POR CLAUDIA APABLAZA

Antes de contarle a W. que tengo que enfrascarme en estos consejos para escribir, además de avanzar en mi nueva novela, Cita previa, al menos unas páginas, picamos verduras y una sandía bajo el influjo de un aire espeso que se cuela por las ventanas de la cocina en una casa de campo en Castilla-La Mancha. Mientras, alguien comenta en redes sociales que todos los bosques alrededor de este pueblo están siendo devorados por las llamas, aparecen tormentas eléctricas en medio de ese fuego, la derecha insiste en que hay que desideologizar los incendios y los franceses discuten si el aire acondicionado es de derechas o no.

En medio de esas ráfagas de infierno, con los niños jugando en el patio, W. me cuenta acerca de la novela que comenzará a escribir, yo balbuceo algo acerca de la novela que estoy a punto de publicar, aunque temo haber puesto demasiados secretos familiares sobre la mesa; pero bueno, al menos cambiaste lo nombres, ¿o no?, me dice W.

Freímos las verduras, ella le pone jengibre a algo que yo jamás le habría puesto jengibre, y sumergidas en las olas de infierno que siguen colándose por las rendijas, nos enfrascamos en la conversación acerca de nuestras novelas del futuro, porque entre un texto y otro, en esa suspensión de la escritura como tal, intuyo que ella también habita constante las entrañas de lo literario, ese hueco invisible que queda entre la realidad y el dolor.

Saltamos de un tema a otro, novelas, consejos, la previa de la escritura, la posesión absoluta de ciertos temas. ¿Vale la pena seguir escribiendo nuestras novelitas con la inminente revolución de la inteligencia artificial y sus derivados?, pienso preguntarle.

W. detiene su preparación de jengibre y soja, me mira con una cara difícil de descifrar, como si hubiese detectado mi pregunta. Pienso en mi escritura. Escritora de artefactos íntimos y raros, ¿por qué me iba a preocupar a mí la IA?

Para ayudarme con este arranque, W. va a su estantería y me entrega cuatro libros que elige para mí. Los mecanismos de la ficción de James Wood, No tan incendiario de Marta Sanz, Los que sueñan el sueño dorado de Joan Didion y Un lugar seguro de Olivia Teroba. Los elige al azar de su biblioteca a una velocidad reconocible de quien recomienda lecturas, como si leer fuera a salvarte la vida o al menos un rincón ínfimo de ella.

Los hojeo con la misma velocidad con que los recibo, en esa urgencia de buscar ciertos consejos que podrían ayudarme a salir de este paréntesis y luego a quienes leerán este texto. Abro y cierro páginas, leo la biografía de la autora y la contraportada. Busco una libreta de apuntes para tomar notas, miro índices, voy directo hacia algunos párrafos, («si la buena literatura, como se suele decir, es aquella que no da respuestas, sino que ayuda a formular preguntas»); marco con un lápiz algunas frases que luego trasvasijo en este documento, me detengo en palabras sueltas que me interpelan: «luz, exactitud, abismo, vida, corrección y eliminación». Subrayo nuevos párrafos, transcribo técnicas, («examinar la estructura de las experiencias»), cómo abordar el bloqueo, los tipos de narradores, («sensación de ignorancia e insuficiencia»), el estilo y la forma en que se concibe una poética, trama e historia, los principios y los finales, («soy una mujer que escribe»), el diseño perfecto de los personajes ,los diálogos, («sensación de que mi voz será desatendida»), cómo encontrar las palabras justas para relatar el infierno que nos asfixia, («rescatar las cosas, traerlas de la muerte»).

Escucho cómo los niños gritan en el patio consignas infantiles ininteligibles, una nube enorme y negra establece una tregua en el exceso de calor, parece una siembra artificial que va a salvarnos y matarnos a la vez. Sentada en la cocina, sigo leyendo los textos que me dejó W., mientras ella aliña las ensaladas. Ahora abro al azar unas páginas del libro de Teroba, En un lugar seguro y su texto «Desocuparse»:

«A lo largo del día se agolpa una multitud de pendientes absurdos, desde enviar un texto, hasta una entrevista de trabajo, pasando por preparar la comida, ir al gimnasio o buscar algún curso de inglés por internet. Todas estas actividades rodean el acto de escribir».

