la novela, una novela un tanto valleinclanesca, esperpéntica, donde aunaba en feliz resolución distintas maneras de enfocar el mundo, sin que esas incompatibilidades chirriasen, por ejemplo, el deseo de trascendencia aliado a un cierto escepticismo, y ello el autor lo consigue porque aúna su condición de poeta a la de narrador procurando que reflejen el mismo mundo pero sin interferirse. Esta condición conviene sea resaltada porque alcanza hasta Veníamos de la noche, esta su última novela y que en cierto modo es uno de los hilos conductores de la manera en que Pérez Zúñiga afronta el mundo desde su condición literaria.
Pérez Zúñiga, además, es un autor que desde temprano quedó fascinado por la Divina Comedia y en cierta manera gran parte de la concepción del mundo de Zúñiga está conformado por la visión dantesca. Eso es notorio en un poemario, Siete caminos para Beatriz, pero en su novela El segundo círculo, publicada en 2007, es explícita de modo rotundo. El segundo círculo alude al correspondiente al Infierno y trata del sexo, la lujuria y su insatisfacción constante, también de la hipocresía y en esta narración de Pérez Zúñiga, estas dos vertientes se trasladan a una visión de tierra desolada, la de los pueblos vacíos de Soria. Esta influencia es notoria, imprescindible, casi diría, en Veníamos de la noche donde hay un personaje Enrico, que relee de continuo la Comedia del Dante y es pieza clave en la resolución de la temática del libro.
En El juego del mono esa condición apuntada antes entre realismo y transcendencia, cuyo enlace se debe a la intensidad poética de algunas de las páginas del libro, que Pérez Zúñiga dosifica con cierta maestría, esencial asimismo para entender gran parte del lenguaje presente en Veníamos de la noche. En la novela se relatan los avatares de Montenegro, profesor de Instituto en La Línea de la Concepción en el mundo de la droga y la marginación, a la vez que indaga sobre la presencia en la casa donde habita de un profesor que había sido secuestrado por una mujer a la que acompañaba un mono. Parecería una escena sacada de una película de David Lynch, pero Pérez Zúñiga no se sumerge en esa especie de romanticismo negro propio del cineasta británico sino que requiere de un cierto equilibrio goethiano, recurrencia más que sugerida en su última novela pero que es la condición esencial y última de La fuga del maestro Tartini, donde Pérez Zúñiga se sirve de un cierto manierismo que abandonará en sus siguientes novelas, No cantaremos en tierra de extraños y Escarcha. Aquí se dan otros modos, otras maneras de afrontar el mundo. En No cantaremos en tierra de extraños se halla la épica en el homenaje, muy a lo Max Aub, de los españoles del Batallón Leclerc, que fueron los primeros en entrar en el París ocupado por los alemanes y en Escarcha, justo lo contrario, editada en tiempos en que la llamada “autoficción” se enseñoreaba de gran parte de la literatura española, desde los más jóvenes a autores como Luis Landero o Vicente Molina Foix, Pérez Zúñiga escribe una bildungsroman, en el sentido más hondo de la novela de iniciación centroeuropea pero atemperada por una lírica que me recuerda Le grand Maulnes: en este caso esa dicotomía que le acontece a Monte, la de la búsqueda de la pureza en medio de una realidad despiadada. La aparición de personajes como su abuelo, que sirvió en el Ejército republicano; Antifaz; Ancas; el Rubiales; el hermano Dostoievski, el director del colegio donde estudia Monte, tan bien perfilados hacen de esta novela la más acabada de su autor.
Hasta la aparición de Veníamos de la noche: lo cierto es que lo que se cuenta en esta novela, probablemente la más compleja en su estructura de todas las de Pérez Zúñiga porque se resuelve en varios niveles, no es menos terrible que lo que acontecido en Escarcha pero se resuelve en otro plano, la de la aceptación en la madurez de la maldad como algo imposible de eludir y, por lo tanto, de una comprensión del mundo donde lo terrible existe pero no ocupa el lugar preponderante de en otras narraciones anteriores. No es baladí, además, que el paisaje donde la novela se desarrolle sea Roma, en la Academia de España donde el Templete de Bramante aparece a Lucía, una pintora becaria, y protagonista en cierta manera de la narración “como una nave espacial de estilo renacentista”. Es en esta ciudad, escudriñada en detalles esenciales, donde los personajes como Enrico, el eterno lector e intérprete de la Comedia del Dante, Sebastián Osuna, Montenegro (un nombre que el autor ha usado ya en anteriores libros y que aquí aparece como subdirector de cultura del Instituto Cervantes) y, sobre todo, casi como uno de los artificios mejor guardados en esta novela llena de ellos, de Gustavo Setién, director de la Academia de Roma y autor de esta novela que no oculta a lo largo de la novela su condición de cronista. El juego cervantino que se trae entre manos Pérez Zúñiga, como una especie de Retablo de las maravillas, hace diana y así, aparecen amigos por doquier del autor, Luís Mateo Díez, Manolo Longares, Juan Carlos Méndez Guédez, Jorge Eduardo Benavides, los hermanos Pérez Zúñiga, con Ernesto medio escondido… en los reconocimientos que Gustavo Setién hace de los deudores de su novela, unos por haberla inspirado, otros por haberla corregido…
En realidad, todos los personajes están atrapados en dos de las obsesiones de su autor: Roma y la Comedia del Dante y giran y danzan a tenor de ciertos avatares que forman la intriga de la novela, una intriga que acontece en la mente de sus protagonistas pero que tienen consecuencias en lo que llamamos “la vida real”: Lucía huyendo de un pasado donde se esconde el alargamiento de la vida en pastillas y Enrico, el lector asiduo de la obra de Dante, que infunde la esperanza a la pintora que había llegado a Roma para pintar su luz, esa luz que es el hilo conductor de todas las narraciones de Pérez Zúñiga. El amor como resolución… en esta novela el autor, por boca de Enrico, se complace en ofrecernos cinco planos de la evolución de éste donde el último, el amar desde la muerte es casi el único encuentro místico del que podamos gozar. Enrico es la conciencia, pero Lucía es la luz al modo de Dante y Beatriz… y todo esto sin olvidar cierto humor negro: el desmedido amor del marido de Lucía que siempre le recuerda la canción Contigo en la distancia y que, sin embargo, contrata a un matón que hace de las suyas en la ciudad, en esa ciudad que, no se podía dejar de citar a Pasolini, es la más bella del mundo y la más fea. Una gran novela, en definitiva, donde el sentido simbólico está muy bien ajustado y donde el autor ha dejado de lado ciertas reticencias y ha dado paso a contar sin problemas sus propios fantasmas.