POR LUNA MIGUEL

Nos dijo que era una herida, que por eso su brazo estaba caliente y sangraba. Nada más descubrirse la gasa lo vi: sobre el blanco, una mancha de baba negra y granate en forma de pequeña salamandra; sobre la piel, la empapada y difusa silueta del anfibio, chapoteando en plasma. Qué susto. En aquel momento creí que a mi padre le habían acuchillado. Casi se me saltan las lágrimas al fantasear con un grupo de asesinos, daga en mano, rajando su hermosa piel para hacerle daño. Yo tendría ocho o nueve años y no conocía bien el mecanismo mediante el cual un hombre podía tatuarse. Y digo «un hombre» porque por aquel entonces había visto marcas de tinta negra nada más que en los cuerpos de ellos: el marinero sordomudo de Cabo de Gata, el celador ebrio del centro de salud, el pescadero sin dientes del mercado; todos hombres, sí, todos viejos y con pinta de llevar vidas miserables. ¿A ellos también les habrían rasgado la piel con un cuchillo envenenado? ¿A ellos también les habrían vertido tinta negra sobre la herida? Porque ese era el funcionamiento de un tatuaje, ¿verdad?, una raja violenta sobre la que luego se salpicaría un chorro de color, ¿y a ver si agarraba?

Si bien mi teoría infantil sobre la técnica del tatuaje iba algo desencaminada, lo cierto es que la idea que mi cerebrito se había hecho a propósito del tipo de consumidor de dicha forma de arte estaba forjada en la herencia de una verdad social terrible. Como señala Pablo Cerezo en un capítulo del ensayo El cuerpo enunciado (Siglo XXI, 2025) dedicado a los orígenes de este arte: «en el principio era el verbo. Luego la carne. Poco después aparecieron los tatuajes». Pero por mucho que la inyección de tinta en la piel exista desde el inicio mismo de la historia humana, su significado ha ido variando a lo largo de los siglos: símbolo de pertenencia, orgullo tribal, signo decorativo, invocación de una fe, condecoración de guerra… aunque también marca de esclavismo, de pobreza o de repudio. A pesar de su belleza y de su carácter expresivo, en el tránsito hacia la modernidad, el tatuaje quedó expulsado al margen: cuerpos de soldados, marineros, prostitutas, mafiosos, bohemios o criminales. Cuerpos señalados como un potencial peligro. Esa huella de infamia, esa herida mala, es la que contagió nuestros prejuicios siglo a siglo, y la misma que ensombreció mi niñez. Pero si los tatuajes eran infames, ¿por qué se hacía mi padre algo así? Y lo que era peor: si los tatuajes nos volvían parias, ¿por qué, conforme pasaban los años, al contemplar aquella atractiva salamandra, mi obsesión fue la de cumplir la edad suficiente para pasar de una vez por todas a ser yo misma un miembro de dicha tribu marginal?

Puede que la respuesta a esa pregunta se halle en muchas de las reveladoras páginas de Filosofía del tatuaje (Altamarea, 2024), de Federico Vercellone, pero especialmente en las que el filósofo argumenta que «la decisión de tatuarse se toma, en muchos casos en contraposición con la identidad impuesta desde fuera por motivos disciplinarios». Aunque esta idea de autoarrojo a la diferencia y al margen resulte liberadora, Vercellone cree que la destrucción del estigma puede verse reñida con la corrupción de dicha libertad. El margen atrae a la niña que desea tatuarse, pues no sólo embellece, sino que distingue. Del mismo modo, si aquello que es bello y distintivo se populariza y masifica como ha ocurrido durante las primeras décadas del siglo XXI con la proliferación de nuevas tendencias y modas alrededor del tatuaje, ¿podemos seguir hablando de verdad o de autenticidad?

