POR DENISE DESPEYROUX

Últimamente recibo encargos extraños, o al menos a mí me lo parecen. Un ejemplo es este que me ocupa ahora y que me siento impelida a introducir. En el verano de 2020, Sergio Colina y Carlota Gaviño fueron responsables, en esta misma revista, de un dossier que pretendía ofrecer una panorámica de la creación dramatúrgica española del siglo XXI. En aquella ocasión tuvieron la gentileza de invitarme a participar con un largo artículo acerca de mi escritura teatral, que titulé «De la escritura como asunto propio». Esta segunda vez han vuelto a convocarme con una consigna que perfectamente podría llevarme a titular el presente artículo «De la escritura como asunto ajeno». 

Me apresuro a explicarme. Mientras que la mexicana Bárbara Colio y la argentina Andrea Garrote (autoras destacadísimas las dos) son convidadas a establecer un diálogo con otras mujeres escritoras o figuras femeninas emblemáticas, a mí se me sugiere que podría dialogar con esa especie de «alter ego» que escribe mis obras fuera del ámbito dramatúrgico. 

Mi primera reacción es el terror. Hablar de tu propia escritura teatral, aquella que emprendes por vocación y necesidad del alma, por pasión, desesperación o trauma, ya supone lidiar con un montón de asuntos que no son fáciles, pero tener que vértelas con el cajón de sastre de aquellos años de escritura «instrumental», donde cabía todo lo imaginable e incluso aquello que resulta bastante difícil imaginar, probablemente supere los límites de mi capacidad de conciliación. 

Para empezar a orientar al lector, el primer paso podría ser distinguir entre: los libros firmados con mi nombre que me parecen dignos; los libros que jamás debí aceptar firmar con mi nombre (no porque los considere exactamente indignos, sino porque podrían dar pie a una enorme confusión); los libros que firmé con pseudónimo propio; los libros que firmé con diversos pseudónimos ajenos, es decir, aquellos libros que algún autor amigo acostumbraba a redactar con diferentes pseudónimos, pero, por exceso de trabajo, me pasaba a mí; los libros que otros «autores existentes» firmaron pero que escribí yo (entre estos hay incluso una novela comercial relativamente exitosa y hasta tres títulos de profesores universitarios) y, quizás por último (también es posible que me esté dejando alguna variante), los libros que supuestamente un autor escribía para otro autor pero acababa escribiendo yo. Para entendernos, yo hacía de negra de alguien que hacía de negro de un tercero. Sí, tengo un pasado en B, que a veces era incluso en C. Todo esto sin entrar a mencionar las decenas de novelas románticas de 600 páginas que traduje primero con mi nombre y más tarde con pseudónimo. Lo de firmar con pseudónimo fue cuando comencé a comprender que tal vez algún día podría llegar a lograr cierta reputación que convendría cuidar y, sobre todo, cuando comprobé que existía algo como internet que hacía durar algunas cosas más allá de los límites oportunos.

Respecto a esta última observación (la de cuánto duran algunas cosas en el ciberespacio), todavía hoy me llevo sobresaltos; voy a relatar el único que en realidad me ocurre cada cierto tiempo y llega a inquietarme lo bastante como para pensar que tal vez debería tomar cartas en el asunto, es decir, hacer lo que esté en mi mano para que el libro desaparezca. A veces a través de una alerta de google y en otras ocasiones cuando, por ejemplo, hago una búsqueda de algún libro mío para pasar un enlace que me piden o que yo quiero compartir, me topo con aquella de mis publicaciones más temidas, allá por 2003, cuando seguía todavía en mi veintena. Estoy retrasando el momento de anunciar el título, ya que me pregunto si las explicaciones que yo pueda aportar en este artículo van a servir para salvarme o para perderme. Supongo que ya no puedo retrasarlo más, apenas lo suficiente como para añadir que ni el libro ni el título fueron idea mía, así que ahí va… habrá que nombrarlo: Palabras de amor de Shakespeare. Si en los artículos se dispusiera de emoticonos (por fortuna, todavía no), estaría usando en este momento alguno que tratase de amortiguar el impacto.

