Así, Diego nunca proyectó directamente literatura para niños, aunque sí es cierto que pensaba en los niños cuando escribía sus relatos, sobre todo porque su concepto de literatura parte de la mirada del niño, y de éste en el contexto de la pérdida de la inocencia y del paraíso. Por otro lado, Eliseo pensaba que los niños son los lectores más exigentes y nobles, porque dicen con sencillez y sin disimular lo que piensan del cuento que han leído. Además, los niños «son capaces de entenderlo todo, siempre que esté dentro de su nivel de experiencia» y, a menudo, los adultos tratamos a los más jóvenes de un modo injusto y poco útil para su educación y desarrollo, porque «hemos olvidado qué significa ser un niño y tenemos del niño una visión estereotipada» (Diego en García, 2000-2001, 110).

Hay un artículo de 1966, poco conocido, pero muy esclarecedor, sobre la imaginación infantil en relación a los cuentos, en el que Eliseo reconoce que el mundo de los niños es paradójicamente misterioso, porque en ellos el «ser dado» se encuentra en las primeras fases del rendimiento identitario, muy lejos de lo que podría llegar a constituir el «ser pleno». Es un pensamiento muy martiano, que se repite constantemente en los cuentos y en las introducciones de cada uno de los números de la revista La Edad de Oro, que José Martí publicó en los últimos años de su vida, preocupado por la educación de los más pequeños. En su artículo «Músicos, poetas y pintores», explicaba que cada persona «lleva en sí un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo» (Martí, 2006: 170). Ahora bien, desde la perspectiva del adulto, piensa Diego, no es posible saber cómo evoluciona el bloque de mármol hacia la representación de Apolo, el «ser dado» hacia el «ser pleno». Ni siquiera sabemos bien qué es ese «ser dado», a pesar de que cada uno de los adultos fue eso mismo en un tiempo pasado. Sólo experimentamos una desbordada inquietud, incontrolada, con la que el maestro debe lidiar, para saciarla o corregirla. La avidez del niño puede llegar a un estado de relajación por medio de los relatos. Y aunque existan cada vez más medios técnicos que puedan sustituir la dicción de una persona, lo cierto es que relatar una historia sigue siendo un método infalible para atraer la atención de los niños. Y concluye Diego que eso ocurre porque es algo que está inscrito en su propia naturaleza. Como en ellos hay una ausencia absoluta de inhibiciones, obedecen a sus impulsos, «de aquí que su obstinado interés por los cuentos dichos de viva voz lleve el sello de lo que sienten como necesario» (Diego, 2014b: 77), es decir, la palabra pronunciada. Narrando los cuentos no sólo se consigue encauzar el instinto, el interés informe, sino que se estimula la «capacidad de crear» (Diego, 2014b: 79), que es tan necesaria en la educación infantil y primaria como el aprendizaje de la aritmética u otras materias fundamentales, porque activa la generación de sueños, y en ella se encuentra, según Diego, el futuro del hombre, la posibilidad de mejorar la condición humana.

Como sabemos, Eliseo ejerció la docencia y fue inspector docente, centrado en la enseñanza del inglés y de la literatura. De 1944 a 1947 fue maestro de inglés en centros especiales nocturnos y, desde 1947 hasta 1959, ocupó un puesto como inspector del Ministerio de Educación para la enseñanza de la lengua de Shakespeare. Estudió en la segunda década de los cincuenta la carrera de Pedagogía en la Universidad de La Habana y, nada más triunfar la revolución, la recién fundada Casa de las Américas lo contrató para impartir literatura inglesa y norteamericana. También estuvo vinculado profesionalmente a la Biblioteca Nacional José Martí, ya que de 1962 hasta 1970 dirigió el departamento de Literatura y Narraciones Infantiles. En su artículo «Sobre la enseñanza de la literatura», abunda en las características del mundo de la infancia y en los métodos que hay que utilizar para estimular las capacidades creativas en los niños. Advierte que los niños primero viven «en poesía», luego «en deseos», y que, cuando comenzamos a estudiar literatura, nuestra disposición para imaginar está algo aletargada; por ello, aprender literatura sobre la base de biografías de escritores y obras publicadas con fechas y datos es un gran error. La información literaria es prescindible; lo que se debe conseguir es que el todavía niño o el joven obtengan la «experiencia de la literatura» (Diego, 2014c: 144). Para ello, hay que trabajar sobre los textos, sabiendo que cada género tiene su propia dinámica, lógica, y debe ser experimentado de forma diferente. Llama la atención el acercamiento que hace Eliseo a la prosa y al verso. Para ello, elige una misma historia contada en un poema y en un texto narrativo. Y llega a la siguiente conclusión:

Creo que los propios estudiantes sentirán, sin que les sea preciso mencionarlo, que la diferencia es una diferencia de vida: en el relato en prosa la letra muerta comunica datos que la inteligencia interpreta y asimila; en el poema, el acontecimiento vuelve a vivir ante nuestros ojos, de tal modo que es el corazón quien recibe su impacto, conmoviéndose. La poesía no ve ante sí datos, sino fragmentos vivientes, y su misión es reintegrarlos en el todo de su viva estructura originaria. Si la razón llega al conocimiento de la realidad por el análisis, la poesía lo hace apoderándose de ella, aprehendiéndola en el lenguaje, trasladándola al espacio del idioma. De aquí la brevedad del poema, su economía de palabras. Su virtud consiste en sugerir, en evocar la vida (Diego, 2014c: 150).

 

Lo que hace falta, entonces, para que los niños y los jóvenes consigan experimentar el placer estético inherente al texto literario, es un profundo respeto por la literatura y por el individuo; es decir, hay que tratar al hombre y al texto como lo que son, porque existe un punto de contacto entre los dos, y hay que saber dónde se encuentra, para que la conexión emocional pueda llevarse a cabo. Para Diego, la literatura y, sobre todo, la poesía, guardan una estrecha relación, como hemos visto, con la infancia. Desde el punto de vista teórico, su obra parte de un elemento general (la infancia como estado poético específico, gracias a la inocencia y a la visión directa) y de otro particular (su propia infancia). Por ello, acercar la literatura al universo de los niños es el mejor antídoto contra las deficiencias, las contingencias, la falta de valores y las carencias humanas. La pregunta, entonces, sobre lo específico en la enseñanza de la literatura a los niños y los jóvenes es saber cómo se debe enfocar la transmisión de saberes. O más bien, si se trata de transferir conocimiento o de hacer sentir lo que la literatura tiene en sí misma. Eliseo se lo plantea así:

¿A qué asirnos que nos guíe, en qué principio confiaremos para decidir qué importa más, la literatura como contenidos que asimilar y vencer a la manera que ocurre con la historia o la geografía, o la literatura como un fenómeno estético, como una vía para el desarrollo de la afectividad y la imaginación? (Diego, 2014c, 142-143).

 

¿Cómo se puede conseguir —podríamos continuar—que el niño y el joven amen la literatura y lo hagan de un modo natural, sin imposiciones? Considerando las relaciones entre la lectura y el juego, que son de la misma etiología que las que enlazan la vida misma con el juego. El origen de esta teoría, como de casi toda la poética del cubano, es religioso. Para Diego, la relación del Creador con la creación es la de un padre con su hijo. Toda la creación es un juguete de Dios, pero el Creador gusta especialmente del ser humano para establecer sus jerarquías lúdicas, ya que a él lo ha hecho a su imagen y semejanza. Platón, otra de las fuentes de la poética de Diego, aseguraba que el hombre «no es más que un juguete que ha salido de las manos de Dios y que ésta es, en efecto, la más excelente de sus cualidades; que es preciso, por consiguiente, que todos, hombres y mujeres, se conformen con este destino y consagren su vida a los más preciosos juegos, y se dejen mover por sentimientos completamente opuestos a los que los mueven en la actualidad» (Platón, 1946: 206). En el Libro de los Proverbios hay un sentencia que resume esta idea: «Ludens in orbe terrarum, et deliciae meae esse cum filiis hominum» (Proverbios, 8, 31). Estas palabras indican que Dios juega con el orbe de la tierra, y que sus «delicias son estar con los hijos de los hombres». Hasta tal punto considera el Creador que las cosas de los niños, es decir, los juegos, son las actividades más importantes que el entorno de lo creado puede desarrollar que San Pedro, en su primera carta, exhortaba a las primeros cristianos de esta manera: «Quasi modo geniti infantes, rationabile, sine dolo lac concupiscite» (1 Pedro, 2, 2), es decir, que del mismo modo que ocurre en los niños recién nacidos, es necesario apetecer la buena leche espiritual, que es la que confiere la verdadera vida. De hecho, Jesucristo instó a que los apóstoles dejaran que los niños se acercaran a él, «porque de los que son como éstos es el reino de los cielos» (Mateo, 19, 14), cuando muy poco antes había afirmado: «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo, 18, 3).

