En el mismo año 2001, Iván de la Nuez, desde fuera de Cuba, compila una serie de autores, todos reconocidos bajo el halo generacional de los «nacidos a partir de los sesenta». Cuba y el día después. Doce ensayistas nacidos con la revolución imaginan el futuro recoge textos, de muy diversa índole y estilos, de Antonio José Ponte, Víctor Fowler, Rafael Rojas, José Manuel Prieto, Emma Álvarez-Tabío, Ernesto Hernández Busto, Emilio Ichikawa, Jorge Ferrer, Omar Pérez, Ena Lucía Portela y Rolando Sánchez Mejías, además del ensayo visual que realiza Tonel con una serie de collages que le devuelven al espectador-voyeur la pregunta sobre el futuro.
Nacidos con la revolución y al mismo tiempo «hijos de los libros», los nuevos ensayistas, según De la Nuez, se caracterizan por buscar «afuera y después»[7] (en Maurice Blanchot, Deleuze, Theodor W. Adorno, Foucault, Giorgio Agamben, Peter Sloterdijk, como principales lecturas), aun cuando en ellos encontramos ecos de Jorge Mañach, Virgilio Piñera y José Lezama Lima, entre otros. Como resultado de la utopía están «fuera de lugar», o pueden ser considerados miembros de varias esferas de la marginalidad occidental cuya autoconsciencia los coloca en una certera distancia crítica.
Destinados a ser los «hombres nuevos» de la revolución, su recolocación en el panorama poscomunista de Occidente, entre la modernidad y la posmodernidad, entre la cultura libresca y la eclosión tecnológica, los convierte en voces intermedias y promotoras de renovaciones temáticas para explicar la experiencia cultural cubana (textos de Antonio José Ponte, Emma Álvarez-Tabío y Víctor Fowler serán replicados en el tiempo con asiduidad, en atención a tópicos como las ruinas, la ciudad, el cuerpo, la racialidad). Asimismo, la antología como provocación resulta generadora de respuestas, polémicas y llamados a otros textos que nutren y activan el campo intelectual. (Como respuesta a esta antología se publica otra dentro de la Isla, Vivir y pensar en Cuba, editada por el Centro de Estudios Martianos en 2002 y coordinada por Enrique Ubieta. A partir de La isla del día después y de otros ensayos, se genera además, años más tarde, una polémica entre Arturo Arango y Rafael Rojas sobre la que volveré más adelante.)
Por otra parte, dentro de la investigación y la ensayística cubana, siguen apareciendo textos que se dedican a la historia cultural cubana. Liliana Martínez Pérez en su libro Los hijos de Saturno (2006), a partir de la revista El Caimán Barbudo, analiza «formas de relaciones dominantes» entre los intelectuales y el poder político en Cuba. Su punto de partida es la puesta en diálogo de la macrohistoria con las microhistorias testimoniales de los gestores de la publicación periódica. Un recorrido que explora el proceso por el cual se demandaba el surgimiento de nuevos intelectuales que debían asegurar «una teoría y una estética» de la revolución.
El año 2007 se inaugura con un evento que cataliza dentro de la isla la reflexión sobre las políticas culturales de la revolución.[8] La aparición televisiva de quienes habían sido duros censores en la década de los años setenta promovió una serie de protestas de intelectuales cubanos a través del correo electrónico que fueron ampliamente difundidas. Si antes apenas aparecían los temas de la relación entre intelectuales y poder, la censura y el cariz punitivo de las medidas restrictivas contra todos aquellos sujetos que salían fuera de la «norma de comportamiento revolucionario», a partir de la «guerrita de los emails» comienzan a generarse testimonios, apostillas, análisis en torno al pasado reciente.
Como resultado de ese evento de movilización de la opinión pública, Desiderio Navarro organiza un ciclo de conferencias en el marco del Centro Teórico-Cultural Criterios y en las sedes institucionales de Casa de las Américas y el Instituto Superior de Arte, que deriva en la compilación de ensayos La política cultural del periodo revolucionario: memoria y reflexión (2007). Participan en él, Ambrosio Fornet, Mario Coyula, Eduardo Heras León, Arturo Arango y Fernando Martínez Heredia. El objetivo del ciclo era ventilar, llevar a debate, el recuento de las políticas culturales de la revolución y sus derivaciones. En la introducción, Desiderio Navarro llama a «completar la anamnesis histórica de la intelectualidad cubana», que debía nutrirse con autobiografías, testimonios y memorias, para administrar mejor los vacíos y las contradicciones.
