POR CRISTIAN CRUSAT

I

Jean-Jacques Rousseau no albergaba dudas acerca de qué libro debería leerse primero. «¿Es Aristóteles? ¿Es Plinio? ¿Es Buffon? No; es Robinson Crusoe», escribió en el libro III de su Emilio o De la educación (1762). Al entender del filósofo ginebrino, la novela de Defoe acertó a plantear un escenario a través del que, de modo sensible, se manifestarían a un espíritu infantil las necesidades naturales del hombre, así como la forma de ponerles remedio. En otras palabras: cómo amueblar la isla de nuestra vida y, cómo, llegado el momento, escapar de la misma isla. Tras el escándalo y la prohibición que subsiguieron a la publicación del Emilio, Rousseau abandonó de inmediato París. Pasó por Berna y recaló en Môtiers, de donde volvió a ser expulsado. Entonces halló refugio en la isla de Saint-Pierre, en el lago de Bienne, cuyas orillas describió a su llegada, en septiembre de 1765, como “románticas”. Tal y como anotó en el paseo V de Las ensoñaciones del paseante solitario, la estancia de dos meses en esta isla fue el periodo de mayor felicidad de su vida, aunque tal vez la admiración de Rousseau por la historia de Robinson Crusoe pudo haber avivado este entusiasmo.

Leí las Ensoñaciones por la misma época en que varias circunstancias personales me llevaron a empadronarme en Santa Eulària des Riu, un municipio ubicado en la costa oriental de la isla de Ibiza. Solo ahora advierto que las fechas coinciden con las de la escritura de Diario de un acercamiento (2008) de Vicente Valero, un libro atravesado por algunos de los ejes fundamentales de la obra de este autor ibicenco: crónica viajera, observaciones del entorno natural, memoria del lugar, avatares biográficos y de la actividad artística. Diario de un acercamiento está dividido en tres secciones que resumen, o más bien anuncian, en cierto modo, el despliegue de su narrativa: «Hojas de verano», «Los apuntes del paseante» y «Cuaderno provenzal». Vale la pena observar cómo se matiza temáticamente en cada una de las secciones el carácter apuntacionista del conjunto: remembranzas de la estación estival –usanzas, anhelos e ilusiones genuinamente mediterráneas– en «Hojas de verano»; reflexiones estéticas y literarias en «Los apuntes del paseante», a menudo vinculadas a algún desplazamiento; crónica viajera en «Cuaderno provenzal», donde las huellas de Petrarca, René Char, Van Gogh o Paul Cézanne se entremezclan con el paisaje y un indeleble puñado de lecturas. Precisamente en la segunda sección, «Los apuntes del paseante», se detiene Valero a considerar la singular naturaleza de las islas, tarea para la cual echa mano de una audaz definición de Luis Álvarez Cruz. Según este escritor canario, «las islas son porciones de tierra rodeadas de teorías por todas partes». Es posible que esas teorías no cesen nunca, por paradójicas o indescifrables que lleguen a ser. De hecho, Marc Shell, catedrático de Literatura Comparada en Harvard, publicó hace unos años su conocido libro Islandology (Geography, Rhetoric, Politics), es decir, una suerte de –traduzcámoslo así– insularología.

