Mariana Enríquez
El otro lado
Anagrama
824 páginas
POR LAURA FERNÁNDEZ

Lo que hace Mariana Enríquez en El otro lado, lo que ha hecho, en realidad, en las últimas décadas, a cualquier hora, y en cualquier momento, teclear y teclear, y hacerlo sin descanso y con una pasión infinita por hasta el último asunto sobre el que se ha lanzado, periodísticamente hablando, como una especie de leona sabia, inquieta, exploradora, es inabarcable. Cada pequeña pieza narrativa incluida en lo que podría parecer una recopilación de artículos al uso —y aquí deberíamos apuntar y dejar claro que nada de lo que hace Enríquez puede considerarse al uso en ningún sentido, pues invocando a sus ídolos, periodísticos y no periodísticos, abre camino sin descanso, en un sentido único hecho de pedazos de aquello que la ha construido: sus lecturas, y su manera de aplicarlas al mundo que la rodea— es, a la vez, una historia —un relato, o, en la mayor parte de los casos, un puñado de ellos—, una aproximación sociológica —política, antropológica, ¡historiográfica!, underground—, y una carta de amor. Porque sí, Mariana Enríquez se enamora, o se ha enamorado, de todo aquello sobre lo que ha escrito. O mejor: tiene que enamorarse primero, para escribir después. Y lo hace tan perdida y románticamente —en el viejo y oscuro y abismal sentido— como puede.

Bisturí, o pequeño machete en mano —el recurso ligeramente macabro, tratándose de alguien que busca toparse con el Más Allá, tenga éste el aspecto que tenga, y espera que tenga uno espantosamente hermoso, es lícito—, Enríquez se adentra en cada selva, o interior de una vida —lo que abunda, en sus artículos, son los personajes, o seres ilustres convertidos, bajo su batuta, en personajes propios—, para salir de ella con algún tipo de botín. Botín que, en cada caso, tiene que ver con la comprensión, o la explicación, del personaje en cuestión, y de aquello que se cree de él, y de cómo eso le afectó, o no, y, en definitiva, qué lugar ocupó en el mundo —o lo sigue haciendo— y a la vez qué lugar ocupa en la cosmología de la autora. Una cosmología siempre creciente, y familiar en un sentido amplísimo y sólo entendible desde el enamoramiento del que hablábamos antes, el enamoramiento del fan, pero de un fan de todo lo que alguna vez estuvo demasiado vivo, o lo sigue estando, y también, se torturó lo suficiente, o el mundo lo torturó lo suficiente, como para merecer un respeto, y una atención, y una compasión y admiración especial. Que la primera edición (Ediciones Universidad Diego Portales) de El otro lado llevase como subtítulo Retratos, fetichismos, confesiones es una pista.

En sus páginas, en las páginas de El otro lado, se aprende sobre lo escrito y se aprende a escribir. Hay tanta generosidad en el trato a los personajes, y las situaciones que se describen —del asado argentino a la vida de Bram Stoker, el representante de actores y crítico teatral que quién sabe por qué tuvo una vez un lado oscuro— como en la forma que adopta cada vez, y así, cada pieza, se convierte en una pequeña lección de buen, de enorme, de apasionado e inmortal periodismo. Y esto es así porque, divididos, o más bien, unidos, en pequeños grupos, bajo títulos que muy bien ilustran aquello que contienen, repitiéndose, como un estribillo en una canción que no piensa acabarse, el llamado Mundo privado —en el que, por ejemplo, y he aquí que la cosa tiene incluso aspecto de novela en marcha, o mejor, autobiografía en marcha, se incluye un Cómo empecé que merece mención especial, y must read—, los textos son, en su mayoría, periodísticos. Aunque también hay prólogos a relatos, y conferencias, y piezas que inauguran un género propio, el de la crónica confesional, un gonzo más ilustrado que gonzo. Algo de lo que puede disfrutarse en el relato de la visita de Manic Street Preachers a Cuba, un clásico de la producción periodística Enríquez: Cerca de la Revolución.

