Laura Freixas:
Todos llevan máscara. Diario 1995-1996
Errata Naturae, Madrid, 2018
360 páginas, 19.50 €
POR MANUEL ALBERCA 

 

La publicación de Todos llevan máscara, segunda entrega de los diarios de Laura Freixas, es motivo de regocijo para los que saludamos, en 2013, la aparición de Una vida subterránea. Diario 1991-1994. Fundamentalmente, por dos motivos. Uno, porque son todavía escasos los diarios de mujeres escritoras publicados en España; dos, porque son aún menos los que consiguen la continuidad que este segundo volumen parece asegurar. No deja de ser paradójico que una de las mejores conocedoras del género de los diarios, además de traductora al español de algunos tan relevantes como el de André Gide o el de Virginia Woolf, haya tardado tanto en dar a luz los suyos, tardanza que sólo se explica por una curiosa contradicción de nuestro sistema literario y editorial.

Tal como han demostrado diferentes estudios de campo que se han realizado sobre la práctica ordinaria del diario personal en Francia y España, resulta que un número relevante de mujeres acostumbra a llevar diario, sobre todo, en la adolescencia y en la juventud. En cambio, los hombres, en estas mismas edades, lo llevan en un porcentaje cuatro veces menor que ellas. Sin embargo, estas cifras se invierten en el campo de la edición. No hay datos precisos, pero no creo que me equivoque si digo que los diarios publicados por mujeres son una minoría todavía en comparación con los publicados por hombres. Trataré de desgranar después las razones de esta desproporción, si bien no parece que esta diferencia se deba a motivos estrictamente literarios.

La visibilidad de los textos autobiográficos escritos por mujeres ha sido un proceso lento y lleno de obstáculos. En la ficción, incluso en la poesía, la mujer puede, hasta cierto punto, ocultarse o camuflarse; en la autobiografía es difícil; en los diarios, imposible. Además, en este registro literario, la génesis de la conciencia personal no se puede sustraer nunca a la cuestión de género. En el caso de los hombres, el modelo de referencia estaba ya explícita o implícitamente formado: el sujeto autobiográfico masculino convencional ha sido tradicionalmente, por definición, macho, blanco y occidental. Las mujeres, por el contrario, no disponían de un modelo propio, salvo el que le imponía el patriarcado; en consecuencia, la formación y emergencia de su propio modelo ha sido y sigue siendo todavía dificultosa. Por su cuestionamiento del modelo masculino, la mujer parece ser más consciente de que su identidad se construye siempre en relación con el otro.

Por tanto, la experiencia femenina es diferente a la masculina, y dicha diferencia no puede soslayarse. Es lo que refrenda este diario de Laura Freixas, que viene a decir en una entrada que la literatura no es, desde luego, una cuestión de hormonas, pero ciertas cuestiones que competen especialmente a las mujeres (sexualidad femenina, embarazo, aborto, decisión de tener hijos, su crianza, etcétera), y para ser comprendidas en toda su complejidad, deben ser contempladas desde su óptica. Si este aspecto no es atendido en un diario femenino, considera Laura Freixas, siguiendo a Virginia Woolf, algo importante se pierde. Ese modo distinto de ver y apreciar la realidad, que está todavía en proceso, es lo que se nos muestra en primera persona en este diario.

La libertad y la autonomía de la mujer son los pilares imprescindibles del feminismo, a partir de los cuales se puede establecer una independencia con respecto al mundo masculino. El feminismo de nuestra autora es realista, en la medida que acepta críticamente la propia situación dentro de la pareja y la familia, sin intransigencias ni fundamentalismos: «No quiero empecinarme como si fuera un hombre o como si fuera soltera y sin hijos […]. El ser mujer y el ser esposa y madre me limitan, pero también me ofrecen ventajas». En este sentido, observa que sus suegros franceses ofrecen una aceptable y funcional división de papeles que no implica jerarquía ni descontento ni humillación.

La carencia de diarios de mujeres no es una cuestión de pudor, ni tampoco creo que las mujeres lo sean más que los hombres; al contrario, y, al menos en este caso, y de algunos otros diarios femeninos que se podrían aducir, se caracteriza por su compromiso de buscar su verdad más íntima. Así, evita la composición en escorzo, más frecuente en los masculinos, y va de frente a tomar el toro de la verdad, de su verdad, por los cuernos, con la sola ayuda de la sinceridad. En este aspecto, el diario de Freixas es meridianamente claro y da lo que promete: autenticidad y verdad. La diarista mantiene un diálogo continuo consigo misma, una interpelación del yo desde la mismidad íntima. Ésta no es una característica exclusiva de las mujeres ni de los diarios femeninos, pero no cabe duda de que en el contexto actual esto escasea en los diarios masculinos.

En los diarios masculinos actuales, el diarista expone un yo autor público para contradecir o cuestionar otros yoes no menos masculinos ni menos armados, si bien no se adentra en la interpelación de la mismidad. Suele colocarse de perfil, oculta sistemáticamente su intimidad y cubre con un velo sus sentimientos más personales. Construye un calculado personaje público en el que parapetarse de las posibles inclemencias de la vida y demuestra que la mejor defensa ante las agresiones externas es el ataque. Su presencia es tan aplastante y totalitaria que no deja ver nada más que a él mismo y la realidad filtrada por su tamiz. Más allá no hay nada que merezca la pena. No hay lugar para la ambigüedad ni para la disensión, y el lector lo toma o lo deja. En los diarios de hombres más celebrados, la función del diario es, sobre todo, literaria, entendiendo por esto profesional. Son diarios que dan cuenta de cómo se desenvuelve el diarista en el mundo de la literatura y cuáles son sus estrategias de promoción. El diario no es, en estos casos, un espacio de introspección. Quiere y aspira a alcanzar la categoría literaria, y se escribe con ese fin, por lo tanto, su meta es la publicación. Son así, y, si están bien escritos, ésa será su gracia y su atractivo. No se vea, por tanto, en las palabras anteriores ningún rechazo o menosprecio.

