Según Almanza, en el poema «están presentes todos sus asuntos y virtudes: el exterior, la costumbre, el objeto, el inventario, el nombre, la relación, la representación, el juego, el despojamiento, la penitencia, la salvación, el tiempo, la pulcritud, la ironía, la finitud, la transparencia, los ángeles, el silencio, el misterio, el ceremonial y la interrogación de la inocencia, en sólo siete esencialísimas líneas» (Almanza, 2007: 22). Las constantes permutaciones en torno al número tres y a los tres elementos presentes (cartas, juego y señores) dan al texto un aire de adivinanza o incluso trabalenguas, que son juegos en sí, y remiten a la Trinidad cristiana, algo que sugiere a la vez la certeza de una convicción y la constante duda que plantean las preguntas, sometidas asimismo al humor que crean las repeticiones en las que siempre aparecen los tres elementos en distinto orden. Pero no son éstos los únicos contrastes: se proyecta en los versos una dicotomía entre banalidad y gravedad, porque el juego puede afectar a la vida (la vida es un juego, pero el juego puede acabar con la vida, cuando se juega al todo o nada, idea repetida en todo el poemario). Las preguntas imprimen gravedad, pero preguntar al mismo nivel qué son cartas y qué son señores destruye la profundidad del planteamiento y aligera la cuestión fundamental sobre el ser. Además, las preguntas sobre por qué juegan y qué juegan (o qué se juegan), realizadas en versos sucesivos, remiten a la vez a posibilidades densas, existenciales, o ligeras, como un simple interés por el contenido del juego, que mueve la curiosidad de quien observa el juego. Y, para concluir el rizo lúdico, la misma disposición de los versos con los elementos que se reparten constantemente entre tres polos, semeja al mismo juego de cartas, en el que éstas se reparten constantemente —las mismas— entre los tres jugadores, y obligan constantemente al debate secular entre el azar o la providencia: ¿Quién mueve los hilos de los desenlaces, Dios a la suerte?, reorganizado, reivindicado y actualizado en clave de modernidad por Mallarmé en su conocido poema-libro «Un coup de Dés jamais n’abolira le Hasard». Diego se resiste a aceptar las reglas del pensamiento dubitativo o directamente descreído del mundo contemporáneo, que trata de dignificar la desaparición de las certezas. Por eso, al comienzo de su último libro, Cuatro de oros, dedicado como sabemos al juego, Diego recupera en un epígrafe, a modo de paratexto, una cita supuestamente del Quijote: «Fe y barajar» (Diego, 2002: 5). Cervantes escribe, al menos en dos ocasiones, «Paciencia y barajar» —y no lo que Diego atribuye al Quijote— en los capítulos 23 y 24 de la segunda parte de su novela, como la frase que pronuncia Durandarte, cuando despierta en la cueva, hablando con Montesinos. Las interpretaciones de esta secuencia, que es por otro lado un lugar común entre los jugadores de naipes de la época, entre los cuales se contaba también el propio autor, han sido múltiples, como una alusión al rey Felipe III, jugador de naipes, o quizá a sí mismo, cuando sufría presidio en Sevilla y solía jugar a las cartas. También puede estar satirizando los discursos pseudoeruditos de personajes como Luque Fajardo, o el mismo ideal caballeresco (Etienvre, 1985: 145-146).

Diego conserva de Cervantes el sentido paródico o humorístico, y la alusión al juego, aunque matiza el concepto principal, es decir, la actitud de fondo ante el juego. Escribir «fe» en lugar de «paciencia» elude el sesgo aleatorio que tiene el juego, ese no saber qué va a pasar, e imprime una lógica de convicción al procedimiento. Dios juega con los hombres como con unos niños, pero sabe lo que hace, y aunque ellos sientan que lo que ocurre tiene que ver con el azar, en última instancia, todo es parte de la providencia. Así que el juego constante que propone el cubano en sus obras es una sensación que sólo se manifiesta «debajo», en el nivel del comportamiento y el entendimiento de los humanos. Desde «arriba», la lógica es distinta, porque el juego está controlado, y es un dispositivo que concede Dios a los humanos para que formen parte de esa construcción perfecta, ordenada, que desde abajo se ve como caótica o impredecible.

