POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

Sobre qué escrituras son más o menos conservadoras o lo contrario, podría haber un gran equívoco, como si la simple elección de un tema o la posición adoptada ante los mismos fuera suficiente para catalogarlos de un modo u otro. A propósito de esto, conviene repasar un par de textos que, partiendo del examen de las respectivas literaturas nacionales de Argentina o España en un momento concreto de su historia -ambas habiendo pasado un par de décadas desde la instauración de la democracia en cada país y la expansión de sus respectivos mercados editoriales-, establecen un análisis con varias similitudes. Se trata del libro Literatura de izquierda (Periférica, 2004), de Damián Tabarovsky, que ahora cumple veinte años de su publicación; y del ensayo «La novela española de los últimos veinte años: ¿una comedia ligera?», de Constantino Bértolo.

En los dos textos, hay una sospecha acerca de cómo las escrituras se han ido instalando en un estado de normalización o comodidad, de producción hecha para una aceptación mecánica, de un letargo satisfecho en la creación y la recepción cultural. Tabarovsky es claro al usar ese título esquivo («buena parte de la literatura hecha por escritores de izquierda es, en términos literarios, conservadora, reductora, simplista»), y señala las causas que pueden esconder la irrelevancia de algunas propuestas literarias: «una relación complaciente con el lenguaje, la primacía de la trama (…), la búsqueda de novelas bien escritas (…), una visión burocrática del cuento». Su diagnóstico es, pues, que, al cabo de unas décadas de consolidación de las estructurales culturales de cada país, ha surgido una literatura ordenada, previsible y falta de auténtica experimentación, a no ser que esa innovación se corresponda con fórmulas de vanguardias ya reconocibles, y, por tanto, desgastadas y sin efecto, con un público instruido en sus propuestas y que tan sólo producen algún alboroto aparente. «Escriben a favor del orden, de su supervivencia, a favor de sus convenciones, escriben en positivo», dice Tabarovsky, en su estudio de unas escrituras que parecen haber sido amaestradas, y en que lo nuevo es sólo «lo último, o lo más reciente», y no una auténtica exploración en lo desconocido que produzca algún desconcierto o incomodidad.

Ese diagnóstico de Tabarovsky sobre la literatura argentina —que alerta de que la creación literaria se convierta en una mera producción, y, por tanto, que corra el riesgo de ser inocua o irrelevante— guarda algunos paralelismos con el ensayo de Constantino Bértolo. Publicado también en el año 2004 (Centro Virtual Cervantes. El español en el mundo), al repasar la situación de la novela en España en las últimas dos décadas, alude al término normalización para describir una escritura que ha apostado por la «narratividad» y que se ha puesto al «servicio del lector-consumidor», al tiempo que alerta del riesgo de la pérdida de la «anormalidad»: es decir, de una literatura «formalmente exigente hacia el lector e inconformista». Al igual que Tabarovsky, Bértolo detecta también alguna relación entre el fondo y la forma de una literatura tan complaciente, al señalar una tendencia hacia la «frase redonda, “bonita”, con “vibrato”» (…) «que Marsé denunciaría con la afortunada expresión de “prosa sonajero”»: una escritura que el lector reconoce como literaria, y que corre el peligro de generar una recepción anestesiada, sin nada que realmente le sacuda o le despierte algún tipo de inquietud nueva.

En ambos casos, las escrituras que esconden una verdadera intención crítica, una capacidad de alterar el orden de las cosas, no parece responder a un rastro que pueda reconocerse en los aspectos más elementales de los textos (de ahí que Tabarovsky distinga entre «escritores de izquierda» y «literatura de izquierda»), sino en una manera de abordar la escritura que esté alejada de esos intentos de complacer y ajustarse a los moldes conocidos.

Frente a esa literatura más previsible —sean cuales sean los temas escogidos y la posición ante los mismos—, Tabarovsky y Bértolo apuntan a una literatura que presente alguna anormalidad o algún desacuerdo contra esos discursos aprendidos, pues sólo esos textos pueden mover a alguna disidencia o algún pensamiento crítico en los lectores. Es, por tanto, una noción de la creación literaria no como una herramienta para trasladar argumentos, sino como una experiencia suficiente en sí misma: un mecanismo más sutil que el simple añadido de ideas, porque, en esa inmersión en textos y estados de conciencia de autores o autoras que expresen algún cuestionamiento central, hay una manera de mirar y de vivir que desestabiliza el orden conocido, y que, lejos de enseñar a reproducir alguna consigna, anima al despertar de un espíritu crítico genuino, que es lo único que podría ser considerado verdaderamente revolucionario.

Esa operación compleja es la que parecen extrañar en sus respectivos ensayos Tabarovsky y Bértolo, quienes, en su balance de hace veinte años de la literatura de Argentina y de España —que podría haberse escrito en la actualidad y trasladarse a otros países—, alertan sobre el riesgo de la inocencia de una literatura demasiado condicionada por la posibilidad de aceptación.

Por eso, al interrogarse por cuál es esa «literatura de izquierda» —que, siguiendo el término de Tabarovsky, sería la que deja algún tipo de huella en el lector, la que le mueve a alguna forma de cambio—, habría que remitirse al sentido último de la experiencia literaria. «Al cómo vivimos», según apunta Tabarovsky, al concluir su ensayo. O, volviendo la vista bastante más atrás, al «desarreglo de los sentidos» al que aludía Rimbaud, que pedía a la literatura que nos moviera a una revolución interna: una condición que, en vez de trasladar discursos etiquetables con facilidad, ayudaría por el contrario a conformar una autonomía en el lector que lo hace más propenso al cuestionamiento o la sospecha que a la aceptación.