En ese mismo año 2007, Alberto Abreu Arcia gana el Premio Casa de las Américas en la categoría de ensayo artístico-literario, bajo la mirada de un jurado constituido por Víctor Barrera de México, Claudia Gilman de Argentina y Víctor Fowler de Cuba. La propuesta de Abreu Arcia es realizar una indagación en el campo cultural cubano, a partir de las relaciones entre arte y política, lengua y poder. La exploración de autores, representaciones y prácticas artísticas, documentos que configuran la historia intelectual, según el escritor, le permitirían dar visibilidad a zonas tenidas como «no historizables» hasta el momento. Nuevamente, aparece la idea del ensayo como restauración de la memoria, una búsqueda de lo que «está por decirse», afiliada a la idea de «hacer justicia».
Arturo Arango se posiciona frente al texto para oponer una serie de argumentos a las propuestas de Abreu Arcia, en su artículo de 2009 «Una mala escritura de la Historia». La crítica más sugerente es aquella que llama la atención sobre la evasión del autor frente al carácter político-ideológico-propositivo de autores como Rafael Rojas, Antonio José Ponte, Emilio Ichikawa e Iván de la Nuez. Luego, Arango se detiene sobre la omisión de la «importante ensayística escrita por aquellos que iniciaron sus carreras literarias fuera de Cuba como Roberto González Echevarría, Román de la Campa, Gustavo Pérez Firmat, Eliana Rivero, entre muchos otros excluidos de su teleología».[9]
La confrontación nos lleva a preguntarnos sobre el ejercicio discursivo del ensayo como género: ¿es un texto que opera desde la propia trampa del lenguaje o una indagación sociológica que refrenda una verdad?; ¿no es todo ensayo una proposición discursiva y en ese sentido un ámbito de significaciones y vacíos? En el 2010, Arango publica en la revista Temas su artículo «Cuba: los intelectuales ante un futuro que ya es presente», que da inicio a la polémica con Rafael Rojas, profesor e investigador residente en México, sobre la interpretación del futuro como gestión de cambio y el lugar de los intelectuales frente al poder político. Más allá del cariz politológico que alcanza la discusión, en los textos emergen zonas de imantación que procuran hacer visibles autores y obras de un canon inconcluso. Mientras Arango se apoya en autores como Desiderio Navarro, Fernando Martínez Heredia, Julio César Guanche, Haydée Arango, Yohayna Hernández y Maylín Machado,[10] Rojas propone la relectura e iluminación de la producción ensayística fuera de Cuba, a partir de escritores y textos que debían colocarse en el escenario de la controversia: Los límites del origenismo (2005) y Palabras del trasfondo (2009), de Duanel Díaz; Inventario de saldos (2005), de Ernesto Hernández Busto; Fantasía roja (2006), de Iván de la Nuez; La fiesta vigilada (2007) y Villa Marista en plata (2010), de Antonio José Ponte; Desde el légamo (2007), de Jorge Luis Arcos y Elogio de la levedad (2008), de Enrique del Risco.[11]
De los autores recogidos en Cuba y el día después…, Rafael Rojas resulta un crítico del período revolucionario y un pensador sistemático sobre la situación y las contradicciones del intelectual cubano en la trama tupida del juego político y la historia. En libros como Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano (2006); Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba (2008); El estante vacío. Literatura y política en Cuba (2009); La máquina del olvido. Mito, historia y poder en Cuba (2012), y La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013),[12] Rojas piensa la relación entre ese intelectual —entendido como el creador que participa en la esfera pública— y el ejercicio del poder. Los escritores y la literatura son objeto de interés para el discernimiento de la historia intelectual cubana, más allá de los tejidos significantes de su escritura, a partir de sus posiciones y desplazamientos en el ámbito ideológico. Rafael Rojas versa sobre problemas como la definición del intelectual plenamente crítico —sólo realizable en el exilio— y la gestación escrituraria de relatos instituyentes que han marcado la historia insular.
A la par de estas escrituras, autores como Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet o Desiderio Navarro publican compendios de su obra ensayística que sugieren una lectura «en contexto». Todo Caliban (2000) de Fernández Retamar; A pe(n)sar de todo. Para leer en contexto (2007) de Navarro y Narrar la nación. Ensayos en blanco y negro (2009) de Fornet reúnen textos datados en fechas disímiles, que revisan y reviven sus visiones sobre temas literarios o de la vida cultural desde la década del sesenta en adelante.[13] La edición de esos ensayos anteriores en el tiempo, en la primera década del nuevo siglo, viene a complementar y testimoniar el proceso de intervención intelectual en la historia cultural cubana: un actuar que se antojaba discontinuo, recogido en revistas como La Gaceta de Cuba, Unión, Casa de las Américas, entre otras, y que viene a reinscribirse en el presente a través de la recapitulación.
