MERCEDES HALFON

Hace exactamente tres meses que dejé de fumar. Tengo muy claro el día que empezó esta cuenta hacia adelante porque fue el 17 de octubre, fecha célebre en Argentina por ser el día de la Lealtad. No es un feriado nacional sino una jornada de conmemoración que recuerda la marcha de hombres y mujeres de clases populares, desde el interior hasta el centro de Buenos Aires, para pedir por la libertad de Juan D. Perón. Fue como el primer flechazo entre el líder y el pueblo. En mi cronología personal no hay multitudes que se refrescan en las fuentes de Plaza de Mayo, sino más bien lo contrario: frío, soledad y una gripe fulminante que me dejó literalmente de cama. No era un día soleado, ni épico, ni inspirador, pero decidí aprovechar la ocasión de ese fortuito descanso del tabaco y darle un sentido. No lo pensé en el momento, pero cuando me di cuenta de la coincidencia, me pareció totalmente lógica. A nada en la vida le había sido tan leal. Nada había sido tan leal conmigo. De todos modos, después de casi tres décadas con este hábito no me hacía muchas ilusiones. Evité proferir grandes declaraciones o promesas al viento y lo abordé como un plan secreto.

«Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero es curioso que no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí han escrito sobre el juego, la droga o el alcohol. ¿Dónde están el Dostoievski, el De Quincey o el Malcolm Lowry del cigarrillo?» Se pregunta Julio Ramón Ribeyro en un cuento extraordinario. Este fue quizás el origen, cuando allá en mi bien lejana adolescencia contemplé la célebre foto de Julio Cortázar con el pucho colgando. Para escribir había que fumar, no había dudas y así fue que, en el baño de mi colegio, subida al inodoro y echando humo hacia un pequeño ventanuco, comencé lo que creía un indudable camino hacia la literatura.

Ribeyro lo sabe bien. Qué buen compañero es el cigarro. Dejarlo, era como echar a un amigo de casa. Estaba completamente a sus anchas en espacios, momentos y gestos que hacen a lo más profundo de mí. ¿Qué me estaba proponiendo? Si perder un hábito es deshabitar, es decir, hacer una mudanza, vaciar un lugar y poblar otro: en ese traslado, ¿no iba a perderme también yo? ¿no iba a extraviar algo constitutivo? Pero estaba decidida. Tomé envión. Tiré papelillos, filtros y tabacos empezados que tenía en diferentes escondites. Empecé a caminar kilómetros diarios y a tomar hectolitros de agua. Evité las reuniones y eventos sociales (debo confesar que esto no me costó demasiado), sumé más clases de yoga a mi rutina. Pero, una o dos semanas más tarde constaté que nada iba a ser comparable, nada iba a realmente reemplazar ese placer que se desplegaba en tantas formas. Enlisto ahora unas cuantas:

Fumar como una medida de tiempo –como escribe Alejandro Zambra «Los cigarros son los signos de puntuación de la vida»–; fumar para no llorar –nunca fumé tanto como en mis crisis amorosas. En la última estaba en un pueblo de la provincia donde no tenían otro tabaco para armar que uno de marca ignota, feo y de áspero sabor avainillado. Lo fumé igual, incluso con más ahínco por un motivo que me conduce al siguiente ítem–; fumar para autodestruirse –nadie desconoce la pulsión de muerte y de todas las posibles, creo, fumar es la más elegante–; fumar por aburrimiento –uno atrás de otro en reuniones aburridas–; fumar por excitación –uno detrás de otro en reuniones divertidas–; fumar por no saber qué hacer con las manos –cualquiera de las anteriormente mencionadas–; fumar por nervios –antes de un examen de chica, antes de una clase de grande, antes de una cita siempre–; fumar para calmarse –el último, en el balcón, antes de dormir–; además de claro, los tres momentos fundantes, que le dieron un sentido a esta práctica.

Fumar para esperar. Esta espera puede ser concreta –que venga el colectivo– o una espera más existencial. La espera es una posición un poco degradante, de gran pasividad, por eso el cigarrillo se convierte en una válvula de escape a la vez que una especie de «actividad»: no estoy esperando, estoy inhalando y largando humo. Ya lo dice el tango: «Fumar es un placer/Genial, sensual/Fumando espero/Al hombre que yo quiero/Tras los cristales/De alegres ventanales/Y mientras fumo/Mi vida no consumo/Porque flotando el humo/ Me suelo adormecer».

Fumar para socializar. Para muchas personas –incluyéndome– es casi imprescindible. Desde que dejé de fumar no puedo estar en una reunión más de una hora sin empezar a sentirme pésimo. El alcohol ayuda, pero si se toma al ritmo que se fumaba, la borrachera es segura. Al mismo tiempo, fumar crea amistades, complicidades quizás fugaces, pero interesantes. Al tener que retirarse de bares, oficias, para fumar afuera, entre calada y calada se cimentan los vínculos. No se puede fumar en silencio, la charla es necesaria, y una vez iniciada, hay que alimentarla y así, la confidencia aparece.

Fumar para escribir. La relación entre el cigarrillo y la inspiración no es solo estética, es literal. El cigarrillo es un estimulante, acelera las pulsaciones, los pensamientos. Es una manera de lograr la quietud necesaria para cualquier actividad que requiera la concentración. Qué miedo me da no poder escribir sin fumar. Los primeros días fueron terribles. Ahora que escribo esta columna sé que pude hacerlo, pero no estoy segura de si no será solo un simulacro.

Insisto con lo de no hacer grandes declaraciones. Como por ejemplo esta de André Gide «Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar». Habrá que encontrar nuevos placeres.

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