POR ANDREA GENOVART

El 92 fue el famoso año en que se celebraron los Juegos Olímpicos en Barcelona. También el de la Expo de Sevilla y el del comienzo de la Guerra de los Balcanes, con la reciente disolución de la URSS de fondo. Ninguno de estos acontecimientos fue el escenario de mi infancia, y no porque hubiera otros sino porque todavía no existía: por aquel entonces, mi madre todavía tenía que embarazarse. Pero si puedo cantar el listado de acontecimientos como números del bingo es porque son las noticias del telediario que se oyen de fondo cuando Carlos, el protagonista de Historias del Kronen, come con resaca junto a su familia en su chalet con piscina.

No creo que sean necesarias muchas presentaciones de la novela, con miles y miles de ejemplares vendidos y probablemente leídos por gente que apenas sabía cómo era un libro por dentro. Este debut, una de las apuestas más interesantes que ha habido en el exprestigioso Premio Nadal, acabó siendo manifiesto de toda una generación. Que no la mía, pero así lo decían las fajas y los medios en los que indagué una vez cayó en mis manos. Unas palabras de las que me encantaría haberme podido hacer dueña porque no me avergüenza afirmar que para mí, a quien el fenómeno pilló quince años más tarde y sin poder compartir el entusiasmo con nadie, también fue radicalmente importante. Historias del Kronen no me hizo querer escribir — creo que si hoy escribo nunca fue gracias a la literatura — pero sí sentir algo tan cursi como valioso: saber la vida que quería vivir. O, mejor dicho, lamentarme por la que no podía tener.

Yo quería un hogar, y que ese hogar fuese el bar. Yo quería un Kronen en mi barrio, donde sonara Nirvana y Barricada, y el camarero te saludase por tu mote y te invitara a un güisqui cola. Pero mi barrio de adolescencia era el Guinardó de principios de los 2000: residencial, aburrido y lleno de viejos. Es decir, un completo geriátrico. Solo había un garito con billar, pero en su pantalla de televisión era Britney Spears quien anunciaba Pepsi y no los Australian Blonde tocando Chup Chup y, para colmo, no nos vendían cerveza porque ya no hacían la vista gorda con menores de edad. En este primer título de José Ángel Mañas, los personajes bromean todo el rato sobre el sida, se invitan constantemente a farlopa y las chicas son todas y sin excepción unas cerdas a las que comerles el chocho; pero cuando levantaba la vista de esas páginas, el contexto había cambiado: el Ministerio de Tráfico bombardeaba con campañas preventivas de accidentes de tráfico y entre amigos no discutían sobre política porque la burbuja del ladrillo todavía tenía que explotar, y Zapatero reconocer que llevábamos tiempo inmersos en una crisis de primer nivel.

Fue ese día a día tan desaliñado de Historias del Kronen, una cotidianidad que dista de toda paz y romantización, en el que mi ojo lector empezó a husmear en lo sucio y lo prohibido. En lo cruel y marginal. La panorámica social, la agitación nocturna y el vértigo emocional de las narrativas que surgieron poco después de la Transición fueron solo glutamato para mi paladar: despatarrada, desde el sofá de mi casa, sólo tenía fascinación y envidia por esa juventud atravesada por el conflicto etarra, la epidemia de la heroína y una nueva vanguardia encabezada por un artisteo de todo tipo menos proletario. Una serie de elementos clave que a día de hoy no solo me apasiona encontrar sino que los promulgo: hay algo de valiente y poderoso cuando nos recreamos en lo moralmente reprobable. A esta primera lectura fundacional le siguieron, pues, otras de formación clave, y que sigo releyendo sin ápice de culpa: la bajada a los infiernos de Héroes de Ray Loriga, en la que un madrileño se lamenta por estar atrapado en una bohemia en la que se regocija con letras de león. También el cinismo desarraigado de American Psycho de Bret Easton Ellis, la aceptación de que no hay nada que nos una más que la frialdad del mercado monetario con Dinero de Martin Amis, y la inmensa miserabilidad que es capaz de abarcar un adulto que tan bien representa Houellebecq. La atracción por los bajos fondos me hizo venerar el oscurantismo de la considerada obra inaugural de la novela psicológica, y que contiene el mejor monólogo de todos los tiempos, esto es, Memorias del subsuelo de Dostoievski; también me llevó a justificar el esnobismo y presumir de un gusto por el hermetismo insalvable de Atila de Aliocha Coll o Los cantos de Maldoror de Lautreamont.

