POR ALESSANDRO GIANETTI

Escribir sobre Italia es un género en sí mismo, un tema más o menos recurrente que se inventó a los albores de la historia del arte y que ha sido reinterpretado en innumerables ocasiones. Esta experiencia estratificada ha creado algo parecido a un mito, y los autores que escriben sobre Italia se ven en la obligación de considerar a los que vinieron antes, como los pintores que se proponen representar a Andrómeda encadenada en las rocas o el Descendimiento de Jesús.

Los viajes de Goethe, Byron, Shelley, Keats, Ruskin y Stendhal (por citar solo a los más célebres) han creado una tradición tan poderosa que es imposible tratar este enmarañado argumento sin la incómoda influencia de algo antiguo y extremadamente poderoso. Benito Pérez Galdós lo avisó ya en 1888, en ocasión de su viaje junto a su amigo José Alcalá Galiano: «Se ha escrito tanto de Italia que es difícil y temerario añadir nuevas descripciones a las tan conocidas hechas por las plumas más hábiles de todos los países». En su De Vuelta de Italia, publicado en Barcelona en 1895, Galdós sigue los pasos de sus antecesores, y hasta en el itinerario se puede apreciar que su vuelta siguió una ruta más bien clásica: Roma y el Vaticano, Venecia, Florencia, etc. Una auténtica joya, sin embargo, es la primera crónica —escrita directamente desde la capital—, donde se puede leer de una Italia vivificada por la reciente unidad política, animada y vigorosa, tan diferente de la que se ofrece a los viajeros actuales. «La literatura», como dijo aquel compañero de iniciaciones, «es una arqueología de los sentidos».

Quien llega a Italia, dicho en otras palabras, ya tiene un País dibujado en su cabeza: leído, estudiado o susurrado. Afortunadamente, hay excepciones, como la de Josep Pla, que, en sus Cartas de Italia, vierte, más que libros u óleos, el resultado de las muchas experiencias que vivió en el Bel Paese. En sus artículos habla un poco de todo: de la arquitectura —«lúcida, sostenida, meditada y deliberada»—, de la pintura, de la cocina y hasta de la adoración de los italianos por la mamma. Su cercanía a la forma que tienen de mirar las cosas los habitantes de esa península con forma de bota lo convierte en una especie de embajador o de traductor, pues las dos figuras tienen muchos puntos en común.

Sin embargo, hay otras escapatorias al férreo vínculo que el pasado nos impone: el invento de nuevos recorridos, el paso por lugares poco frecuentados o, más difícil, asumir un punto de vista propio, de manera que los lugares mil veces descritos, como la plaza San Pedro de Roma o la plaza de la Señoría en Florencia, parezcan inéditos. En esta línea se sitúan dos libros más recientes, escritos desde Italia —es decir, retomando la larga tradición del viaje—, pero con perspectivas estéticas muy personales. Se trata de La aurora cuando surge (Acantilado, 2022), de Manuel Astur, y Contra Florencia (La línea del horizonte, 2022), de Mario Colleoni. Son dos libros muy distintos, vinculados por la búsqueda del asombro que nace de las pequeñas cosas, de los detalles más que del conjunto. Manuel Astur empieza su viaje por Liguria, la entrada francesa —y lateral— de Italia, pero se da cuenta enseguida que el suyo es un imposible desafío a la historia: «Esto es un lienzo, un cuento, y con algo de suerte algunos podrán añadir una pincelada, una coma, una letra, una palabra», anota sentado en la piazza del Campo de Siena. A la vez, y sin citar a Beckett, cree que es justamente en el intento donde reside su obra: «Existo mientras escribo, en este lugar intermedio entre la materia y el sueño. Existo mientras lo intento». El asombro consiste justamente en eso, en intentar observar como un ser puro, como un niño (los niños son muy presentes en La aurora cuando surge), porque la mirada poética es la que consigue mirarlo todo como si fuera la primera vez. En este sentido, Italia es para Astur una lejanía como otra cualquiera, uno de los infinitos lugares del mundo que pueden despertar el asombro del poeta. John Keats escribió que el poeta es el espía de Dios, y Gregory Corso, que no creía en Dios, que el poeta es la espía de la humanidad.

