
Fernanda García Lao
Estación Saturno
Candaya
137 páginas
En el frontispicio de esta novela hay una nota aclaratoria: «Saturno fue una estación ferroviaria del Partido de Guaminí, provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977 por orden del ministro de obras y servicios públicos de la dictadura cívico militar. Desde entonces, pescadores y vecinos de la zona narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad extraterrestre».
Lo que se lee luego sucede en un continuo presente, en capítulos cortos y apretados titulados con expresivas oraciones impersonales: «lo que se ve», «lo que se huele», «lo que suena», «lo que muerde». Son sugerentes, funcionan como piedras de pisar en un río rápido, refugios que se harán necesarios, porque en esta novela de Fernanda García Lao, autora de otras siete novelas, varios libros de poesías y textos teatrales, hay mucha corriente y es fácil ahogarse.
Lo que sucede: hay un duelo por la muerte de un hermano. Un extrañamiento de la muerte, un desconcierto, una angustia: «hace rato que el mundo le parece un lugar hostil, es más, tiene la sensación de que el muerto lo sigue. Un muerto es para toda la vida. No descansa, penetra». Esta sensación de persecución, de que la oscuridad está a punto de devorarnos, es el estado de ánimo de este texto áspero, extraño y hondo, con afiladas puntas de luz, destellos de algo parecido al humor, en la medida en que el humor es una especie de alienación.
Vienen, hermano y hermana, de enterrar al hermano muerto. No hay palabra que nombre al deudo que queda tras la muerte de un hermano, igual que no hay palabra para quien pierde un hijo, y sin embargo ese hueco ya te va a definir en adelante, ya serás siempre una persona a la que otra le falta: «fueron tres. Ahora, dos. No quiere ser la próxima». Las relaciones de los vivos que quedan cambian, se abrazan (o, en este caso, no) en torno a esa oquedad.
Los dos se guardan rencor, desearían haber llegado ya a casa y estar solos. Él atribuye a ella el retraso, por insistir en almorzar con la madre. Ella le guarda rencores antiguos porque los chicos estudiaron mientras que ella tuvo que quedarse cerca, no pudo escapar de los escenarios de la infancia, ni siquiera maldecir: «tuvo que odiar bajito, en abstracto. Ha juntado tanta ira, que de noche se le endurece la mandíbula y las encías le sangran».
Los acompaña en el coche el gato que pertenecía al muerto y lo vio morir. Fue la única presencia ante esa muerte (una caída fatídica, y voluntaria) pero el narrador sabe que al gato se le erizó la cola y sabe también que lamió la sangre y que durante unos minutos recordó ese sabor dulce.
El coche se detiene a repostar en un local donde también se vende carnada para peces (un cartel anuncia «lombrice»). Hermano y hermana viajan sumidos en sus pensamientos, preferirían no hacer el duelo juntos. A ella le preocupa quedarse con el gato, que por miedo a estropear los tulipanes que cultiva tenga que mantenerlo atado. La madre cría gallinas, que son incompatibles con el gato («detectan cualquier amenaza. Son sutiles para sufrir».) Quiere estar sola para aliviarse: «cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia». El hermano quiere estar solo para beber y porque el muerto le dejó dicho un secreto sin darle permiso para compartirlo: que perdía la memoria, y por eso se ha matado. El hermano que sigue vivo, «no puede quitarse al muerto de encima», lleva su traje (en cuyo bolsillo encuentra un papel donde se lee «perdóname») y ejerce su misma profesión de médico; se le parece tanto que podría ser su doble, o el mismo, y tiene miedo de padecer el mismo mal.
El hermano y la hermana, decíamos, paran a repostar y se les escapa el gato. Cae tormenta, puede que en aquella camioneta se estén llevando al gato, o puede que estas sean sus huellas, o quizá lo atropellaron, no quieren avanzar y alejarse del gato. O puede que ellos sean aquellos que aceleran en un coche idéntico en dirección contraria. El caso es que encuentran el hospedaje del que les hablaron, esa «casa de té medio china». Se trata del Hotel Tianqui, el escenario donde transcurrirá todo el resto de la novela, y en cuyo interior además transcurre mucho más tiempo del que transcurre fuera. Un lugar, por tanto, que puede que no sea un espacio, sino tiempo. Una vez terminada la novela, además, sorprende comprobar que no es mucho más larga la segunda mitad de la obra, la que ocurre desde que llegan al Tianqui, porque desde dentro sin duda lo parece.
