Como prohibir la publicación de las obras premiadas hubiera sido dar toda la razón a los autores en sus denuncias, se acordó adicionarles dos notas aclaratorias, tituladas «Voto razonado del jurado» y «Declaración de la UNEAC», que las contrastaran. Se hizo una edición limitada y los ejemplares que pudieron ser adquiridos antes de desaparecer «misteriosamente» de las librerías comenzaron a circular de mano en mano a usanza de los samizdat del campo socialista soviético.

Los valientes jurados –los cubanos José Lezama Lima, José Zacarías Tallet y Manuel Díaz Martínez, el poeta peruano César Calvo y el crítico británico J.M. Cohen–, luego de destacar las cualidades técnicas de Fuera del juego, se adentran en su contenido, que era precisamente, como ya he destacado en Las trampas del tiempo y sus memorias, el aspecto polémico:

[…] En lo que respecta al contenido, hallamos en este libro una intensa mirada sobre problemas fundamentales de nuestra época y una actitud crítica ante la historia. Padilla reconoce que, en el seno de los conflictos a que lo somete la época, el hombre actual tiene que situarse, adoptar una actitud, contraer un compromiso ideológico y vital al mismo tiempo y, en Fuera del juego, se sitúa del lado de la Revolución, se compromete con la Revolución y adopta la actitud que es esencial al poeta y al revolucionario: la del inconforme, la del que aspira a más porque su deseo lo lanza más allá de la realidad vigente (Casal, 1972, p. 56).

La extensa «Declaración de la UNEAC», que se insertara en la edición cubana de Fuera del juego, considera todo lo contrario y se propone dos objetivos fundamentales: en lo interno, «limpiarse» ante el Gobierno la imagen pseudoliberal que se había construido en los primeros tiempos del castrismo a fin de atemperarse a su nueva (y lógica) fase estalinista y, en lo externo, convencer a la intelectualidad izquierdista internacional de que la excomunión política de Padilla no respondía a esa nueva (y lógica) fase sino a una verdadera actitud contrarrevolucionaria del poeta. Objetivos secundarios propiciaban purgas intestinas, amedrentamiento general de los intelectuales cubanos, etcétera.

En el caso particular de Padilla, se le acusa de ambigüedad, de mantener «dos actitudes básicas: una criticista y otra antihistórica» (Casal, 1972, p. 59); de defender el individualismo; de homenajear al «que permanece al margen de la sociedad, fuera de juego» (Casal, 1972, p. 59); de escepticismo; de justificar «en un ejercicio de ficción y enmascaramiento, su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que esta se ha enfrentado al imperialismo» (Casal, 1972, p. 61); de identificar «lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza» (Casal, 1972, p. 61) y de conmoverse «con los contrarrevolucionarios que se marchan del país y con los que son fusilados por sus crímenes contra el pueblo» (Casal, 1972, p. 61). La declaración también defiende a la Rusia de Stalin y, como de paso, hace referencia a «la defensa pública que el autor [Padilla] hizo del tránsfuga Guillermo Cabrera Infante» (Casal, 1972, p. 61). Incluso se llega a asegurar que las obras premiadas serían de utilidad a los marines norteamericanos «a la hora en que el imperialismo se decida a poner en práctica su política de agresión bélica frontal contra Cuba» (Casal, 1972, p. 62).

Obviando las frases hechas y las múltiples ridiculeces del texto, queda aclarado que todo el asunto se reduce a «una batalla ideológica, un enfrentamiento político» (Casal, 1972, p. 62), en el cual la UNEAC decide endurecer su posición, de acuerdo con los dictados gubernamentales, rechazando el contenido de las obras premiadas (Casal, 1972, p. 63). Para el jurado, que se obstinaba en premiarlo, Fuera del juego era un libro revolucionario, en tanto que para la dirección de la institución, que tenía que otorgar el premio, era una obra contrarrevolucionaria. ¿Cuál de las dos interpretaciones estaba acertada? En realidad ambas. Y no hay contradicción alguna en esta afirmación. Jurados y burócratas, dadas las diferencias entre los conceptos que esgrimían, simplemente hablaban lenguajes diferentes. Los primeros tomaban como punto de partida «la Revolución» (Casal, 1972, p. 56), mientras que los segundos hablaban desde «nuestra Revolución» (Casal, 1972, p. 57). La significativa carencia del posesivo nuestra en el «Voto razonado del jurado» y la igualmente significativa presencia de ese u otro adjetivo semejante para acompañar al sustantivo «Revolución» en la «Declaración de la UNEAC» marca el inicio de caminos divergentes. «Nuestra Revolución» se refería a la variante estalinista (y, por lo tanto, conservadora) del modelo soviético de gobierno, donde el dogma prevalece sobre la razón (así, sin adjetivo) en favor de la razón de Estado. La Revolución a secas, por el contrario, se refería a la actitud –básicamente juvenil– de crítica a los patrones establecidos, de romántica destrucción de valores caducos, de inconformidad, cambio, desarrollo. Aclarados los conceptos, y pese a la carga demagógica castrista, el más somero análisis de sus nuevas características conducía a reconocerlo como la antítesis de Revolución, por lo que un texto que fuera revolucionario para «la Revolución» tenía que ser, obligatoriamente, contrarrevolucionario para «nuestra Revolución».

