ATISBO DE UNA PUESTA EN ESCENA POLÍTICA

Pero ese linchamiento político de los integrantes de lo más notorio de la intelectualidad izquierdista de entonces no podía hacerse permanente. De lo contrario, Fidel Castro sabía que, desteñido su retrato de héroe romántico de una sola pieza, desaparecería lo que posiblemente haya sido su único éxito, además de mantenerse vitaliciamente en el poder: su imagen pública. Ser considerado un dictador latinoamericano más ante la opinión internacional sería su fracaso en la historia (entonces degradada su h a una insignificante minúscula). Y todo por culpa de un viejo camarada. Por lo tanto, la solución tenía que ser rápida y efectiva.

Y aquí es donde se echa mano a la vieja fórmula de la autocrítica. El escollo era lograr que el hasta ahora recalcitrante Padilla claudicase públicamente de las razones que lo llevaron a enfrentarse al régimen, rechazándose a sí mismo y renegando de su obra. De lograrse, una vez «incorporado» Padilla al bando de los acusadores, dejaría a sus defensores sin basamento alguno (en el limbo ideológico), con lo que quedarían sin efecto las razones de su defensa.

No sé cuánto resistió Padilla a las presiones de sus carceleros. Las pocas veces que estuvimos conversando siempre había alguien presente, por lo que nunca me atreví a preguntarle directamente por los pormenores de su odisea: me bastó la expresión de su rostro ante la más ligera mención a su autocrítica. Lo cierto es que fue una meticulosamente preparada puesta en escena con un rígido libreto a varias manos, confeccionado gracias a la ayuda «desinteresada» de múltiples bribones inteligentes (como los denunciados por Martí en el siglo xix) mutados en sádicos esbirros, aunque en el fondo tan aterrorizados como su víctima ante la posibilidad de fracasar en cumplir las órdenes del omnipotente y omnipresente «máximo todo».

Sigo con una versión de mis comentarios en «Heberto Padilla: el revés de la máscara» y las Memorias de Padilla: los últimos arreglos de la representación tuvieron lugar en la casa de Lezama Lima. Y claro que no porque la Seguridad del Estado careciese de otro lugar mejor. Además de sus múltiples dependencias y cárceles conocidas o desconocidas, contaba con numerosas «casas de visita» donde se solía hospedar a visitantes extranjeros a quienes filmar en situaciones «comprometedoras» que luego se utilizaban para chantajearlos (se comenta que García Márquez fue uno de los tantos «invitados» a Cuba objeto de tal tratamiento; de aquí la «fidelidad» fidelista hasta el fin de sus días) o donde se llevaban amantes con quienes estar en la intimidad sin las públicas colas de las posadas, como se les llama en Cuba a las casas de citas. La selección inapelable de la casa de Lezama para ultimar los preparativos de la puesta en escena tenía como fin evitar que el autor de Paradiso la denunciara luego, haciéndolo forzado copartícipe de su preparación. Es de señalar, sin embargo, que ni él ni Nicolás Guillén estuvieron presentes en lo que este último calificó desde un principio como una farsa.

Aunque uno de los objetivos básicos de la reunión era hacerla vendible como espontánea, ni siquiera sus más concienzudos planificadores y ejecutores lograron transmitir esa imagen. Ya en las palabras iniciales, José Antonio Portuondo, especie de comisario mayor de la UNEAC, al tratar de justificar la ausencia de Guillén, aclaraba: «Está enterado de todo lo que estamos haciendo aquí y de todo lo que aquí se va a decir» (Casal, 1972, p. 78). ¿Cómo es posible que Guillén se enterase de lo que supuestamente de forma espontánea se iba a decir en aquella reunión si todavía no se había dicho? Por otra parte, ¿cómo es que Padilla terminó «improvisando» en su autocrítica un texto semejante al de la carta que supuestamente había escrito en la Seguridad del Estado solicitando el «perdón» a sus «pecados»? Hablando de esa carta en sus memorias, el mismo Padilla da la respuesta a esta última pregunta: «Aunque más breve, es, básicamente, el mismo texto que debí memorizar y que, casi al pie de la letra, recité en la Unión de Escritores según las instrucciones de la policía» (Padilla, 1989, p. 195).

El texto de la «autocrítica» de Padilla es un clásico del género. En ella el poeta admite haber cometido «muchísimos errores, errores realmente imperdonables, realmente censurables, realmente incalificables» (Casal, 1972, p. 79) y presenta la temida y temible Seguridad del Estado como poco menos que un lugar paradisíaco, donde reconoce «haber aprendido en la humildad de estos compañeros, en la sencillez, en la sensibilidad, el calor con que realizan su tarea humana y revolucionaria» (Casal, 1972, p. 84). Padilla logra hasta enternecerse ante aquellos soldados «cumpliendo cabalmente con su responsabilidad, con un afecto, con un sentido de humanidad, con una constancia en su preocupación por cada uno de nosotros…» (Casal, 1972, p. 101).