Tras constatar que el asunto suele interesar únicamente a artistas o a escritores insulares –y que, desafortunadamente, ya no quedan islas que no hayan sido destrozadas por la codicia humana–, Valero procede a sugerir entre sus apuntes que en tales espacios «la naturaleza se expresa de una manera exagerada». El artista, por lo tanto, se convierte en un intérprete de esta desmesura isleña, en un glosador de la abrumadora pugna por los límites en la que todos los elementos naturales se implican. Por su parte, «Hojas de verano» contiene algunas de las ráfagas de pensamiento más expresivas que he leído acerca de ese estado de ánimo que a menudo llamamos «verano», «estío» o, incluso, «vacación». El pulso de la luz, el primer baño de la temporada como acto de fe, medusas encarnadas, sabinas acodadas sobre el vacío, un faro en ruinas y un enebro, el mar como álbum familiar –ese mar que siempre marca «la hora del corazón en punto» (Luis Feria)–, adelfas, higueras, asfódelos, nudistas y amigos de los perros. El cuerpo de un ahogado, fotografías y sal, Homero, helados durante la atardecida, libros de Jung junto a las rocas, sumergirse entre peces plateados que semejan, como recuerda Valero que dijo Jules Michelet, «agua animal, agua evolucionada». En Vigilia en Cabo Sur (1999), el lector puede encontrar nuevas inflexiones poéticas sobre esta radiante trama de insularios, vislumbres y latidos; de charcos y hoteles cerrados: «Toda la muerte aún por recorrer», concluye el himno final del poemario. Y esa luz isleña que parece provenir del interior de la tierra: tras ascender mediante reflejos hasta la mirada, la satura tras un par de dolorosas titilaciones, amadrigándose por último en el recuerdo.

La luz –la luz de Ibiza, su recuerdo—. Creo haber leído que solo somos capaces de ver alrededor del treinta por ciento de la luz procedente del sol. El resto, al parecer, es luz infrarroja y un poco de luz ultravioleta, invisible al ojo humano. (Vivimos encerrados en una isla y ni siquiera alcanzamos a ver con claridad el contorno de su relieve). Sin embargo, para muchos animales, especialmente para los unicelulares, esa luz sí resulta perceptible. «Desde un punto de vista filosófico, esto resulta interesante y también bastante triste», afirmó Donald E. Carr, «porque significa que sólo los animales más simples perciben el universo tal y como es».

El universo.

Tal y como es.

II

En la literatura de Valero, la memoria arraiga en la claridad y en la sal, pero también en esa tradición europea que, a lo largo del siglo XX, consagró sus esfuerzos a identificar antecedentes y síntomas. Entre otros, aquellos que permitían reconocer la continua mutación de los modos de producción, de comunicación y de estilos de vida. A través del singular prisma ibicenco, Valero se ha aproximado a la figura de Walter Benjamin y, con él, ha logrado sugerir oportunas modulaciones sobre el asunto de la isla como microcosmos, las paradojas y contramarchas del progreso, o las figuras del caminante y el flâneur.

Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza (2001, 2017) acerca al lector a la figura de Benjamin durante los decisivos años de 1932 y 1933, cuando el empobrecido filósofo recaló en Ibiza atraído por la promesa de una existencia sencilla y muy económica, así como por el esplendor intocado de sus paisajes y una forma de vida prácticamente arcaica. Junto a otros artistas que profesaban ideales antiburgueses, Benjamin participó en esa época de la avanzadilla precursora de la oleada hippy. Sin duda, la Ibiza de 1930 constituye uno de esos reductos atávicos que, al igual que la isla de Córcega –al entender de W. G. Sebald–, sobrevivieron más o menos hasta la década de 1960, cuando dejó de canjearse definitivamente con los muertos a diario. Por lo demás, en septiembre de 1965, dos siglos después de que Rousseau hallara dichoso refugio en la isla de Saint-Pierre, Sebald pasó unos días en aquel apartado lugar, que comparó con un arca: «Me sentí en casa, extrañamente, porque es un mundo en miniatura», dijo en una entrevista el escritor alemán.

