POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

Podría parecer un empecinamiento o una resistencia suspicaz a aceptar cualquier forma de triunfo, pero lo cierto es que los grandes protagonistas de los relatos que leemos desde hace siglos responden en muchas ocasiones a un patrón reconocible: hay, de manera muy habitual, personajes que experimentan el fracaso o la derrota, y que son sin embargo retratados con una intención modélica o admirativa por parte del narrador. O por decirlo con una fórmula más directa: en la literatura con mucha frecuencia los héroes son antihéroes, con dificultades económicas o sociales o amorosas, en una suerte de gran elegía de la inadaptación, como si hubiera un viejo rencor de clase que impregnara toda la literatura frente a otras prácticas u oficios o modos de vida con recompensas más tangibles.

Un ejemplo elocuente se encuentra en el comienzo mismo de la novela contemporánea: El Quijote es, en algún sentido, un caso paradigmático de un individuo que experimenta una cierta marginalidad. Loco lúcido o lúcido loco, su entrega a la lectura lo convierte en un caballero romántico antes del Romanticismo, guiado por una nobleza y una abstracción que lo conducen al ridículo y al desastre, sin que su conciencia progresiva de sus equívocos lo hagan caer en el escepticismo ni en la abdicación. Es un tipo de personaje que suele despertar sensaciones contradictorias. Por un lado, resulta ejemplar en su delirio y su apego a sus ideales; pero por otro lado advierte de los peligros de una entrega tan visceral, aunque sepamos que es mejor que nosotros y que su ausencia de cálculo es una virtud difícil de cuestionar.

De un modo distinto, pero respondiendo a una lógica similar, se puede realizar un análisis equivalente en algunos textos de no-ficción. Por ejemplo, en uno de los testimonios más reveladores del siglo XX: Si esto es un hombre, de Primo Levi, donde el autor italiano, superviviente al encierro en Auschwitz, establece una categoría entre los cautivos de aquella fábrica del horror nazi que da pistas sobre el porqué del interés de tantas narraciones por los arquetipos que sufren alguna adversidad. Según Primo Levi, podría distinguir a sus compañeros en dos grandes grupos: los hundidos y los salvados. Los hundidos serían los que no procedieron a ninguna forma de adaptación y en consecuencia fueron exterminados. Y los salvados, entre los que se incluye él mismo—pues gracias a sus conocimientos científicos colaboró en el laboratorio de Auschwitz y se convirtió en un elemento útil protegido por el calor y el alimento del que carecían sus compañeros—, quienes admitieron algún pacto o concesión y sobrevivieron a costa de esa mancha. El diagnóstico de la supervivencia es, pues, una sociología que supera las alambradas del campo, y resulta esclarecedor para comprender el énfasis de tantos textos en exaltar las fatalidades voluntarias.

No se trata, por tanto, de un apego a un romanticismo caduco, ni de una insistencia en la condición poco popular de la literatura que se extendiera al infortunio de sus personajes.

Es una tendencia tan habitual, que esa querencia por esta clase de héroes extraños responde a razones más complejas y se manifiesta del modo más variado. Tanto, que incluso cuando un texto aparenta negar esta fórmula, tiende a reafirmarla. Es lo que ocurre en El gran Gatsby, la popular novela de Fitzgerald en la que su exitoso protagonista sufre sin embargo una completa derrota secreta en el amor. No sólo eso: toda su ambición de triunfo tenía como único afán la conquista de la mujer de la que está enamorado, y siendo indiferente a los logros aparentes que otros pudieran envidiarle, su hazaña de enamorado sin fortuna lo convierte en alguien mucho más digno que un multimillonario feliz en su vacío. Otros casos sí se ajustan a una épica más explícita. Quizá uno de los más notorios y recientes sea el de Roberto Bolaño, cuyos personajes huyen del apocalipsis del desencanto a través de la poesía, y en su nomadismo de propósitos muy vagos, desencajados de la sociedad en sus vidas raras y poco prósperas y difíciles de explicar a nadie, parecen condenados y salvados al mismo tiempo, distinguidos al menos de otras existencias más comunes y anodinas.

Pero esa dirección por la que los personajes parecen precipitarse a alguna forma de desastre no se corresponde con la búsqueda de algo tan burdo como una buena causa. Se trata, más bien, de una redención mucho más íntima, y no moral ni volcada al exterior, como otros textos con tentaciones bienintencionadas quieren proponer.

Una prueba de que este interés en la narrativa por los personajes que se abocan a la adversidad carece de justificación moral puede encontrarse en los libros de Onetti o en las películas de Cassavetes. Con sus diferencias, en sus obras abundan protagonistas de dudosa virtud ética, excluidos y hasta dotados de un cierto cinismo, aunque al mismo tiempo guardan un rescoldo de fidelidad a un viejo empeño o a unas alianzas consolidadas por el tiempo que los exime de otras faltas. En Juntacadáveres de Onetti y El asesinato de un corredor de apuestas chino de Cassavetes, los protagonistas regentan burdeles decadentes al cabo de décadas, pero pese al camino equívoco por el que persisten, hay en esos personajes un sueño o una aspiración escondida, un impulso propio y genuino muy antiguo con el que quisieron superar la mediocridad de sus destinos, y esa resistencia a no ceder en su vieja inercia contrarresta cualquier otra aversión que pudiéramos tener hacia ellos.

En todos es posible detectar elementos en común. Todos se hunden por una fe o una aspiración muy personal, y ahondan en esa sinrazón cuando todo invita a desistir. Todos, cada cual a su manera, han renunciado al cálculo y al pragmatismo, y en su abandono de las prevenciones del miedo, han fallado en el intento y se han convertido en personajes desechos que, sin embargo, nos interpelan de forma directa: nos exponen ante nuestras cautelas o nuestro terror a ponernos en su lugar, pese a que su audacia y su locura y su determinación sean logros más verdaderos que otros más comunes y visibles que sin embargo despreciamos.

Pero detrás de los rasgos espirituales de estos personajes, está también la voluntad de sus respectivos creadores. Porque da la impresión de haber siempre un deseo de rescatarlos, a pesar del rechazo que pudieran suscitar a una mirada menos perceptiva, como si los autores quisieran resolver el malentendido que los ha confinado a algún tipo de margen o de conmiseración. O hasta como si sus creadores pasaran por alguna suerte de enamoramiento de sus criaturas, convencidos de haber dado con su secreto, y que esa comprensión sea sobre todo una exaltación por cómo interpreta cada uno de estos protagonistas su desatino, como si sus caídas fuesen más admirables según la altura y el desvarío que los precipita y funcionasen a modo de provocación frente a la mesura que nos retiene a sus lectores.