EL ÚLTIMO REGENERACIONISTA (1975-2015)

Marías fue un escritor estático. Hacia el inicio de sus memorias, escribió: «al volver los ojos sobre mi vida, la encuentro presente» (1989: 13). Entre 1938 y su desaparición no se movió ni un dedo en su empeño por canonizar y sistematizar el reformismo español moderno y contemporáneo. El 16 de agosto de 1979 publicaba «Una primera imagen de la generación del 98» en El País: en ese artículo se preguntaba hasta qué punto Unamuno, Maeztu o el novelista simbolista Llanas Aguilaniedo cumplieron con las expectativas que Rubén Darío se formó de ellos cuando visitó España en 1899 como corresponsal del periódico La Nación. Estos artículos que Marías iba publicando en El País, y en plena etapa democrática, son vueltas sobre las preocupaciones de siempre.

Durante la primavera de 1980, Julián Marías escribió La guerra civil. ¿Cómo pudo ocurrir?, donde, según Fusi, «enfocó su reflexión sobre la guerra como un estudio de una situación mental colectiva, como una aproximación a una patología de la vida biográfica, como un ensayo que combinaba perspectiva histórica y experiencia vivida» (2017: 25). Pesaba sobre el autor la consideración orteguiana del «hombre masa» como individuo psicológicamente crispado, menesteroso o inmaduro. Durante los años ochenta no dejó tampoco de reflexionar sobre la edad de plata. Marías estudió a fondo los dos «marasmos» de la vida española contemporánea (el de 1898 y el de 1936) en el capítulo XXVII de España inteligible, uno de sus libros mayores (1985: 353-370).

Incluso el 14 de julio de 1988, el día en que empezó a escribir Una vida presente, el que podría ser su mejor libro, Marías tenía un recuerdo para Ortega, que nunca le abandonaba:

Cada vez he ido sintiendo la necesidad de comprender y formular el contenido de esa vida que ya va siendo larga. He recordado muchas veces lo que Ortega dijo acerca del deber de comunicar la sabiduría sobre la vida concreta, la ciencia vital por excelencia; es poco generoso, decía, no devolver esa vida a la vida. «Quisiéramos, agradecidos, devolver a la vida lo que ella nos ha dado, o le hemos arrancado, devolverlo después de meditarlo y aquilatarlo» (1989: 10).

 

Hacía más de medio siglo que Julián Marías había conocido a su maestro.

En «Rosa Ortega o la conformidad» (El País, 7 de octubre de 1980), homenajeaba a la figura de Rosa Spottorno, viuda de Ortega, que acababa de fallecer a sus noventa años. Sobre ella escribe: «¿Cuánto de Rosa habla en la vida —y en la obra— de Ortega? No es fácil saberlo, pero sospecho que más de lo que parecía, más de lo que muchos pensaban. Las largas, frecuentes cartas, las llamadas casi diarias desde las ausencias alemanas, la “instalación” familiar que Ortega tuvo, y que era tan visible, todo ello sugiere lo que fue la serena claridad, el tranquilo esplendor femenino que Ortega tuvo tantos años al lado».

Entre el 9 y el 12 de julio de 1981, Julián Marías celebró el cincuentenario de la democracia de 1931 ofreciendo al periódico su serie «La vida intelectual en España durante la Segunda República», vida que resumió con el siguiente sintagma: «Advenimiento de la esperanza». Y no de esperanza pero sí de una emoción afín trata un libro que Julián Marías publicó en 1984: Breve tratado de la ilusión (1984). Basado en finas observaciones filológicas, Marías se da cuenta de que, en multitud de lenguas, la palabra «ilusión» sólo tiene un significado concreto: espejismo o señal engañosa, objeto observación irreal.