Palabras de amor de Shakespeare se trató, por supuesto, de un encargo, que necesitaba realizar porque durante más de dos décadas mi exclusiva fuente de ingresos fue esa: los encargos editoriales. En principio, el asunto no tenía por qué tener nada de bochornoso, incluso voy a aclarar que yo disfruté mucho haciendo ese libro que firmé únicamente como editora, ya que el contenido es el que estrictamente sugiere el título: palabras de amor de Shakespeare. Es decir, mi cometido consistía en revisar todo el corpus del autor (¿sonará así más digno?) y escoger citas –generalmente haciendo un refrito de diversas traducciones– que tuvieran que ver con la pasión amorosa en sus múltiples facetas. Más allá de mi nota introductoria, hay un total de dieciséis apartados, con títulos vagamente inspirados en Shakespeare, como «Desconcertante amor, cuerdísima locura», «Melancolía de amante» o «Qué bello es el desaire de sus labios». Veamos, por ejemplo, una cita extraída del segundo de los apartados mencionados: 

«No tengo ni la melancolía del estudiante, que es atrevida; ni la del músico, que es fantástica; ni la del cortesano, que es orgullosa; ni la del soldado, que es ambiciosa; ni la del abogado, que es astuta; ni la de la dama, que es bella; ni la del amante, que es la suma de todas ellas» (Jacques en Como gustéis, acto IV, escena I).

Hay que decir que me tomé la revisión de las obras en serio, como me tomo en serio todos los encargos, podría decir, los firme o no y por muy descabellados que algunos sean. Consulté todas las obras en edición inglesa –S. Wells & G. Taylor (eds.), The Complete Works, Oxford, 1986–, junto a todas las traducciones al español de las que hice acopio en bibliotecas. A partir de ahí escogía y dividía en los distintos apartados fragmentos de diálogos o intervenciones de un solo personaje. Hasta me tomé la «molestia» –yo que estaba acostumbrada a la ardua tarea de elaborar índices onomásticos y analíticos de ensayos académicos– de incluir mi modesto índice analítico, con palabras como «timidez», «traición», «unión», «rechazo», «despedidas», «seducción» o «pruebas de amor».

Llegados a este punto, tal vez haya algún lector que esté pensando que mi labor fue relativamente digna y no entienda los motivos de mi vergüenza. ¿Qué es, en definitiva, lo bochornoso de este asunto? Pues bien, lo más bochornoso es sin duda el libro en sí mismo, el libro como objeto, el libro con sus «pseudo-ilustraciones» generadas por ordenador entre las que abundan las flores, las mariposas, los angelitos y, por supuesto, los corazones. 

Si no recuerdo mal, quizás este fuera el primer libro que yo firmaba con mi nombre. El editor insistió en que lo hiciera. A efectos mercantiles, por lo visto, a veces conviene usar nombres de autores alemanes que viven en remotas regiones canadienses acompañados de sus dos gatos; otras veces hay que escoger a una mujer de nombre seductor, exótico o descaradamente indio, pero en esta ocasión no venía mal que firmara una joven licenciada en filosofía –con un nombre probablemente no exótico, pero sí original– y que trata de dedicarse al teatro. Mi foto de solapa, para colmo, era no solo bella sino también real

