La música cubana hizo patria, fue y es factor determinante de cohesión nacional. Forma parte del ADN del Homo cubensis. Representa, como ninguna, una eterna lucha entre la tradición y la innovación que le confiere una calidad genuina. En la enigmática cifra de una nacionalidad, en la perenne insatisfacción y rebeldía, tan cubanas ambas, tiene su sitio la música popular. Las mujeres y los hombres del universo musical cubano de finales del siglo xix y de las primeras décadas del xx conformaron un grupo que es de los que más ha hecho por su país desde el son de La ma Teodora.

No se trata, desde luego, de cuestionar la concordancia de la empresa de Lezama, poética y literaria, mas sus tesis sobre lo barroco hispanoamericano valen para sostener un discurso de identidad, a través del espinoso tema del mestizaje, donde encuentra encaje la música popular cubana en conexión íntima con la identidad cultural que se forja tras la independencia de la isla.

La Cuba de Lezama era poética, única, pero libre de todo localismo estrecho, con pretensión de apertura a lo universal. Parece como que siguiese a Borges, quien afirmaba que para los europeos y los americanos hay un orden, un solo orden posible: el que antes llegó en nombre de Roma y que después y ahora es la cultura de Occidente.

Los pasos perdidos de Carpentier, la obra poética de Guillén y el citado contrapunteo del tabaco y del azúcar de Ortiz destacaban rasgos del complejo cultural caribeño que eran, en su criterio, ritmo y performance, herencias renovadas de un pasado esclavo. Esa perspectiva caribeñista debía ser ajena e incluso opuesta a la visión origenista de lo cubano.

En 1939 Lezama escribe en Espuela de Plata su oposición al folclorismo local, esgrimiendo una aristocrática defensa de la universalidad del arte. Sus reparos hacia el afrocubanismo, compartidos con sus compañeros origenistas, respondían a la arraigada creencia criolla en el «peligro antillano» que afirma la civilización hispano-católica frente a una amenaza localizada en el Caribe, recuerdo de la rebelión de Saint-Domingue y de la temida inmigración jamaicana y haitiana.

Guillén, el poeta mayor de lo afroantillano, y Piñera, en La isla en peso, cosen a Cuba con el Caribe, y eso es un hilo regresivo para Lezama. Él trata de superar la marginalidad geográfica e histórica, encarnando la tradición de la alta cultura cubana que afirmaba a Cuba como la blanca de las Antillas en criterios socioculturales asentados en el siglo xix. Heredera de la Cuba europea, primero ilustrada y después romántica, diferente de las islas de negros del Caribe; ahí está el canon de lo cubano para los origenistas.

En su Coloquio con Juan Ramón Jiménez, Lezama rechaza el movimiento cultural cuyo principal hallazgo fue la incorporación de la sensibilidad negra. Cuestionó siempre la incorporación del vocablo onomatopéyico: «Un elemento percutible, en su más elemental forma musical, no produce más que poesía anecdótica…». Música elemental de la sangre frente a universalidad y trascendencia; el arte popular cubano de la tercera década del siglo xx era para Lezama una mezcla de maracas, de sones, de rumbas…, divertimento para turistas.

En el espíritu y la universalidad trascendente de los origenistas no hubo cabida para el son.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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