POR CLAUDIA SALAZAR JIMÉNEZ

A la memoria de Sergio Chejfec

«No siempre la vida en el extranjero pasa por el choque,
la adaptación, el quiebre o lo armónico. Más bien pueden darse
todos esos casos, pero en general a través de los pliegues.
Las silenciosas transacciones que uno hace entre lo que hay y no hay,
y que tienen como resultado estar y no estar»

Sergio Chejfec, Estar y no estar.

¿Qué implica escribir en un lugar distinto al cual naciste y en una lengua que no es la materna? ¿Cómo se escribe en español en un país donde no es el idioma principal, sino que es visto aún con cierta distancia (y a veces desdén)? ¿Qué tipo de transacciones son esas a las que se refiere el escritor argentino Sergio Chejfec que atraviesan las texturas en español de quienes escribimos en los Estados Unidos?

Comienzo este ensayo formulándome estas preguntas, a sabiendas de que inicio un recorrido en el que muy probablemente las respuestas transiten entre ese estar y no estar, que a veces caracterizan el hecho de describir en español en tierra extranjera. Llegué a Nueva York en el 2004, para hacer estudios de doctorado en New York University (NYU). En aquel entonces, la literatura en español se difundía sobre todo en librerías como Macondo, Lectorum y la Casa Azul, y en algunos eventos que se realizaban entre los Departamentos de Español de las universidades de Columbia, NYU y CUNY (especialmente en el City College). En tales eventos participaban mayoritariamente escritores puertorriqueños, dominicanos y cubanos quienes centralizaban la representatividad de la narrativa escrita en español en la ciudad y en los Estados Unidos en general. Usualmente se pensaba en ellos cuando se hablaba de escritores latinos, cuya impronta fue muy marcada durante los años 80s y 90s. 

Este escenario cambió, a mi parecer, desde el 2007, cuando la escritora y académica argentina Sylvia Molloy funda en NYU la Maestría de Escritura Creativa en español. El ecosistema literario de habla hispana se vio intervenido por esta institución, pues este MFA abrió la ciudad a un flujo constante de escritores latinoamericanos, tanto poetas como narradores. Algunos de ellos llegaron con becas, otros por cuenta propia, pero todos con el ánimo de iniciar, desarrollar o cimentar sus carreras literarias en la ciudad que ocupa un lugar central en los imaginarios culturales globales. Si para los escritores del (cada vez más lejano) Boom latinoamericano, Barcelona y París eran las ciudades donde había que ir para sentirse en el epicentro, en las primeras décadas de este siglo ese lugar es Nueva York, como lo atestigua el artículo de la escritora chilena Soledad Marambio “La nueva república de las letras latinoamericanas” (publicado en Qué pasa, enero de 2014). Esto ha ido siendo confirmado por los escritores de América Latina que van, vienen, pasan o se van quedando en esta ciudad, vengan o no a ser parte de este MFA. 

Este escenario cambió, a mi parecer, desde el 2007, cuando la escritora y académica argentina Sylvia Molloy funda en NYU la Maestría de Escritura Creativa en español. El ecosistema literario de habla hispana se vio intervenido por esta institución, pues este MFA abrió la ciudad a un flujo constante de escritores latinoamericanos, tanto poetas como narradores

Algo está pasando con la escritura en español en la ciudad. Nueva York es, como la mayoría de sus habitantes, una ciudad que debe su fuerza al desplazamiento mismo, a ese constante flujo, al nomadismo a esas silenciosas transacciones a las que se refiere Sergio Chejfec. Pienso que Nueva York funciona como una especie de concentrador de diversos flujos de escritura y de escritores. Hay quienes llegan a Nueva York para quedarse, eso puede pasar. O también quienes llegan y luego se van; quienes pasan por Nueva York como lo hicieron Martí, Darío, García Lorca. 

