En Nuevo mundo damos, por un lado, con algunas de las dudas más acuciantes y, por otro, con algunas de las sentencias más firmes de Unamuno, que incluso en sus relatos, novelas y poemas mantenía siempre un pie en la filosofía y otro en la literatura. Y es que, como él mismo denunció, un pensamiento que carezca de la «carne» de la acción, de la vida en su desarrollo, no es pensamiento, sino razón estéril y muerta. Su concepto de «razón trágica», expuesto en su ya mencionado ensayo Del sentimiento trágico de la vida (1912), alude en parte al hecho de que nosotros, seres finitos con ansias irreprimibles de inmortalidad, hemos de bregar con nuestros semejantes en un escenario en el que lo por lo naturaleza efímero (nuestras acciones) no es capaz de alcanzar eternidad alguna. Una trágica desesperación que, sin embargo, nos procura el único heroísmo del que somos capaces: tomar nuestras acciones como algo definitivo y, en este sentido, estar a la altura de nuestra condición, tan racional como sintiente. Y es que, como recuerda Unamuno, la memoria siempre acecha, aquella memoria de la que Pericles hizo su estandarte en su célebre discurso fúnebre. Leamos a Unamuno: «De siglo en siglo y generación tras generación ha ido el espíritu del universo, recogido de todas sus infinitas lontananzas, depositándose en el fondo del espíritu del hombre, y así es que llevamos hoy heredada toda la creación en el alma. Nada de lo que percibimos se pierde, nada se olvida, y aun lo no percibido, lo que se nos entró sin darnos de ello cuenta, desciende todo a nuestros profundos abismos, a las últimas honduras» (Nuevo Mundo).

Precisamente porque el sentimiento es más o igual de importante que nuestra vertiente racional, Unamuno se opuso con fuerza a la novela naturalista y abogó por la necesidad de acercarse al corazón de los personajes, al taller en el que se forjan los motivos: allí donde se articula el motor de nuestras acciones. Ahora bien, y es otro de los rasgos de la férrea antropología unamuniana que tan bien queda expresado en sus novelas y ensayos: cada ser individual es inescrutable, indescifrable, y nunca las palabras, ni siquiera las más excelsas y brillantes, son capaces de transmitir cuanto acontece en nuestro interior: «Solo, solo, enteramente solo, solo hasta la muerte, siempre solo e impenetrable… siempre siendo yo, sin lograr ni un minuto ser otro» (Nuevo mundo). Cada cual representa en este universo tragicómico un papel en virtud del cual, como leemos en Niebla, «no hacemos más que mentir y darnos importancia». Y de nuevo la potencia —manipuladora, embaucadora— del logos, del discurso: «La palabra se hizo para exagerar nuestras sensaciones e impresiones todas…, acaso para creerlas». Aunque, también es cierto, sin la palabra y su poder —emancipador, revelador y capaz de proclamar la rebelión— ningún ser humano podría llegar a distinguirse de los otros ni, mucho menos, a defender lo que cree que le pertenece. En un giro muy nietzscheano, Unamuno proclama sin tapujos que «La autoridad es una mentira y el orden otra, porque cada cual es la verdadera autoridad de sí mismo y hay infinitos órdenes posibles, tantos como almas vivas». Es esta «vida de la propia vida», este meollo del corazón humano, lo que Unamuno retrata en cada uno de sus ensayos, pero también en su producción novelística.

