Hoy no faltará quien asegure que sus letras no son políticamente correctas, pero el caso es que en los ochenta sí lo eran porque entonces lo correcto era evitar que las mujeres fueran ñoñas o estrechas, aunque para eso hubiera que echarles droga en los cubatas para rotularles las nalgas, como en el videoclip de «Escuela de calor» de Radio Futura.[3] Sin duda se trataba de otra hipérbole, pues recurro de nuevo a la autoridad de Sanz (2016, p. 10), quien, en un lúcido y divertido ensayo sobre la educación sentimental de las jóvenes que nacieron en los sesenta, reconoció que «mi pubertad coincidió con la pubertad de un país con el que compartí la alegría, pero también el miedo» y fue capaz de reconstruir los modelos de masculinidad que dentro de aquella burbuja hechizaron a su generación: «Como consecuencia de toda esa vorágine refrita, nos gustaban los hombres malos, los donjuanes, los poetas, los niños problemáticos, los huerfanitos, los desapegados, los que montaban en moto, los esnifadores de pegamento y todo bicho viviente al que pudiéramos redimir» (Sanz, 2016, p. 83).[4]
No obstante, a las treintañeras de la movida sus contemporáneos no siempre les agradecieron la valentía con que arrostraron su travesía de la noche por garitos como El Sol, La Carolina, Markee o Rock-Ola:
Están las antiguas y las modernas, o las antiguas que fueron modernas, reinas de la divinidad y del petardeo de los años ochenta que han tratado de adaptarse malamente a los claroscuros de los noventa, sufriendo la angustia de las primeras arrugas y con el corazón y el pelo quemados en mil batallas. Ejercen de patético ejemplo a las nuevas generaciones que, como ellas, ansían llamar la atención buscando la identidad en el disfraz. Se disputan el monopolio de la imaginación, a la caza de una distinción que se escapa en cualquier descuido, la muy bribona, dejando el terreno abonado para el ridículo.
Habiendo vendido su alma, tienen un nosequé de naturaleza vampírica, no solo en su aspecto, sino también en su predisposición a chupar ideas allá donde se les presente la ocasión, bebiendo como descosidas de las revistas extranjeras, o de las invenciones de sus rivales para, según ellas, adaptarlo todo a su estilo.
Suelen ser una verdadera lata, con su mirada inexpresiva, cristalizada por la sensibilidad adquirida. Los peinados estratosféricos o revueltos, las pelucas de tonos chillones, las cabezas rapadas, los tatuajes en pechos, piernas, brazos, culo y espalda, los anillados y piercings en las orejas, narices, lenguas, ombligos o clítoris las convierten en una fauna variopinta y tremebunda que adorna el escenario del hastío urbano y que, en realidad, esconde a seres de fragilidad inerme que se ocultan tras los ornamentos de una audacia ficticia. Son sirenas que hacen sus números buscando una atracción difícil y que adoptan una altiva indiferencia, añorando para sus adentros el pueblo del que en mala hora salieron (Berlanga, 1998, pp. 177-178).
No le retaceo importancia a la movida, pero estoy persuadido de que consistió en una extensa performance contenida en una gran pompa –como La bola de cristal presentada por Alaska– que duró lo que tardaron sus protagonistas en hacerse mayores, recibir distinciones y ser asimilados por el sistema.[5] Para ellos fue una juerga memorable, pero no tengo claro lo que supuso para los demás españoles de todas las edades, porque la movida se concentró en dos o tres barrios de Madrid y su disfrute exigía dinero, noches libres y la menor responsabilidad posible. En realidad, quienes se lo pudieron permitir fueron quienes crearon y sostuvieron la movida: un fenómeno madrileño que no se extendió por España y que en América Latina provocó la misma perplejidad que nos produjo la letra de una canción de Mecano (1981):
Hoy no me puedo levantar,
el fin de semana me dejó fatal.
Toda la noche sin dormir,
bebiendo, fumando y sin parar de reír.
Hoy no me puedo levantar.
Nada me puede hacer andar.
No sé qué es lo que voy a hacer.
Me duelen las piernas, me duelen los brazos.
Me duelen los ojos, me duelen las manos.
Hoy no me puedo concentrar,
tengo la cabeza para reventar.
Es la resaca del champán,
burbujas que suben y después se van.
Hoy no me levanto estoy que no ando.
Hoy me quedo en casa guardando la cama.
Hay que ir al trabajo, no me da la gana.
