Horacio Castellanos Moya
Cornamenta
Random House
225 páginas
POR CRISTIAN CRUSAT

Desde su primera novela –La diáspora (1989)–, Centroamérica se ha erguido en la obra de Horacio Castellanos Moya como un lugar de encrucijada o, al menos, de elocuente representación de tensiones, violencia y desplazamientos. Sin embargo, a diferencia de otros espacios semejantes, los países centroamericanos «comparten lengua, Dios y cultura, aunque haya importantes minorías indígenas», tal y como subrayó el autor en una entrevista de 2019 para esta misma publicación. E insistió: «No ha habido en Centroamérica la variedad de nacionalidades, culturas y religiones existentes en la Europa Central y los Balcanes». En congruencia con esto, Castellanos Moya prefirió considerar Centroamérica una periferia, aunque una periferia «con mucha riqueza cultural, pero pobre y trágica». Franz Galich, en 2004, fue más allá y englobó a Guatemala, El Salvador y Honduras en la periferia de la periferia latinoamericana: hacia ese vertiginoso espacio, hacia su espinoso epicentro, nos abandona recurrentemente la lectura de la obra de Castellanos Moya.

En efecto, la Centroamérica sobre la que este autor regresa en sus ficciones acusa los conflictos geoestratégicos, las intervenciones militares y las dictaduras de las últimas décadas, así como la tendencia a diluir las identidades locales en virtud de los procesos hegemónicos globales, que acaban por conformar una masa de países invisibles, a saber: «zonas enteras del mundo cultural y geográfico que el discurso hegemónico de lo visible considera mudas», según ha referido el puertorriqueño Eduardo Lalo. Desde la década de 1990, han menudeado en esta región centroamericana obras de ficción narrativa –a menudo etiquetadas como “narrativa de posguerra” o “narrativa de violencia”– en las que la nación, la cultura y los agentes sociales se vinculan con la decadencia y la derrota, al tiempo que se diseccionan los estamentos sociales para evidenciar la falta de emblemas o de modelos, es decir, una grave crisis de identidad, tal y como ha subrayado María del Pilar Vila. Simultáneamente, se suceden loables tentativas de delimitación del territorio centroamericano y sus narrativas, a pesar de la desafiante afirmación de Dante Liano según la cual delimitar este territorio resultaría una arbitrariedad por cuanto «toda Centroamérica es una arbitrariedad».

Sobre la base de estas consideraciones, la obra narrativa de Horacio Castellanos Moya gravita en torno a la decepción y el asco que produce el fenómeno de la guerra en El Salvador. No obstante, en medio de todo este vaivén, cabe recordar que el autor nació en Tegucigalpa (Honduras), en 1957, aunque creció y se crio en El Salvador. A partir de 1979 vivió en diferentes países centroamericanos (México, Costa Rica, Guatemala), donde trabajó como editor de diarios, revistas y agencias de prensa, principalmente en Ciudad de México. Tras la guerra civil, regresó por un tiempo a El Salvador. Desde entonces ha residido sobre todo en el extranjero: España, México, Alemania, Japón, Estados Unidos, mientras daba a la imprenta novelas como Baile con serpientes (1996), El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997), La diabla en el espejo (2000), El arma en el hombre (2001), Insensatez (2004), libros de relatos como Con la congoja de la pasada tormenta (2009), varios ensayos –Recuento de incertidumbres: cultura y transición en El Salvador (1993), La metamorfosis del sabueso (2011)– e, incluso, títulos de naturaleza diarística, como Cuaderno de Tokio. Los cuervos de Sangenjaya (2015).

Simultáneamente, desde principios de siglo se fue abriendo una veta particular en la narrativa de Castellanos Moya: las novelas que conforman la «saga Aragón». A su manera, el autor ha convertido a distintas generaciones de la familia Aragón en protagonistas de un conjunto de novelas y, en paralelo, en un arquetipo centroamericano, en este caso marcado por la guerra civil salvadoreña: una familia «infectada por las luchas políticas, víctima de crímenes del Estado, mezclada con familias de otros países de istmo, protagonistas de exilios y retornos, desgarrada entre las ideologías de su época y sujeta a intensas pulsiones autodestructivas». Los desgarros de esta familia se han ido narrando en Donde no estén ustedes (2003), Desmoronamiento (2006), Tirana memoria (2008), La sirvienta y el luchador (2011), El sueño del retorno (2013), Moronga (2018), El hombre amansado (2022) y, ahora, Cornamenta. En este caso, la peripecia de la novela transcurre en una época anterior a la guerra, la gran bisagra histórica de El Salvador.