Ya cité El cuerpo enunciado, pues en él se aborda esta cuestión desde una perspectiva sociológica y también gozosamente literaria. Pero Cerezo no ha sido el único teórico español en investigar a propósito de un arte «que nunca había importado a los filósofos», como dijo Vercellone; dos años antes de la publicación de su ensayo vio la luz Curar la piel (Anagrama, 2023), un estudio en el que el crítico Nadal Suau propuso un acercamiento histórico, atravesado por esas dudas sobre lo verdadero o lo auténtico, sobre la originalidad o la repetición, o sobre si en un futuro nos arrepentiríamos de nuestros tatuajes, pues si podemos lucirlos hoy con tanto orgullo y sin riesgo de perder nuestros trabajos es sólo porque esa liberación encierra una paradoja. Desde distintos tonos y bibliografías, Cerezo, Suau y Vercellone, aunque sobre todo los dos últimos, llegan a inquietudes similares: que tal vez hemos sustituido un prejuicio social por otro; que tal vez hemos cambiado prohibición por uniformidad; que quizá estamos al borde de domesticar aquello que nació como resistencia. Y yo discrepo.

Tatuarnos buscando autenticidad o rebeldía no tiene por qué reñir con la voluntad artística, ornamental, literaria e íntima de nuestro gesto. Tatuarse es contar una historia. Pero ¿a quién? Eso da igual. De hecho, en un momento de La próxima vez que te vea te mato (Anagrama, 2024), la novelista Paulina Flores nos plantea que quizá lo que se espera de un buen tatuaje es que pese a su legibilidad guarde un secreto sobre la personalidad de quien lo luce: «lo que más me gusta», dice su narradora «es que también parece una broma. Como si Laura se burlara de ella misma porque solo podrá leer esa afirmación tan… ¿absoluta?, mientras su antebrazo siga firme y liso, joven. Con el tiempo, cuando sea realmente más vieja de lo que nunca fue, el tatuaje quedará oculto por las arrugas de su propia piel. A la larga, todo esfuerzo por comprender quién eres queda sepultado, ¿ese es el secreto?». Tal secreto, tal intimidad es lo que echo en falta en las aproximaciones de El cuerpo enunciado o de Curar la piel. Por mucho que lo carnal reluzca hasta en los títulos, y aunque en ambos asome tímidamente lo privado —un lindo gesto de amor fraternal en el primero, un descorazonador duelo paterno en el segundo—, tengo la impresión de que ambas investigaciones evitan ahondar en la potencia de todas las emociones e intimidades que han hecho del tatuaje uno de los lenguajes privados más creativos de nuestro tiempo.

Ahí el secreto sobre el que reflexionó Flores: el tatuaje como epitafio en vida; la posibilidad de dibujarse una novela con trazos ajenos, sobre el cuerpo propio, sin necesidad de entregar un significado exacto para los ojos cotillas de los otros. Ahí el tatuaje como tratado de los afectos, como confirmación de un vínculo amistoso o amoroso que brillará como lo que fue, incluso si los amantes que se adornan se separan: «Nuestros lazos y promesas están en los tatuajes que empezamos a hacernos para fundar un ritual de amor, exclusivo y profano», que escribió Begoña Méndez en El matrimonio anarquista (H&O, 2021). Ahí el tatuaje como activismo: Lina Meruane retrata a las perras jóvenes de Coloquio de las quiltras (Debate, 2024) como a féminas que atan su compromiso a los dibujos que les cubren de las patas hasta los hocicos, quizá porque, como dice Alicia Valdés en La potencia afectiva (Continta me tienes, 2025), «los cuerpos están definidos por su capacidad de afectar y ser afectados», y en ese sentido podríamos hasta llegar a creer hoy que la tinta no va de afuera hacia adentro sino que, al contrario, el cuerpo también se quiere convertir en manifiesto; más que trazo decorativo, la huella de esa circulación de emociones y vínculos que definen lo humano, como si el tatuaje naciera desde los órganos y emergiera por la epidermis. Y ahí, justo ahí, por lo tanto, el tatuaje como supervivencia, como duelo, como señal de peligro o como venganza: lo reclamó So Mayer en uno de los relatos incluidos en Not That Bad (Harper, 2018), una antología en la que Roxane Gay invitó a hablar a varias autoras gringas a propósito de las consecuencias del #MeToo: «Sobreviví. Tomé el lenguaje de los cuchillos que me habían dado y derribé los muros de mi casa y de mi cuerpo. Hay otros lugares donde la piel apenas se encuentra, lugares que no muestro. Cicatrices que solo un escáner alcanzaría a ver. Tatuajes que (doce horas después) me recordaban que aún no estaba lista para la autopsia». Pero también esta idea fue el motor de la investigación de Julia Pérez Amigo, cuya tesis Los cuerpos utópicos. Etnografía feminista del tatuaje en el contexto español: identidad, arte y resistencia, defendió en 2023. De acuerdo con la académica los tatuajes son el «“yo” radicalizado, llevado a sus últimas consecuencias. Son un pacto con nuestro cuerpo que nos devuelve la sensación de que éste, realmente, nos pertenece». En otras palabras, una vuelta de tuerca a «my body, my choice», pero también una ventana abierta: mi historia, una herida plural.