Miguel de Unamuno fue una de las personalidades más intensas de la Europa de finales del xix y principios del xx. Como ya se ha apuntado, de su inconformismo intelectual y su ahínco por encontrar una verdad siempre esquiva nacieron sus ensayos, escritos más íntimos y novelas, dando lugar a un conjunto de textos muy plural en los que se muestra, ante todo, el constante combate de un alma siempre agónica, como él mismo la denominaba. En una carta dirigida a Juan Zorrilla el 13 de abril de 1909 sostenía, convencido, que «la esencia misma de mi vida espiritual es crítica y aún dialéctica y hasta polémica». Como apunta Alicia Villar Ezcurra en su magnífica edición de los escritos unamunianos sobre ciencia y cientificismo, fue ese mismo carácter —polémico y apasionado— el que «favoreció las interpretaciones más dispares de su obra, y en ocasiones la simplificación de su pensamiento que quedó atrapado, fijado, en uno de los pasos de su espíritu en movimiento». La postura de Unamuno con y frente a la ciencia no se mantuvo uniforme a lo largo de su vida. Por un lado, debemos tener en cuenta que el otrora rector de la Universidad de Salamanca fue, en su campo, una suerte de científico: todo un catedrático de griego que no dudaba en mantenerse inflexible frente a cualquier deriva «moderna» que pretendiera desprestigiar la importancia de las lenguas clásicas para los estudios superiores de toda índole. Grecia conformó la manera de pensar occidental y, como tal, debe tenérsela en cuenta como cuna de saberes no sólo lingüísticos o filológicos, sino también sociales, artísticos, políticos o técnicos. Además, Unamuno tomó parte en los por entonces tan de moda debates sobre las nuevas ideas científicas, y no dudó en apoyar las teorías evolucionistas que ponían en jaque el imperio del creacionismo. Aunque, por otro lado, la ciencia debe dar la mano a las humanidades y recorrer sendas paralelas en permanente y enriquecedor diálogo.

En «Tecnicismo y filosofía», texto de 1915, leemos esta proclama:

Y si esos jóvenes carecen de fe y de vocación para la ciencia, es, ante todo y sobre todo, porque no se ha sabido mostrarles cuál es el paraíso a que la ciencia lleva, cuál es la finalidad de esta, porque no se ha sabido darles filosofía. Nadie atraviesa con fe y resolución el desierto si no se le ha dado antes una visión de la tierra de promisión. Porque eso de encontrar placer en la investigación por la investigación misma, eso de deleitarse en la caza técnica de pequeñas verdades, eso es algo tan patológico como matar el tiempo haciendo solitarios con la baraja. Cuando no es un opio para matar profundas penas. Y esto no puede pedírsele a un joven.

 

Claro ejemplo del peligro de la ciencia «al desnudo» y de las desmedidas ansias del positivismo más devorador —debate unamuniano que nos resulta terriblemente actual— es sin duda la novela Amor y pedagogía, de 1902, cuyo conocido argumento gira en torno a la posibilidad de educar a un hijo «conforme a los principios más modernos de la pedagogía», prescindiendo de otras facetas más emotivas, sensitivas o afectivas. Los lectores de la obra conocen el final… Un final que debió hacer recapacitar, y mucho, a Unamuno, pues no volvería a publicar una obra extensa hasta diez años después. Aunque esta misma novela, así como las críticas más duras del autor vasco a la ciencia, provienen de un punto anterior: de su crisis espiritual de 1897. En acertadas palabras de la catedrática Villar Ezcurra, este momento decisivo en la vida de Unamuno «le hizo muy sensible a los peligros de un reduccionismo cientificista o intelectualista que no deja espacio para las cuestiones últimas». En carta de 1906 a un todavía joven Ortega y Gasset, Unamuno explica al filósofo madrileño: «Cada día me importan menos las ideas y las cosas, cada día me importan más los sentimientos y los hombres. No me importa lo que usted me dice; me importa usted. “La subjetiva interpretación de un hecho inexplicable científicamente…, etcétera”, me dice usted. ¿Científicamente? Mi vieja desconfianza hacia la ciencia va pasando a odio. Odio a la ciencia, y echo de menos la sabiduría».

La sabiduría que Unamuno reclama, expuesta en su vasta producción ensayística, es la que genera un insoslayable impulso cuestionador, crítico, escrutador de la realidad, que se haga cargo de la complejidad de la existencia en todas sus vertientes y no se ciña a ese «cientificismo» contra el que, a partir de 1897, tan duramente arremetió. Sin lugar a dudas, para Unamuno, el cientificismo era una enfermedad que afectaba a diversos sectores. Se hace necesario un plus: la pasión por la ciencia, denunciaba Unamuno: «La pasión sí, la pasión es uno de los más poderosos factores de progreso. Y entre las pasiones se cuenta la pasión por conocer, el impulso pasional que nos lleva a echar mano a los frutos del árbol de la ciencia. ¿Es que no existe acaso, aunque por desgracia sea muy rara, la pasión científica? […] Sin alguna pasión, difícil es que la ciencia ilumine; toda luz supone algún fuego, por pequeño que sea».