En Ibiza, Benjamin daría forma al libro Infancia en Berlín hacia 1900, netamente fragmentario y autobiográfico. Sin embargo, el Walter Benjamin de 1933 es muy distinto al de 1932: «Si su primer viaje a Ibiza, en 1932, aún podía considerarse como uno más de entre los que solía hacer solo para dar satisfacción a sus deseos de viajar, el segundo, en la primavera de 1933, vino determinado únicamente por las circunstancias políticas y se convirtió, de manera abrupta, en la primera estación de su exilio». Significativamente, el primer texto de Duelo de alfiles (2018), titulado «Islas más allá de las islas», traslada al lector a otra isla, en este caso a Fionia –en Dinamarca–, donde Benjamin visitó a Bertolt Brecht en tres ocasiones, la primera de ellas en 1934: «Las fotografías danesas del verano de 1934, si las comparamos con las ibicencas del año anterior, muestran a un Benjamin envejecido y cansado, como la misma ropa que viste». En el jardín de Brecht, ambos amigos juegan al ajedrez: Brecht, relajado y fumando un cigarrillo; Benjamin, con el gesto serio y los brazos cruzados, incondicionalmente empantanado en su exilio, olvidadas las higueras de Ibiza. En fin, como afirman los grandes maestros de ajedrez, hasta dónde te puede llevar una partida siempre es un misterio.

El rastreo de las tendencias atávicas del clausurado mundo insular fructifica elocuentemente también en Enfermos antiguos (2020), donde la voz de Valero vuelve a ingresar en lejanas habitaciones y, al mismo tiempo, procede a representar una sociedad extinta. «Aquel a quien le queda una hora de vida / es nuestro contemporáneo», dice el primer verso de un poema de Werner Aspenström. Mientras este planeta se parapetaba lúgubremente en 2020 detrás de mascarillas y pantallas («En ninguna parte ocurren cosas más extrañas / que en el mundo», comienza otro poema del poeta sueco), el libro de Valero hablaba de una época en la que no existían enfermedades, sino enfermos, y en la que los medicamentos no se habían convertido todavía en sustancias esencialmente preventivas: «Las radiografías son los iconos barrocos de nuestra época» (Rafael Argullol). También se narra en este libro el encuentro del narrador con la lengua alemana antes de cumplir diez años y, a través de esta peripecia, su lectura de la novela Peter Camenzind de Herman Hesse. En cualquier caso, Enfermos antiguos traza ante los ojos del lector hondos mundos que ya no existen: ni aquella Ibiza de la posguerra –en cuyas alcobas se practicaba la convalecencia, esa forma de «tiempo suspendido»–, ni la propia infancia isleña del narrador, que muy temprano parece haber comprendido que la muerte arraiga mejor en verano, cuando se nos arriman «suaves ondulaciones de otros mundos» (Charles Wright).

III

En congruencia con lo anterior, la prosa de Vicente Valero adopta a menudo, y sin necesidad de forzar la sintaxis, formas adecuadas a las leyes humanas de la memoria: flexible, propicia a transformarse en un vaivén de imágenes y tiempos, encauzada por meandros sensitivos –humedad, el cielo frío, un cuerpo cubierto de sal–. Dichas fluctuaciones recorren libros como Duelo de alfiles o Los extraños (2014), cuya quête tanto biográfica como autobiográfica levanta poco a poco un universo geosemántico atravesado de recurrencias y de motivos latentes. En cierto modo, todo ensayista oculta dentro de sí un prudente escritor de biografías. En el caso de Valero, la plantilla de la escritura biográfica actúa como el oportunísimo cedazo narrativo mediante el que deslindar los temas y asuntos fundamentales que encierran los personajes cuyos episodios de vida se relatan, mientras se asedia poéticamente un enigma. Si en el caso de Duelo de alfiles se siluetean episodios discretamente decisivos en las existencias de Benjamin, Brecht, Nietzsche, Rilke o Kafka, en Los extraños se hace lo propio con personas anónimas, vinculadas familiarmente al narrador de las historias. Sea lo que fuere, cada rastreo contribuye sin duda al esclarecimiento de alguna parcela del universo sensible del narrador, donde las convicciones estéticas en ningún caso resultan ajenas a las razones afectivas ni a las que intervinieron en la forja del carácter (con sus intermitentes irisaciones de orden insular). De manera simultánea, Valero ha plasmado en El arte de la fuga (2015) tres huidas biográficas –hacia territorios puramente mentales, sensibles o místicos– de sendos autores de auténtica literatura de poder: san Juan de la Cruz, Hölderlin y Fernando Pessoa.

