
Me gustaría tener más claridad alrededor de mis procesos de escritura. Poder hilar una trama temporal alrededor de cada libro que escribí, de cada nota que tengo que entregar, de cada puntapié a algo que podría llegar a ser un texto significativo. Me cuesta horrores. Y está bien, cualquiera me diría: ¿qué importa? Nadie te lo exige. Pero esa pregunta circula siempre. Y no está mal hacerla. Si hay una persona que trabaja escribiendo, o que se convierte en escritora, es correcto preguntarle cómo son sus procesos. Cada vez me encuentro con más escritores o artistas que desconocen qué articula esos procesos. Como si fueran actividades totalmente desprovistas de estamentos, de órdenes, de jerarquías. Es una sola con su alma y con su deadline, y con la esperanza, casi siempre ciega, de que ese plazo se cumplirá. De que las ideas llegarán porque otra opción no queda. La materia prima es algo abstracto que tenemos dentro que a veces, pareciera que incluso ni siquiera tenemos que cuidar.
Intentando armar un mapa sinóptico reconozco que escribo por las mañanas. Que no empiezo temprano, más bien hacia las once. Que después de un café con leche y una fruta, o un yogurt, o una tostada, me siento delante del aparato y después de hacer el jaleo insignificante de las redes, abro los archivos de Word pendientes. Reconozco las actividades inconclusas, les digo buen día y me meto a bañar. Es esa piedra en el zapato la que signa el camino de la jornada. Nada alrededor estará del todo completo hasta que no termine ese texto, esa columna a entregar, ese capítulo. La vida tiene un agujero en el medio cuando hay un texto sin terminar. Y como si ese núcleo caótico pudiera organizarlo todo lo demás, sé que penderé del hilo del deber y haré mis actividades alrededor de suplir la actividad reina que falta: el texto. Entonces no hay un horario específico, como bien decía, puede ser durante el curso de esa misma mañana, pero también puede ser esa misma noche. Durante la tarde arriesgaría a decir que casi nunca escribo. La tarde ya es el día comenzado, una especie de torta mordida guardada en la heladera. Algo que no quiero volver a comer. Algo que ya probé y guardé para después, para cuando el antojo sea incuestionable. La tarde está diseñada para otro tipo de pendientes, menos profundos, como trámites, trabajos a distancia, actividad física, caminatas por la ciudad, visitas a terceros. La asignatura pendiente de escribir se parece bastante a la del amor inconcluso. A esa puerta que mínimamente se abrió con alguien y con la cual, ambos saben que por el momento, no tendrán nada más que hacer. Algo que quedará ahí, como un agujero a duras penas, pobre de los dos. Pero la escritura es mejor, claro que sí, porque depende pura y exclusivamente de mí. De una sola persona. Y aunque pierda mis brazos, o mis ojos, o no pueda moverme por un dolor incapacitante, o pierda la computadora, o el documento, ningún hecho extremo me quitará la posibilidad de sentarme a escribir y a terminar ese texto pendiente. Nadie, nada, nunca. Es mío, solo mío. Lo contrario del amor, que es solo mío pero también de alguien más. Menos mal que existe la escritura.
Entonces, como decía, por la mañana o por la noche, nunca por la tarde. Me siento y escribo, la mayoría de las veces por obligación. Como si a fin de mes fuera a recibir un honorario definitivo por esa actividad que estoy haciendo, a la que le pongo todo de mí, y la que vista de afuera solo se parece a una mujer sentada en un teclado. Termino mi pendiente, casi nunca en el lapso de una hora, casi siempre en mucho menos tiempo. Me siento y escribo la versión definitiva, o lo que yo creo que lo es. Todo el resto del tiempo que no estuve sentada escribiendo estuve parada escribiendo. Mi pensamiento es útil a mi escritura, más que a mi vida cotidiana, y a mis vínculos, y a mis amores, también, por qué no. Da un placer enorme esa eficacia, y da una tristeza igual de enorme saber que no existirá de esa manera para otras cosas que importan mucho, incluso quizás más, que la escritura. Porque la escritura no es lo más importante.
Una vez que termino el texto que me organizó el pensamiento y que estructuró casi toda mi jornada, agradezco a todo y a nadie por haberlo podido hacer. Soy un ser dichoso, al menos por unos minutos, me preparo un café. Y si es de noche, me tomo un helado, o me preparo un té. O enciendo el televisor o la computadora y miro una película, cualquier cosa, no necesariamente de culto. Puedo ver Terminator por tercera vez, puedo ver «Love is Blind: especial Medio Oriente», puedo ver un recital de Mercedes Sosa. Solo necesito poner atención en otras personas haciendo otras cosas, apasionadas por otros asuntos. Entrego el texto y me vacío de algo, de mí, el agujero se achica. Me siento tan sola como acompañada en esos instantes, que como decía antes, nunca sé cuánto duran, ni cada cuanto se repiten. Solo sé que están y van a estar siempre. Porque ya son mi oficio, aunque abstracto, invencible al fin. Difícil de catalogar pero infalible. Provisto de muchas cosas tan potentes como irrelevantes.