Mariana Enríquez
Un lugar soleado para gente sombría
Anagrama
232 páginas
POR LAURA FERNÁNDEZ

En Nuestra parte de noche, ese monstruoso clásico instantáneo, de un terror frondosamente impredecible, borrascoso, único, por momentos, macabro, siempre genial, Mariana Enriquez esboza, a conciencia, una escena en la que un grupo de chavales monta en sus bicicletas y trata de llegar a una casa supuestamente encantada. La escena es una escena también clásica, lo que ella misma ha considerado en más de una ocasión una escena kingiana —esto es, como sacada de una novela de Stephen King, donde las cosas tienden a brillar todo lo que pueden hasta que dejan de hacerlo—, que no tiene nada de clásica en su caso. ¿Por qué? Oh, he aquí, en esa escena, concentrado, aquello que Mariana Enriquez hace con el miedo. O lo que el miedo hace con sus historias. O la forma en que éste las posee y las habita, inevitable y amplificadoramente. Lo que ocurre en esa escena en la que el lector espera que esos chicos lleguen a la casa encantada con sus bicicletas es que esas mismas bicicletas no funcionan. Están rotas. Aparecen, y al instante siguiente, han desaparecido. Toda ilusión es vana. Algo está roto, y el horror aprovecha esa grieta para instalarse en el mundo, para quedárselo, porque no importa lo que grites cuando nada de lo que tocas es seguro, nadie va a oírte gritar, ¿existes, siquiera?

He aquí algo que palpita, por igual, en toda historia made by Enriquez, sin importar cómo de lejos llegue, la sociedad en la que está siendo concebida. Una sociedad rota, que nada tiene que ver con la aparente perfección de los suburbios norteamericanos, sino con la soledad y la miseria, la precariedad existencial, y económica, lo maldito de todo aquello que queda al margen. Podría decirse que las construcciones narrativas son similares a las arquitectónicas, y que, en su caso, no importa cómo de elevado sea el edificio que construye pues está hecho sobre los mismos cimientos. La arquitectura de toda obra enriqueziana es la de la pesadilla, una en la que el lector abandona el mundo que conoce y se interna, como se internaría en un bosque de senderos interminables, a ratos, cruzados, siempre a cubierto, o bajo eso que podríamos llamar conciencia, una conciencia alterada por la propia condición horrible de lo que ve, en el mundo que visiona la autora, ese que une lo vivido, y sentido, con la posibilidad de un encantamiento maléfico apoderándose, para siempre, de él, y, a su horrenda manera, solucionándolo, transformándolo, no en algo mejor, sino en algo con sentido.

El regreso de Mariana Enriquez al cuento, el género en el que perfeccionó su poderosísima visión, su condición, ya, de Reina del Terror Cósmico Cotidiano, o, mejor, del Gótico Neorromántico Social, porque sí, hay algo de cósmico y primigenio en su manera de abordar el Más Allá, y a la vez, está todo ese neorromanticismo pop, o punk, ese new wave literario —que sólo ella practica así—, no es un regreso en realidad porque nunca se fue. Aquellos que podían temer por el punch de sus historias cortas después de lo desmedido, de lo apasionado, de su entrega a la novela; aquellos que se preguntaban de qué forma iba a poder volver a encajarse en aquello que Roberto Bolaño llamaba «ejercicios de esgrima», y que en su caso siempre adoptan el formato de un soliloquio ante el lector, o cualquiera que quiera detenerse a escuchar —como si hubiera ahí, ante las páginas, un fuego, y alrededor no tuviéramos más que una casa vacía, vieja, de suelos crujientes y puertas chirriantes—, no tenían por qué. El tiempo no ha pasado, o lo ha hecho, pero lo esencial, eso que hace de cada relato de Mariana Enriquez un pequeño abismo que se abre, sin más, en una vida aparentemente, hasta entonces, corriente, sigue ahí. Y ahora también viaja. Viaja a, por ejemplo, Los Ángeles, en el cuento que da título a la colección, Un lugar soleado para gente sombría, y lo hace a ritmo, o bajo el auspicio, de nada menos que Jack Kerouac.

