POR JAVIER SINAY
El escritor estadounidense de madre guatemalteca Francisco Goldman. Fuente: wikicommons.

New Bedford es una ciudad de Massachusetts. No es demasiado grande. Es ruidosa y es antigua: tiene 239 años según sus registros oficiales, y eso en el continente americano ya es mucho. A principios del siglo XIX fue un puerto ballenero importante (fue el escenario de Moby-Dick) y a lo largo de su existencia ha visto pasar nativos wampanoag, cuáqueros ingleses, comerciantes blancos de un país joven llamado Estados Unidos, afroamericanos esclavizados, migrantes portugueses, afroamericanos libres y, en las últimas décadas, guatemaltecos mayas k’iche. «Es un lugar con muchos fantasmas históricos», dice el escritor Francisco Goldman, que es llamado «Frank» por algunos de sus amigos y que es él mismo, además, otro de los tantos individuos que han puesto un pie en New Bedford.

Goldman nació en 1954 en Boston (cerca de ese puerto ballenero) y ahora habla desde su casa, que no está en Massachusetts sino en Ciudad de México. En una tarde soleada de octubre viste una camiseta en la que se lee una palabra: «Fiction». El mensaje es claro y conciso, pero un poco desconcertante porque Goldman no es solo un novelista que imagina historias; también es uno de los mejores escritores estadounidenses de no ficción y un colaborador frecuente de la revista The New Yorker.

Su novela casi autobiográfica de 2021, Monkey Boy (publicada en español por la editorial Almadía), da cuenta de algunas de estas facetas y de la rica identidad de Francisco Goldman: una mixtura de culturas y de genes combinados en el inesperado encuentro de una dulce secretaria bilingüe guatemalteca y de un áspero empleado estadounidense de origen judío. La secretaria y el empleado trabajaban en una fábrica de dientes postizos y se conocieron en un pasillo, el día en que a ella la despidieron por su frecuente impuntualidad y él la consoló al verla llorar. Mercedes Yolanda Molina Hernández y Bert Goldman. A la sazón serían la madre y el padre de Francisco Goldman, este autor estadounidense que desde muy joven se interesó por Guatemala, este latino descendiente de judíos rusos, este señor que viste Fiction pero escribe sobre verdades demasiado profundas. «Siempre me sentí, más que nada, un outsider», resume él.

Desde el año 2006 suele visitar New Bedford para hablar con las mujeres de origen guatemalteco que viven allí. De hecho, está planeando una novela. No será la primera vez que esa ciudad aparezca como escenario de sus historias: ya la ha mencionado en Monkey Boy. Allí un personaje dice: «Es una pequeña ciudad fascinante, Frank. El puerto comercial de mariscos número uno de Estados Unidos, ¿lo sabías? Tengo un amigo que dice que es como una ciudad fronteriza, solo que la frontera es el océano Atlántico en lugar de México».

La vida de los otros lo ha conmovido en muchas de sus obras. En La larga noche de los pollos blancos, Marinero raso y El esposo divino hay historias de latinoamericanos, de migrantes, de indígenas y, en fin, de gente que va y que viene de Guatemala hacia los Estados Unidos, y de los Estados Unidos hacia Guatemala.

Pero la vida propia también lo impulsó a la palabra. En Di su nombre, un poderoso réquiem de duelo y romance, Goldman narró su historia de amor con la escritora Aura Estrada (con quien de hecho se casó), y la inesperada muerte de ella en un accidente en el mar, que se desató cuando Estrada nadaba en la playa mexicana de Mazunte. Esta pérdida, ocurrida en 2007, fue uno de los eventos más duros que Goldman vivió —si no el más duro— y el libro que publicó en consecuencia es probablemente uno de los mejores libros de amor escritos en estos últimos 20 años (es un libro acerca del querer antes que de la muerte). En ese mismo año, 2007 apareció El arte del asesinato político, el gran reportaje de Goldman sobre el crimen del obispo guatemalteco Juan Gerardi. Años más tarde, con la vida encaminándose lentamente hacia la continuación luego del duelo, publicó El circuito interior, en cuyas páginas Goldman registró sus vivencias en la Ciudad de México y algo de sus días junto a Jovi, su esposa desde entonces (con quien ahora cría a dos niñas).