W. ahora comienza a cocinar una Carapulcra, los mosquitos atacan firmes mi rodilla y entre cada uno de los dedos del pie se arman ronchas que al rascarlas dejan gotitas de sangre mezcladas con sudor. Pienso en los pendientes de Teroba que la llevan a escribir, en su asfixia, y en mis propios pendientes para cuando regrese a Madrid: ir al gimnasio cada mañana, entregar reseñas, limpiar la casa antes de que lleguen mis padres de visita desde Chile y hacerme un chequeo general para descartar todo tipo de enfermedades. ¿Realmente la escritura brotará de esos pendientes?

Los niños siguen corriendo entre las ramas, entran y salen de la piscina para hacer más tenue esa asfixia, luego nos exigen comida y refrescos, y un calor catastrófico que ronda los 39 y 41 grados ataca a la mitad de España, mientras nosotras no paramos de ser devoradas por todo lo que sobrevuela el río Tajo. En estas condiciones, se me torna imposible pensar en estilos narrativos y sus consejos. No hay cabida para detenerme en los tipos de narradores ni menos en la técnica del indirecto libre que James Wood intenta enseñar, solo pienso en mis pendientes, en las rochas que se arman en mis pies antes de escribir, en cómo el cuerpo se afecta antes de la escritura, en que los niños estén bien en el patio, en todo lo que posterga Teroba, en el manto de asfixia que se acumula para dar paso a este documento.

Vete a la habitación, me dice W. Ella vigilará que los niños estén bien, luego me tocará a mí, para turnarnos el cuidado.

Ya en la habitación enciendo el ventilador, del cual también sale un aire caliente que se potencia con el calor que viene de afuera y siento que la temperatura se doblega. Me quito la camiseta que suda, me pongo ropa holgada, de preferencia el pijama, me alejo del escritorio, subo las piernas a la cama en un ángulo recto, y encima de ellas el computador. Me afirmo de esa postura inflexible, la escritura también brota de ella. Recuerdo a Mistral, y su «siempre me afirmo en un pedazo de cielo que Chile me dio azul y que Europa me da borroneado».

Pongo una luz directa alumbrando el texto, dos cojines enormes en la espalda sosteniendo una posición erguida e imagino que dejará que las palabras broten más sinceras. Me preocupo de estar descalza, sin calcetines y sin sujetador, tironeando con fuerza las prendas que aprisionan mi cuerpo.

Recién ahí, se abre un paréntesis, un hueco cálido y perfecto para teclear algo de mi novela y estos consejos, abriendo y alternando un texto y otro con la misma velocidad de la lectura, como si ambos se persiguieran para devorarse.

Abro primero el documento de 117 páginas repletas de errores que resaltan rojos y vibrantes. Entre ellos algunos gramaticales, signos de interrogación que aparecen porque tecleé mal, cruces que no se concretan, puntos centrales que no le interesan a nadie, nombres falsos de personajes extraviados y que luego cambiaré, indicaciones a mí misma de no olvidar escribir esto o lo otro o cambiar ciertas atmósferas, personajes que son iguales unos a otros y se confunden, tramas incompletas, nombres reales de personas que amo y no debí explicitar, temporalidades adversas y erradas, epígrafes momentáneos, presentes que no se asientan, ideas clichés, pasados que no se justifican, artificios y recursos ejecutados a medias, un final que no cierra el texto.

117 páginas repletas de desastre, un cúmulo de errores voluntarios, como si la literatura fuese el representante material de ese caos, la escritura como ese error perpetuo que queremos reparar y pulir, material precario que aparece como un destello en nuestra memoria y que agarramos fuerte con ambas manos

Así, la escritura emerge de este estado que me asfixia y aprisiona, bajo un cerro de pendientes, la maternidad presionando, ronchas entre los dedos de mis pies, intentando dormir con 39 grados, errores y desaciertos que voy puliendo y reparando, agobiada por un clima letal y el inminente influjo de la IA, ambos fenómenos que ya nos atraviesa sin tregua, y que de aquí al 2050, sin la mínima piedad, nos harán desaparecer.