Sólo el castellano (y sobre esto edifica una teoría) añadiría otra acepción del término que le interesa mucho más, consolidada durante el Romanticismo: acto de llenarse de expectativas, amor por el espejismo, utopismo optimista, al fin y al cabo. Se trataba de una de las claves del itinerario de nuestro filósofo: quien, desde la cárcel y la prohibición de enseñar y publicar, menos motivos tenía para ilusionarse con la nación y el Estado que le habían tocado, hacia el final de su vida se da cuenta de que a partir de un legado cultural era posible ilusionarse con un proyecto palpable de convivencia en común. No estoy tratando de negar o afirmar si aquel proyecto de 1978 continúa vivo o no o puede volver a llenarnos de «ilusión» tal y como la entendía Julián Marías. Para otros, dejo el trabajo de intentar salvar o no aquel proyecto a estas alturas de 2020, cuando todo aquel andamiaje parece estar en entredicho de manera cotidiana. Lo que intento aclarar aquí es la relación que estableció Julián Marías entre la cultura de los años treinta de la que participó y su confirmación e implantación política medio siglo después. Lo que buscaba subrayar con este artículo era el papel de transmisor o albacea de una serie de valores, los de los escritores más destacados de la edad de plata, que él consideraba de oro, que Julián Marías quiso para él y para su trayectoria intelectual.

Misión que no olvidó a partir de los años setenta y ochenta. Una síntesis casi perfecta de sus doctrinas sobre el pensamiento español la ofreció en su artículo «España y el pensamiento» (El País, 18 de julio de 1979), donde afirma: «Se ha vuelto a remover en estos últimos tiempos la cuestión, casi siempre mal planteada, de la cultura española. Más específicamente, se ha puesto en duda la contribución de los españoles a las tareas del pensamiento, incluso su aptitud para él. Se reconoce fácilmente que en España haya habido, o haya, artistas, literatos, tal vez espíritus religiosos; pero la tentación es borrar de un plumazo la significación de España, en lo que se refiere al pensamiento. Por lo general, los que sobre estos temas escriben no tienen idea muy clara de lo que es propiamente pensamiento, y es dudoso que se hayan tomado la molestia de conocer y justipreciar lo que en España se haya pensado durante unos cuantos siglos». Marías se indignaba, con razón, de la morbosidad secular con que eran despreciados los productos culturales españoles, tan mal reeditados como desconocidos. Y añadía: «He llegado a la conclusión de que la originalidad española, en muchos sentidos, ha sido muy superior a lo que se esperaba, y como no se suele ver más que lo que se espera, no se la ha visto». De ahí su empeño por rehabilitar el siglo xviii, o por poner en su justo valor la Escuela de Madrid. Para esta escuela, destacó Marías, acertó con su bautizo, puesto que el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora incluyó el término «Escuela de Madrid» a partir de su cuarta edición (Marías, 1969: 221). Mucho más fácil que rescatar un legado colectivo era mantenerlo en una penumbra polvorienta.

En 1971, recuperaba para el primer volumen de Los españoles un texto escrito veinte años antes sobre una figura eclipsada del 98, el historiador del arte Enrique Lafuente Ferrari (1971: 217-220). El mismo año publicaba Marías un estudio de la generación del 98 como hecho generacional en sí, aplicando el método orteguiano con sus propias mejoras. Este artículo se tituló «El centenario de la generación del 98», y en él defendía la pervivencia de todas las ideas expresadas por el grupo de escritores que habían nacido en torno a 1871, con Unamuno a la cabeza, porque habían conseguido restaurar el prestigio del ensayo teórico en España (1975: 100-109). Un olvido evidente de este trabajo es el hecho de que Azorín reivindicara el legado de escritores anteriores como Larra o Pi i Margall, al fin y al cabo los que habían compartido época y preocupaciones con Joaquín Costa. Marías no supo ver o no le interesaba, en general, subrayar la relación de los noventayochistas con las formas liberales y románticas anteriores. Una defensa de la autenticidad barojiana llegó el 12 de noviembre de 1972, momento en que Marías leyó en la Real Academia su escrito sobre los «Cien años de Pío Baroja» (1975: 120-130).

