DANIELA TARAZONA

Por no cortarse las uñas / le crecieron diez pezuñas, /
y hace más de un año entero / que no ha visto al peluquero.
Heinrich Hoffmann, Der Struwwelpeter.

Recupero las batallas de la infancia: la imagen del niño con una espada en la mano que lastima el cuerpo aéreo de un enemigo y se enfrenta a «los malos». Luego, sus labios apretados hacen una trompetilla temible, mientras lanza un rayo fulminante que no se ve. Ese niño varón. Y la niña que guarda en los tendones de las muñecas la misma telaraña que Spider-Man; dobla el dedo medio y se oprime la palma de la mano para desplegarla: los objetos vienen hacia ella, atraídos por los hilos pegajosos y elásticos que disparó con el ceño fruncido, como si ese gesto contuviera la maldad necesaria. La niña que todo lo alcanza.

En algún día de mi niñez vi la portada de Der Struwwelpeter. Historias muy divertidas y estampas aún más graciosas (1845), Pedro Melenas, en español, del médico alemán Heinrich Hoffmann. De pie, encima de una mesa adornada con tijeras abiertas y peines, el personaje (se supone que es un niño) muestra sus atributos: lleva greñas largas y tiene el rostro cogido por la angustia y los ojos desviados hacia la resignación. Sus dedos son extensiones monstruosas o garras erizadas. Cuando conocí esta imagen supe que el libro también guardaba la historia de Conrado, un niño que se chupa el dedo y al que un sastre le amputa el pulgar. El libro causó polémica cuando se publicó y, después, fue un clásico de la literatura alemana. Los protagonistas de estas historias escritas en verso deseaban quebrantar el orden. Eran niños castigados por los adultos o su propia circunstancia, como Paulina que, tras encender un fósforo, termina envuelta en llamas y muere tatemada por su vocación combustible.

Se sabe bien que la maldad nos constituye. Y en esta época absorben nuestra atención las acciones indignantes y ominosas de los malos. Nos hemos devanado los sesos para entender cómo es posible que la desgracia, la aniquilación, los misiles y los crímenes de lesa humanidad formen una suma de anuncios publicitarios con imágenes sangrientas.

En el documental No Other Land (2024), que registra la defensa de aldeas en Masafer Yatta, una región de Cisjordania, frente a la colonización israelí; el joven Basel Adra, de veintiocho años, filma sin cesar la ferocidad de los invasores, como si la cámara fuera un escudo y, a la vez, un arma sin balas. Vemos excavadoras que derrumban casas y se comen los muros de las escuelas. Los niños están sentados en clase y miramos por la puerta del salón al grupo de soldados que vienen a destruir su futuro. En una entrevista reciente, Adra dice que esperaba que el documental estremeciera a los espectadores, que la situación cambiara: «La película tiene éxito en el extranjero, ganó el Oscar, todos los medios hablaron de ella, los cines la proyectan y decenas de miles de personas la están viendo. Pero, aquí, sobre el terreno, la situación no hace más que empeorar y lo que nosotros queríamos con el documental era que mejorase, no ir de un sitio a otro celebrando premios. Estoy muy decepcionado con lo que ha ocurrido con No Other Land». Los hechos que grabó incluso parecen anticuados ahora. El lente de su cámara no ha sido una defensa útil.

No tenemos espadas para combatir a los malos, ni telarañas que los atrapen. Somos como Pedro Melenas, Conrado o Paulina.

La idea ultragandalla de nutrir las redes sociales con las imágenes grabadas por las cámaras de millones de usuarios quizá fue el principio del caos. Allí «cabe todo», todos nos pronunciamos, y las palabras prohibidas se escriben con números entre las letras. Se trata de un «as3sinato», se refiere a «m4t4r», como si disfrazar las palabras nos protegiera de su verdadero significado.

Nuestra voluntad es encadenada a los contenidos que vemos para obtener un registro misteriosísimo de nuestras peculiaridades. Somos Alex, el protagonista de Naranja mecánica (1971), amarrados al asiento sin poder cerrar los ojos, bajo el hechizo del algoritmo. Las consecuencias son difíciles de describir, pero se sabe que modifican y manipulan nuestra manera de leer el mundo. Los empresarios más feroces del planeta aprovecharon la mercantilización de los teléfonos «inteligentes» para que les diéramos contenidos de alto valor. Y nos hicieron creer que podríamos expresarnos con libertad. Nos vendieron el cuento. Cargamos aparatos con antenas, micrófonos y cámaras. Trabajamos con nuestras vidas para satisfacerlos a ellos y dejamos que nos espíen porque, al fin y al cabo, deseamos comprender las circunstancias y coincidir en aquello que nos es común, aunque la libertad de expresión sea un excelente producto. Cedemos los atributos de nuestras vidas cotidianas: esos detalles casi invisibles de lo doméstico, que antes nos pertenecían a puerta cerrada, son vendidos a buen precio.

Sería una aventura magnífica comportarse como Pedro Melenas sin temer el castigo por venir. Dejar de bañarse y oler mal, provocar un asco planetario para ver si nuestra peste se transmite a los tentáculos de los teléfonos e infectar la carne de esos pulpos de metal, pero ¿seríamos virales de verdad? Quizá sí. Aunque los malos pretendan asolearse en playas que son cementerios.

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