Las palabras de Barrionuevo sobre Roscio, de manera estremecedora, no solo hacen vibrar la experiencia de aquel individuo en su momento, sino que, traspasando la historia, bien pueden ser aplicadas, con ligeras variantes, a la Venezuela contemporánea. Como nos dirá ahora Barrionuevo:

Todo le lleva a su autor a sentenciar que no hay un «gobierno más arbitrario, e infernal que el de España», pues se trata de una «monarquía absoluta, sin leyes, sin constitución, sin religión» en la que cualquier cosa «depende del capricho y albedrío de un solo individuo, por lo común, tonto, preocupado y malvado», un gobernante que además exhibe hipócritamente el respeto a las leyes pero que se lanza en manos de religiosos y devotos. Es en este momento, tal vez por la experiencia que tuvo de forma directa en su prisión en España, cuando el venezolano despliega con amplitud algunos datos sobre la gran importancia de la imprenta en la difusión de las doctrinas de ese pensamiento servil y reaccionario.

Por lo menos media docena de ensayos críticos ha dedicado Carmen Ruiz Barrionuevo a Ramos Sucre. Así, estudia, con transluciente humor, un texto (Un sofista, 1926) que el poeta excluyó de sus obras y que casi siempre pasa desapercibido. He querido destacarlo porque me permite añadir dos rasgos, si no al método antes sugerido, a la marca pelúcida de la autora, cuyos efectos, también como ya he indicado, se prolongan indirectamente en el lector. El tema de Ramos Sucre es un terrible ataque a la gloria, inmensa para entonces, de Leopoldo Lugones.

Tanto o más implacable que el de Ramos Sucre, es el tono con que Barrionuevo recorre los reclamos de este hacia Lugones:

Estas convicciones se derivaban hacia otra consecuencia grave: el rechazo de la compasión, también excluida por el pensamiento nietzscheano. No es extraño que esta y las citadas ideas colmen de indignación los comentarios de Ramos Sucre y acabe acusando a Lugones de desconocer la democracia cuyo fin es «suprimir la desigualdad artificial» y alcanzar la «aristocracia individual, como término de la competencia llana y franca». Y en alianza con estas concepciones también pone en evidencia su trasnochado biologismo mecanicista al acercarlo a las envejecidas tesis de Spencer –porque Lugones entiende la vida como un mero mecanismo–, así como también se aproximaría a Darwin al aceptar la teoría de la prevalencia del más fuerte. Para Ramos Sucre además resultan fundamentales dentro de la sociedad los valores de la compasión o como él dice usando la palabra en su raíz griega: la simpatía. Por eso destaca que Lugones olvida que «la noción primitiva de la justicia nace de la simpatía», es decir, de la compasión o compadecimiento, de ahí que: «Nos sentimos amenazados al presenciar el agravio inferido a nuestro hermano». Conceptos en todos los cuales, aparte del ferviente idealismo ramosucreano, se puede captar el sentido cristiano de la vida que la teoría lugoniana había acabado por eliminar totalmente en los últimos años.

El análisis de Barrionuevo ascenderá a uno de los temas reiterados de Ramos Sucre:

En cambio, para Ramos Sucre el caballero medieval no podía entenderse sin los componentes del idealismo y de las creencias de la religión cristiana, en cuya conformación tenía gran parte la devoción a la Virgen María. Ante la mirada del lector, Lugones rebajaba esta devoción hacia el ámbito de las deidades femeninas paganas para entenderla relacionada con la veneración de la Palas Atenea clásica. En este contexto debe entenderse el comienzo del último párrafo del texto de Un sofista: «Se encarniza puerilmente con el cristianismo, y lo apellida barbarie nazarena, usurpando el célebre adjetivo de Enrique Heine», frase que refleja la culminación indignadísima del poeta de Cumaná. Pero, aún más, el reproche de Ramos Sucre entrañaba una doble perspectiva: por una parte le repugnaba el hecho de que el poeta argentino rechazara a la religión cristiana como uno de los fundamentos de la cultura occidental, y por otra le desesperaba su falta de originalidad literaria al elegir el adjetivo nazarena para calificar la esencia misma del cristianismo entendido como barbarie frente al civilizado mundo helénico.