Se diría que si algo distingue a esta, su tercera colección de 12 relatos —siempre son 12, debe de tener, la autora, alguna buena, y puede que mágica o simplemente supersticiosa razón para que sea así— de las dos anteriores es ese encomendarse cada vez a un astro distinto, no únicamente a las puertas del libro, como ocurría hasta ahora —y que aquí sigue ocurriendo, Adélia Prado, Anne Carson y Thomas Ligotti abren el camino—, sino en cada cuento, que parece, así, haber sido escrito o para alguien o gracias a alguien, pues la literatura es conversación, y la dedicatoria explícita es una manera más clara, más fan, de marcar territorio, o ser una misma. Enriquez es aquí más consciente que nunca de su poder, o de su don, lo maneja sabiamente, a discreción. Lo que puede que en las dos anteriores fuese búsqueda, e intento de asentamiento, el asentamiento de un yo narrativo aún performático, honesta y brutalmente único, aquí es reconocimiento y hallazgo, y sin embargo, aún una búsqueda, pero una del todo consciente. He aquí un puñado de piezas. Son mis piezas, parece decirse la narradora. Juguemos con ellas. Divirtámonos. Divirtámonos bien. Divirtámonos mejor.

Y así, el humor que aparecía, a ratos, tímidamente, en sus anteriores antologías, maneja aquí la tensión con el horror desenfadada y encantadoramente hasta el punto de que hay relatos construidos sobre él —como Un artista local y, en parte, esa batalla a librar con los peligros del tiempo en el cuerpo, oh, el envejecimiento y sus pérfidas, retorcidas consecuencias, Metamorfosis también—, y que enriquece sobremanera lo que se cuenta —y su efecto—, a la manera en la que ironía aparentemente ingenua de Shirley Jackson dota de un brillo inimitable todo lo que hizo. Pensemos en un relato como Cementerio de heladeras, y en la relación que se construye entre los dos amigos que hicieron algo que no debían con aquel otro amigo, Gustavo, que ni siquiera era un amigo, ¿o lo era? Todo lo que se cuenta es terrorífico, por supuesto, pero la manera en que se cuenta a la vez aligera por momentos el peso —el terror— y lo amplifica. Hasta aquellos que, de tan oscuros, podrían parecer exentos de todo humor, están plagados de pinceladas —o la relación entre los hermanos de La desgracia en la cara ante esa cara que parece derretirse, o la figura de la madre omnipresente y maldita en Mis muertos tristes o esa obsesión marciana con los pájaros absurdos de Millie en Los pájaros de la noche— que te vuelven, en tanto lector, cómplice instantáneo de aquello que lees, y vives.

Pero lo que verdaderamente resulta apasionante de cada relato de Mariana Enriquez, algo que aquí también se flexibiliza y alcanza nuevas e inexploradas cumbres —y son inexploradas porque son suyas—, es la primera persona. Porque, como, a la vez, H. P. Lovecraft, y Jackson, Enriquez hace de la primera persona, el yo narrador testigo del horror, su campo de juegos, y construye, con él, a la vez, imágenes aterradoras icónicas —la puerta que no existe en Cementerio de heladeras y, sobre todo, los niños araña de Ojos negros, un relato que en sí mismo es un mundo al completo, una noche, una vida, y sobre todo, una voz junto a la que experimentar eso, cada vez—, y un sendero repleto de puntos ciegos —¿no es eso el narrador en primera persona?, ¿una colección de puntos ciegos?, ¿y no brilla más y mejor el terror en la oscuridad?, ¿también esa oscuridad, la de todo aquello que no ves, o que crees estar viendo?— que permiten al lector vivir dentro del cuento. Hay un universo de generosidad implícito en esa primera persona, algo que te vuelve, de alguna forma, dependiente de la misma, pues te coloca en el mismo exacto lugar en el que se sitúa la narradora, o el narrador de la historia. Te sujeta, ese universo, esa voz, la mano mientras atraviesas esa suerte de túnel del terror —en el que el mundo, lo social, decíamos, no queda fuera, sino que está dentro, es, de hecho, lo que ha posibilitado que la grieta se abra, y el túnel aparezca—, y no te suelta. Y eso ha ocurrido desde el principio. Así que podría decirse que Mariana Enriquez es la misma, y otra cada vez. Lo que la obsesiona muta y permanece —el no lugar de los niños, la figura materna y sus maldiciones, el fantasma como límite, el miedo como reflejo de aquello que no funciona—, y ella también. Y ahora es alguien que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Que está, más que nunca, tras las cortinas, activando y desactivando espectros. Su alcance es napoleónico, y a la vez, amigo. Es la voz que te susurra que puede que todo haya ido mal, pero que, por fortuna, aún podemos contarlo. Otro festín macabro, y genial, y más malévolamente irónico que nunca.