Lo regentan dos hermanas (quizá más, dobles en cualquier caso) de origen chino, las Chi. Y los hermanos van descubriendo a sus raros huéspedes: el general Minor, que ejerce autoridad, y su pareja, Siria. Y también un apuesto sueco, Gosta, y su pareja, Betelgeuse, que a veces habla en francés. A todos ellos los ha convocado el avistamiento de ovnis, la posibilidad de la abducción. Todos viven sumidos en un cierto furor masturbatorio, una sexualidad hambrienta y desprovista de ternura o alegría. Y todos más que hospedarse viven allí, ya que del Tianqui, como de las pesadillas, no parece que se pueda salir, en parte porque vivir allí es acumular una deuda cada vez más imposible de saldar, como las víctimas de trata, y en parte porque la casa limita con un dique de agua y solo hay escapatoria si consigues tubo y antiparras y buceas heroicamente, casi como si te presentas voluntario a una abducción. Si no, el Tianqui te atrapa para siempre.
El narrador que gobierna este texto sabe en todo momento lo que piensan los dos hermanos, conoce sus más profundas sensaciones, y alterna entre ellos, un ojo para cada cual, casi un párrafo para cada uno, poniendo idéntica atención en ambos. Conoce incluso las sensaciones del gato cuando está solo, cómo sabe la sangre del muerto, cómo se le erizó la cola. Pero escoge con mucho cuidado y una mirada muy particular las cosas que deja que sepamos los lectores. Usa palabras perfectas, como si fueran todas nuevas: no contiene el texto ni frases hechas, ni metáforas conocidas, ni alusiones literarias directas, ni asociaciones esperables. Radica ahí su mayor valor y su apuesta.
Esas palabras sostienen la lógica de las pesadillas: sentimos un impulso primero hacia delante (cuando vamos en coche y los hermanos recuerdan una vida mediocre, comprensible, parecida a las vidas que todos tenemos) pero luego enseguida también hacia abajo, donde todo se deforma como un palo en el agua.
La novela es una inmersión en un líquido espeso y oscuro en el que nos movemos a tientas, agarrándonos a referencias, otros mundos conocidos, como los cabos sueltos de un sueño. Puede que lo que intentamos asir no esté a su vez agarrado a nada, y nos precipitemos al vacío con una cuerda floja en la mano. Una reseña, entre otras cosas, pretende ser una guía, pero ¿cómo conducir a un invitado por salones tan extraños, en los que nunca hemos estado? ¿Cómo explicamos esferas danzantes y huellas sin dueño?
Hemos estado, por ejemplo, en el hotel de la serie La Mesías (dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi y estrenada en 2023 en Movistar) en la montaña de Montserrat, donde se reúnen personajes que creen que allí se producen abducciones alienígenas. También hemos perdido a un gato en la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la mejor y más extraña novela de Haruki Murakami (Tusquets, 1993). Y hemos leído el gótico argentino de Mariana Enríquez en Nuestra parte de noche, o el terror alcarreño de Layla Martínez en Carcoma, sabemos cómo lo fantástico sirve de vehículo para narrar el terror político.
Aquí sabemos que Fernanda García Lao está transitando por universos parecidos. Sabemos, de hecho, que es pionera en esta tendencia del terror latinoamericano (se advierte en la contra de la edición de Candaya, en un comentario de Vicente Luis Mora), y en realidad es descortés, cicatero, inscribirla en la estela de un movimiento del que es mascarón de proa, como si se apuntara a una corriente cuando ella navegaba por su propio río. Pero el texto es tan onírico, tan profundamente extraño y alusivo que resulta imprescindible, al menos a esta reseñista, buscar alguna linternita.
Hacia el final, Minor, el general que parece ser la mente pensante detrás de este extraño establecimiento, ofrece algunas explicaciones a un hermano incrédulo: «el Tianqui es una prueba piloto. Un micromundo sexualizado de gente en deuda. Hay que aprovechar la energía y saberse corromper. El lecho se descompone por los bordes. ¿Me capta?».
Captamos apenas lo que podemos. Somos lo que tiene miedo, deseo, hartazgo, ganas de escapar. Desconfianza ante los Minor de este mundo. Aceptación de que la vida es apenas comprensible, espejismos, mucha oscuridad, alguna luz afilada. Somos lo que vive y también lo que se muere. Y lo que lee a tientas.