Si no recuerdo mal, quizás este fuera el primer libro que yo firmaba con mi nombre. El editor insistió en que lo hiciera. A efectos mercantiles, por lo visto, a veces conviene usar nombres de autores alemanes que viven en remotas regiones canadienses acompañados de sus dos gatos; otras veces hay que escoger a una mujer de nombre seductor, exótico o descaradamente indio, pero en esta ocasión no venía mal que firmara una joven licenciada en filosofía –con un nombre probablemente no exótico, pero sí original– y que trata de dedicarse al teatro. Mi foto de solapa, para colmo, era no solo bella sino también real. Podría decirse que, tras las dudas de si firmar o no el encargo, mientras trabajaba en el libro estaba hasta contenta. Ahora bien, cuando lo tuve en mis manos –aunque es cierto que ya había sufrido semanas antes el impacto de la portada–, hubiera estado dispuesta incluso a devolver hasta la mitad de mi sueldo (hay que decir que no fue de mis encargos peor pagados) a cambio de que esos ejemplares plagados de estrellas, corazones y angelitos desaparecieran de mi vista y sobre todo de la vista de cualquier otra persona desprevenida. La paradoja es que casi veinte años después, como explicaba al principio, este es uno de los tantos títulos que continúan apareciendo junto a mi nombre en las búsquedas informáticas de muchas páginas y librerías. La paradoja es también que no cobro derechos por él, como tampoco por ninguno de esos otros que he firmado con «pseudónimos prestados» (por lo menos un par de ellos, según me consta, éxitos de ventas). 

La verdad es que tengo una buena colección de anécdotas divertidas relacionadas con esos libros escritos con pseudónimos ajenos, pero sería muy difícil relatarlas con el detalle necesario y a la vez no delatar a nadie. Es una lástima. El asunto, de todas formas, si de alguna manera se me ha sugerido que dialogue con mi yo del pasado, tendría que ver con preguntarme cómo llevaba mi yo de entonces todo aquello. La respuesta abreviada podría ser que algunas veces mal y que muchas otras veces fatal. La respuesta más larga tendría matices, pero no proporcionados por esa joven que trata de dedicarse a la escritura y la dirección teatral y debe poner incontables veces esa vocación en segundo plano, sino por esta otra mujer de teatro que, aunque siga sin trabajar siempre con la dignidad que cree merecer, sí ha conseguido escribir lo que quiere, pese a todo. Cabría incluso preguntarse si lo más sabio no sería acaso decir «gracias a todo». 

Lo que pretendo señalar es que, mientras muchos compañeros dramaturgos catalanes, a los que sin duda envidiaba –viví en Cataluña hasta los treinta y cinco–, aprendían y se entrenaban gracias a sus becas, yo tenía también mis peculiares modos de entrenamiento. Además de que mi trabajo consistía básicamente en escribir muchísimo y en leer todavía más, pasar de temas como el poder de la oración a otros como el milagro del sexo tántrico, a veces en el transcurso de una misma jornada, si no extermina tus neuronas, las acaba dotando de una singular plasticidad. 

Siempre he defendido, en la línea de muchos otros, que el fundamento de la escritura creativa es relacionar dos planos de referencia distinta, que antes no estaban conectados. Esto me ha sucedido de manera natural y espontánea en muchas de mis obras y sospecho que algo podría tener que ver con las costumbres que vengo contando. Otra cosa que tal vez aprendí de aquella larga etapa es el no tenerle miedo a ningún tema, el estar siempre preparada para el estudio. 

También me gustaría destacar algunos libros de los que sí estoy orgullosa, entre ellos, por ejemplo, varios títulos para la editorial Océano que sí firmé con mi nombre, como El arte de vivir con filosofía, que es un libro divulgativo, pero escrito con rigor, que propone un recorrido por esa línea de la filosofía occidental entendida como un saber sobre el alma que se enfoca en el cuidado de sí: desde la «vida examinada» de Sócrates hasta las tecnologías del yo de Foucault, pasando por Nietzsche y la vida como obra de arte, la angustia de existir en Sartre o Heidegger y el ser para la muerte, entre otros muchos temas. 