Goldman, con su identidad forjada en la intersección de tantos caminos, se educó leyendo a los clásicos: Dostoyevski, Tólstoi, Chéjov, Bulgákov, Melville, Conrad, Borges. De hecho, en su primer año en la Universidad de Michigan pudo asistir a una charla pública de este escritor argentino, que estaba embarcado en una gira por algunas universidades estadounidenses. «Y me acuerdo de muchas cosas que él dijo, sigue Goldman. Su madre guatemalteca había trabajado en una organización que promovía la cultura latinoamericana en Boston y era profesora de español: en el hogar natal había algunos libros importantes. Una de las cosas que dijo Borges fue que cuando él era joven, amaba a escritores como Kipling y Conrad, y que entonces pensaba que le hubiera gustado ser como ellos, pero que uno nunca termina siendo el escritor con que soñó cuando era joven. Y yo pensé: «sí. A mí me pasó lo mismo». Yo creo que en ese tiempo yo soñaba con ser un Borges o un Italo Calvino, alguno de esos escritores que estaban tan de moda y que también eran mis favoritos.

—Menciona a Borges. ¿Cuál es su mirada sobre la realidad y la literatura? Usted ha dicho que en un libro tan delicado como Di su nombre no todo es real. ¿La literatura de no ficción es, en el fondo, literatura de ficción?

—Yo sé que mucha gente, incluyendo a García Márquez, siempre dice que son dos caras de la misma moneda. Pero yo nunca lo he sentido así. Una cosa que me sorprendió cuando estaba escribiendo Di su nombre y El arte de asesinato político es que no había ningún modelo para mí. No me gustó ningún libro como referencia. Por ejemplo, odié a Truman Capote en A sangre fría porque él se mete mucho, así que quizás esa fue una influencia por oposición. Y para Di su nombre, nada. Poesía, quizás. O Roland Barthes. Escribir Di su nombre fue una experiencia única: rechacé todas las ofertas de contrato, todo lo que me llegaba. Yo estaba muy pobre, pero igual me encerré tres años, o dos años y medio, como un monje: tenía mi salario de profesor y vivía de eso. Estaba muy aislado, haciendo el duelo, y no quería aceptar el dinero que me ofrecían por el libro. Yo no sabía ni siquiera si iba a terminar el libro.

—Después usted escribió Circuito interior, una gran cartografía de la ciudad más poblada de América. ¿Qué buscó ahí?

—Todavía había cosas que yo quería decir sobre el duelo. Fue, de cierta manera, una expresión de gratitud hacia la Ciudad de México, porque me había salvado. México me nutrió mucho y esa es una parte muy importante de la historia: en el libro me empiezo a preguntar a mí mismo sobre esta experiencia que he vivido, sobre el duelo, sobre la muerte, sobre el duelo de los otros. Yo tenía psicosis, me decían, psicosis temporal: tenía todos los síntomas de un trauma, ¿sabes? Se le dice trastorno de duelo prolongado, o duelo complicado. En México hay miles de personas que pierden a sus seres queridos de golpe: eso genera un trauma serio y tu vida cambia totalmente en un segundo. Pero esa gente no tiene acceso a sesiones de terapia, como yo tenía. Yo quería saber si lo que yo había vivido me podía al menos servir para entender mejor el dolor y el trauma ajeno. En la segunda parte de Circuito interior me acerco a esa gente.

—¿Cómo se relacionan su identidad (diversa) y su estilo literario (virtuoso en la primera persona)? ¿Siempre escribió usted en primera persona o fue desarrollando su voz de autor a lo largo del tiempo?