A pesar de la cualidad yoísta que se le ha afeado a la moda de los tatuajes en las últimas décadas —el tatuaje es el emblema del yo, diría el antropólogo David Le Breton en el ensayo más célebre de la escasa bibliografía centrada en este arte, El tatuaje (Casimiro, 2013)—, merece la pena regresar a algunas de las ideas que Pablo Cerezo sugiere en las conclusiones de El cuerpo enunciado: «igual que vivir, tatuarse es todo eso: tomar partido, implicarse, creer en la gente y en las grandes causas». La idea de Cerezo que más me inquieta, sin embargo, es una que asoma unas líneas más adelante, en los agradecimientos finales, pero que parece seguir la inercia del párrafo anterior: «al igual que un tatuaje, un libro es siempre un objeto colectivo». La mancha de la salamandra, pues, no existiría sin los asesinos que la ejecutaron, pero tampoco sin la niña que la miró, y mucho menos sin los lectores que en este preciso instante la recrean en su imaginación. ¿Secreto? ¿Arte efímero? ¿Cicatriz compartida? ¿Yo sublimado? ¿Potencia afectiva?

No sé si nació como respuesta al ensayo de Cerezo, o si la autora ya había ideado con anterioridad las páginas de ese texto, pero en agosto de 2025, Carla Romero autoeditó y publicó gratuitamente en Internet una de las obras más bellas que yo haya leído a propósito del tatuaje en esa intersección entre intimidad, colectividad y reflejo de una época. Se trata de Esto es mi cuerpo que se entrega, un compendio de poemas, fragmentos ensayísticos, citas sobre el cuerpo —Irene Solà, Federico García Lorca, Annie Ernaux, Roland Barthes, el propio Cerezo— y diarios, ilustrados con fotografías que a su vez inmortalizan los ya inmortales tatuajes que la autora ha ido haciendo crecer en su cuerpo gracias al trabajo de una decena de artistas tatuadoras a las que ella devuelve el favor con su literatura. Hay un componente místico, además, en la obra de Romero, que devuelve a la autora a su niñez y a la fe familiar: «hicimos la comunión, pero jamás nos confesamos ante ningún hombre. En la iglesia mamá dijo: si Dios está en todas partes, dile lo que le tengas que decir». Puede que el tatuaje sea una rebeldía, pero también una confesión. Pervertir el cuerpo que Dios nos ha dado, mancharlo a nuestro gusto, llenarlo de nuestras pasiones o de nuestro activismo, como una forma de hacer llegar al cielo la jerga oculta de nuestra interioridad. Eso es: primero fue el verbo. Luego la carne. Más tarde la tinta. Porque ese es el funcionamiento de un tatuaje, ¿verdad? Una herida profunda sobre la que luego se salpica un chorro de sentido. Y a ver si agarra.