A la altura de 2013, Jorge Fornet en El 71, anatomía de una crisis da continuidad al tema de los intelectuales frente a la revolución y a la historia cultural de la isla.[14] El libro es un ensayo ampliamente documentado que recorre el año 1971 —sin dejar de establecer conexiones con el también mítico año 1968— y ventila una serie de asuntos que van desde la caracterización de la historia dada en la prensa, el Congreso de Educación y Cultura, las escenas traumáticas del caso Padilla, la representación del intelectual, el realismo socialista, el inicio de la novela policial «a la cubana» y la producción cinematográfica, hasta sucesos propios de la vida cotidiana. Jorge Fornet se apoya en un año, pero su ensayo nos sumerge en una impresión de totalidad.
Es evidente la tendencia de los ensayistas cubanos de los últimos veinte años a revisar el devenir cultural vinculado a la política orientadora y cohesiva de la revolución, como comentaristas y críticos que se ocupan de cuestionar, reorganizar y revelar datos para una historia intelectual del periodo. Más allá de «Palabras a los intelectuales» (1961) de Fidel Castro y «El socialismo y el hombre en Cuba» (1965) de Ernesto Guevara —entendidos como puntos de partida cardinales para la conceptualización del «deber ser» del intelectual frente al cambio político y su implementación ideológica—, los autores buscan explicaciones para la producción de discursos históricos, políticos, y estéticos en los encadenamientos procesuales y los desplazamientos en las correlaciones de poder. Ensayar sobre la historia cultural cubana del cincuenta y nueve en adelante ha resultado una deuda a saldar y un campo fértil para la combinación de la investigación histórica, la conceptualización sociológica y la elaboración de hipótesis estéticas.
VARIEDADES Y VARIACIONES
Rafael Hernández y Rafael Rojas conciben en el año 2002 una antología titulada Ensayo cubano del siglo xx.[15] Autores recogidos en esa compilación siguen produciendo iniciado el siglo xxi y se convierten en autores entre siglos. Tal es el caso de Enrico Mario Santí y Víctor Fowler. El segundo aparece con el ensayo «Estrategias para cuerpos tensos: po(lí)(é)ticas del cruce interracial» y abre un espectro para el análisis literario y cultural, a partir de sus estudios sobre cuerpo, sexualidad y racialidad.
Las antologías y los premios ofrecen una cartografía de aquello que queda señalado en el panorama de la escritura ensayística. Si bien son una muestra restringida de toda la producción, establecen un mapa atendible que ofrece información sobre las rutas del ensayo artístico-literario. Una revisión somera del Premio Alejo Carpentier de Ensayo,[16] otorgado en Cuba a autores residentes en el país, nos permite identificar esas «zonas de confort» de la escritura validada: Eros baila. Danza y sexualidad (2000), Ramiro Guerra; La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación (2001), Enrique Sainz; Paradiso: la aventura mítica (2002), Margarita Mateo Palmer; Mañach o la República (2003), Duanel Díaz; Los riesgos del equilibrista (2004), Mayerín Bello; Contra el silencio (2005), Zaida Capote; Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo xxi (2006), Jorge Fornet; Otra mirada a La Peregrina (2007), Roberto Méndez; El concierto de las fábulas (2008), Alberto Garrandés; Festín de los patíbulos. Poéticas teatrales y tensión social (2009), Abel González Melo; Virgilio Piñera o la libertad de lo grotesco (2010), David Leyva; Convivencias de El Viajero (2011), Mayra Beatriz Martínez; Diseminaciones de Calvert Casey (2012), Jamila Medina Ríos; Caminos nuevos: paseos corporales de escritura (2013), Víctor Fowler; Imagen y libertad vigiladas. Ejercicios de retórica sobre Severo Sarduy (2014), Pedro de Jesús; Las praderas sumergidas. Un recorrido a través de las rupturas (2015), Raydel Araoz; Plácido y el laberinto de la Ilustración (2017), Roberto Méndez; Alejo Carpentier y el Minotauro
de Bayreuth (2018), Rafael Rodríguez Beltrán; y La acera del sol (2019), Hamlet Fernández.