—En general, he escrito en tercera persona, ahora de hecho estoy haciéndolo en tercera persona. Yo siempre me sentí más cómodo en tercera persona. Creo que siempre estuve más interesado en escribir sobre lo que pasa fuera de mí, mirando hacia el exterior. Pero la muerte de Aura me empujó adentro por primera vez. De cierta manera, Di su nombre, Circuito interior y Monkey Boy son para mí como una trilogía, una exploración de mi relación con ella y conmigo mismo. Las preguntas son: ¿quién soy yo? ¿Quién fue ella? ¿Qué fue ese amor? Trabajé investigando el amor, investigando la pérdida y la culpa. Esas cosas me empujaron muy adentro. Siento que se ha cumplido un gran movimiento circular: ahora ya soy otra persona y tengo otras ideas. Pero la memoria perdura, ¿sabes? Es como… A veces siento como que nunca he cambiado. Siempre me sorprende cuando me acuerdo de mi juventud: sigo siendo la misma persona atrapada en la misma narrativa de lo que ha sido esta vida. En Di su nombre yo quería lograr una primera persona que no apareciera demasiado, sino solo cuando tuviera que hacerlo. Que no se interpusiera entre el lector y Aura. Un amigo me dijo que yo aprendí a escribir con esa primera persona transparente en El arte del asesinato político. Y de cierta manera, Di su nombre es como una mezcla de géneros, y uno de los géneros es la investigación. Escribir, a lo largo de mi vida, siempre fue una balsa en el medio del naufragio.

—Y si un escritor joven se le acercara y le pidiera consejos para escribir historias íntimas en el medio del naufragio, ¿qué le respondería usted?

—Mi respuesta sería: escribe el libro que tú necesitas escribir. Que tú quieras que exista. Con Di su nombre yo quería hacer un libro que le hubiera gustado a Aura. Y Aura era una lectora muy exigente y una escritora muy talentosa. Jamás iba a aceptar un memoir de no ficción convencional. Yo tenía que buscar mi manera, en diálogo con lo que yo imaginaba ella quería. Yo diría que, más allá del rótulo de la no ficción, de esto se trata la verdad. Cuando se discuten esas cosas, desde mi posición no entiendo por qué alguien escribe un libro para cumplir con fórmulas, pero como tú bien sabes eso es lo que hacen el 95 por ciento de los escritores. Eso es el mercado. Eso es lo que te enseñan en los programas de escritura en los Estados Unidos: cómo hacer una novela realista convencional. Eso no me interesa y no puedo leer esos libros. Cada libro, para mí, es una búsqueda del libro en sí mismo.

—En esa formación como lector y como escritor, ¿lo han marcado más los autores latinoamericanos o los estadounidenses?

—No sé, difícil decirlo. Pero cuando yo empecé a dedicarme, digamos, a tratar de seguir una vida de escritor, creo que yo estaba muy marcado por los latinoamericanos. Yo crecí en un pueblo muy blanco, muy racista, francamente, en los suburbios de Boston. Yo siempre había preferido el lado de la familia de mi madre antes que el de mi padre, y amaba Guatemala: mis primeros recuerdos son de Guatemala. América Latina siempre fue para mí como, pues, tierra perdida, ¿no? Tierra que yo quería recuperar. Nunca me sentí a gusto en donde me crié y América Latina siempre me jalaba, ¿no?, siempre me jalaba… Cuando empieza la guerra en los setenta entre los Estados Unidos y Centroamérica (básicamente lo puedes definir así), yo sabía que tenía que estar ahí.

—¿Sigue leyendo autores latinoamericanos?

—Sí, realmente a un montón. Mis vecinos aquí, que son muy amigos míos, son Alejandro Zambra y Jazmina Barrera. El hijo de ellos es el mejor amigo de mi hija. Van a la escuela juntos. Yo creo que van a ser amigos toda la vida porque tienen una relación mágica, de esas cosas que solo pueden tener niños de esa edad, ¿no?, como que uno puede leerle la mente al otro. Admiro mucho a Alejandro y a Jazmina como escritores. Admiro mucho también a Valeria [Luiselli], a Samantha Schweblin, a Guadalupe Nettel y a Yuri Herrera. Me gusta mucho Mariana Enríquez y me gusta mucho lo que escriben las ganadoras del premio que hemos creado: la más famosa es Liliana Colanzi [Nota: se refiere al Premio Internacional de Literatura Aura Estrada, para narradoras de entre 18 y 35 años: la ganadora en 2025 fue Laura Sbdar, a quien Goldman describe como «extraordinariamente talentosa»]. Yo no puedo leer todo lo que quisiera…

—Un semestre al año, entre fines de enero y fines de abril, usted va al noreste de los Estados Unidos a dar clases en el Trinity College de Connecticut. ¿Qué enseña?