Pero la dureza y la radicalidad de los imaginarios suelen desaparecer con el tiempo y yo, como cualquier militante de izquierdas, no iba a ser una excepción. Mi inclinación postadolescente por la barbarie se fue volviendo más laxa y, por fortuna, permití que me gustaran enfoques menos resentidos, como son la sobreestimulación urbana de Don DeLillo o el homenaje a la música pop de Alta fidelidad de Nick Hornby. Gracias a Dios, cuando tuve el título universitario bajo el brazo y pude deshacerme de ciertas imposiciones canónicas y más bien capacitistas, empecé a priorizar el humor por encima de todo. Un desplazamiento que, visto en perspectiva, supongo que tiene cierto sentido: si cuando era una cría sin más escapatoria que la MTV por banda sonora y un flirteo con chavales exentos del servicio militar obligatorio, fantaseaba con tener por amigos aquellos chavales madrileños de clase media-alta que describe Mañas, es decir, a cuatro capullos a los que solo les interesaba ponerse hasta el culo y meterla, no es de extrañar que en un contexto literario de pornográfica autocompasión buscara mi sitio en una carcajada ácida que juega con los límites de la convención. Me escudé, pues, bajo los microrrelatos costumbristas de Monzó i Pàmies. Y empecé a gozar de la absurdidad bajo la crónica afilada de Foster Wallace. Retratos, al fin y al cabo, sobre seres anónimos y mediocres: es en esta terrenalidad que lucha contra el endiosamiento del individuo sensiblón, ese que no defeca ni blasfema, que encuentro la responsabilidad de narrar. La ficción, para mí, debe ser el espacio donde insistir en lo indecible; y lo indecible no son secretos victorianos sino lo feo, lo guarro y lo sádico que nos empeñamos en hacer ver que no existe.

¿Que qué hay de Historias del Kronen en la forma en como escribo? Diría que casi nada. Al menos, estilísticamente: en ella hay mucho, mucho diálogo. Y está ambientada en una época y en una ciudad de la que no soy ni conoceré. Pero sí hay algo de este éxito de ventas que comparto o, mejor dicho, persigo como autora. Y es la antipatía. Carlos, el protagonista, es un niño pijo narcisista y acostumbrado a salirse con la suya: no hay ni un solo hecho traumático que justifique sus manipulaciones, ni tampoco mínimo asomo de un intento de redención. Para él y sus súbditos de la pandilla todo es puro juego: no existe una ambición de futuro sino un eterno día de la marmota bajo el descontrolado influjo de narcóticos. Todos conocemos el final de la historia, y quien no pues ya siento: una noche de fiesta acaban matando al debilucho del grupo. Y de un modo muy primitivo: le encasquetan a la fuerza, mediante un embudo y en menos de tres minutos, una botella entera de licor. ¿Las consecuencias? Ninguna, puesto que todos prefieren callar y mentir. Decir que ha sido un accidente. Seguir con su verano, levantándose al mediodía todavía ciegos y llamando al camello o a una chica con la que darse un par de lengüetazos. Y continuar con una vida sobre la que no hay futuro porque, sencillamente, no importa. Es la capacidad de narrar el vacío de una violencia sin rodeos, esa raspa de pescado atascada en la garganta, la que merece todos mis respetos: porque denunciarla, hoy, es previsible. Pero darle todo el espacio y sostenerla, sin moralinas panfletarias, ya es todo un reto.