ERNESTO PÉREZ ZÚÑIGA
En su isla de embrujos, en su mansión en medio del valle, Circe trabaja en un telar. Así la hallan los viajeros, deslumbrados, que todavía desconocen su destino en las pocilgas. Homero no lo dice pero a menudo me pregunto qué figuras y motivos hay en esas telas que fabrica Circe. En principio, veo la historia de los propios navegantes. Imagino a Circe dibujando los personajes a los que va a hacer prisioneros y luego va a liberar por las argucias de Ulises. Circe, en mi imaginación, teje un destino de bruja abandonada en el que no tiene más remedio que trasladar su amor a las criaturas del bosque, a las que, a la inversa, convierte en hombres para que le acompañen en su lecho, con distintas pericias según su especie.
Otras veces, estoy seguro de que está tejiendo el sueño del mundo, la irrealidad de las promesas de la civilización, la urdimbre perfecta de un teatro que los actores son incapaces de distinguir de una realidad mucho más amplia. En su inmortal soledad, teje ciudades y guerras, todo tipo de industrias, inventa Wall Street e Instagram, aviones y satélites, los maléficos drones, y, en fin, todo aquello que distraiga al ser humano de su aventura interior que solo puede desarrollarse en solidaridad con sus semejantes y en armonía con el planeta en el que vive.
Porque el poder de Circe estriba en reducir toda la existencia a su isla, y, aún más, dentro de la isla, a su telar. Es allí donde primero configura con precisión su hechizo. Después, una vez que los viajeros hayan comido sus alimentos, con las salsas de sus pócimas, los confina en las pocilgas. Con más poder que un jíbaro, reduce la conciencia humana, la animaliza y la encierra en una vibración menor y obediente, olvidadiza, conformista. Pues resulta fundamental ser identificado por la maga dentro de la piara, para seguir recibiendo una recompensa, el pequeño alimento que perpetúa el embrujo.
Entre los escritores españoles no se habla de otra cosa. Son muchos los que aseguran que Circe ha conquistado también el sector del libro, y que se vende gato por liebre cada instante, y que las propias liebres están dispuestas a convertirse en cualquier otra especie, incluso en seres humanos, con el fin de ser famosas, vender unos miles de ejemplares y ser traducidas a muchos idiomas.
Evidentemente, en España, Circe tiene mucho poder. Pero al mismo tiempo se publican cada mes libros de una enorme calidad literaria, en forma y fondo, gracias a la vocación conjunta de un buen número de profesionales de la edición y de la escritura. Los que vivimos dentro de la isla lo sabemos, pues cada vez están mejor editados, traducidos y, a menudo, mejor escritos.
Sin embargo, la literatura española sigue teniendo el problema de cómo se ve desde el exterior y, aquí, es verdad, el resplandor de Circe suele cegar a quienes nos miran. Lo que Circe escribe en su telar: lo que se difunde más, lo que más se exalta y se vende.
Como ocurre con cualquier objeto que brilla, conforme uno se aleja de él, deja de percibirse el objeto mismo a excepción de su brillo. Así confundimos en el horizonte nocturno a Júpiter o a Venus con el avión que va decepcionándonos con sus luces de navegación conforme se va acercando. Y así le sucede a la literatura española cuando la observan los hispanistas japoneses, los editores alemanes, los críticos del New Yorker, y, lo que es peor, aquellos y aquellas que dedican su vida a la literatura en cualquier lugar de Hispanoamérica. Descubiertos los aviones, se descarta la existencia de los planetas.
Amansada por la luz de Circe, la literatura española es percibida por el exterior de una manera encantada, como los magos que torturaban a don Quijote y quizá en justa venganza por lo que recibió Cervantes de sus contemporáneos españoles. Y al igual que nos acostumbramos a la iluminación de las ciudades, que cierra nuestros ojos al firmamento, las estrellas son solo reconocidas por los que hacen el esfuerzo de adentrarse en la auténtica noche.
Sabemos que los alumbrados urbanos son perecederos, que cambian con las épocas, y que los fuegos artificiales se suceden en las fiestas de la penumbra año tras año. Luego, con la decantación de los cementerios, cuando la polvareda eléctrica se ha repartido por la tierra, los ojos de nuevo recuperan su capacidad de mirar. Porque, en la biblioteca literaria de los siglos, los vivos y los muertos compartimos el mismo espacio.
Mientras tanto, somos escritos en el telar de Circe, con el protagonismo que ella quiera, y sabiendo que ella destaca lo que interesa más a sus embrujos. Quizá sencillamente porque es su forma de vivir y eso es algo que nadie por sí mismo puede cambiar, entre otras cosas, porque, en definitiva, lo que sucede lo tejemos entre todos los que estamos en la isla. No hay Circe sin navegantes.
Me acuerdo entonces de las enseñanzas de Polifemo, el que nos encerró en su redil con una sola alternativa: morir antes o morir después. Sin embargo, los prisioneros encontramos entonces la salida agarrándonos con fuerza a sus ovejas, a las que Polifemo abría la puerta cada mañana al amanecer, como hacemos nosotros, cada día, cuando nos sentamos a escribir.
Nos agarramos con fuerza a la escritura porque nos agarramos con fuerza a nuestra naturaleza. Es ella lo que nos acaba liberando, es ella lo que perdura en las palabras. Así llegaremos a Circe. Y luego también nos marcharemos de esta isla.