El carácter mutante de la ciudad, y su correlación en las dinámicas de la escena literaria, se fue manifestando entre los años 2007 y 2019 en las actividades de literatura latinoamericana que se realizaban en lugares tan diversos como el Instituto Cervantes, el King Juan Carlos Center de NYU, así como en las librerías Word Up, McNally, Barco de Papel, entre otras. Estos eventos aglomeraban lectores curiosos, escritores de visita en la ciudad y residentes en ella. La librería McNally, cuya sección de libros en español era dirigida por el uruguayo Javier Molea, se convirtió en un punto de encuentro esencial, no solamente para los narradores que vivíamos en Nueva York sino también para todos los latinoamericanos que publicaban sus libros fuera de los Estados Unidos, pero que querían presentarlos aquí. Algunos encontraban una nutrida audiencia, mientras que a otros les bastaba la satisfacción de presentar un libro en el epicentro. En estas presentaciones subyace el reconocimiento de Nueva York como plataforma de la escritura latinoamericana más reciente, un lugar para ser visto, leído, para conocer (y reconocer) a otros escritores. Creo necesario rescatar esa diversidad, que deja de lado y ridiculiza cualquier pretensión monopólica de acaparar toda la atención, ya sea para una sola persona, institución o estética. La potencia de esta ciudad, lo que la hace tan atractiva, depende del carácter migrante de muchos de los que escribimos aquí. Esa posición migrante se vincula a una subjetividad que siempre cuestiona los lugares más fijos, pues asume la vida y la creación como procesos en movimiento constante.

Además de las necesarias plataformas de visibilización que son las librerías, el ecosistema literario en español ha visto el florecimiento de nuevos proyectos editoriales. El mismo año de la creación del MFA de NYU, nació la editorial Sudaquia, dirigida por María Angélica García y Asdrúbal Hernández, pareja de venezolanos residentes en Nueva York y ávidos de difundir la narrativa en español que se escribe en los Estados Unidos. Sudaquia Editores ha ido configurando un sólido catálogo que reúne voces como las de Sebastián Antezana, Pablo Brescia, Alexis Iparraguirre, Mayte López, entre muchos. 

Más editoriales han surgido en otras ciudades con una consigna similar. En la ciudad de Miami surgió en 2009 Suburbano Ediciones, que se presenta en su página web como “el sello editorial independiente de los autores hispanos en Estados Unidos. Nuestro objetivo es darle a la literatura escrita en español en Norteamérica, el reconocimiento que no tiene”. Una apuesta por la visibilización y la circulación de textos. Su catálogo reúne autores como: Luis Hernán Castañeda, Antonio Díaz Oliva y Raquel Abend Van Dalen. Por otra parte, Ars Communis Editorial, basada en Chicago, ha ido publicando mayoritariamente antologías que reúnen sobre todo a narradores residentes en este país. Una de sus antologías más recientes es Incurables. Relatos de dolencia y males, editada por Oswaldo Estrada y publicada en 2021, coincidiendo con el pico más álgido de la pandemia.

No cabe duda de que para tener un panorama amplio de las líneas de sentido que configuran los narradores hispanos, las antologías constituyen una fuente imprescindible. Entre muchas otras, menciono estas tres: Se habla español. Voces latinas en USA, editada por Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet en el año 2000. Esta antología rescata un valor que distingue las escrituras hispanas de las dos últimas décadas frente a las que se producían en décadas anteriores: que se trata de una nueva vertiente de escritores hispanoamericanos que se alejan de los discursos identitarios y que se acercan a la literatura desde las más diversas tradiciones y estéticas. Es un cambio estrechamente vinculado a los flujos culturales de la globalización. A este asunto me refería puntualmente en la antología que publiqué en el año 2014 titulada Escribir en Nueva York. Antología de narradores hispanoamericanos, donde reuní una amplia gama de narradores que habían vivido en la ciudad al menos una década y que había producido alguna publicación durante ese mismo periodo. Desde una perspectiva de la crítica literaria, en ambas antologías se visibilizan algunas líneas de sentido que configuran los narradores latinos.

Si bien Nueva York parece surgir como un lugar central, lo cierto es que hay varias ciudades que viven también una efervescencia de ferias, eventos literarios y publicaciones, produciendo así una cartografía extendida y descentrada. Destacan Miami, Chicago, El Paso y Houston, ciudad que alberga el primer programa doctoral en español con una concentración en escritura creativa, creado y dirigido por la escritora mexicana Cristina Rivera Garza. 

El trabajo con el lenguaje es uno de los ejes centrales en estas narrativas contemporáneas. No interesa tanto un reclamo de identidad latina y/o de confrontación frente al Imperio desde una simpleza panfletaria, pues comprendemos ese carácter inasible, complejo y no esencialista de la propia identidad. Interesa más bien escarbar en otros sentidos que ofrece la escritura. Como lo expresa muy bien el escritor chileno Carlos Labbé en Cacarachas del Niggara: “Por mucho que forcemos la sintaxis al escribir y la pronunciación al hablar, no somos blancos, anglosajones ni protestantes, tampoco judíos laicos descendientes de centroeuropeos; no somos machos occidentales ni los nuevos escritores internacionales de la clase alta latinoamericana; ante quienes encarnan esa otredad decadentista tenemos acento, y para ellos no vamos a escribir Nueva York, ni Manhattan ni Brooklyn, sino la Nueva Cork, la Nueva Kork, la Nueva Qork, la Nueva Quork, la Nueva Quark, New Uark, Newark, Nark, Narc, y así.”