La mirada de un extranjero nos puede desvelar detalles esenciales e inadvertidos, más aún si el extranjero es historiador del arte y transcurre cierto tiempo en Florencia. Es el caso del minucioso análisis que Mario Colleoni desarrolla en Contra Florencia y que empieza con la observación de las tres Maestà que abren la sala del Trecento en la Galería Uffizi. «El milagro de la mano izquierda —escribe Colleoni— solo puede percibirse tras una sutil observación del gesto con el que la Virgen sostiene a Jesús. La mano de la Virgen de Cimabue acaricia la rodilla de su hijo, es el indicio del germen de Renacimiento, mientras que las de Duccio y Giotto se “limitan” a sostenerlo, a cumplir, se podría decir, su milagroso deber». Es un libro hecho de pequeños acontecimientos, instantes y personajes, detalles aparentemente insignificantes, omitidos o ignorados por quien visitó Florencia antes que el autor. Pero es justamente a través de estos detalles que Colleoni consigue deshacerse por felices ratos del peso que incumbe sobre él.

En Como conocí al sembrador de árboles (Tusquets, 2024), el escritor cubano Abilio Estévez escribe a su vez dos cuentos ambientados en Italia; en Italia y, como siempre sucede con Abilio Estévez, en su juventud habanera en Marianao. El país transalpino tuvo una gran importancia en su formación, puesto que fue en Sassari (Cerdeña) donde empezó a escribir Tuyo es el reino (novela publicada por Tusquets en 1997 y que embrujó a Roberto Calasso antes de ser traducida al italiano). Una cita de Roberto Caproni abre el volumen:

Si no volviera
sabed que nunca
partí.
Mi viaje ha sido
quedarme donde estoy,
adonde nunca fui.

En uno de los cuentos, «Muerte en Milán», su protagonista, Salomón, es un poeta que vive en Quarto Raggiolo, un pequeño pueblo cercano a la ciudad. Tiene la costumbre de ir a la estación de trenes, a pesar de considerarla irremediablemente fea, para escribir sonetos sobre viajes, partidas y regresos: por un lado, la realidad, y por otro la imaginación. Está perseguido por los mismos sicarios que le hicieron la vida imposible en Cuba, policías secretos en busca de maricones, jóvenes negros demasiado atractivos para guardar prudencia ante su tentación. La estación de trenes de Milán no es casual, como reconoce el mismo Salomón, «el viaje es la metáfora que mejor explica la condición del hombre». Por eso, quizás, también el segundo cuento —«Jamaica, las Montañas Azules»— tiene como centro el vagón de un tren. Los tres protagonistas hablan en un idioma babélico hecho de frases españolas, inglesas y francesas, pero el viaje soñado vuelve a quebrarse por culpa de los antihéroes de cualquier salto de fronteras: «The fucking immigration police».

Siempre contemplada por ojos extranjeros

Tan imitada por artistas de todo el mundo, se diría que la dimensión predilecta de Italia —formosissima donna, como la definió Giacomo Leopardi— es la de dejarse contemplar por ojos extranjeros. Muchos italianos podrían confirmarlo, tan fácil de admirar y tan difícil de vivir… No obstante, un buen número de escritores de habla hispana decidió transcurrir allí largas temporadas, transformando su viaje en un paréntesis variable de la vida cotidiana. Gabriel García Márquez llegó a Roma en 1955 como corresponsal del periódico El Espectador, con el mandato de seguir el estado de salud del papa Pío XII, aquejado por una «crisis de hipo» y cuya muerte se esperaba pronto. En La santa, uno de sus Doce cuentos peregrinos, la ciudad eterna está repleta de personajes grotescos y despreocupados que viven entre la memoria y la invención onírica. Todos están de alguna manera a la espera de un milagro, mientras participan de la vida de una ciudad que luce el vívido frenesí que supo reflejar el cine neorrealista: la caótica quintaesencia de Roma, se podría decir, por eso el cuento está tan bien conseguido.

