
Creo que a lo largo de mi vida fui encontrando un método para cualquier cosa, menos para escribir. Tengo un método riguroso para prepararme los cereales y el mate a la mañana, para hacer orden en casa, para lavar los platos y que se sequen como corresponde, para producir un evento, para dar clases, para leer, para lo que sea. Pero cuando me siento a escribir los métodos no funcionan, y me parece bien que sea así. Para que un método exista tiene que haber sistematicidad, que significa que no solamente se necesita un orden determinado, una serie de pautas, de ritmos, de formas, sino que eso se sostenga en el tiempo.
Con la escritura hago lo que puedo, y eso varía cada semana, y sobre todo entre un libro y otro.
Hay una chica que viene al taller hace muchos años, amiga a esta altura. Se dedica a la cerámica y armó un emprendimiento en el que hace tazas que incluyen una imagen y una frase. Ya le compré una de Gombrowicz y otra de Saer, y mi preferida es una que tiene dibujado al Ecce Homo, ese al que restauraron y se volvió meme, y abajo dice «Se hace lo que se puede». Es mi mantra desde hace meses.
Por lo general escribo temprano, cuando todos duermen, cuando mis hijos no necesitan que los ayude, o los lleve, o que simplemente los escuche o juegue con ellos. Cuando todavía no empezaron a llover los mails y mensajes de WhatsApp. Cuando la información frenética en Argentina, que pareciera prenderse fuego semana de por medio, no se viraliza todavía. Es mi momento de mayor lucidez, y trato de aprovecharlo, pero por lo general no ocurre, porque siempre algo se atraviesa. La vida se atraviesa. Entonces escribo cuando puedo, y eso suele suceder mientras los chicos me hablan o miran dibujitos, o cuando tengo que hacer tiempo en un bar, o cuando decido poner al mundo en suspenso porque simplemente necesito escribir y que todo lo demás espere un rato.
Sí tengo algunas manías que permanecen más o menos estables con los años. Una es la de no releer ni corregir nada mientras dure el impulso, sea por un par de días o de meses. Sé que en cuanto mire lo que hice me voy a arrepentir, o que voy a sentir inhibición, y entonces se van a cortar las ganas de continuar.
Otra es no escribir más de una página por día. Puedo escribir menos, pero no más, según mis propias reglas, evidentemente poco funcionales. Pero me conozco, y sé que si me entusiasmo y me dejo llevar, y escribo mucho de corrido, al día siguiente esas ganas no van a estar más, y lo que va a aparecer es la frustración. Entonces me mido, y voy de a poco, al revés de la manera en la que vivo todo lo demás.
Si eso no me pasara a mí, sino a un amigo, seguramente le diría que no sea bobo, que es una regla estúpida y que no hay manera de que eso sea bueno para su escritura. Pero no soy mi amigo, y me respondo: se hace lo que se puede.
Por lo general padezco escribir, corregir, editar y publicar cualquiera de mis libros, y me viene a la cabeza mi primo Andrés, que hace más de veinte años me dijo, parafraseando a Saer, que escribir es una mierda, pero no escribir es peor. Ignoro si Saer dijo algo parecido, o si mi primo me mintió, pero siempre me pareció una idea muy potente.
Con La parte del sonambulismo, mi última novela, ocurrió algo insólito: disfruté mucho cada una de esas instancias en las que históricamente la pasé mal. Me divertí, de hecho, y fue una experiencia desconcertante transformar mi diario de cuando estoy sonámbulo en otra cosa. Fui escribiendo un poco cada día, mientras investigaba, mientras leía textos de otros sonámbulos, me hacía estudios polisomnográficos y visitaba a neurólogos y especialistas que me querían convencer de tomar medicamentos raros, de hacer experimentos, de diagnosticarme enfermedades interesantes que ellos suponían que tenía, pero que luego no aparecían en los resultados de mis estudios.
Pude escribir el libro no de corrido, pero sí sin pararme a releer hasta que no fuera necesario. Lo que encontré, en ese momento, fue caos. Mucho caos. Era un archivo de Word de casi cien páginas lleno de fragmentos inconexos. Lo leía, lo releía y no podía entender qué hacer con todo eso, cómo darle una forma, la que fuera. Entonces tuve una idea: terminar de romper el texto.
Ese día imprimí todo, recorté cada fragmento por separado y acomodé esos papeles, que a veces eran una página entera y otras una franjita de dos líneas, por categorías: anécdotas, reflexiones, citas, discusiones científicas, sueños, testimonios de otras personas, casos famosos, y así. Luego corrí todos los muebles del living hacia los costados, o hacia otros ambientes de la casa, para que quedara todo despejado. Y me puse a jugar, acomodando los papeles en el piso, como si fuera un rompecabezas, ordenando y desordenando, armando sectores que luego serían capítulos. Cada tanto me subía a un banquito y miraba todo desde arriba, en un plano cenital, y bajaba y volvía a reacomodar.
Estuve toda una tarde probando posibilidades, hasta que encontré cierto orden, algo que se asemejaba a una lógica. Algo que era raro, pero que parecía tener la forma de un libro. Y sobre eso me puse a trabajar, ya pensando en términos de estructura: acá falta información, acá sobra, acá no se entiende, acá desaparece este asunto, acá se podría desarrollar esto otro.
Cuando terminé, tenía un ensayo. Se lo mandé a mi editora, que lo leyó y me hizo muchos comentarios, todos pertinentes. Pero hubo uno que me pareció el mejor: que le diera una vuelta más al texto, porque no quería publicarlo no como ensayo, sino como novela. Y a mí, que descreo de la existencia de los géneros; a mí, que me cuesta entender dónde empiezan y terminan la ficción y la no ficción; a mí, que venía teniendo fallidos donde todo el tiempo hablaba de «la novela» cuando quería decir «el ensayo», la idea me cautivó.
Así que me puse a trabajar de nuevo, pero corriéndome de la necesidad de ser fiel con eso que había pasado o que creía que había pasado mientras andaba sonámbulo por la casa. Y, en cambio, hice algo tan simple y tan complejo como convertir eso en una historia. Una que tuviera potencia narrativa, conflicto y personajes. Una en la que estuviera muy presente algo que es otro mantra para mí: la realidad no necesita ser verosímil; la ficción sí.
Con La parte del sonambulismo hice lo que pude, y eso significó escribirla, disfrutarla, publicarla. Ahora trabajo en una novela nueva, pero todavía no encontré cómo articular el caos. Me tienta repetir algo de la experiencia anterior, de lo que ya me funcionó una vez, pero sé que no, porque estoy convencido de que con los métodos pasa como con los juegos: funcionan si y solo si no son una obligación, sino una posibilidad. Mientras tanto, lo que toca es escribir.