POR JOSÉ BALZA

A fines de octubre de 1991 en la Brown University, Providence, conocí a Carmen Ruiz Barrionuevo. Estábamos en el simposio Venezuela: Sociedad y Cultura al Final del Siglo, organizado por Julio Ortega. Acababa ella de leer su conferencia Modernismo versus modernidad en José Antonio Ramos Sucre, cuya limpidez me atrajo hacia las agudas percepciones de la autora. Y fue natural que viese en Carmen una auténtica intermediaria entre el poeta genial, el paisaje universitario (universal) de aquellos momentos y la rancia casa intelectual de donde ella venía. Conversamos brevemente y no tardé en escribirle a su universidad, en Salamanca. En julio de 1993 dictó, invitada por el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela, una conferencia sobre Lezama Lima. Y la noche del 21 de ese mes, caminando con ella y Armando Navarro en busca de un taxi al salir desde la sede del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, en Caracas, después de realizar un pequeño acto sobre la revista En Haa, nos sorprendió la unánime idea –expuesta por Carmen– de crear una cátedra literaria en Salamanca.

En palabras de la propia Barrionuevo, al presentar el libro Voces y escrituras de Venezuela, el proceso oficial había sido el siguiente:

La Cátedra Ramos Sucre fue fundada en 1993, mediante convenio que se firmó en noviembre de ese año en el Rectorado de la Universidad de Salamanca, en cuyo acto estuvieron presentes, por parte del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), su secretario general, Gustavo Arnstein, y el director sectorial de Literatura, Armando Navarro, y por parte de la Universidad de Salamanca su rector, Julio Fermoso.

A partir de esa fecha las actividades promovidas por la Cátedra han sido continuas; lo que, además, se ha visto refrendado con la integración de los cursos en el Programa de Doctorado de Literatura, y en el Máster de Literatura Española e Hispanoamericana. Estudios Avanzados, adaptado recientemente al Espacio Europeo de Enseñanza Superior. El excelente y continuado nivel de los profesores participantes, junto con el interés de los estudiantes, ha permitido, sin duda, su continuidad.

Resulta casi natural que en una ciudad tan cervantina como Salamanca, un autor adicto a Cervantes fuese escogido como epónimo para nuestra cátedra. Lo insólito en un país como Venezuela es que la idea haya adquirido continuidad durante más de veinte años y se proyecte como un logro perseverante. Numerosos factores pueden sostener tal prodigio, pero en el núcleo de ellos están la labor, la vigilancia y la cuidadosa gestión de Barrionuevo como docente, investigadora, universitaria cabal y el ejercicio de su vínculo reticular con América y nuestras literaturas.

Nacida en Burgos, su padre se llamaba Juan Ruiz Peña, natural de Jerez de la Frontera, y su madre Carmen Barrionuevo Ruiz, de Málaga. Tal vez del padre, quien enseñaba con entusiasmo a los autores y a algunos hispanoamericanos accesibles entonces, provenga no solo el inicial aprendizaje de Carmen sino también su amorosa fidelidad a esos autores. (Alfredo Pérez Alencart organizó un homenaje al padre de Carmen, a los cien años de su nacimiento, en el Encuentro de Escritores Iberoamericanos que se realizó en octubre del 2015).

Ella no parece vacilar en el momento de elegir estudios, que ascienden desde su licenciatura en Filología Románica (1970) y el doctorado en Literatura Hispanoamericana hasta culminar como catedrática de Literatura Hispanoamericana (1989), todo en la Universidad de Salamanca, donde permanece hoy. Ya a los 22 años comienza a publicar artículos en revistas especializadas –como ocurre en 1973 con la revista de la Universidad de Puerto Rico– y a prologar y editar obras de autores españoles y latinoamericanos a partir de 1977.

No hay duda de que, al escribir, en Barrionuevo predominan las virtudes de lo que podríamos considerar como un tono académico: exactitud, perfección, sobriedad. Sus frases y párrafos poseen un asombroso deslizamiento, plenos de lógica y lucidez. Rehúye de todo malabarismo expresivo o conceptual. Elige un punto magnético en el texto que estudia y decide cercarlo desde diversos ángulos. Sin embargo, no es adicta a conclusiones cerradas y, cuando terminamos de recorrer alguno de sus ensayos, inesperados toques del desarrollo vibran con ambigua atracción. De esta manera, lo que parecía una firme elaboración académica comienza a admitir nuevas relaciones, al punto de que también la calculada severidad expresiva resuena de otra manera. Esto ocurre especialmente cuando Barrionuevo toca asuntos de poetas. O cuando aborda narradores de gama barroca, vanguardista o de lenguaje intrincado.

Pero otros elementos pueden atraer la límpida exposición de Barrionuevo hacia contenidos no siempre evidentes en los autores estudiados, de tal manera que esas energías, aunque sometidas al análisis, pugnen por saltar hacia la superficie del ensayo. Me refiero a las conexiones entre un texto y el momento histórico en que es concebido o al cual alude, al eco personal que los hechos políticos determinan en un escritor.