 

LAS BILIS DE LA IRA

A todos sorprendió que Padilla no fuera encarcelado por su osadía de mantener obstinadamente una militancia revolucionaria ya obsoleta en tiempos de la Revolución triunfante, es decir, en tiempos de héroes en busca de loas unánimes. Y más aún que continuara dando entrevistas a medios de divulgación extranjeros sin el menor asomo de un mea culpa que lo salvara de la irascibilidad cuasi sacra del «máximo líder», convertido en dueño y señor de vidas e ideas en toda la Cuba del presente y sus entornos de tiempos ilimitados. Es posible que la compartida camaradería juvenil hubiera evitado, de momento, su reboso de bilis de historia, confiando en que algún que otro consejo de trasmano hiciera entrar a Padilla en la razón castrista, convertida en la única razón verdadera.

Pero Padilla no previó el peligro que sobre él se cernía o sobrestimó su capacidad de resistencia ante el horror de la aceitada máquina estalinista, a la cual se enfrentaba: siguió apegado a una razón ya suplantada. Y, sobre la base de la nueva razón, en 1971 pasó a la condición de no persona, detenido sin miramientos por los esbirros de la policía política. Se comentó entonces en los corrillos intelectuales habaneros que la gota que colmó la vesícula histórica de Fidel Castro fue ver una foto de Padilla en una publicación extranjera fumándose un tabaco mientras daba una entrevista hablando mal de su Gobierno, pues ese binomio de política y habano solamente a él pertenecía.

Pero Castro, quizás por la formación que compartieron en la juventud, tampoco previó una cosa y sobreestimó otra. En efecto, a pesar de su (auto)reconocida infalibilidad, no supo prever que la izquierda internacional cerraría filas con el colega encarcelado, al que se empeñaba en reconocer como un revolucionario injustamente confinado tras barrotes físicos e históricos. Y, además, sobrestimó su capacidad de conjurar con su estatura/sitial en la Historia (por supuesto que con h mayúscula) semejante solidaridad con su camarada-tornado-traidor. ¿Acaso esos intelectuales de izquierda internacionales no venían a La Habana a rendirle pleitesía?

Es posible (y hasta probable) que, dada la extensión de sus tentáculos, Fidel tuviera conocimiento de antemano de la carta que circulaba en el mundo intelectual de izquierda pidiéndole la liberación de Padilla. De ser así, es seguro que habría tratado de impedir su publicación. Pero no lo logró. Su edición en el diario francés Le Monde, de conocida inclinación izquierdista, llegó firmada, entre otros, por los destacados intelectuales europeos de la época Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Italo Calvino, Francesco Rossi, Josep Maria Castellet, Carlos Barral, etcétera. Representando a Latinoamérica, habían aportado sus rúbricas Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Octavio Paz y otros. Luego, el PEN Club de México se uniría al esfuerzo solidario con Padilla y firmarían la petición Juan Rulfo, José Emilio Pacheco, Carlos Pellicer, José Revueltas, etcétera. Un dato curioso es que el nombre de un solo cubano aparece en la carta original: Carlos Franqui, cercano colaborador del propio Castro en la Sierra Maestra que había jugado un papel determinante en la captación de dichos intelectuales como simpatizantes de la Revolución cubana y su líder.

Lo más difícil de conjurar en la misiva era su espíritu revolucionario. En efecto, sus firmantes tuvieron mucho cuidado de obviar cualquier tipo de expresión que pudiera asociarlos con la derecha, lo cual bien sabían habría de descalificarlos. Ellos hablaban desde una postura revolucionaria en defensa de un colega revolucionario injustamente encarcelado por un líder revolucionario. La incongruencia era evidente. Si Padilla y sus defensores eran los revolucionarios, ¿en qué papel quedaba Fidel Castro?

Mientras el «pensador en jefe» cavilaba cómo resolver el asunto, fueron retiradas de las librerías las obras de todos los firmantes de la carta. Los ejemplares existentes en bibliotecas públicas fueron trasladados de urgencia al «infiernillo», nominación con la cual, con choteo cubano, se llamaban popularmente los departamentos donde se almacenaban los libros prohibidos, lógicamente inaccesibles al público. Si había alguna obra de teatro en cartelera de la autoría de cualquiera de los antiguos aduladores castristas, tuvo que suspender de inmediato sus presentaciones. Además, ninguna mención a cualquiera de ellos pudo hacerse más en programas de radio o televisión, como no fuera para vituperarlos. En fin, todos habían pasado, instantáneamente, a la condición de personas no personas de diferentes grados.