Según la «autocrítica» de Padilla, la Seguridad del Estado de Cuba, a diferencia de sus homólogas de todas partes del mundo, ni siquiera interroga a sus encarcelados (¿o huéspedes?). Véase este ejemplo:

Son increíbles los diálogos que yo he tenido con los compañeros con quienes he discutido. ¡Qué discutido! Esa no es la palabra. Con quienes he conversado. Quienes ni siquiera me han interrogado, porque esa ha sido una larga e inteligente y brillante y fabulosa forma de persuasión inteligente, política, conmigo. Me han hecho ver claramente cada uno de mis errores. Y por eso yo he visto cómo la Seguridad no era el organismo férreo, el organismo cerrado que mi febril imaginación muchas veces, muchísimas veces imaginó, y muchísimas veces infamó; sino un grupo de compañeros esforzadísimos… (Casal, 1972, p. 103).

A esos «compañeros esforzadísimos» Padilla les agradece «la gentileza en muchas ocasiones de llevarme a tomar el sol» (Casal, 1972, p. 86) y hasta habla de un grupo de niños jugando en un paisaje casi pastoril. Esto no sé cómo se escapó a los censores, como no sea que les gustara la imagen para su venta internacional, pero en Cuba no era más que un buen chiste cruel. Unos dos años después que Padilla, yo tuve la oportunidad de ser un «huésped» más del G2 y los «baños de sol» consistían en diez minutos a la semana en una angosta celda con una reja por techo. Allí uno trataba de pescar, como un animal enfermo, el poco sol que la estrechez del calabozo y sus altos muros dejaban pasar. Y, si por casualidad en ese momento el sol se nublaba, no quedaba otra alternativa que esperar hasta la próxima gentileza de los compañeros esbirros, es decir, hasta los próximos diez minutos la semana siguiente. No es de extrañar entonces que, siguiendo con el «chiste», Padilla renegara de Fuera del juego e involucrara en sus «errores» a otros escritores tales como Belkis Cuza Malé (su propia esposa), Pablo Armando Fernández, Norberto Fuentes, César López, José Yanes, David Buzi, Manuel Díaz Martínez y hasta a Lezama Lima. Sin embargo, es de destacar que en tal autocrítica, y pese a lo que algunos creyeron en aquella época, Padilla no denunció a nadie. Para entonces todos los identificados por sus nombres (y muchos más) estaban más que denunciados, cercados, perseguidos. En última instancia, Padilla, aunque siguiendo un riguroso libreto, lograba proteger de alguna forma a los nombrados al hacerlos copartícipes de su autocrítica sin que tuvieran necesidad de disfrutar de las bondades hospitalarias de la Seguridad del Estado, como había sido su caso.

Y, como es lógico, no podía faltar alguna mención al «máximo líder»: «Y no digamos las veces que he sido injusto e ingrato con Fidel, de lo cual realmente nunca me cansaré de arrepentirme» (Casal, 1972, p. 89).

El texto completo de la «autocrítica» es muy extenso, lleno todo de ridiculeces, lugares comunes y exageraciones hiperbólicas tales que parece una sátira. Pero Padilla –no sé si dentro o fuera del libreto– deja constancia de que «la mayoría de nuestros escritores y de nuestros artistas» (Casal, 1972, p. 80) están en contra del castrismo y «si no ha habido más detenciones hasta ahora, si no las ha habido, es por la generosidad de nuestra Revolución» (Casal, 1972, p. 93). En el mismo párrafo menciona la posibilidad de que estos sean enjuiciados por tribunales militares, con todas las implicaciones de semejantes juicios donde las balas juzgan versos. El libreto en su totalidad pudiera interpretarse como una versión aumentada y psicodélica del famoso «eppur si muove» que se le atribuye haber susurrado a Galileo Galilei (1564-1642) luego de abjurar, ante un tribunal de la Santa Inquisición, de su convicción de la naturaleza heliocéntrica de la Tierra.

Los otros escritores cumplieron, según Padilla en sus memorias, sus papeles a la perfección. El único que habló extensamente «fuera de libreto» –pues desconocía su mera existencia– fue el haitiano René Depestre, lo cual le costaría su empleo en Radio Habana y no pocos esfuerzos para poder salir del país con su familia. La «operación» de la Seguridad fue todo un éxito. Y hasta dícese que el propio Fidel Castro la presenció en su totalidad gracias a la filmación que particularmente para él se había hecho, y que la aprobó para relajamiento de sus angustiados creadores. Luego de recibir tal visto bueno, Prensa Latina se encargó de transmitir al mundo casi todo lo dicho por Padilla en la reunión, con la esperanza de recibir a cambio la noticia del fracaso de los «enemigos» que habían tratado de hacer del caso Padilla un «medio de propaganda imperialista». ¿Acaso no había terminado Padilla su «autocrítica» con la sacra consigna de «¡Patria o muerte! ¡Venceremos!» con que, imitando al comandante en jefe, cerraban todos los revolucionarios sus discursos? Pero, hasta donde tengo conocimiento, solamente Cortázar y García Márquez «rectificaron» sus puntos de vista y fueron luego debidamente «perdonados». Para al resto no bastó la consigna mítica, pues ya había señalado  Miguel de Unamuno –o se le ha atribuido– que una cosa es vencer y otra convencer.