Como buena apasionada de aquello que hace, primero quiere que el lector se enamore de lo que sea que piensa contarte. Puede ser la vida de chico de barrio de Bruce Springsteen, la rabia de Marshall Bruce Mathers, el infierno que fue para él mismo Kurt Cobain, la desdicha apenas rozada por el entendimiento universal de Sylvia Plath, el horror de Mary Shelley ante la posibilidad de la eternidad entendida como colección de pérdidas, o lo imparable de la escritora que «parece una institutriz de novela victoriana» Joyce Carol Oates. Te relata la forma en que Charles Manson trató de convertirse (mal) en una estrella del rock (o el folk macabro), o las navidades en casa de los Huston —John, y su hija Anjelica—, en las que John Steinbeck hacía de Papá Noel, o el desastre que supuso el matrimonio para H. P. Lovecraft, y no lo suelta sin más, sino que lo convierte en una historia con principio —el de cómo empezó todo: el contexto como arma narrativa— y un final que es el objeto mismo del texto. De manera que el lector, guiado por la voz de Enríquez, siempre atenta al detalle que brilla —como la urraca buscatesoros que es todo buen narrador—, entiende exactamente como lo hace ella misma aquello que quiere contar, porque a su manera, también, está buceando en su cabeza.

Y en su cabeza hay fantasmas. Están por todas partes. Y en cierto sentido, Mariana Enríquez, en cada uno de sus artículos, o confesiones —hay retratos de momentos que son autobiografía y a la vez sociología, y estoy pensando en Quejarse de llena, y su grito, en texto, «tengo cinco trabajos, ¡o seis!», y su humor, porque hay humor y despiece de una misma también, por supuesto, porque ella se toma en serio no tomándose nada en serio, como hacía John Fante, como hacen, siempre, los grandes—, es una médium, alguien que comunica ese mundo que en algún momento se formó en su cabeza —y que la hizo tal y como es— con el mundo que habita, en el que coincide con esos personajes que ama, y que pretende que amemos o, si no, entendamos, y valoremos, porque son valiosos. Como en Esta es la chica —su apunte sobre la posibilidad de que exista un ente que elige y lleva a la perdición a aquellos que perdemos antes de tiempo, a las estrellas caídas—, ella distingue de entre la multitud aquello que la multitud no debería pasar por alto, y al hacerlo, también se compone a sí misma, como una sinfonía. Su devoción ante todas las posibilidades de la muerte —o del postmortem— se entiende, tras la lectura de El otro lado, como un infinito amor a la vida, como la incredulidad ante el fin de algo tan misteriosamente inagotable, tan salvajemente poderoso.

Su obsesión por los fantasmas, y su adicción a la ouija, no son más pues que la punta de un iceberg que nunca jamás va a derretirse. Mariana Enríquez habla —y teoriza, en más de una ocasión, en los textos reunidos— sobre la condición de fan. Dice, por ejemplo: «Ser fan de personajes masivos es muy difícil. Todo el mundo opina. Ser fan de alguien secreto es grato y cálido; y es espantoso cuando cae una luz encima, cuando se pasa a compartir el fetiche con los demás, que no saben, que opinan, que escupen y olvidan» —extracto de De corazón salvaje—. Y así ella crea fans —a través de sus textos— que jamás harán eso, porque no se atreverán, porque todo será para ellos, como para ella, demasiado sagrado. «El fan ha encontrado una manera de aliviar las desdichas de este mundo. Está menos solo que los demás, vive intensamente. Parece un poco triste desde afuera, ¿no? […] Pero desde adentro no es así: desde adentro siente euforia y fiebre y una alegría extraña, obsesiva» —extracto de Las devociones—. Una alegría extraña y obsesiva es lo que se siente, en cierto sentido, mientras se lee cada una de las piezas de este monumental volumen que es una lección de periodismo, sí, pero sobre todo, es una lección de cómo estar en el mundo: despierta, ansiosa.

Enríquez, un pozo de sabiduría pop, punk, rock, de un pop, punk y rock interdisciplinar, que abarca el modernismo y el posmodernismo, la calle —y la historia de la calle, de aquí y allá— y los libros —los discos, las películas, en resumidas cuentas, la obra, que es como decir, el alma de aquel que crea—, contagia su obsesión narrativa —hay historias en todas partes, y todo toma forma de historia, hasta los secretos de familia, atentos a Lo que pasó—, y compone relatos —entre las confesiones hay de todo, desde la mudanza de unos vecinos que parecen salidos de El misterio de Salem’s Lot hasta la de veces que la llevaron presa— que siempre tienen que ver con otros relatos, en una suerte de ejercicio metaficcional en el que la vida, por fin, tiene sentido, porque se imagina mientras se vive. Un libro importante. Importantísimo. Un pedazo de un mundo que nadie ha visto aún (así) aunque lo ha tenido delante todo el tiempo.