En el diario de Laura Freixas, la escritura no obedece, en principio, al cálculo puramente literario ni está motivada por su publicación. En alguna entrada la autora puede soñar o imaginar una posible y lejana publicación, pero no es el fin primordial. El diario es para Freixas un cauce de expresión, de liberación y desahogo íntimo, como repite al cerrar alguna entrada en la que se evidencia precisamente esto: «Basta por hoy. Estaba un poco inquieta y escribir, de un tirón, estas páginas me ha sentado bien»; «¡Qué desahogo el diario!». Esta sinceridad está reforzada porque la escritura surge a borbotones sin cálculo ni medida. Y también por el entusiasmo que producen los pequeños o grandes logros, momentos de plenitud y de satisfacción que se contrabalancean en la comprobación de una mayor fragilidad ante los contratiempos y frustraciones.

La sinceridad para hablar de los asuntos íntimos, los que se suelen guardar en secreto, es lo que caracteriza este diario. Aquí se abordan de manera directa y precisa los conflictos de pareja, los dilemas de una mujer que se debate entre los papeles sociales pautados y la lucha por su independencia o los problemas derivados de la maternidad, lo que la autora ha llamado en su diario anterior «la vida subterránea». En relación con esta lucha por la afirmación como mujer, está, asimismo, la disyuntiva y la dificultad de hacer compatible la vida familiar con la carrera literaria. El afán de éxito y reconocimiento literario es omnipresente en el diario, del mismo modo que planea continuamente el temor del fracaso y lo poco gratificante que puede ser a veces la dedicación a la literatura. Es, por tanto, este del diario un ejercicio que refrenda el camino costoso y lento que conlleva llegar a ser una mujer libre y autónoma y una escritora auténticamente coherente y responsable con su condición de mujer que no renuncia a nada.

El diario arranca con una frase teñida de desánimo: «Hace unos días me desperté triste». Y se cierra bajo los auspicios de la plenitud de esta otra: «Durante un rato me he sentido totalmente feliz, incapaz de desear nada más». Entre ambas, comienzo y final del diario, han pasado dos años, los que abarcan las anotaciones de Todos llevan máscara. La vida cotidiana de la diarista no se asemeja casi nunca a la triunfal linealidad de la recta, sino al bucle de la espiral en la que los progresos son pasajeros y los problemas vuelven y se reiteran sin encontrar salida ni solución. En ese dibujo cabe todo el abanico de expectativas, de anhelos, de avances y retrocesos, contratiempos y contradicciones, y para contar todo esto el discurso del diario íntimo resulta tal vez el más adecuado. En este aspecto, Freixas, en tanto que escritora y esposa-madre, debe armonizar las dos esferas y hacerlas compatibles sin perder nunca su autonomía. Es un asunto capital que jalona el diario, aunque sin ningún tipo de dramatismo, sólo como una elucubración intelectual, pues la situación laboral del marido y el desahogo económico de la pareja hacen posible la compatibilidad de las funciones. En la entrega anterior del diario, este asunto revestía todavía una cierta tensión, pero ahora es una mera cuestión teórica o de prurito feminista. Además, la presencia de la hija cataliza la vida del matrimonio y ayuda al acuerdo en las posibles disensiones de la pareja. La plenitud es absoluta y esto permite, como arriba he señalado, que la autora confiese con total convicción y libertad a los cuatro vientos uno de sus secretos mejor guardados: «Soy muy feliz».

También comparece, por supuesto, el mundo literario, sus intrigas, sus envidias y mezquindades, pero están ahí como la expresión de la lucha por abrirse camino en este campo, que es infinitamente más difícil para las mujeres. Son, por lo general, pasajes que en pocas pinceladas describen este mundillo por dentro en sus aspectos menos edificantes: su endogamia, su arribismo, su mediocridad. Deben leerse con atención, pues son dignas de encomio, algunas semblanzas de notables del mundo del libro, autores a los que se les ajusta las cuentas de su infatuada presencia, como sucede en una aparición fugaz de Luis Antonio de Villena, o de editores a los que clava en un perfil que hace honor a la realidad: las de Juan Cruz, Herralde o Gimferrer son, cada uno en su estilo, un exponente de la mirada acertada y crítica de la diarista.

Los avatares del manuscrito de la primera novela de Freixas, Último domingo en Londres, y los primeros pasos de la que sería la segunda, Entre amigas, ocupan una parte importante de las disquisiciones literarias y de política editorial. En este caso, las anotaciones adoptan la forma de una plegaria con la que se pretende propiciar que se produzca ya de una vez por todas lo que se espera tanto tiempo. Para la autora la escritura del diario es una manera de aliviar y exorcizar la espera, si bien no impide, sólo atenúa, la desesperación: «Estoy deprimida y de mal humor porque mis proyectos no salen adelante. Nadie me llama, llamo yo a todas partes. Qué ganas de mandarlos al cuerno…». Pero, a diferencia de los diarios que firman los hombres, Freixas no incurre en la autocomplacencia ni en la persecución de los colegas que se consideran enemigos ni destila envidia por los logros de los otros. Prevalece aquí otra mirada sobre el mundo literario: no como un campo de minas o de batalla. Freixas, en general, observa con admiración y curiosidad la fiesta literaria en la que comenzaba a estar invitada.

Este diario es una lectura muy aconsejable para todos… ¡los hombres!

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