EL CRUCE DE ROJAS
Por esos mismos años, otro importante escritor, autodidacta como Arlt o como el propio Bolaño, comenzaba a publicar: uno de los mayores narradores chilenos tenía que ser argentino, y su nombre fue Manuel Rojas (1896-1973). Nacido en Boedo, pero de padres chilenos, no pudo terminar la escuela. Cuando hizo el cruce de vuelta, en 1912, ya provenía de una cultura anarquista obrera. En una entrevista le preguntan qué trae a la literatura chilena: «Una mitad afuera de Chile», dice. Rojas sabía que había incorporado experiencias y personajes de Argentina, y que se le consideraba un escritor «fronterizo», como Sarmiento o Pérez Rosales. (Avaria, párr. 81-84).
La condición de frontera, subrayada aquí, hoy puede ser un dato común a las biografías de los escritores, en un mundo cada vez más globalizado y diaspórico. Pero era más infrecuente en los tiempos de Rojas. Su cuento más famoso, «El vaso de leche», presenta a un personaje también en movimiento, un trabajador portuario que lleva días sin comer. El cuento sigue siendo antologizado como uno de los mejores del canon chileno, y es reconocido como una crítica potente «del patio trasero de la modernidad» (Álvarez y Massman, 14), con sus injusticias sociales y la encrucijada ética en que muchas veces pone a sus actores.
Pero volvamos al cuento: con el fin de resolver su problema, el protagonista, después de muchas cavilaciones, logra entrar en una lechería. Trastabilla, se arrepiente y la señora que atiende el lugar le pregunta qué va a servirse. La llegada a la mesa de un vaso de leche y unas vainillas desencadena una vibración. Nada más probarlos, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hacia la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más (44).
El relato de Rojas, quien vivió y observó de cerca la vida de los desplazados, sigue ilustrando, a pesar de su sentimentalismo, la dureza del hambre, pero también las relaciones solidarias y humanas que buscó al alero del anarquismo y la justicia social. Piglia lo compara con Arlt: «[…] la ética común que define a Rojas y a Arlt: nunca hay que justificarse, ni arrepentirse, no hay que quejarse, nunca hay que hacer el papel de víctima, hay que convertir el delito, el error, el dolor, la injusticia en motivo de ira y de rebelión» (Contreras, párr. 8).
OTRAS MODERNIDADES
Por los mismos años en que Borges, Arlt o Marechal escribían sobre la ciudad, espacio catalizador de la modernidad, en Chile perduraba el criollismo, que tuvo como modelo el espacio rural. Sin embargo, hubo distintos exponentes y acentos. Entre ellos, la más interesante fue Marta Brunet (1897-1967), una de las mayores exponentes del cuento en Chile. Su libro de cuentos Aguas abajo (1943) revela, como lo hace también Rojas, la otra cara de la modernidad y la modernización, su lado violento en las grandes haciendas chilenas y el mundo del inquilinaje. Como en el caso de Bombal, es probable que para Brunet, nacida y criada en la provincia de Chillán, haya sido muy importante el impacto de Buenos Aires, ciudad a la que se mudó en 1939, con un cargo de cónsul honoraria. Allá publicó dos novelas fundamentales, que revelan un punto de inflexión en su narrativa: Humo hacia el sur y La mampara (1946). En esta última se revela, probablemente, el impacto de la experiencia argentina: Brunet abandona la temática rural para introducir argumentos urbanos y también de fuerte impronta psicológica, con matices oníricos. Los cuentos de Raíz del sueño (1949) revelan ya plenamente esta nueva etapa de su escritura, que dialoga con la narrativa más cosmopolita que se consolidaba en el espacio rioplatense.
El escritor uruguayo Enrique Amorim registró a diversos escritores y artistas latinoamericanos entre 1928 y 1959. En una toma corta, aparece ella: son muy pocos segundos, es la única imagen en movimiento que guardamos de Marta Brunet, y ella sonríe, resplandeciente.
CONSEJOS PARA ESCRIBIR CUENTOS
Hasta aquí no he dicho casi nada de Cortázar, lo cual, en el contexto de una reflexión sobre el cuento argentino, parece injusto, y más aún si el asunto es la influencia del cuento argentino en el cuento chileno, porque la influencia de Cortázar fue bárbara, sobre todo bajo dictadura, en los ochenta; no hay escritor chileno de los ochenta que no parezca haber salmodiado «Algunos aspectos del cuento», y esa frase que todos recordamos: «El cuento debe ganar por knock-out». Bolaño dice que los de Cortázar y Bioy son «cuentos perfectos». La pregunta es qué pasó después de los ochenta.
El escritor argentino Fabián Casas reflexiona sobre el envejecimiento del Cortázar:
Después, pasaron las lecturas múltiples de Rayuela, después pasaron los años y el libro me empezó a parecer ingenuo, esnob e insoportable, aunque jamás me pude desprender de él y ahora mora en mi biblioteca medio hecho mierda por el paso del tiempo. Hasta que finalmente llegó el día en que negué a Cortázar tres veces mientras cantaba el Gallo Airano (13-14).