El tema del 98 salía una y otra vez. En un trabajo que fue a parar al segundo volumen de Los españoles (1972), «La originalidad española», desarrolló el tema de la universalidad de la cultura española a partir de la irrupción de Unamuno y de su continuador disciplinado, Ortega. La «interpretación española del mundo» era el modo a través del cual un filósofo o pensador español podía hacerse europeo, sólo desde las propias raíces, y sin importar formas de fuera en bruto, considerándolas algo más que orientaciones generales o doctrinas que imitar. En ese artículo, concluye: «La empresa de la generación del 98 fue la posesión de la realidad española» (1972: 17).

En 1980, Marías escribió:

Desde el desastre del 98, la sociedad española había despegado económicamente (con la ayuda de la neutralidad durante la primera guerra mundial), y su pobreza se había mitigado; las universidades habían mejorado más de lo que se hubiera podido esperar, y todo el sistema de la instrucción experimentó un avance extraordinario con la República. Desde el punto de vista de la cultura superior —filosofía, literatura, arte, investigación—, se había entrado en un siglo de oro (2017: 53).

 

En una fecha tan avanzada como 2002, continuaba escribiendo sobre figuras del 98, presentando siempre un estado de la cuestión actualizado sobre cada uno de sus protagonistas. «Valle-Inclán» fue publicado en ABC el 25 de abril de 2002, para luego pasar a formar parte del libro La fuerza de la razón (2005). En el mismo volumen, encontramos un completo artículo sobre «Dos amigos de Ortega», Máximo Etchecopar y Jaime Perriaux, que serían también discípulos del filósofo (2005: 155-158). En este texto delibera sobre un concepto de su cosecha al que suele referirse, el de «espesor del presente», que se mide por la calidad y densidad de la red intelectual de un país. En ese mismo trabajo Marías escribió que «en España permanecen vivos autores muertos hace largo tiempo: todos los de la generación del 98, y más allá Galdós, Clarín, y otros».

Se me ocurre que Julián Marías acaso fuera el último regeneracionista de la cultura española. En un libro de 1978, España en nuestras manos, Julián Marías continuaba expresando un mensaje totalmente orteguiano: «El error consiste en creer que la realidad es blanda, dócil, sin estructura» (1978: 158): se abría un nuevo horizonte para el Estado en el año en que se iba a redactar su segunda Constitución democrática; se estaban alcanzando consensos; de algún modo se estaba llegando a lo que Marías venía persiguiendo durante toda su vida: un régimen de convivencia para todos los españoles, contribuyendo todos a un estado de libertad suficiente y común.

Pero su advertencia tenía que ver con la necesidad de seguir en estado de vigilancia y alerta: no se podía bajar la guardia, dejar de filosofar o sistematizar. Lo expresó en «Destrucción y creación» (El País, 26 de agosto de 1979):

Sería menester que los españoles, ante cada acto, cada omisión, cada proposición, se preguntasen qué valor tiene, qué crea o destruye, a dónde nos lleva. Que apoyaran enérgicamente lo que les parece bien, lo que quieren; y que rechazan con no menor energía lo que les parece un atentado a su realidad, a sus posibilidades, a su futuro. Y, por supuesto, que determinaran con claridad quién —individuo, corporación, grupo, partido— quiere y busca una cosa u otra. En una democracia, esto es esencial. La opinión tiene que saber qué han hecho, qué han querido, qué han propuesto los que han sido, elegidos o han intentado serlo, los que van a querer ser elegidos en el futuro.

 

Este podría ser el mensaje de Marías para nosotros. Completado con esta reflexión del ultimísimo Marías: «Casi todos los males del siglo pasado, que no son pocos, nos parecen evitables. Hubiera bastado cierta resistencia, la afirmación de lo que ya en su momento parecía mejor» («Concordia», ABC, 24 de marzo de 2003; 2005: 253).