Aquella crisis, crucial en la vida del autor vasco, enderezó sus entendederas hacia un enfoque de la existencia más sentido y menos pensando, más vital y menos racionalizado (algo de lo que, sostengo sin duda, el propio Ortega tomaría atenta nota para barruntar y desarrollar su denominado «raciovitalismo»). El producto natural de este viraje fue la publicación de Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Sus lecturas juveniles de Hegel y Spencer quedaron entonces opacadas e incluso obsoletas, y desde luego insuficientes, pues fue convicción unamuniana, en bella expresión suya, que «la razón construye sobre irracionalidades».

Aunque es de reseñar que Unamuno puso mucho cuidado en no desvirtuar los beneficios de una ciencia bien entendida, de una ciencia como impulso y pasión por el conocimiento, sino que más bien censuró los excesos de un mal comprendido intelectualismo que ponía la vida al servicio de la ciencia y la técnica, que puede convertirse en un positivismo despiadado, extremo y excluyente. Como Delibes, en su célebre discurso de 1975 («Un mundo que agoniza»), también Unamuno temía la definitiva destrucción del ser humano. Y así, escribía en un fragmento revelador: «Hay quienes se entregan a la ciencia como otros se entregan a la morfina: para acallar dolores íntimos; aquellos del espíritu, estos otros últimos del cuerpo por lo común. Estudian insectos, los buscan, escudriñan y clasifican como quien colecciona sellos de franqueo; se buscan un entusiasmo, un mata-días, y se hunden en él».

Todos estos datos nos muestran al Unamuno enfrentado —pero también a veces hermanado— con la ciencia, en una época repleta de intereses intelectuales encontrados en la que los avances técnicos comenzaban a hacer honda mella tanto en la interpretación de la vida humana como en su puesta en práctica. El catedrático de griego no quiso quedarse al margen de un debate que permeó por entero el contexto académico de su tiempo, pero también el social y político. Unamuno detectó una «enfermedad espiritual» a la que llamó en ocasiones «cientificismo» y en otras «intelectualismo», y de ella quiso sanar a su patria y a Europa toda. Nuestra más alta responsabilidad estriba no en conservarnos —en términos darwinianos—, sino, ante todo, en hacer y desarrollar un mundo lleno de sentido. Unamuno se negó en rotundo a renunciar a la denuncia o a la creación de los ideales humanísticos que él pensaba intocables, y que habrían de orientar la acción y el compromiso de las nuevas generaciones.

Quizá no haya texto más bello ni certero para ilustrar esta natural insistencia y convicción unamuniana que el recogido en una carta dirigida, precisamente, a un químico, al argentino Enrique Herrero Ducloux, en enero de 1906:

Vivimos merced a la incertidumbre. Si al hombre más incrédulo en el más allá no le quedase en el último resquicio del alma una chispa de incertidumbre, un vago ¿quién sabe?, le sería la vida tan imposible como al más firme creyente, si no le quedase también otra chispa de incertidumbre, de que no hay un más allá de la muerte. La certeza absolutamente absoluta nos amargaría la vida tanto en un caso como en el otro, llevándonos a buscar la muerte o para salir cuanto antes de esta vida o para entrar cuanto antes en la otra.

 

Unamuno no quería reclutar entre sus filas a quienes tildó de «nuestros Sanchos de hoy», quienes «buscan ante todo eso que llaman soluciones concretas». El objetivo del vasco fue siempre desestabilizar o, mejor, hacernos fuertes en la natural desestabilización en la que, por su propia existencia, se sitúa el ser humano, de la que ni la ciencia ni ningún otro dispositivo artificial puede redimirnos. Una condición a la que Martin Heidegger se referiría más adelante como nuestro «estar arrojados» al mundo, nuestra esencia arrojada (geworfenen). No otra es la constatación de la Vida de Don Quijote y Sancho de don Miguel, donde se refiere a un «conocimiento regenerativo», que no es otro que el de la duda y la obstinación en dudar. Sigámosle, en tiempos de certeza, y leamos, siempre, sus palabras:

Porque sólo los que dudan creen de verdad, y los que no dudan, ni sienten tentaciones contra su fe, no creen en verdad. La verdadera fe se mantiene de la duda; de dudas, que son su pábulo, se nutre y se conquista instante a instante, lo mismo que la verdadera vida se mantiene de la muerte y se renueva segundo a segundo, siendo una creación continua. […] Los que no mueren, no viven […]. La fe se mantiene resolviendo dudas y volviendo a resolver las que de la resolución de las anteriores hubieran surgido.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]