Y esa relación entre Dios y los hombres, que es de algún modo paralela a la de los adultos con los niños, que integra juego, vida y poesía, es posible gracias a la palabra. Los niños establecen su contacto con el mundo y adquieren destrezas, imaginación y desarrollo gracias a las denominaciones, a las asociaciones entre palabras y cosas y, más adelante, con los conceptos e imágenes más sofisticados, que son el alimento de la literatura. Así lo explica él mismo:

Hasta qué punto interviene en ellos el despertar de la imaginación o hasta qué punto es ésta estimulada por ellos son cuestiones que no podemos resolver satisfactoriamente. Bástenos observar cómo los pequeñuelos disfrutan del simple manejo de los nombres, de su inmediata asociación con las realidades más familiares, y cómo después comienzan a apetecer ese juego más complicado y extraño en que la palabra, en vez de regresar sobre la cosa que designa, se abre hacia el más allá de la imagen; en que la palabra, lejos de servir y subordinarse a la realidad, comienza ella misma a crear sus propias realidades, alfombras voladoras, hadas, duendes y pájaros parlantes (Diego, 2014b: 78).

 

Ahí reside la grandeza de los procesos de conocimiento y de comunicación de la realidad, que se dan de forma natural. Todo en el niño es consecuencia de su crecer instintivo, sin presiones ni imperativos, sólo equiparable a la disposición del místico y la del poeta. Ellos son libres porque establecen una relación directa, franca y espontánea con el objeto y con el medio y, por tanto, son los únicos en los que, o no hay caída original (los niños) o puede haber una suerte de restitución del paraíso (místicos y poetas). Diego lo tuvo siempre muy claro y, por eso, toda su poética descansó en la imagen del niño que todavía no ha perdido la inocencia, del místico que posee una cualidad superior para unirse definitivamente con la divinidad, o del poeta, único ser humano capaz de volver del destierro y reconquistar el Edén desaparecido, gracias a la palabra.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

· Alberto, Eliseo (2017). La novela de mi padre. México: Penguin Random House Alfaguara.

· Almanza, Rafael (2007). Elíseo DiEgo: el juEgo de diEs?. La Habana, Editorial Letras Cubanas.

· Diego, Eliseo (1991). «A través de mi espejo» [1970]. En Acerca de Eliseo Diego. Enrique Sainz (sel. pról. cronol. y bibliogr.). La Habana: Letras Cubanas, págs. 378-402.

· Diego, Eliseo (2002). Cuatro de oros [1991]. México: Siglo XXI, segunda edición.

· Diego, Eliseo (2004). Cuentos. La Habana: Ediciones Unión. Contiene En las oscuras manos del olvido [1942], Divertimentos [1946], los tres relatos de Muestrario del Mundo o Libro de las Maravillas de Boloña [1968], Noticias de la Quimera [1975] y tres cuentos no incluidos en libros: «Boabdil», «Felipe II» e «Historia de pastores». Prólogo de Mayerín Bello Valdés.

· Diego, Eliseo (2014a). «Esta tarde nos hemos reunido» [1958]. En Flechas en vuelo. Ensayos selectos. Ed. de Josefina de Diego y Antonio Fernández Ferrer. Madrid: Verbum, págs. 27-46.

· Diego, Eliseo (2014b). «Los cuentos y la imaginación infantil» [1966]. En Flechas en vuelo. Ensayos selectos. Ed. de Josefina de Diego y Antonio Fernández Ferrer. Madrid: Verbum, págs. 76-80.

· Diego, Eliseo (2014c). «Sobre la enseñanza de la literatura». En Flechas en vuelo. Ensayos selectos. Ed. de Josefina de Diego y Antonio Fernández Ferrer. Madrid: Verbum, págs. 142-150.

· Diego, Eliseo (2015). Poemas escogidos. Madrid: Editorial Verbum.

· Etienvre, Jean Pierre (1985). «Paciencia y barajar: Cervantes, los naipes y la burla». Anales de Literatura Española, 4, págs. 131-156.

· García, Luis Manuel (2000-2001). «Brindis por la imaginación. Una charla con Eliseo Diego». Encuentro de la Cultura Cubana, 19, págs. 109-113.

· Martí, José (2006). La Edad de Oro y otros relatos. Madrid: Cátedra. Edición de Ángel Esteban.

· Platón (1946). Obras completas. Buenos Aires: Editorial Anaconda.

· Quintero, Aramís (1991). «Prosas de Eliseo Diego» [1983]. En Acerca de Eliseo Diego. Enrique Sainz (sel. pról. cronol. y bibliogr.). La Habana: Letras Cubanas, págs. 196-234.

· Sainz, Enrique (sel. pról. cronol. y bibliogr.) (1991). Acerca de Eliseo Diego. La Habana: Letras Cubanas.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]