—Voy alternando los cursos. Un año doy una clase como de literatura contemporánea, o más o menos contemporánea, en la que los temas tienen que ver un poco con el trauma y la resistencia. Leemos Never Let Me Go de Kazuo Ishiguro, The Vegetarian de Han Kang, Enter Ghost de Isabella Hammad, Catalina de Karla Cornejo Villavicencio, Estrella distante de Bolaño… Y al año siguiente doy otra clase: México escrito por no mexicanos.

—¿Y el resto del año qué hace?

—Escribo. Veo que alguna gente encuentra muy difícil eso de escribir con niños en casa. Pero yo no soy así. Conozco varios hijos de escritores que decían: cuando yo era un niño, la puerta del estudio de mi papá o de mi mamá estaba cerrada, siempre, y yo no podía pasar ahí adentro. Mis dos hijas pueden entrar cuando quieran. Y de hecho entran cuando quieren. Tengo ese don de mantener la concentración en medio de todo y me encanta escribir en trenes, en carreteras, en aeropuertos… lo que sea. Quizás lo logro por haber escrito así desde que era muy joven, por haber viajado mucho, por haber practicado cierto periodismo en zonas de guerra. En esas situaciones hay mucho tiempo muerto, hay muchas distracciones y uno aprende. Yo al menos aprendí a concentrarme. Pero solo trabajé en la redacción de The New Yorker algunos meses: menos de un año. Era muy joven. Yo tenía mi escritorio y trabajaba directamente con el editor de la sección The Talk of the Town. Eran los tiempos cuando los artículos de The Talk of the Town eran breves, más o menos breves, y no iban firmados.

—¿Cómo entró a The New Yorker?

—No sé, no me acuerdo… ¿Qué hacía yo ahí? Eso fue antes de que publiqué mi primer artículo ahí… Yo creo que yo había hecho algunos The Talk of the Town para ellos como freelancer. Y me dieron ese puesto. Me acuerdo muy bien de que en varias ocasiones entrevisté a Octavio Paz, de que entrevisté en su habitación de hotel a Gloria Trevi en su momento de máxima fama, y de que hice otras cosas locas.

—¿Usted quería ser periodista?

—No. Nunca, nunca. El periodismo siempre fue algo que yo hacía al lado de otra cosa. Cuando eres joven tienes que trabajar y no te importa vivir en la pobreza de un freelancer. Siempre fue algo complementario a la literatura. Muchas veces, motivado por algún compromiso político.

—Su próximo libro, de acuerdo a los planes, será una novela en torno a las mujeres de la comunidad guatemalteca de New Bedford. ¿Cómo nació ese proyecto?

—Conozco muy bien a las mujeres guatemaltecas de New Bedford, muchas de ellas son de los pueblos originarios mayas del país, y así fue que recientemente pensé: «Debo hacer algo por ellas, por ejemplo escribir un artículo en el contexto de lo que están sufriendo esas comunidades ahora con la persecución a los migrantes. Entonces ahorita estoy en eso, escribiendo un breve crónica sobre ellas». Son gente realmente inspiradora, han vivido cosas terribles, y las han vivido con tanta valentía y generosidad… Las admiro mucho. Y la gente debe conocer sus historias reales, para que los lectores piensen: «Mira qué increíbles que son estas personas… ¿Por qué las estamos persiguiendo?». Cuando viajo a esa ciudad converso con ellas por horas y horas. No lo hago para usar sus historias personales, jamás haría eso, sino para sentir quiénes son. Y cómo hablan. Cómo escucharlas. Como hablan sobre todo lo que han vivido. Cómo escribir sus voces. Cómo imaginar personajes. Cómo tejer este mundo de New Bedford en el que viven, este puerto de pesca con tanta historia, y donde conviven con gente de muchas otras nacionalidades. La novela no es una novela que se podría etiquetar como «novela sobre inmigrantes». Jamás. Es otra cosa más compleja, supongo: un trabajo de imaginación, de forma, de estilo, de patrones obvios y secretos… pues, es una novela.