Sea como sea, estamos condenados a elegir, a ordenar y explicitar nuestras preferencias: «¿Qué preferiría usted tener: una serie de informes independientes procedentes de una gama de perspectivas independientes, con los que luego podría sintetizar un todo, o la enorme y unitaria proyección del yo que comprende su obra?»[11]. No es una pregunta retórica, no sabemos cuál es la respuesta correcta, si es que la hay. Más bien depende de cómo se lleve a cabo cada uno de estos métodos, cada una de estas vías de exploración.

En cualquier caso, sorprende que el joven biógrafo no tenga claro por qué método se decantaría, cuando él ha adoptado el primero de los mencionados. Y lo más habitual es justificarse, es decir, procurar defender por qué se ha hecho como se ha hecho. Aquí tampoco se sabe a ciencia cierta quién es quién, pues el joven biógrafo parece comportarse como si fuera un escritor como J. M. Coetzee en lugar de un investigador común, alguien que, en vez de cerrar puertas por medio de respuestas tajantes más o menos dogmáticas, se inclina por abrirlas por medio de preguntas sin respuestas definitivas.

A lo largo de estas líneas me preguntaba algo que sobrevuela de una punta a otra del fragmento comentado: ¿podemos desprendernos de las ficciones? Y, en el más que dudoso caso de que la respuesta sea afirmativa, ¿cómo? Concibiendo las ficciones en un sentido amplio y profundo, como aquí se ha hecho, no encuentro ningún modo de zafarnos por completo de las ficciones. Basta con abrir la boca y proferir sonidos inteligibles para que comiencen a hilvanarse.

La cuestión, por consiguiente, es: ¿Podemos conocernos y, por analogía, conocer a los otros por medio de ficciones o, por el contrario, tenemos que renunciar definitivamente a la búsqueda de verdades? Lo más denso del diálogo entre el joven biógrafo y la señora Denoël ya ha tenido lugar, pero hay otra respuesta por parte de esta última que no me resisto a citar y comentar. A propósito de la discreción, dice ella: «No creo, como otros, que cuando una persona muere cesen todas las limitaciones. No estoy necesariamente dispuesta a compartir con el mundo lo que existió entre él y yo»[12].

De nuevo no sabemos a ciencia cierta quién habla: ¿Es de veras la señora Denoël o es Coetzee? En todo caso parece tratarse de un moralista, y J.M. Coetzee es un profundo y refinado moralista –por eso, entre tanto, se sirve de sus personajes para hablar del mundo en que vivimos y de la condición humana–. Lo que quiere decir ella es que entre sus convicciones morales no se encuentra el que se pueda revelar «todo» acerca de un individuo, aunque este ya no se encuentre vivo para sentirse ofendido o afectado por ello.

Podemos estar de acuerdo o no con la postura de la señora Denoël, pero independientemente de qué sintamos, pensemos o hagamos, como nos mostró de forma memorable Ciudadano Kane, de Orson Welles, hay pasillos, escaleras y sótanos en la existencia de un individuo a los cuales no podemos acceder, por mucho que queramos e insistamos. Son, por tanto, márgenes de intimidad y privacidad inviolables, quizá de los pocos en este mundo cada vez más sensacionalista, pornográfico y antropófago.

Ni siquiera al propio yo, que en el caso de autores de la talla de J. M. Coetzee posee una capacidad de análisis e introspección superior a la inmensa mayoría de los individuos, le es dado esclarecer y revelar todos esos pasillos, escaleras y sótanos de su existencia. ¿Cuánto más inaccesible no le será un periodista o biógrafo, por documentado y agudo que sea?

Con ello no quiero decir que un intérprete no pueda saber más sobre la obra y/o la vida de un autor que el propio autor. Este es uno de los presupuestos de la hermenéutica metódica inaugurada por Schleiermacher, presupuesto que subyace en toda crítica –sea literaria, filosófica, artística–, aunque el autor pueda y suela saber más que el crítico en otras parcelas. Es, asimismo, el presupuesto del psicoanálisis de Freud. De ahí que Habermas quisiera aplicar a las ciencias sociales la «hermenéutica profunda».

Sin ir más lejos, cuando leemos buenos libros, esos libros que según W. H. Auden parecen haber sido escritos para nosotros, ¿no nos invade por momentos la sensación de que sus autores saben más sobre nosotros que nosotros mismos? Si no fuera así, dudo que empleáramos nuestro tiempo en leer y, en particular, a estos autores que llamamos clásicos y que no dejan de interpelarnos generación tras generación. En definitiva, los leemos porque autores como Coetzee pueden «leernos» de forma más honda y enriquecedora de lo que acostumbramos hacerlo nosotros.

 

NOTAS

[1] Coetzee, J. M., “Los filósofos y los animales”, Elizabeth Costello, trad., Javier Calvo, Barcelona, Mondadori, 2005, pp. 64-96.

[2] Coetzee, J. M., Verano, trad. Jordi Fibla, Barcelona, Mondadori, 2010, pp. 233 y 234.

[3] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 219.

[4] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 219.

[5] Cioran, E. M., “Manía epistolar”, recogido en Ejercicios de admiración y otros textos. Ensayos y retratos, trad. Rafael Panizo, Barcelona, Tusquets, 2000, pp. 205 y 206.

[6] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 219.

[7] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 212.

[8] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 219.

[9] Me he ocupado más detalladamente de esta cuestión en “Desde Ortega: a partir de Meditaciones del Quijote y alrededor del ser humano como novelista de sí mismo”, recogido en J. Lasaga, M. Márquez, J. M. Navarro Cordón y J. San Martín (Eds.), Ortega en pasado y en presente: medio siglo después, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, así como en algunos epígrafes del tercer capítulo de mi tesis doctoral, La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto.

[10] Es el subtítulo con guiño de humor cómplice y aclarador de la autobiografía de Fernando Savater, Mira por dónde, Madrid, Taurus, 2003.

[11] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 219.

[12] Coetzee, J. M., 2010, op. cit., p. 219.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Total
2
Shares