Italia, a decir la verdad, no suele prestar demasiada atención a quienes la admiran (y menos a quienes la critican), pero algunos de los libros mencionados han sido traducidos en su idioma. Como un príncipe atontado, su público les ha dado una bienvenida protocolaria, sin más. Su desinterés resulta aún más torpe en el caso de los pocos escritores que han cruzado el umbral del elogio para entrar en el terreno de una arriesgada compenetración. Es el caso de J.R. Wilcock, de madre de origen italiano, que también llegó en 1955 —él desde Argentina—, junto con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Años después, se estableció definitivamente en Roma y publicó su primer volumen en italiano, Il caos, escrito previamente en español. El aristocrático gusto de ignorar las modas culturales y los salones del momento le llevó a refugiarse al sur de Velletri, donde permaneció casi una década, para regresar nuevamente a Roma tentado por perspectivas teatrales que no llegaron a concretarse, a pesar de interpretar el papel de Caifás en la película de Pier Paolo Pasolini El Evangelio según san Mateo. «Italia» —escribe Roberto Calasso— «se comportó con J.R. Wilcock como los fascistas con el grabador Escher. Si Escher pudo vivir durante años en Italia sin ser mencionado por nadie, Wilcock consiguió durante años no figurar en las listas de nuestros sesudos críticos». Su italiano irónico, culto y enciclopédico es como un islote tropical cargado de una densa vegetación, un islote en el que desafortunadamente muy pocos han intentado poner el pie.

Es un tema, el del cambio de idioma para un escritor, que nos podría llevar a Agota Kristof, escritora húngara que escribía en francés, y Fabio Morabito, autor italo-mexicano que, a pesar de haber vivido en Italia hasta los quince años, siempre escribió en un condensado y rico español. Pero, si nos ceñimos al tema de este artículo, resulta especialmente interesante el análisis de Adrián Bravi, escritor argentino que reside en Italia y que, como J.R. Wilcock, escribe en italiano. Antes de publicar Adelaida (Nutrimenti, 2024), Adrián Bravi escribió un ensayo titulado La gelosia delle lingue (Universidad de Macerata, 2017) en el que trata la difícil relación entre la lengua materna y la memoria. En el segundo capítulo, cuenta la historia de una hermana de su padre que después de la Segunda Guerra Mundial salió de Génova rumbo a Argentina, junto con su marido y un niño de cuatro meses. El barco en el que viajaban acababa de cruzar el ecuador cuando se quedaron sin reservas de agua. Todos los pasajeros entraron en pánico y el niño no se despegaba del pezón de su madre (él también tenía miedo), mientras que otros niños hambrientos se habían enganchado al otro pezón. La tía de Adrián Bravi hacía lo que podía, pero a pesar de sus esfuerzos cinco niños no sobrevivieron a la travesía: tuvieron que envolverles en una sábana blanca antes de arrojarles al mar. «Nunca vi llorar a mi tía cuando contaba esta historia en español» —escribe Bravi—, «aunque se notaba que estaba muy afectada; pero cuando un día se la oí contar en italiano, la vi llorar por primera vez».

Quizá los recuerdos solo hablen la lengua en la que ocurrieron, y cuando un escritor se siente atrapado por los fantasmas de su pasado busque refugio en otra lengua, como se huye a otra esperanza. La maternidad de la lengua, sin embargo, no solo nos enseña a contar historias, nos da también una mirada sobre las cosas, una forma de sentir, una perspectiva. Podemos enmascararla con otras lenguas, pero no dejará de ser un camuflaje. En su artículo «Escucha la sirena del barco en el que vamos», redactado después de su viaje a Sicilia y recopilado en el reciente Lloro porque no tengo sentimientos (La Navaja Suiza, 2024), Bárbara Mingo escribió que «hay emociones que solo se pueden comprender a través de una poesía». Y esta, a lo mejor, es la mejor conclusión posible:

Vivere è percorrere il mondo
attraversando ponti di fumo;
quando si è giunti dall’altra parte
che importa se i ponti precipitano.

Per arrivare in qualche luogo
bisogna trovare un passaggio,
e non fa niente se scesi dalla vettura
si scopre che questa era un miraggio.1

J.R. Wilcock, Poesie, 1980.

El escritor italo mexicano Fabio Morabito. Fuente: Wikicommons.

1. Vivir es recorrer el mundo / cruzando puentes de humo; / cuando uno ha llegado al otro lado / qué importa que los puentes se caigan. / Para llegar a alguna parte / hay que encontrar un pasaje y no importa si bajándose del coche / resulta que aquello era un espejismo.