A esa forma de la heroicidad le debemos las libertades que hoy gozamos y que nos permiten desafiar el lugar que la economía, el lenguaje, la religión, las costumbres, las leyes, la pertenencia a una cultura e incluso la circunscripción a un cuerpo nos asigna. Porque el hombre no tiene lugar en el cosmos puede afirmar que todo es artificial, histórico, construido y, por ende, susceptible de ser destituido y reinventado. Una entidad como esta, además, que siempre está en proceso de gestación, solo puede mirar hacia adelante, hacia el futuro, nunca atrás, donde habitan los modelos y los arquetipos.

Sin embargo, es esa época que rompió con todos los saberes tradicionales la que hoy despierta nuestras mayores suspicacias porque la libertad humana ha topado con un límite que no puede seguir ignorando. La naturaleza, el planeta, el resto de los seres vivos, la propia existencia humana no puede tolerar el horizonte infinito de crecimiento que abrió una noción de la libertad humana que se concebía a sí misma como carente de un lugar en el cosmos y, por eso mismo, de un rol previamente asignado.

Para nosotros, no solo está muerta la cultura tradicional, la que creía que se accedía a la vida buena a partir de la tradición y las costumbres, sino que también la cultura moderna, la que destituyó los valores consagrados y propuso el ideal del self-made man, del hombre que se crea a sí mismo, como el nuevo arquetipo del humano, nos resulta ya anacrónica.

Según la cultura tradicional, un buen ser humano era aquel que obedecía a su rey y su Dios, era fiel a su patria, respetaba las leyes, observaba las costumbres, cuando se atrevía a lo desconocido lo hacía como reclamo a los órdenes consagrados de la existencia, aceptaba el lugar que le había tocado en el mundo y esperaba recompensa por ello en una forma de vida que trascendía a la muerte y a las contradicciones que la vida finita le imponía a la existencia. La modernidad, en cambio, estableció un control más férreo sobre los humanos para hacerlos más productivos y eficientes, pero, a la misma vez, implementó una idea de la originalidad que solo se acomoda a lo excéntrico, al desorden.

Stuart Mill, por ejemplo, al definir la noción de libertad moderna, la concibe como una negación de la tiranía que las costumbres y la opinión pública ejercen sobre nuestro comportamiento, la concibe como indisolublemente ligada a la excentricidad: «Precisamente porque la tiranía de la opinión considera como un crimen toda excentricidad, es deseable que, para poder derribar esa tiranía, haya hombres que sean excéntricos. La excentricidad y la fuerza de carácter marchan a la par, pues la cantidad de excentricidad que una sociedad contiene está en proporción a su cantidad de genio, de vigor intelectual y de coraje moral. El principal peligro de nuestro tiempo es que haya tan pocos que se atrevan a ser excéntricos».

Arthur Rimbaud, en una tesitura emotiva afín, proclamaba unos años más tarde en su libro Una temporada en el infierno: «Terminé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu». Y en ese grito de rebeldía se resumía el espíritu de toda una época: una apuesta por el desorden, por las aporías del sentido, por lo considerado anómalo, herético e incluso abyecto.

Nuestra época no cree en las costumbres, por ser la hija de la modernidad, pero ha perdido también su fe en la aventura. Las costumbres y la aventura han sido hasta ahora las dos vías de acceso a la vida buena. ¿En qué creemos, entonces? Para responder a esto vendría bien dedicarle unos meses de nuestras vidas a un libro que escribió un hombre blanco muerto, donde aparece un héroe cuyo dilema es muy parecido al nuestro.

Don Quijote es ese personaje que ha extremado de tal modo la noción de hijo de sus obras que incluso llega a inventarse una nueva personalidad, un alter ego hecho a partir del voluntarismo heroico de sus anacrónicas lecturas. Es ese personaje que renunció a su patria, a su rey, a su propia identidad en nombre de un ideal. Pero don Quijote es también el héroe que se topó con el límite que ese ideal postulaba y que, en el capítulo final de la obra, renuncia a su locura y hace testamento.

De ser un héroe con muchos nombres –don Quijote de la Mancha, el Caballero de la Triste Figura, el Caballero de los Leones– termina con uno solo y un epíteto: Alonso Quijano el Bueno pone en orden su hacienda y su casa y renuncia a la locura, a la radical autoinvención. Y al hacerlo abdica también del heroísmo de la hazaña. El gran héroe de la novela moderna, de la autoinvención, termina aceptando una forma de acceder al bien, a la virtud, vía las mores, las costumbres del buen cristiano o el buen burgués. Finalmente, abandona la locura, se confiesa y hace testamento, deja sus propiedades y su alma en orden.

