POR JUAN VICO

A Javier Pérez Andújar me lo encuentro a menudo durante mis paseos por Barcelona, esta ciudad que no es la suya ni es la mía, pero que es la nuestra. Leer a Javier se parece un poco a encontrárselo por azar al doblar una esquina: aunque sus metáforas te sorprendan y te alegren, como todas las buenas metáforas, cruzarse con ellas te resulta también de lo más natural. Javier trenza palabras al ritmo que le marca el azar objetivo, que como todo el mundo sabe es el azar de los objetos. Pienso en aquella frase de Mallarmé: los poemas no se hacen con ideas, sino con palabras, y me imagino a Javier reformulándola: los poemas no se hacen con ideas, sino con objetos. Y es que la literatura de Javier es un fabuloso museo de palabras-cosa. Javier, biógrafo de objetos reencontrados, memorialista objetual, los va enumerando en sus libros con el rigor enciclopédico de los sueños. No le hace falta diseccionar paraguas y máquinas de coser para maravillarnos, le basta con ondear un tebeo sin bajarse de la bicicleta, quizás porque en cuanto un objeto aparece en una novela, se convierte sin remedio en un objeto mágico (esto último lo escribió Italo Calvino, pero podría haberlo escrito Javier perfectamente). Javier ama las cosas con la añoranza del que las nombra para poseerlas, consciente de que el coleccionismo es también un problema de clase, y ama los nombres de las cosas, y ama incluso la palabra cosa, ese comodín de escritores vagos, él, que es quizás el escritor con el vocabulario más rico que conozco. Cuando leo a Javier, siento ganas de elaborar mi propio catálogo de objetos, como le ocurre a esos lectores de Perec impelidos a entonar su letanía de meacuerdos particular. Soy menos perequiano cuando leo a Perec que cuando leo a Perec Andujar. Javier cosifica las palabras porque palabrea los objetos, y porque una palabra cambiada de sitio transforma el universo igual que un objeto transforma el lugar en el que aparece o desaparece, y porque la literatura no es más que un escaparate reordenado por la memoria, teñido por el vaho del niño que mira demasiado cerca del cristal. Las obras completas de Javier podrían llevar el título de aquella película de Lubitsch, El bazar de las sorpresas, que en realidad se titulaba The Shop Around the Corner, o sea, la tienda del barrio. Javier documenta la picaresca de las cosas, que es la picaresca de los que las poseen mal y tarde, y nos enseña que con las palabras que las designan hay que ser más malabarista que arqueólogo, y más trilero que malabarista, pues, como todo el mundo sabe, etimología viene de timo.
Uno, que nunca ha buscado reflejarse en lo que lee sino, al contrario, ser proyectado por sus lecturas, se reconocerá sin remedio en ese viaje nocturno que lleva a los personajes de Pérez Andújar de regreso al extrarradio. Será un reconocerse agridulce, el orgullo trabado con la resignación, y tan traicionero como el reflejo en la ventana del autobús, doblemente inverso porque es un viaje de vuelta. Leyendo a Javier, recordaré que los personajes burgueses de las novelas que devoraba en mi juventud me resultaban en cierto modo tan lejanos como un monje medieval o una emperatriz rusa, pero que podía sentirlos igualmente míos por divino derecho literario. Hay un amor propio en la narrativa de Javier que es siempre expansivo, opuesto a ese tono admonitorio del que define y se autodefine por sustracción. Leyendo a Javier, aristocratizado también por la literatura popular, me convenceré todavía más de que la educación o es sentimental o no es educación, y de que no hay revolución lectora sin placer lector, un placer omnívoro, desclasado. Para los que somos de barrio, la genealogía es mitología, escribe Javier, y yo leeré esa frase como si la hubiera apuntado con tinta roja en el diario que nunca he escrito. La escritura nace entre dos ríos, el Éufrates y el Besós. La escritura se hace con la arcilla mesopotámica de la infancia, surge del barro del barrio, y es así como uno va a leer siempre, manchando los márgenes de las páginas, y es así como uno va recordar lo que vaya leyendo. Degustando la prosa de Javier, me reencontraré en la filas de los que han sido proustianos antes de conocer a Proust, y volveré a hundir mi pastelito industrial en mi vaso de Cola Cao hasta hacerlo rebosar. Párrafo a párrafo, libro a libro, confirmaré que un lector es un elector, que uno elige su constelación de autores como elige a sus amigos, un poco por azar, un poco por obligación, y un mucho por afinidad, ese misterio. Más aún que las novelas urbanas de Marsé, a mí, como a Javier, me van a gustar los libros sobre Barcelona que Umbral nunca escribió, porque leer es también desear haber leído.
Todo ocurre al mismo tiempo en la literatura de Pérez Andújar, que ha leído a Proust mientras leía a Philip K. Dick, y que ha advertido que el calendario es un chiste sin final. La distancia es igualmente un concepto relativo, considerada desde la periferia: nunca acabamos de llegar al centro porque el centro tiene la curiosa costumbre de alejarse a medida que nos acercamos. Haciendo un poco de geografía sentimental, pienso ahora en las Tres Chimeneas de la central térmica que Javier Pérez Andújar veía desde su balcón de San Adrián y que yo divisaba, de niño, desde el lado de Badalona. Esa edificación que testimonia el pasado fabril de la zona, desmantelada desde hace muchos años, está a punto de convertirse hoy en un ultramoderno y acristalado hub audiovisual, uno de esos lavados de cara tan característicos de Barcelona y de su área metropolitana, que a menudo incluyen también lavados de memoria. Algo me dice, sea como sea, que si ahora mismo nos diera por cavar un túnel junto a las Tres Chimeneas, llegaríamos antes a Nueva Zelanda, atravesando la Tierra como en una novela de Julio Verne, que a las Tres Torres de Sarrià. Aunque a donde llego sin remedio es al final de esta breve semblanza, y cuando alzo la vista ya no veo chimenea alguna, sino una fortaleza: mi biblioteca. La observo y sospecho que, como Javier, llevo toda la vida recuperando los libros que la historia robó a mis mayores. Quienes leemos y acumulamos libros con hambre de lectura atrasada nos reconocemos fácilmente por la calle, convencidos de que las ciudades son del que las define, del que las nombra, pero todavía más del que las reinventa y las revienta a golpe de caminata literaria. Quizás nadie conozca mejor una ciudad que el que la asedia desde su contorno, el que penetra en ella con la convicción de ser y no ser, un poco como Hamlet, un poco como Baudelaire, un mucho como Javier Pérez Andújar, nuestro hombre de la multitud. Me voy a dar una vuelta, a ver si me lo encuentro.