Y es entonces cuando la saludable prosa académica de Barrionuevo, su controlado estilo hialino, nos revelará en una segunda lectura el ardor, la pasión, la toma voluntaria de posición hacia aspectos que escapan del sintagma y atraviesan la existencia del escritor o de nosotros, los lectores. Tras la elegancia y suavidad expresivas de la ensayista, entonces, veremos fuegos infernales, denuncias, humor, dolores. No puedo extenderme aquí para observar estas densas acumulaciones tras la fluidez expositiva, por lo que elijo apenas cuatro de ellas. Así, cuando aborda a Lezama Lima, autor de zigzagueantes énfasis, Barrionuevo lo enfoca desde una paradoja: «Porque esta obra no es una única cosa, ni puede atraparse por un único significado, y este es también uno de los rasgos que la constituyen como un singular hallazgo». Cita para apoyarse porque al dudar de la «única cosa», del «único significado», está convirtiendo la obra estudiada en cosa única para evidenciar su rango de «singular hallazgo». ¿No le hubiera encantado a Lezama este método bifronte?

Este método-instrumento también se transfigura cuando, en uno de esos raros momentos en que Barrionuevo parece abandonar la ruta exacta, confiesa que los lectores de Lezama deben dejar de serlo para rehacerse con la voz, con la piel, del autor: «[…] Pero también estimula con sus hallazgos a un lector que tiene poco menos que revestirse con la propia piel del autor si quiere penetrar en este mundo singular, y a la vez disfrutar de una escritura que avanza en espiral dificultando la directa comprensión de lo narrado. Y es que Paradiso desborda los márgenes de la novela, transgrede los límites genéricos con gran seguridad y eficacia, consciente el autor de la amalgama de elementos, incluso dispares, que combina y distribuye con gran desenvoltura».

Si acabamos de sentir la prosa de Barrionuevo como un latido espacial, permítanme ahora verla escribir desde una ondulación que transgrede los tiempos. En principio, arriesgando su perspectiva crítica, valorativa, a partir de un autor a quien sintió vivir en la propia Universidad de Salamanca. Y, desde él, valora un giro literario que no tardó en hacerse general. Así, nos enuncia sobre la escritura que proponían Jorge Volpi y su generación: «Que esta manera de trabajar pueda ser, al menos, un índice de una parte de la novela latinoamericana del futuro es perfectamente posible, una novela más intelectualizada, más compleja, que responde a todos los mundos posibles». La actitud de Volpi y su cofrades, a pesar de tan altos logros y perspectivas, arroja, desde el punto de vista analítico, para Barrionuevo, una casi orgánica y previsible faceta de la infinitud literaria:

En definitiva, el grupo presentaba con claridad sus ideas respecto al planteamiento narrativo y partía de la necesidad de una renovación, o más bien de una recuperación de la novela, para imponer reglas exigentes en cuanto a la profundidad y el lenguaje. No existió, por tanto, un rechazo de los grandes autores del boom, más bien todo lo contrario, y al ejemplo y al estímulo de los mejores acudieron en sus obras personales, como fue el caso de Las Rémoras de Urroz, confesado homenaje a La casa verde y La vida breve. Lo que había quebrado para ellos, y de modo definitivo, era la literatura fácil que, en los años del posboom, continuaba la manida receta del realismo mágico y que aventuraba una gran crisis para la novela con una banalización de procedimientos.

Si hasta aquí hemos observado a Barrionuevo palpar, desde las superficies escriturales, la vivaz oposición entre un modo literario y otro entre una tradición formal y nuevas exigencias técnicas ante el mundo, toquemos en segundo lugar, cómo Barrionuevo, asediando al pensamiento –ya lo dije: fuegos, injusticias, dolores, libertad–, nos conduce hacia un cosmos individual, secreto, pero también político, místico. Esto ocurre cuando con su estilo sin sobresaltos acoge a un autor de doscientos años atrás (cosa nada extraña, nuestra escritora trabaja con frecuencia obras y hacedores de diversos siglos). Se trata de Juan Germán Roscio, intelectual de la independencia en América, exilado, prisionero político, pero sobre todo hombre culto, conocedor de idiomas y amante de una expresión clásica cuyo paralelo en el siglo xx será la claridad seca de José Antonio Ramos Sucre.

Roscio opta por la idea de acudir a las fuentes bíblicas para denostar y desmontar el poder de los reyes. El desarrollo de sus argumentaciones es minucioso y apoyado en frecuentes citas clásicas. Nada más parecido al primer estrato indicado antes en el estilo de Barrionuevo: argumentación, claridad, diafanidad fluida; la perfección de la forma llevándonos hacia la exactitud conceptual. En ambos, Roscio y Barrionuevo, tenemos que desobedecer al encantamiento de lo preciso para sorprender el tono confesional, estremecedor o irreverente. Y entonces podemos encontrar esta apreciación personal sobre Roscio:

La idea central que rige su obra gira en torno a una obsesiva preocupación, la de observar que en los territorios de América el ciudadano de su tiempo se encuentra «encorvado bajo el triple yugo de la monarquía absoluta, del fanatismo religioso y de los privilegios feudales» y, más concretamente, la implicación entre el poder político y la religión en la España de su tiempo, una alianza que incidía de manera notable no solo en los objetivos de la emancipación de los territorios americanos, sino en la libertad individual de los individuos, abiertamente menoscabada por el poder absoluto.

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