Quijano se reconcilia con sus iguales –el cura, el barbero, el bachiller–, y relega a Sancho al grupo de sus beneficiarios y subordinados, a los que paga con la protección que promete su testamento la obediencia que le otorgaron en vida. El testamento es la figura emblemática de una noción genealógica del mundo debido a su reverencia al origen, a la tradición, a los ancestros, y por la subordinación a lo doméstico en la que sitúa la circulación de los bienes. Estos se transmiten de modo generacional: de padres a hijos y generalmente por vía sanguínea, o se subordinan a estructuras de poder, válidas dentro del ambiente familiar, teniendo al patrimonio y al pater familias como sus figuras emblemáticas. Se podría decir, sin temor a exagerar, que es contra este tipo de noción del legado, de la autoridad y de la circulación de los bienes que se construye el proyecto moderno, y que surge la imagen del hombre que se crea a sí mismo.

Cervantes, como nosotros, parece no poder decidirse entre la innovación y la tradición él por creer en ambas, nosotros por desestimar las dos–, entre el respeto a los usos o su transgresión, como formas de construir una vida digna de ser vivida. Por un lado, en las postrimerías de su novela y de la vida de su héroe entrega la palabra a los géneros discursivos destinados a lograr que el mundo quepa dentro del orden que impone la religión, la ley y la costumbre; por otro, no se puede obviar que Cervantes se dedica, en los dos libros que configuran su novela, a contar cómo la locura de su caballero cambió la vida de los que le rodeaban, empezando por el propio Sancho, y que además pobló su obra maestra con personajes que se descubren a sí mismos al crearse una nueva identidad: Marcela, Ginés de Pasamonte, Zoraida, Dorotea, etcétera. Su perplejidad, su indecisión, comparte muchos rasgos con la nuestra. Tal vez valga la pena, después de todo, dedicarle un trozo de nuestras vidas a escuchar lo que dice un hombre blanco muerto. Les garantizo que aprenderemos mucho sobre su tiempo, y más sobre el nuestro.

Me gustaría subrayar, para terminar, otra causa por la que un libro tan reverenciado, escrito desde el Imperio más importante en su época y en una de las lenguas más influyentes, el castellano, merece nuestra atención. Don Quijote, como quizás ningún otro libro de literatura, nos habla de la belleza, la inspiración, el fervor que genera la aspiración a un ideal sin dejar de señalarnos, constantemente, lo fácil que resulta que ese ideal pueda convertirse en algo grotesco, risible, en simple idolatría.

Pero el Quijote nos dice algo más, ya que nos habla de esa indomable ambigüedad que atraviesa al par dialéctico ideal-idolatría. Don Quijote inventa un mundo heroico, bello, leal, justo, inspirado en libros que hablan de una realidad anacrónica e inverosímil, lo que provoca que todos se rían de él. Los personajes de la obra se solazan en su compañía, pues sus disparates no cesan de provocarles hilaridad. Sin embargo, al seguir al Quijote, se convierten en parte de su mundo, se quijotizan; empiezan a ser piezas esenciales de ese mundo ideal que el Caballero de la Triste Figura pretende restaurar. El Quijote nos alerta tanto de lo fácil que resulta que un ideal –una visión sobre lo bello, lo justo, lo bueno, lo verdadero– se convierta en su propia caricatura como de lo opuesto: de cómo las idolatrías, las falsas visiones de la realidad esconden, aunque sea en negativo, un ideal, un anhelo de excelencia.

A nuestro tiempo, que, como al de Omar el Califa, los ideales propios le parecen irrefutables y los que lo anteceden los concibe solo como ecos de sus propias creencias, o como pura herejía, le vendría muy bien la lectura de una obra como esta.

 

Minneapolis, MN

15 de enero del 2020, año de la visión perfecta

 

P.D.: Feché la epístola, pues me pareció que era un requerimiento del género. Ni yo, ni nadie, podía predecir lo que se avecinaba: una pandemia a escala global, el asesinato de otro hombre afroamericano a manos de la policía que desató protestas por todo el mundo y convirtió a la ciudad donde vivo, Minneapolis, en el epicentro de esta nueva revuelta. Habría mucho que decir sobre lo sucedido, pero eso lo dejo para otra ocasión. Me detengo ahora en uno de los aspectos mencionados: la iconoclasia de nuestro tiempo. La ira contra las imágenes se vierte ahora contra las estatuas confederadas. Nada que objetar respecto a lo despreciable de estas imágenes que se vinculan a la más abyecta de las formas de dominio creadas por el hombre: la esclavitud. Tengo que reconocer, además, que yo no soy ajeno al disfrute que produce la destrucción de íconos. Recuerdo la alegría con que vi la estatua de Lenin que flotaba colgada de un helicóptero en la película donde se le decía adiós a la época que había asolado mi juventud –en el país donde nací nos estaban vetados estos placeres, así que tuve que conformarme con verlo en el cine–. Eso solo demuestra que yo también soy un hombre de nuestro tiempo, otro hereje de los eidolon. No obstante, urge aclarar que la historia no se debe configurar en función de los agravios sufridos por mí, ni por nadie.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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