Otro sello que me ofreció la posibilidad de trabajos dignos, mientras era todavía una editorial independiente, fue Parramón, para quienes compilé y redacté no pocas obras que versionaban leyendas y cuentos clásicos de diferentes temáticas y distintos países del mundo. Tal vez los títulos pudieran suscitar desconfianza –me refiero a títulos como El gran libro de los cuentos de Navidad o El gran libro de los vampiros–, en el sentido de que podrían parecer un producto rápido e «industrial», pero nada más lejos de la realidad. Trabajé con total dedicación y cuidado en la selección y la redacción de esos textos, con versiones en las que me di a veces una gran libertad y de las que me siento especialmente orgullosa. Varios de ellos son, además, libros compartidos con ilustradores exquisitos. No quiero dejar de nombrar, en este sentido, la novela gráfica que firmamos Miquel Serratosa y yo (él como ilustrador y yo como adaptadora y guionista): Relatos de Poe. También compruebo que todavía puede encontrarse en librerías y empiezo a preguntarme si entre la lista de las tareas pendientes para mejorar mi vida profesional (elaborar buenos dossiers, encargar por fin una web, hablar con quien me aprecie y no hablar con quien me ignore, etc…) no estaría la de rastrear a todos aquellos editores probablemente ya jubilados para preguntar qué pasa con mis derechos. 

La discreción me ha impedido escribir un artículo mucho más divertido y el pudor ha evitado un artículo mucho más dramático. En ese pasado en B no tan lejano, del que todavía conservo en el fondo alguna herida –era raro, por ejemplo, llegar a las doce de la noche a mi casa después de una función de Carne viva, obra que estaba siendo un éxito, y tener que ponerme a traducir novelas eróticas de vampiros como El beso de la medianoche hasta las tres de la mañana–, hubo tanta alegría como ganas de matarme. Será por eso que mis obras por lo general son cómicas, pero también suelen tener alguna muerte trágica. Es el caso, por ejemplo, de Un tercer lugar, de la que he querido escoger un fragmento para despedirme. 

Tristán y Matilde, una pareja singular como todas las de esa obra y como quizás todas las parejas del mundo, están en una biblioteca. Él desea encontrar un libro en particular, pero sin buscarlo, quiere que el hallazgo sea casualidad o destino. Cuando por fin el libro aparece, esto es lo que ocurre: 

Tristán.— ¡Es este!

Matilde.— ¿Qué pasa?

Tristán.— El libro que tenía que encontrar sin buscarlo… es este.

Matilde.—¿Este? ¿El poder de ser tú mismo? ¿Estás seguro de que es este? 

Tristán.— Sí, sí, es este, lo estuve hojeando en la sala de espera del neurólogo y supe que tenía que encontrarlo.

Matilde.— No puede ser… dime que no es este… por favor…

Tristán.— Sí lo es. Es de un místico sufí que antes de iluminarse trabajaba para Gas Natural. Le pasó una cosa totalmente increíble… 

Matilde.— Sí, sí, ya sé todas las cosas increíbles que le pasaron.

Tristán.—¿Conoces el libro? ¿Lo leíste?

Matilde.— No, lo escribí. Leerlo la verdad que no lo leí porque no ayuda nada leer los libros de autoayuda que una autoescribe.

Tristán.— No entiendo. ¿Cómo que lo escribiste tú? ¿Qué quieres decir?

Matilde.— Eso, que lo escribí yo. Los tres libros que tiene publicados este autor los escribí yo. En realidad, él ni siquiera existe. De hecho no existe ni un solo autor de esa colección. Son todos libros por encargo firmados con pseudónimo.

Tristán.— ¡No puede ser! Aquí pone que este tipo vive en el sur de California con sus dos gatos.

Matilde.— Sí, todos estos seres inventados viven con sus mascotas, así es.

Así es. Esta escena está vagamente inspirada en hechos reales. Alguien cercano, después de vaciar la casa de un amigo músico recientemente fallecido, me trajo un libro y me dijo: «Te lo traigo porque he pensado que te podría interesar». A lo cual yo tuve que responder: «Gracias. Lo escribí yo y ni siquiera lo había visto. Me interesa, sí».