Y, ya concluyendo, a partir de estos párrafos de Barrionuevo, puedo proponer los dos rasgos que, a mi entender, contribuyen al fuerte efecto anímico que su escritura deja vibrando en el ánimo del lector. En primer término, y esto pudiera parecer un deber y un lugar común para el trabajo crítico, hay que notar cómo las citas, menciones o veladas alusiones hechas por un autor (porque el método de Barrionuevo se extiende hacia todos los temas y escritores que asedia) son investigadas, comparadas y desmontadas para darles un inesperado valor cuando las frote con el texto del autor estudiado. Con esa múltiple interpretación, Barrionuevo confirma lo neto del tono académico pero también se aleja voluntaria, voluptuosamente de él. En segundo término, es notable como ella, al ubicar cronológica y estéticamente al objeto de su comentario, no omite las causas, implicaciones y posibles consecuencias que el comportamiento y los hechos históricos determinantes en el autor originarán en él. Así, la ensayista parece neutralizarse ante su tema, permitir que la obra observada y los acontecimientos que la rodean hablen por sí mismos. Cierta frialdad expositiva tiende a objetivar al perceptor (ella) y a colocarnos en un raro grado de asepsia.

Y, sin embargo, hemos dicho, las páginas de Barrionuevo nos hacen volver a ellas porque son pruebas intelectivas, pero especialmente porque han despertado una zona emotiva que no presentíamos. La ausencia de enlaces y explicaciones psíquicas para obras y autores, por paradoja en Barrionuevo, nos conduce a esos puntos sombríamente cristalinos –como hemos podido ver aquí en Lezama Lima, Roscio y Ramos Sucre– donde estallan la luz o la ambigüedad profundas de lo espiritual, de lo humano. Ella practica un método de la iluminación negativa, que salta y se desborda para someter al lector.

Durante veinticinco años –en Caracas, Salamanca y otras ciudades– he tenido el privilegio de coincidir con Carmen Ruiz Barrionuevo y, el más raro todavía, de contar con su amistad. Sé que divinidades como Hesta y Talía custodian sus pasos, aunque también es posible que sea Carmen quien, en la actualidad, las oriente. Pocas veces es posible palpar el fuego intelectual, contenido o apasionado, como crece en ella cuando defiende una situación académica o un punto de vista analítico. Por eso, aparte de haber leído y seguir leyendo su trabajo (nadie imaginaría la reticencia con que durante años ha respondido a la idea de reunir sus ensayos en libros), valoro de manera singular sus conversaciones, la manera como me ha permitido conocer a otros profesores e investigadores próximos a su sensibilidad y, desde luego, aquellos escasos correos electrónicos en que, según ella, «ha tirado del hilo» para permitirme conocer algunas imágenes de su vida.

Barrionuevo es, para mí y para muchos, creo, una encarnación de la ciudad dorada y exigente, Salamanca: centro de la escritura, la reflexión y la belleza, cuya carne rocosa se alimenta de un río dulce, cuyo esplendor baja del cielo. Sin ella, la ciudad –y su sangre, la inteligencia– estaría incompleta.

Quiero cerrar estas líneas devolviéndome con ella, con sus palabras, al origen de una personalidad, al momento y los años iniciales en que sus padres la ofrecen a la realidad y donde se forja una percepción literaria que, para mí, es deslumbrante:

En el plano más personal recuerdo el Burgos gris de la larga posguerra y, sin embargo, tan hermoso con las grandes hileras de árboles a las orillas del Arlanzón que llegaban más allá de la Cartuja de Miraflores, por donde paseábamos muy frecuentemente. Mi padre era muy sensible a la naturaleza y las estaciones del año, tan marcadas en esa zona de Castilla, con mucho frío y nieve en invierno y agradables primaveras y veranos. Y, claro, la catedral que era visible desde muy lejos y que cuando viajábamos anunciaba en lo alto la presencia de la ciudad.

Mis padres se conocieron en Jerez en la inmediata posguerra, mi madre se quedó huérfana de padre muy pronto y la familia, su madre y los dos hijos, hubieron de salir buscando alguna protección de familiares cercanos. En ese periplo que pasó de Málaga a Puente Genil y luego a Jerez se encontró con mi padre. Los dos provienen de familias sencillas sin ninguna alharaca, mi abuelo paterno era artesano zapatero, algo muy valorado entonces, y mi otro abuelo, natural de Torremolinos, que murió pronto como consecuencia de los males que trajo de la guerra de Cuba, era conserje en la Escuela Normal de Málaga. […] Aunque de carácter soy castellana, mi ascendencia es cien por cien andaluza. […] He tirado del hilo y he escrito mucho, tal vez demasiado.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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