En 1981, en Lima y recién cumplidos los veinte años, la letra de «Hoy no me puedo levantar» se me antojaba un capricho lisérgico, inverosímil y cachito obsceno porque en un país como el Perú nadie puede sustraerse de sus obligaciones, ya que ni siquiera nos drogamos para no tener que acostarnos, sino precisamente para poder levantarnos e ir a trabajar o a la universidad. Sin embargo, cuarenta años más tarde y en Sevilla desde hace treinta y cinco, advierto que a mucha gente se le irisa la mirada cuando escucha hablar de la movida, como si se tratara del «bien perdido» freudiano. Acaso el legado de la movida se reduzca a eso: a la extraña sensación de haber ligado con alguien que no recordamos en una fiesta en la que no estuvimos. Sé de lo que hablo porque los peruanos siempre soñamos que campeonamos en mundiales de fútbol a los que nunca fuimos. Si no tuviéramos esos delirios, ahí sí que no sería capaz de negar que no debo decir que rechazo admitir que no nos podríamos levantar.
NOTAS
[1] Sanz alude a una escena de violación de la película Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), de Almodóvar.
[2] El escritor Antonio Muñoz Molina comentó así –en 1993– la escena de una violación que contempló en el cine:
En una película, Kika, de Pedro Almodóvar, hace unas semanas, el público invitado presencia la escena larguísima de una violación. Un delincuente armado con una navaja irrumpe en la habitación de una mujer dormida, y cuando ella despierta la hoja afilada se le hinca en el cuello, y el asaltante, que parece provocar algunas simpatías entre el público, por las carcajadas con que este recibe sus interjecciones y exabruptos, está empezando a violarla. Entre el violador y la víctima, que parece asistir como algo distraída a su propia desgracia, hay un diálogo sainetesco interrumpido por jadeos y embestidas brutales, por la irrupción de un tercer personaje amordazado y atado que también levanta muchas risas y por la llegada, al final, de un par de policías cómicos que hacen bromas mientras intentan sin demasiado empeño que el violador, un prodigio de potencia sexual que actúa en películas pornográficas con el ingenioso nombre de Paul Bazzo, deje inacabada su hazaña. El público, a estas alturas, ya está muerto de risa, y las réplicas finales se pierden entre los aplausos y las carcajadas.
Incapaz de reírme, nervioso, incómodo en la butaca, miro a mi alrededor y distingo en la penumbra caras de hombres y mujeres cultivados, muchos de los cuales detentan cargos políticos y prestigios intelectuales, y me da un poco de miedo tanta risa, un poco de miedo y algo de asco, como cuando en una reunión de personas educadas se cuenta un chiste de negros o de violadores y nadie, ni yo mismo, es capaz de callarle la boca al chistoso de turno.
No tengo seguridades, solo incertidumbres: no puedo razonar un argumento, sino atestiguar un rechazo íntimo y absoluto, un cansancio que en los últimos años me ha ido haciendo desertar de los cines, no por puritanismo sino porque la crueldad constante que ya veo en torno mío me ha vuelto insoportable la exaltación obscena y sofisticada de la crueldad en la que parece haberse especializado ese arte. La literatura, la pintura, el mejor cine, con frecuencia son crueles, en la Iliada, en la Comedia de Dante y en las tragedias de Shakespeare hay carnicerías feroces, en los cuadros de Goya o de Francis Bacon se muestran en carne viva los límites peores del sufrimiento, en muchas películas imborrables suceden violaciones y crímenes. Pero en todas esas obras no solo hay crueldad: también hay, al mismo tiempo, horror mudo y sobrecogido ante ella y respeto hacia las víctimas.
[3] Véase <https://www.youtube.com/watch?v=LyCQvyrZzW0>.
[4] Acerca de su educación sentimental, Sanz ha escrito una maravillosa novela que enriquece y complementa el ensayo citado: Daniela Astor y la caja negra (2013).
[5] El cineasta Pedro Almodóvar ganó un óscar por Todo sobre mi madre (1999) y otro por Hable con ella (2003), además de ser investido doctor honoris causa por las universidades de Harvard (2009) y Oxford (2016).
BIBLIOGRAFÍA
Agamben, Giorgio. Profanaciones (traducido por Edgardo Dobry), Anagrama, Barcelona, 2005.
Almodóvar, Pedro. Patty Diphusa. Edición revisada y actualizada, Anagrama, Barcelona, 1998 (1991).
Berlanga, Jorge. Un hombre en apuros: la odisea de un caballero moderno, Temas de Hoy, Madrid, 1998.
Jabois, Manuel. «Elogio de Antonio Ozores», Irse a Madrid y otras columnas, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2011.
Jaeger, Werner. Paideia (traducido por Joaquín Xirau), Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1985.
Muñoz Molina, Antonio. «Relato de una violación», El País, 10 de noviembre de 1993.
Sanz, Marta. Éramos mujeres jóvenes: una educación sentimental de la transición española, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2016.
Monstruas y centauras: nuevos lenguajes del feminismo, Anagrama, Barcelona, 2018.
Villena, Luis Antonio de. «La pederastia», Antibárbaros, Renacimiento, Sevilla, 1995.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]