Especialmente perversa se me figura a mí la transformación del idioma de un lugar en una especie de certificado de pureza. El idioma, entonces, deja de ser un instrumento de comunicación y de creación cultural que vincula a unos ciudadanos con otros. Antes al contrario, el nacionalismo utiliza el idioma como criterio de exclusión y discriminación, por tanto, como una frontera, como un muro. Seguramente lo peor que le puede pasar a un idioma es que le salgan propietarios que hagan de él un club privado, al que solo pueden acceder los socios.

Es una pena que la vida de un hombre no alcance para aprender tantos idiomas como uno quisiera. El aprendizaje de un idioma supone el ingreso en una nueva dimensión. Adoptamos una mirada nueva que nos agranda el paisaje cultural. Otra vez un muro que nos separaba de muchos hombres se cae. Otra vez hemos atravesado una frontera que nos amplía el paisaje.

Pero ya sé que las posibilidades de un individuo, por mucho que se esfuerce, son limitadas. Necesitamos entonces que otros nos ayuden a atravesar las líneas que limitan nuestro mundo mental y nos faciliten el conocimiento y el disfrute de tantas obras que de otro modo nunca conoceríamos. En ello consiste la tarea del traductor. Desde fuera, por así decir, los traductores nos abren una puerta, permitiéndonos echar un vistazo al exterior.

Recuerdo que hace muchos años sostuve una discusión literaria con un amigo, como yo, aficionado a los libros y a la escritura. La discusión trataba de una novela de Fiódor Dostoievski. Los dos estábamos fascinados con el libro, pero por motivos distintos. Nuestras interpretaciones diferían y con cierta impaciencia intentábamos rebatir los respectivos argumentos. Mi amigo se consideraba influido por el estilo de Dostoievski. Decía haber aprendido mucho leyendo la obra. La discusión terminó en risas cuando nos dimos cuenta de un detalle. Ninguno de los dos entendía la lengua rusa.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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