Señala Jesús Ponce que las mansiones con jardín ornamental, y para albergar colecciones de arte, tan frecuentes desde el siglo xvi, tuvieron en ocasiones un correlato literario, los llamados «poemas-jardín», con el precedente de Soto de Rojas y de los geógrafos latinos citados. Observa y detalla cómo Estacio dedicó dos de sus silvas a la descripción de sendas villas (vivienda, paisaje, mobiliario, obras de arte, jardines): la de Publio Manilio Vopisco en Tívoli, y la de Polio Félix en Sorrento. También enumera y estudia ejemplos de ese correlato literario en el que se inserta, como eslabón humilde aunque significativo, el poema del fámulo del conde de Monterrey. Battista Spagnoli, carmelita, reprodujo el modelo estaciano en 1478, en un poema de doscientos noventa y un versos, sobre la villa del patricio Giovanni Battista Refrigeri. La Farnesina de Agostino Chigi fue cantada por el poeta Egidio Gallo en 1511, en Suburbanum Augustini Chigi. Hubo en 1519 un poema de Francesco Speroli sobre Villa Julia, otro de Lorenzo Gambara cincuenta años después sobre la villa Farnese de Caprarola, cerca de Viterbo. Especial atención merece el poema póstumo de Luigi Tansillo, Clorida, sobre la del virrey de Nápoles Pedro de Toledo. Personajes, obras de arte, espacios naturales, paisajes y referencias mitológicas, todo queda precisa y detalladamente descrito y relacionado por Jesús Ponce, cumplido conocedor de ese género sorprendente y semidesconocido que llegó a producir Lo stato rustico, extensísimo poema descriptivo, casi diecinueve mil versos, de Giovan Vincenzo Imperiale.

Con todos esos precedentes, Ponce ofrece la catalogación de la poesía del Siglo de Oro dedicada al tema del jardín, un sugestivo cortejo en el que desfilan Lupercio Leonardo de Argensola, Lope de Vega, Baltasar Elisio de Medinilla, Quevedo, Manuel de Faria y Sousa, José Pellicer de Salas y Tovar, Miguel Dicastillo, Manoel de Galhegos, Pedro Soto de Rojas, Bernardino de Rebolledo. Estudia los recursos literarios, la gama estrófica y las modalidades de descripción y ekphrasis, para desembocar en la edición, prolija e iluminadoramente anotada, del Jardín florido del Excelentísimo Señor Conde de Monterrey, de Juan Silvestre Gómez, publicado en 1640 y constituido por ciento veintisiete sextinas, obra única, en la estela gongorina, de este autor olvidado, capellán del conde de Monterrey, posiblemente desde sus años napolitanos. Con las reformas en el palacio, iniciadas en 1638, hubo de coincidir la redacción del poema, cuya aprobación firmó Calderón de la Barca el 22 de diciembre de 1639.

Entre la dedicatoria al conde y su panegírico se extiende la descripción de terraza, interior del edificio, jardín, fuentes, arboleda, estanque, pajarera, gruta, ninfeo. El final laudatorio aporta un marco mitológico con intervención de Clío, Calíope y Apolo, a propósito del linaje del conde, sus honores, sus cargos y mandos, ámbito al que convienen también (sextina 16) las efigies, en mármol y jaspe, de emperadores romanos desde Julio César (tan a menudo tenido por tal, aunque propiamente no lo fuera) a Marco Aurelio. Entre líneas puede sobreentenderse una definición de la autoridad fundada tanto en el poder militar como en la sabiduría, siendo con todo destacable la heterogeneidad que acoge a gobernantes desdichados y efímeros como Otón y Vitelio, sucesores de Nerón antes de la instauración de la dinastía Flavia, y a otro, Tiberio, que dejó memoria amarga de sí. El poema realza la exquisitez y belleza del mobiliario, entre el que destaca la imprescindible mesa de piedras semipreciosas (sextina 19). Hermosísimas fuentes (26 a 30) adornan el jardín, provistas de cisnes y tritones. A los árboles frutales (31 a 37) y sus variedades se dedican los mejores pasajes del poema, tanto como a estanques, platabandas y parterres, una nutrida pajarera, multitud de flores y una espléndida rosaleda, más un ninfeo y un anfiteatro de las musas y de las diosas del paganismo. La deuda gongorina que Gómez no intenta ocultar es tan evidente como sobria y discreta, comenzando por los préstamos textuales de las tres primeras estrofas.

Jesús Ponce es profesor titular de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, especialista en Siglo de Oro, magnífico editor de Góngora, experto en todas las provincias del arte y de la Antigüedad grecolatina, probado erudito en la tradición española, italiana y latina. Su ámbito predilecto de investigación es la relación entre literatura, pintura, estética y pensamiento, es decir, las facetas de una cultura ecuménica que sólo vista en conjunto nos permite adentrarnos en el conocimiento de la historia. Ángel Rivas es funcionario numerario del cuerpo de Conservadores de Museos y profesor asociado del departamento de Historia del Arte de la Universidad Complutense, y ha dedicado primordialmente su actividad investigadora a la figura, en todos los órdenes, del sexto conde de Monterrey. Entre ambos han construido un admirable monumento a la memoria de Don Manuel de Fonseca, y al otro monumento, en piedra, vegetación y agua en que quiso consolarse de sus defraudadas esperanzas cortesanas, y que no le cupo en suerte disfrutar por muchos años. Podría aplicársele a ese respecto lo que escribió Trillo y Figueroa en su pórtico al poema de Soto de Rojas:

Cual náufrago redimido de las olas, comenzó a colgar las señas de su tormenta en las rocas aún no enjutas […], besando la infiel arena por no llegar a besar algunas infieles manos […], camino, bien que prolijo, el menos tardo para llegar a la libertad del ánimo, porque aquél solamente es dueño de lo que desea, que no desea cosas de otra dependencia y voluntad.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]