En palabras suyas de 1980:

La única manera de que la guerra civil quede absolutamente superada es que sea plenamente entendida, que se vea cómo y por qué llegó a producirse, que se tenga clara conciencia del proceso por el cual se produjo esa anormalidad social que desvió nuestra trayectoria histórica. Sólo así quedaría la guerra radicalmente curada, quiero decir en su raíz, y no habría peligro de recaídas en un proceso análogo: únicamente esa claridad, difícil de conseguir, podría convertir en vacuna para el futuro aquella atroz dolencia que sacudió el cuerpo social de España (2017: 33).

 

Anotemos el lenguaje biológico que sigue utilizando Marías, el tipo de léxico típicamente regeneracionista.

La claridad que reclamaba Marías no ha llegado, o no ha traspasado el campo académico. En lugar de lealtad a la verdad o la verosimilitud de lo que ocurrió sigue socializada una algarabía de opiniones crispadas que continúa manteniendo campos ideológicamente cerrados de semianálisis. La prensa y las campañas electorales así lo atestiguan. Se sigue abusando y sacando partido de la manipulación y la memoria sesgada para mantener vivos los conflictos de 1936, en el plano de las palabras y en los espacios públicos. El volumen Los españoles 2 (1972) fue concebido como una recopilación de ensayos que intentaba trazar un diagnóstico de la vida cultural y civil en España veinte años después del fin de la guerra. En un momento dado de su capítulo «La situación actual», Marías señaló dos problemas estructurales: por un lado, la falta de crítica literaria; y en segundo lugar, la falta de equipos científicos que hicieran avanzar el conocimiento para socializarlo. No podemos decir que estas lagunas estructurales se hayan corregido por completo. Más bien podría parecer que estamos, de algún modo, retrocediendo.

Sin sistemas filosóficos la sociedad va a la deriva, y se imponen el simplismo, la irresponsabilidad y el primitivismo. ¿Estaremos olvidando lo que somos y volviendo a banalizar y oscurecer nuestro futuro? En 1972, Julián Marías se preguntaba si el legado de la Escuela de Madrid no estaría a punto de borrarse. Y señalaba tres peligros habituales en la sociedad española: en primer lugar, la tendencia a restringir la libertad; en segundo lugar, el olvido de sí misma, de los símbolos y legados plausibles y comunes y, por último, la insolidaridad con los maestros por un prurito de parecer todos únicos y originales (1972: 24). ¿Habremos renunciado al análisis leal de nuestros problemas para cerrar los ojos ante lo que podría volver a dividirnos?

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Fusi, Juan Pablo. «Prólogo» a La guerra civil. ¿Cómo pudo ocurrir?, Madrid, Fórcola, 2017.
  • Leibniz, G. W. Discurso de metafísica, Madrid, Revista de Occidente, 1942.
  • Marías, Julián. Filosofía española actual. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1948.

–. El existencialismo en España. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1953.

–. Filosofía actual y existencialismo en España. Madrid, Revista de Occidente, 1955.

–. Obras, V. Ediciones de la Revista de Occidente, 1969.

–. Los Españoles 1. Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1971.

–. Los Españoles 2. Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1972.

–. Literatura y generaciones. Madrid, Espasa-Calpe, 1975.

–. España en nuestras manos, Madrid, Espasa-Calpe, 1978.

–. España inteligible. Razón histórica de las Españas. Madrid, Alianza, 1985.

–. Una vida presente. Memorias 1 (1914-1951), Madrid, Alianza, 1988.

–. Una vida presente. Memorias 2 (1951-1975), Madrid, Alianza, 1989.

–. Una vida presente. Memorias 3 (1975-1989), Madrid, Alianza, 1989.

–. La fuerza de la razón. Madrid, Alianza, 2005.

–. La guerra civil. ¿Cómo pudo ocurrir?, Madrid, Fórcola, 2017.

–. Breve tratado de la ilusión, Madrid, Alianza, 2018.

  • Pla, Josep. Grandes tipos, Barcelona Destino, 2004.
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