Corre el año 1972 y Clemente Aragón, que en su juventud «enrumbó hacia el rebelde desatino» y participó de los meandros conspirativos para el golpe de Estado de 1944, ha alcanzado la cincuentena. Establecido como publicista y padre de familia, dirige un grupo de reuniones de Alcohólicos Anónimos y no duda en encomendarse a su escapulario del Cristo Negro de Esquipulas cuando acomete cualquier tarea, ya que está convencido de que lo salvó del paredón de fusilamiento en 1944. Su padre, Pericles Aragón, por su parte, permanece exiliado en San José de Costa Rica: la última vez que aterrizó en territorio salvadoreño, las autoridades lo acusaron de actuar en connivencia con Moscú y con los comunistas locales y lo volvieron a subir al avión para que saliera de inmediato del país. Pese a esto, en general, Clemente disfruta de una vida cómoda y estable, en parte sufragada por las aportaciones económicas de su suegro nicaragüense, lo cual le ayuda a sobrellevar el marasmo de su vida matrimonial con Esther. También le ayudan a sobrellevarlo sus continuos escarceos extramatrimoniales, que resuelve siempre con cautela y discreción. Sin embargo, la insinuación por parte de una amante de que el marido –general del ejército– podría estar al tanto de una de sus últimas infidelidades sacude en Clemente el despiadado látigo de la paranoia.

Se trata de un elemento recurrente en la obra de Castellanos Moya: la emergencia de perturbaciones mentales que denotan la inminencia de un peligro, de un ataque o de la propia muerte. Al sumergirse en un magma de informes para esclarecer un genocidio indígena, el narrador de Insensatez sufre un grave acceso de paranoia. En Moronga, una de sus últimas novelas, la desconfianza y la paranoia alcanzan un punto de tensión extremo: el exguerrillero José Zeledón intenta huir de sus fantasmas personales en EE. UU. en plena época del algoritmo y la videovigilancia.

Desde que recibe el mensaje de aquella amante, entonces, y durante los tres días en que sucede la novela, la conciencia de Clemente se ve atrapada en un laberinto en cuyo centro convergen la actualidad política –el acto de nombramiento de un nuevo presidente y las protestas que empiezan a organizarse en la ciudad por un supuesto fraude electoral– y el fallecimiento, en sospechosas circunstancias, de un luchador de lucha libre que había formado parte del grupo de Alcohólicos Anónimos coordinado por el propio Clemente. Poco a poco, a medida que debe atender al círculo de amigos y familiares del luchador fallecido, Clemente cobra conciencia de la existencia de un submundo de luchadores entregados a equívocas confabulaciones políticas y trapicheos policiales. Advierte rápidamente que una retorcida red de informantes y soplones parece haberse desperezado de súbito, justo cuando el ambiente se caldea y electriza a cada hora que pasa. El ejército toma posiciones en la sombra. Y, por si fuera poco, Clemente recibe la noticia de que su padre está en camino y pretende acceder al país, con lo que –imagina– todas las miradas se han vuelto hacia él. Mientras tanto, equívocas presencias, casualidades y tarascadas aluden a una conjunción de fuerzas ocultas anudadas en torno a él. ¿Acaso lo vigilan para conocer el paradero de Pericles Aragón? A veces suena el teléfono pero nadie dice nada al otro lado de la línea. Recuerda un refrán: «Pueblo chico, infierno grande». Y no puede dejar de pensar en su amante, Blanca, ni en la posibilidad de que su marido, general del ejército, haya descubierto el lío y ande tramando su venganza.

En esas circunstancias, como ya es habitual, la prosa de Castellanos Moya logra expresar con gran viveza el enardecimiento sensual y psicológico de Clemente, galvanizado por una atmósfera política intoxicada, un círculo social resueltamente machista y numerosas interacciones personales desfiguradas por el delirio alcohólico. El aire de las novelas centroamericanas de este autor está atravesado de cicatrices invisibles… Michel Foucault afirmó que la paranoia era una forma de hipernormalidad. En cierto modo, Clemente debe hacerle frente a una realidad en la que todo parece demasiado normal, lo cual enciende las alarmas de su instinto. Se ve acosado de repente por un mundo que se le ha vuelto insospechadamente hostil; un mundo, por lo demás, a cuyo desnortamiento ha podido contribuir con sus propias actitudes e inclinaciones… En medio de esa viscosidad psicológica y ambiental la escritura de Castellanos Moya brinda sus mejores momentos, manteniendo el interés y la tensión argumental. A su manera, como aquel Carlito Brigante de la película de Brian De Palma, Clemente está también atrapado por su pasado. Viernes, sábado, domingo. Se allegan aquellas palabras de Brigante: «El bar va a cerrar. Ha salido el sol. ¿Qué vamos a desayunar? No quiero ir lejos…». Pero el mundo no responde.