Cumple entonces emprender la marcha. Puesto que no podemos quebrar el tiempo ni volcar la vida sobre el mapamundi, solo nos quedan los viajes. «Los viajes como sucedáneos de esa avidez contemplativa, de esa suerte de endemia del alma» (Victoria de Stefano); «¡Los viajes que añaden vida a la vida!» (Gérard de Nerval). Al final del camino, en Zúrich o en el sur de Francia, el narrador puede encontrar concentrada en un movimiento de ajedrez toda la poesía de la inteligencia, o regresar como propietario de una tumba donde reposan los restos de alguien sobre quien únicamente conoce un puñado de episodios vitales. No obstante, un viaje también puede concluir como aquel de Hölderlin en 1802: entre enojada y asustada, la madre recibe al hijo poeta, quien del periplo a pie desde Burdeos trae cosido a las pestañas un velo de turbación y coléricos afanes. Por lo demás, y de manera específica, Valero también ha armado una galería de viajeros insignes en Viajeros contemporáneos. Ibiza, siglo XX (2004).

El último libro de Valero –El tiempo de los lirios (2024)– conjuga asimismo crónica viajera, retazos biográficos, apuntes pictóricos o arquitectónicos y reveladores ecos de otra época. Adoptando la estructura de un diario en el que el paisaje de Umbría y la vida de Francisco de Asís articulan buena parte de las anotaciones e ideas, El tiempo de los lirios introduce al lector en un universo –el siglo XIII– en el que los vitrales catedralicios refulgían como íntimos fractales cotidianos, mientras el tiempo presente rebosaba y se escurría subrepticiamente: era un mundo donde, entre las superficies de los objetos ordinarios, la pluralidad de la verdad se insinuaba de nuevo como una preocupación posible. Las iglesias brotaban como mágicas insinuaciones de piedra, y los aprendices de profetas cazcaleaban en las afueras de unos bosques que retrocedían poco a poco ante los campos de cultivo. Crecieron las ciudades y, al mismo tiempo, aconteció la súbita irrupción de numerosas comunidades de utopistas, milenaristas y soñadores, de profetas menores. Fue la época de Joaquín de Fiore, Jacques de Vitry o la beguina y mística Marie d’Oignies; sin duda, la de san Francisco de Asís y santa Clara de Asís: «Hay que decir, para entender algo de todo esto, que en aquellos años había un verdadero campeonato de la pobreza, y no solamente entre los franciscanos». Cuántas realidades no parecían exigir de pronto, en ese siglo XIII, el adjetivo incipiente.

También hay algo de fervor botánico en la escritura de Valero –cómo no en El tiempo de los lirios–, lo cual me devuelve a ese paréntesis de jubilosa dicha de Rousseau en la isla de Saint-Pierre, cuando, subido a los árboles aquellos primeros días del otoño de 1765, todos los elementos de la existencia se le presentaban al filósofo ginebrino en flujo continuo. Sin duda hubiera apreciado la célebre frase de William Lawrence Bragg, premio Nobel de Física en 1915: «Todo lo que ya ha pasado es partículas; todo lo que está por venir es ondas». Aquel nervioso precursor de ensoñaciones no habría tardado en advertir que las partículas se rompen, y que las ondas son traslúcidas y limpias. «El presente», escribió acerca de esto Annie Dillard, «es la onda que me explota sobre la cabeza y proyecta sus partículas en el aire, por las alturas donde se expande sin respiro; es el agua viva y la luz que trae las noticias más frescas, renovadas y renovadoras desde fuentes secretas, el mundo sin fin».

El mundo (como una isla).

Sin fin.