Como Cortázar, Ricardo Piglia también se animó a escribir sus propias ideas sobre el género en «Tesis sobre el cuento» y «Nueva tesis sobre el cuento», donde explica cómo se articulan la historia visible y la historia secreta oculta en todo buen relato. Mucho antes que ellos, en 1927, Horacio Quiroga (uruguayo, también un poco argentino) publicó su famoso «Decálogo del perfecto cuentista» en la revista bonaerense Babel. Y Bolaño, hijo finalmente del barro rioplatense, escribió, casi en la misma época que Piglia, sus propios «Consejos sobre el arte de escribir cuentos», en que sugiere leer a Borges, Cortázar y Bioy Casares, pero también, en su consejo número 8, a otra genealogía: «Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges» (325). Argentina (y un lector fervoroso de la literatura argentina) no sólo tiene consejos para escribir cuentos. La cita de Bolaño revela otra tradición rioplatense: la de contar cuentos que son como biografías de personajes inexistentes.
BIOGRAFÍAS IMAGINARIAS
La línea Schwob-Reyes-Borges tiene un punto en común: los tres autores escribieron «vidas imaginarias», con lo que se convierten en los precursores de Bolaño y La literatura nazi en América (1996), donde Bolaño reinventa la fórmula creada por Schwob y practicada, sobre todo, por Borges en su Historia universal de la infamia (1935).
Antes y después de Bolaño, la lista de escritores argentinos que incursiona en el arte de inventar vidas y obras es extensa: Juan Rodolfo Wilcock, autor de ese libro de risa feroz que es La sinagoga de los iconoclastas (1972); Luis Chitarroni (Siluetas, 1992/2010), Daniel Guebel (Genios destrozados, 2013), Patricio Pron («Contribución breve a un diccionario biográfico del expresionismo», 2010, y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, 2016), sólo por mencionar algunos. Ya lo dice María Moreno en su propia fábula biográfica, El affair Skeffington (donde se inventa vida y obra de la poeta norteamericana Dolly Skeffington): escribir estas vidas imaginarias «es muy argentino» (49).
BERNARDO KORDON EN CHILE
El afán argentino por inventar artistas, escritores, inventores, ese juego que tanto le gustaba practicar verbalmente a Norah Lange y María Luisa Bombal, revela la tendencia de esa literatura a la intertextualidad, la puesta en abismo, la superchería literaria.
Pero a veces la realidad supera a la ficción (o al menos casi la alcanza, por un pelo). Algo así se siente cuando uno se entera de que hubo un cuentista argentino llamado Bernardo Kordon (1915-2002) y que muy pocos lo han leído, porque es una especie de secreto genial. Bien podría ser él mismo protagonista de una biografía imaginaria: hijo de inmigrantes, se casó con una chilena y ya con una obra considerable cruzó la cordillera. Murió secretamente en Santiago de Chile, en 2002. Vivía en un geriátrico y no se sabe si escribió algo en sus últimos años de vida. Practicó el realismo y lo fantástico; quienes conocieron su obra la ubicaron cerca de la estética de Boedo. Rodolfo Walsh (otro gran cuentista argentino) incluyó un relato suyo en la Antología del cuento extraño (1956). No tuvo amistad con los escritores chilenos. Kordon pasa por el escenario de las literaturas chilena y argentina como un fantasma inventado. La editorial Blatt y Ríos lo ha reeditado recientemente. (Un poderoso camión de guerra, 2015).
CÉSAR AIRA Y LOS OSOS DEL PARQUE ARAUCO
¿Qué respirarán los argentinos cuando están en Chile? ¿Literatura? ¿El perfume intenso de la famosa poesía chilena? Los tiempos no están para eso: el país se ha convertido, como se sabe, en el gran laboratorio del neoliberalismo. Así se encarga de recordárnoslo Cesar Aira en «Los osos topiarios del Parque Arauco». El narrador detalla el efecto óptico que produce una propaganda de Coca-Cola en los visitantes del mall santiaguino: se trata de un grupo de osos gigantes (el padre y dos bebés) que a sus ojos figuran la estructura del Laocoonte, pero aquí «la fórmula de la muerte se ha vuelto fórmula de la vida» (161-162). Los osos apelan, sobre todo, a la recepción infantil y de ahí que Aira relate un breve mito urbano, según el cual, al amanecer, los niños de los sectores más pobres de Santiago concurren en masa al mall, con botellas vacías de Coca-Cola, para que los osos las llenen: «El oso mueve la cabeza de hojas verdes, con el más imperceptible roce vegetal, y clava la mirada en el niño. Sin expresión, sin sonrisa, quizás sin mirada siquiera, tal como aquí en el mundo definimos la mirada, se diría que evalúa la pobreza del niño y la comprende y la ama» (163). El narrador observa el cotidiano milagro desde la torre gigante del hotel Marriott, uno de los más lujosos de Santiago, con un whisky en la mano.