En estas presentaciones subyace el reconocimiento de Nueva York como plataforma de la escritura latinoamericana más reciente, un lugar para ser visto, leído, para conocer (y reconocer) a otros escritores. Creo necesario rescatar esa diversidad, que deja de lado y ridiculiza cualquier pretensión monopólica de acaparar toda la atención, ya sea para una sola persona, institución o estética. La potencia de esta ciudad, lo que la hace tan atractiva, depende del carácter migrante de muchos de los que escribimos aquí

Excediendo esta línea, pienso en la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, quien en libros como Autobiografía del algodón, Había mucho neblina, o humo o no sé qué, o El invencible verano de Liliana, propone cuestionamientos a la concepción moderna de la escritura -tan centrada en el individualismo autorial- para desplazarla hacia conceptos como la desapropiación, la necroescritura, o las escrituras geológicas. Una profundización teórica que seguramente recalará en las nuevas generaciones de creadores hispanos, como ya se está viendo en sus pupilos del programa de Escritura Creativa de la Universidad de Houston.

Llegada desde Bolivia para hacer un doctorado en Literatura en la Universidad de Florida, la escritora Giovanna Rivero en sus libros 98 segundos sin sombra, Para comerte mejor, Tierra fresca de su tumba, despliega un universo ficcional cercano a los temores (y terrores) de la adolescencia, que nunca olvidan las tensiones de sus contextos latinoamericanos. Rivero es considerada también como una de las exponentes de lo que se viene llamando el gótico andino, la reformulación (o apropiación) latinoamericana del gótico como discurso literario. Por su parte, escritoras españolas como Marina Perezagua y Marta Lopez-Luaces, reflexionan sobre cuestiones como la traducción y las incisiones de la interculturalidad en los imaginarios colectivos. En otro ámbito, la chilena Lina Meruane explora las posibilidades de la confrontación textual y corporal, volatilizando el uso de la autoficción, la memoria y los conflictos/traumas que pueden conllevar los procesos migratorios.

Ese entre-lugar que provoca la migración y el code switching, es el espacio desde el que escribe Sylvia Molloy. Nacida en Argentina, de familia paterna de origen inglés y familia materna francesa, Molloy ha producido la mayor parte de su escritura de crítica y ficción desde los Estados Unidos, donde reside hace varias décadas. Los temas centrales de su escritura giran alrededor de lo autobiográfico, del ir y venir entre idiomas, de la pose, de las tensas (aunque también productivas) relaciones entre memoria y ficción. En Vivir entre lenguas Molloy afirma: “La mezcla, el ir y venir, el switching, pertenece al dominio de lo Unheimlich que es, precisamente, lo que sacude la fundación de la casa”. Conozco ese ir y venir entre lugares, entre la lengua académica y la lengua ficcional (una situación muy común entre los narradores hispanoamericanos en los Estados Unidos). El switching que se vuelve no solamente una manera de escribir sino una manera de vivir. Ser académica y escritora es también una forma de viajar, de cambiar códigos que nos son familiares, pero también distintos o distinguibles.

Una pregunta que suele hacerse en entrevistas a los escritores migrantes es aquella sobre las posibles influencias que ha tenido en nuestras escrituras el hecho de cruzar las fronteras. ¿Hubiera sido distinta la escritura si nos hubiésemos quedado en nuestros países de origen? No lo sé. O, en realidad, no hay respuesta posible a esa pregunta. Nadie sabe lo que hubiera sido si, o si no. Lo cierto es que por ese desplazamiento miramos de otra manera, más dislocada, acaso más distante, pero no distanciada. El lugar (país, ciudad) de origen no es simplemente un tópico de nostalgia (quizás opresiva en ocasiones), sino un espacio que puede ser reescrito desde este presente. El origen se confunde y se contagia de nuestra realidad migratoria, se desacomoda y también se vuelve lugar de llegada, plataforma de idas y venidas. Quizás eso sea escribir en español en los Estados Unidos: un constante switching, Nepantla, un puro nomadismo textual.