MERCEDES HALFON

Hace poco tiempo, en el medio de una mudanza, cayeron en mis manos mis diarios de la adolescencia. Digo diario para darme aires, en realidad, con mis amigas le decíamos «agenda». Lejos de la imagen del sobrio moleskine, eran unos cuadernos gruesos, anillados, con tapas de dibujos multicolores. Pero para el caso es lo mismo; cada día me confesaba allí, pegaba papelitos significativos –boletos de colectivo de días cruciales, entradas de recitales míticos, alguna carta de amor – y lo renovaba cada año. Por algún motivo, al terminar el secundario abandoné la práctica y no la recomencé hasta mucho después. Por eso, al verlos aparecer en el fondo polvoriento de un estante me entusiasmé tanto, no recordaba su contenido y me parecía que podía encontrar algo revelador. Y de algún modo así sucedió: era el diario de otra persona. La imagen mental que tenía de mi yo de aquel tiempo era completamente diferente de la que emergía de esas páginas. Lo que había decidido escribir de mi vida, me resultaba ajeno. Esa incongruencia me llamó la atención, me dio curiosidad.

«El diario íntimo proclama sin disimulo la condición diferida de sus efectos, su carácter testamentario, de documento póstumo», escribe Alan Pauls en su ya clásico texto. Y es cierto, el diario está fundado en el principio de la posteridad. Por un lado, es la anotación leve y despreocupada del día a día, por otro, es lo que va a sobrevivirnos. En mi caso, me quedo con la primera parte de esta descripción, porque hoy ¿quién puede pensar en la posterioridad? Claro que Pauls se refiere a los grandes diarios del siglo XX – Kafka, Mansfield, Pavese–, en los que este asunto era central. Pero hoy los tiempos son más acelerados, los diarios se escriben y publican a gran velocidad, como si no hubiese un futuro. El diario del siglo XXI parece ser algo diferente de su hermano mayor. Un refugio, un anclaje, una estrategia para la observación detenida, en tiempos hostiles a la pausa y la reflexión. Soy lectora de diarios, de clásicos y contemporáneos, de ellos me atrae todo: su voz susurrada, su trivialidad, sus chismes, su rencor, sus planes magníficos proclamados a viva voz, que en la entrada siguiente admiten su fracaso. Me atrae sobre todo la multiplicidad de registros que abarca, al mismo tiempo que la maniática regularidad documental de lo que repite: el día, el mes, el año.

Diría me atrae especialmente algo a medio camino entre la condición póstuma y la anotación fugaz del día, es decir, la posibilidad que tiene el diario de mostrarnos un pasado no tan lejano. El diario como huella de la memoria a mediano plazo. Si bien sigo procesando el hallazgo de mis agendas de adolescente, las fabulosas tonterías que escribía ahí, sin duda me trajeron una noticia importante: cuando llegamos a cierta edad –¿hay que llamarla mediana, como el talle de una remera?– el pasado adquiere un espesor un poquito alarmante. Se torna una extensión extraña en la que se pueden encontrar capas, períodos, cortes y continuidades, pero también se atisban muchos vacíos. Entramos en la edad del archivo.

Existe una serie de diarios en los que el autor se propone y propone al lector un ejercicio de lectura del pasado desde el presente. Un ejemplo clave de estos ejercicios es el Kronos de Gombrowicz. Un texto que se dio a conocer hace poco tiempo y me fascinó apenas lo leí. Es un conjunto de apuntes sobre su vida, muy concisos. Empieza a escribirlo a sus cincuenta años, al mismo tiempo que su celebérrimo Diario pero, a diferencia de este, lo narrado se inicia en Polonia en el año de su egreso del bachillerato y desde allí avanza hasta el presente. El texto parece impulsado por un insistente ejercicio de memoria. ¿Qué se puede recordar de lo que hicimos al terminar el colegio? ¿Y al año siguiente? ¿Y al siguiente? El intento es como entrar en un bosque de noche con una linterna de mala calidad. Pero, al pasar un rato, los ojos se empiezan a acostumbrar a la oscuridad. Es un modo de ajustar cuentas entre los hechos, nuestros recuerdos de los mismos y nuestra mirada desde el presente. El ejercicio que propone Kronos es una reescritura de la vida pasada.

Hay otros diarios que también muestran este movimiento del presente observando el pasado de mediano plazo. Uno de ellos es el magnífico Burdeos 1972 de Mario Levrero que, si bien no es exactamente un diario, en cada entrada consigna día y hora del momento de la escritura: casi siempre de madrugada. En ese entorno cerrado e insomne, propiamente levreriano, el autor se entrega al ejercicio de recordar y describir un periodo puntual sucedido treinta años atrás. Recuerda algunas cosas, olvida otras, y consigna ambas. Es curioso cómo, en este caso, no siempre se encuentra lo que busca. Más recientemente, apareció Diario de los quince, del argentino I Acevedo, donde el escritor hace una edición de varios cuadernos de adolescencia unidos por un tema. El prólogo anuncia que la idea es ir organizando todos sus cuadernos a través del tiempo y a través de la escritura, es decir, concibe la edición como una mirada retrospectiva que reescribe. Como lo que la memoria hace con nuestros recuerdos.

Este libro, además, fue el primero de la editorial Bosque Energético, dedicada a publicar exclusivamente diarios íntimos. Su catálogo es una muestra clara del diario del siglo XXI, ya no el gran cuaderno omnívoro, trascendente, sino uno enfocado en prácticas y aventuras pequeñas: la limpieza cotidiana de una casa, el aprendizaje de una técnica como el lenguaje de señas, la escritura de una novela. Los tiempos cambiaron también para el diario. Ahora, pareciera ser que cuanto más chico es el foco de atención, mejor. Frente a la multiplicidad de estímulos existentes, la compartimentación de la atención, el diario se vuelve un eje que concentra y organiza la experiencia. Casi como un ejercicio de meditación. Y si hay que desviarse, porque siempre hay que desviarse, que sea en el mejor lugar para todo extravío. El diario íntimo.

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