MERCEDES HALFON

Empiezo a escribir este texto a las seis de la mañana. El cielo está concentrado en su trabajo azul y el silencio que se escucha desde mi ventana hace al momento más solemne. Un poco más lejos, sobre la avenida, sospecho que las personas deben estar en movimiento: es un horario habitual para muchos que deben partir rumbo a sus trabajos, pero hasta hace poco no lo era para mí. Ahora apenas empieza a clarear, mis ojos se abren y salto de la cama. Mi ritmo vital se trastocó coincidentemente con un viaje a China, en septiembre de este año, invitada por el festival internacional de poesía. Fueron diez días nada más, pero al ser literalmente las antípodas de Buenos Aires, el otro extremo del mundo, el cambio horario es brutal. Aun así, la diferencia de once horas no pareció afectarme a la ida, me adapté bien, incluso me agradaba. Sucedía algo raro: al mediodía aproximadamente, la parte del mundo de la que venía se apagaba. De pronto toda mi familia, mis amigos, mis conocidos, los periodistas con los que me suelo informar, se iban a dormir. Me los imaginaba felices en sus sueños y eso me daba una tranquilidad y una independencia inédita: mi presente se hacía más presente, no se subdividía en otros posibles espacios o tiempos, era estar ahí, justo donde estaba. Fue un viaje feliz, pero al volver empezaron los problemas con el sueño. Al principio lo atribuí al jet lag, pero terminé asumiéndolo como algo más profundo. ¿Quizás me despierto a esta hora para que el celular, el mail, el portero eléctrico permanezcan callados y yo pueda sentirme liviana y suelta en mis pensamientos como en China? ¿O es que quisiera directamente estar allá, a esa hora en la que la luz bajaba y salía a caminar un poco drogada por la extrañeza, los farolitos de papel, los tés de sabores insólitos, las verduras picantes y el sonido del idioma, en la calle como en los poemas, apacible y enojado?
Todo el romance oriental empezó un poco antes. Semanas previas al viaje quise ponerme en tema leyendo Un país mental 100 poemas chinos contemporáneos, compilados por Miguel Ángel Petrecca. Me imaginaba proyectada en los lugares que mencionaban los versos como estos de Han Dong «Sobre la Gran Pagoda/ qué más podemos saber / Gente viene desde lejos / para escalar hasta la cima/ juegan a ser héroes por una vez / algunos dos veces /o muchas veces más /Los insatisfechos/ los demasiado satisfechos /todos suben» pero yo no subí, solo la miré desde lejos, un día de lluvia que habíamos salido con una poeta de Chile, otro de Puerto Rico y uno argentino. Siguiendo la ruta de Petrecca leí Después de Mao, cuentos sutiles y mordaces de autores que andan por los sesenta años y vivieron de niños la revolución cultural y después. También releí mis viejos libros de Tu Fu y Li Po todos subrayados, me regocijé en la simpleza de estos poetas eruditos, contemplativos y solitarios, que vivieron orgullosamente al margen de los poderes de su tiempo. Vi algunas películas de Jia Zhang-ke que transcurren en el presente y me fasciné con sus tomas larguísimas. Pero creo que nada te prepara para China, por lo menos a mí nada me preparó. Para el impacto de las ciudades, la extrema amabilidad de las personas, la relación natural con la poesía, la demencial laboriosidad de su cultura, el encanto hipnótico de su forma de reír, y todo lo que quedó fuera de mi entendimiento, que fue la mayor parte. No estaba preparada.
Y ahora estoy en Buenos Aires otra vez, sentada en esta habitación, tratando de medir ese efecto, despertándome cuando todavía es de noche. Evoco imágenes mentalmente, porque a diferencia de otros viajes, no pude llevar un diario. La escritura no pudo cubrir la experiencia, sino más bien algo anterior a ella: el diálogo. Fue así que con otros poetas desentrañamos lo que veíamos mientras caminábamos, en las pausas para el café entre lectura y lectura, en los viajes en micro, arrastrando valijas. Descubrí que para los periplos largos lo mejor es tener buenos compañeros con quienes poner en palabras lo que ven los ojos muy abiertos.
Me pregunto qué queda de una experiencia semejante. En mi falta de sueño, con el día que empieza a empujar en mi ventana, miro el Tao Te Ching que me conseguí a la vuelta «Todos andan sobrados, yo estoy como arruinado. Mi corazón, cual estúpido, está caótico. Todos brillan, yo parezco estar en tinieblas. Los demás andan activos, yo languidezco. Perdido cual viento en alta mar que parece no hallar paradero».
Pero tengo algunas pistas. Esta semana fui al teatro Colón a ver un concierto de música contemporánea, en el que figuraba una obra de Alvin Lucier, I am sitting in a room. Una actriz pronunciaba un texto que comenzaba diciendo «Estoy sentado en esta habitación…» y explicaba lo que iba a hacer a continuación, que era grabar su voz diciendo ese texto, luego emitir la grabación en la sala y volver a grabarlo. La nueva grabación se reproducía y se volvía a grabar, y este proceso se repitió muchísimas veces. Todas las habitaciones tienen acústicas distintas, por eso la obra cambia cada vez que se hace. La puesta en el Colón fue increíble en este sentido, en cada regrabación el sonido de las palabras se iba degradando, a la tercera pasada el texto se habían convertido en pura abstracción sonora, vibraciones extrañas, acoples, resonancias, reverberaciones que parecían venir de un planeta diferente.
Bajo la luz anaranjada del teatro pensé que ese procedimiento repetitivo y deformante era parecido al de la memoria. No estoy segura de que en todos los casos, pero sí con acontecimientos como un viaje a China o cualquier otro hecho transformador. Con el paso de los días, se vuelven a emitir en nuestros pensamientos muchas veces. A veces los recordamos con euforia, otras con melancolía, porque se funden con nuestro ánimo y lo que nos rodea. Y no solo nos siguen modificando cada vez que los traemos, sino que se transforman también ellos en cada reverberación. Eso es lo que pienso ahora, rememorando por vez número mil. Estoy sentada en esta habitación y ya es completamente de día.
