POR PALOMA REAÑO

Lo que me importa de aquello que leo es lo que siento cuando lo leo. Si me revuelve el estómago, me pone la piel de gallina o me deja insomne. Las preguntas que siembra. No los eventos que describe. Hay obras que abren un espacio de resonancia. Little Girl Blue (2023), la película de Mona Achache, es una de esas obras. Su mezcla de documental y de reconstrucción ficcional me recuerda que la escritura no nace en el vacío. Falta algo, algo se ha perdido. Esa certeza que está en el centro de las razones por las que escribo.

La película empieza con la muerte de la escritora y fotógrafa Carole Achache, y el momento en el que su hija, Mona Achache, descubre un archivo descomunal: cientos de fotos, cartas, grabaciones, diarios y objetos personales. Ese tesoro se convierte en detonante de una investigación, para la cual la cineasta recurre a Marion Cotillard. La actriz materializa el fantasma de la madre, la reconstituye a partir de sus registros en un ejercicio de encarnación performativa. Una especie de resurrección simbólica para encontrar palabras allí donde el silencio se vuelve insoportable. Ese gesto, profundamente frágil y a la vez radical, acompaña mi propio proceso de escritura, donde lo personal y lo ajeno se entrelazan para buscar un sentido común.

En la primera imagen aparece una playa en un día de inverno. Luego vemos un archivo llamado «Cuadernos» en un ordenador, y enseguida un vistazo a un certificado de defunción, en papel, en el que alcanzamos a leer «muerte por ahorcamiento». El primer diálogo arranca con incomodidad: Achache se dirige a su padre para preguntarle sobre su madre y él responde con frases cortas, como si cada palabra pesara más de lo que quisiera admitir. «¿Qué puedo decir que no te haya dicho ya»? «Yo quisiera que termines ese proyecto y sigas con tu vida». «Creo que tu futuro está en otro lado». A ratos esquiva, a ratos sincera, su voz refleja la dificultad de hablar de alguien que le marcó profundamente. Ella insiste, necesita más piezas del rompecabezas. Se revela entonces la distancia entre dos maneras de recordar: la de un hombre que quiere pasar página y la de una hija que necesita abrir el pasado para poder escribirlo.

Durante la primavera de 2020, la librería en la que trabajaba cerró hasta nuevo aviso. La pandemia me había pillado en un apartamento de 35 metros cuadrados en el centro de Madrid, sola y lejos de mi familia, mientras afuera los muertos a causa de un virus desconocido se contaban de a miles todos los días. Solo las noticias captaban mi atención, y eran lo único que quería ignorar. Así que me dejé llevar por una obsesión recurrente y no resuelta: la historia de mi padre, un expolicía comunista que es exiliado a un pueblo minero a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, con menos de tres mil habitantes, donde empieza la autodestrucción que terminaría con su muerte diez años después.

Escribir puede ser una tarea solitaria, pero pensar es una tarea colectiva. Busqué en películas y libros los relatos de hijas sobre el padre, y encontré el privilegio de otros vínculos —padre-hijo, madre-hija—. Entonces decidí entrevistar a escritoras sobre la figura del padre. Quería conversar con ellas sobre cómo creamos el símbolo del padre, y cómo evoluciona nuestra relación y ese símbolo con el paso del tiempo. Parecía sencillo. Todas tenemos un padre sobre el que hablar, ¿no? «Tu proyecto es fantástico, pero no tengo interés en hablar de él». «Cortamos comunicación hace año». «Enhorabuena por el proyecto, pero mi padre es un narcisista con el que evito contacto alguno». «Ni siquiera en terapia he tratado su figura: siempre estuvo pesadamente ausente». Buscando historias sobre la figura paterna, hallé una fisura paterna. Las conversaciones se llevaron a cabo durante largos paseos, extensísimas videollamadas, audios de WhatsApp y correos a deshoras. Conforme transcribía las conversaciones, veía surgir los arquetipos comunes: el padre hippie, el héroe militar, el déspota, el mujeriego, el autoritario, el alcohólico, el ausente. Que la mayoría de las escritoras hayan sido marcadas profundamente por sus padres, abonó mi obsesión. Escribí varios retratos del vínculo entre padre e hija; escenas de vida que convertían la memoria en materia de ficción, sostenidas por el caudal de sus testimonios, fotografías y correos electrónicos, y el sedimento de mi propia escritura. Elegí una primera persona ficcional porque conservaba la intimidad del testimonio y el temblor que los silencios y lo secreto tienen en lo literario. Y también, quizá, porque una primera persona ajena admitía el centelleo de mi mirada dentro de otra mirada. Escribiendo sobre ellas he escrito sobre mí. Conversando sobre sus padres he conversado con el mío.

Esta investigación no llegó a ver la luz. Pero resultó ser la excusa que me mantuvo en el universo del libro durante el tiempo suficiente para entenderlo. Escribir perfiles sobre la relación de otras hijas con sus padres para llegar al retrato del mío podría parecer cobardía, pretensión o extravío innecesario, pero ahora sé que me sirvió para habitar mi obsesión con libertad. Me dio paciencia y perspectiva.

En noviembre de 2024 obtuve una beca de escritura y seis meses después dejé Madrid con una mezcla de entusiasmo y desdicha para instalarme en Nueva York. Volví a abrir el documento solo para confirmar que empezaba a perder interés por las historias ajenas. Y en medio de estos cambios vitales vi Little Girl Blue, que fue cascada y ancla.

Lo que me atravesó no fue el tema —aunque también– sino la manera en la que las fotografías, cartas, diarios y grabaciones dejan de ser las huellas de una vida para convertirse en la materia visual y sonora que estructura una película. Cómo engarzan perfectamente los descubrimientos de la hija y los silencios de la madre, los huecos del relato y aquello que la actriz como médium trae también a la obra con su presencia. La ambigüedad y las revelaciones progresivas que estos fragmentos permiten. Achache había convertido el duelo en una exploración poética de la memoria y la herencia. Una narrativa cargada de intimidad y franqueza, que deliberadamente nos deja con preguntas, ¿cuál es un paisaje físico y cuál es psicológico? ¿Cuántas vidas lleva una persona?

Además, la directora aparece como ella misma, filmando, revisando archivos, hablando de su propia relación con la madre. Se hace consciente la mirada de la hija-directora hacia la madre y, como espectadores, asistimos en primera fila a su proceso de investigación, a su duda y a su desafío. Dos semanas antes de mudarme a Nueva York, viajé al pueblo minero donde empezó la autodestrucción de mi padre. Acopié sus fotografías, apuntes, recortes, cachivaches y ropa desperdigados en manos de amigos y familiares. Y empecé el rompecabezas absurdo que busca entender el nudo de lo que permitimos que los demás vean y lo que realmente somos. El ensayo investigativo sobre la figura del padre había vuelto cual bumerán a mi centro blando. Lo que escribo ahora desde una habitación alquilada en Bed-Stuy no es autoficción, pero es la novela que escribo gracias a haber mirado de frente la obsesión por un padre, un país, un abandono, una recuperación.