Todo esto es afín a la poética de Eliseo Diego, pero la sentencia más explícita que configura el pensamiento del cubano es la del pasaje en que Jesucristo declara la sintonía con los niños por el entendimiento de las cosas importantes: «Te alabo, Padre, señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños» (Mateo, 11, 25). De ahí el «ver como los niños ven» que apuntábamos al principio, tan necesario para Diego. Desde su primera obra hasta sus últimos versos, la creación literaria fue vista por Eliseo como un juego y un espacio signado por la niñez. En las oscuras manos del olvido (1942) es un libro de relatos en los que los protagonistas son los niños y constantemente se manifiesta el juego de espejos entre la visión del niño y la del adulto, mediante continuos desdoblamientos. Uno de ellos se extiende en casi todo el desarrollo de la «Historia del daguerrotipo enemigo», que gira en torno a la imagen de un niño y los dilemas entre el orden y el caos, el sueño y la realidad, la niñez y la edad adulta, el entendimiento y lo ignoto, la luz y la oscuridad (Diego, 2004: 42).

En la edición definitiva de toda la narrativa corta de Eliseo, henchida de temas y protagonistas infantiles, Diego añade para su primer libro, el de 1942, una especie de prólogo, la «Historia de unas manos oscuras», que desarrolla un juego constante entre el narrador adulto y el niño o el joven que fue varias décadas antes, incurriendo en una especie de «divertimento», palabra que elegirá para titular su segundo libro de relatos. Esas primeras páginas marcarán una tendencia que en ciertos momentos de su obra literaria se intensificará, hasta la culminación final. De hecho, su último poemario publicado en vida, Cuatro de oros, alude directamente al juego como actitud vital. Como afirma Rafael Almanza, «que Eliseo Diego haya escogido el tema del juego para conformar el que habría de ser su último poemario orgánico publicado en vida […] demuestra algo más que la recurrencia del asunto, y particularmente del juego de la baraja española, preferido por él: significa que estaba consciente de las facultades de la idea del juego para organizar la totalidad de su experiencia en la poesía y en la vida» (Almanza, 2007: 27-28).

Y en medio de toda esa trama lúdica, el libro que quizá mejor resume la identificación entre vida, poesía y juego es el Muestrario del mundo o Libro de las maravillas de Boloña (1967), porque todo en ese texto está planteado como juego. El mismo Diego lo reconoció en una carta que acompañaba a la entrega del manuscrito a la Biblioteca Nacional José Martí, en la que aseguraba que compuso el libro para el disfrute de sus hijos, de su esposa y para el suyo propio, como un divertimento tanto en su creación como en su lectura. Eliseo elige una serie de viñetas publicadas por el conocido editor cubano José Severino Boloña en la primera mitad del siglo xix y compone un extenso conjunto de poemas para acompañar a las imágenes, que son como un resumen de las cosas del mundo, con las que se puede trabajar, domar la naturaleza, hacer la vida más asequible, contribuir al desarrollo, etcétera. Sin embrago, ese supuesto sentido instrumental que recorre la obra de Boloña no viaja paralelo al propósito de Diego. Éste pretende hacer un homenaje a Boloña acercando su obra al mundo del juego, por las descripciones poéticas de los objetos, por las sensaciones que producen la unión de imagen y palabra, y por la misma elección de las realidades descritas. El poema del Muestrario que mejor representa esa actitud lúdica, que une vida, poesía y juego es el titulado «El juego de cartas»:

Tres señores están jugando a las cartas.

¿Por qué juegan a las cartas los tres señores?

¿Qué juegan los tres señores a las cartas?

¿Y qué son cartas?

¿Y qué los tres señores?

Los tres señores que están jugando a las cartas (Diego, 2015: 103).