POR SEBASTIÁN MARTÍNEZ DANIELL

Hubo, o hay, dos tiempos.

Estuvo el tiempo de la epifanía rotunda, de la revelación, del pertinente Big Bang. No recuerdo dónde ocurrió, ni exactamente cuándo. Tal vez fue durante el verano boreal de 1982, en un departamento cerca del bosque de Chapultepec, frente a un televisor cuadrado en el que vimos también las imágenes frías de la guerra de Malvinas. O quizás fue un poco después, ya retornados a Buenos Aires, en la primavera democrática del 83, en la casa de mis abuelos, un quinto piso con balcón desde donde se podía adivinar el contorno del barrio de La Boca. Lo que sí recuerdo es la música de Vangelis, esos motivos atmosféricos, un poco empalagosos y geométricos, como el vuelo de una abeja libando néctar. Y también tengo la imagen vívida de la pantalla, al principio totalmente oscura, que de a poco empezaba a iluminarse con el paso de las galaxias, las nebulosas, tal vez el brillo de un púlsar, metrónomo sideral que marcaba el ritmo del universo. Hasta que, por fin, comparecía una manifestación tipográfica:

Cosmos

por Carl Sagan

Un viaje personal

¿Cómo puede ser el cosmos un viaje personal? Yo tenía once, doce años y había dejado la Argentina, me había trasplantado a México junto a mi familia materna, mi padre había quedado en Buenos Aires, estalló una guerra con su derrota, hubo elecciones, volví con medio año de escolaridad perdido y luego recobrado, me habían inscripto en tres colegios de dos países en quince meses, había hecho amigos efímeros en geografías irrecuperables, y ahora veía constelaciones que iban quedando atrás en la penumbra catódica del televisor. Entonces quizá parpadeé y ya no había estrellas o planetas en ese primer capítulo sino mar, olas bravas rompiendo contra un acantilado. Desde lo alto del risco, Sagan miraba a cámara y decía: «La contemplación del cosmos nos perturba. Sentimos un hormigueo en la espina dorsal, un nudo en la garganta. Una vaga sensación, como si fuera un recuerdo lejano, de que nos precipitamos en el vacío». Eso podía entenderlo. O, mejor dicho, podía compartirlo sin entender: perturbación, vaguedad, vacío.

Sagan, sin embargo, sonreía. Bajaba a la playa y, con el murmullo de la rompiente y gaviotas volando alrededor, prometía que íbamos a emprender un viaje para entender el universo. Eso podía ser lo que yo necesitaba, sentí ahí, frente al televisor; eso parecía ser aquello que por fin podría estructurarme: un cosmos, un orden que abarcara el todo y cada una de las partes. Sólo hacía falta salir y estudiarlo, comprenderlo cabalmente. Pero Sagan se encargaba de desbaratar enseguida esa esperanza. Decía que el cosmos ya estaba adentro mío, que cada quien estaba hecho con polvo de estrellas. Que él, yo, nosotros somos el medio que tiene el cosmos para conocerse a sí mismo. Y que enajenarnos hacia la cerrazón del espacio exterior o extrañarnos hacia nuestra interioridad más insondable podían constituir, en definitiva, experiencias equivalentes, extravíos similares.

Entonces se metía en una escenografía espantosa, una nave futurista de cartón pintado, y decía que las galaxias mueren, las estrellas, los mundos mueren incinerados a cada rato en la desolación de la noche. Como si nada lo decía. Como si ahora pudiese seguir ponderando el brillo anómalo de las supernovas, señalar hacia Andrómeda, hacia el cinturón de Orión, las Pléyades. Como si pudiese decir esa verdad inefable y de inmediato especular con la vida en el espacio, las civilizaciones alienígenas, su música, su religión. La materia, a veces –nos advertía–, tiende a la conciencia. Y lo hacía con un tono hipnótico, al mismo tiempo relajado y definitivo. Un tono que le servía para aludir a los temas más diversos. Porque apenas dos minutos después de las Pléyades, ya lo encontrábamos en medio del desierto, chaqueta marrón y suéter rojo de cuello alto, el viento furioso que lo despeinaba. Ahora hablaba de otra cosa, de algo que había ocurrido en Egipto, en el siglo III antes de Cristo. Decía que Eratóstenes había sido astrónomo, historiador, geógrafo, filósofo, poeta, crítico de teatro, matemático, director de la biblioteca de Alejandría. Que había sido el primero en calcular el tamaño de la Tierra tras leer en un papiro que, hacia el sur, en la frontera de Asuán, en el solsticio de verano, justo al mediodía, las estacas clavadas en el suelo no proyectaban sombra alguna, que la luz del sol caía a pique sobre los pozos de agua. En Alejandría, por el contrario, ese mismo día, a esa misma hora, se veían sombras. «Cualquier otra persona», concluía Sagan, «no hubiera prestado atención al asunto: estacas, sombras, la reflexión de la luz en los pozos de agua, la posición del sol… eran temas cotidianos, ¿qué importancia podían tener? Pero Eratóstenes era un científico y su estudio de estos temas cambió el mundo. En cierta forma, hizo el mundo». El primer capítulo recién iba por la mitad, la humanidad se topaba con la curvatura terrestre y yo ya quería ver la media hora restante, y los otros doce episodios, y leer el libro, y conocer a Kepler, a Giordano Bruno, ir al planeta rojo, estudiar la crisis de los tulipanes, saber más sobre la sonda Voyager, y sobre H.G. Wells, Anaximandro, Hubble, enfrentar mi propio y súbito ímpetu de ser astrónomo.

Pero las germinaciones funcionan de modos impredecibles… Porque hubo, o hay, otro tiempo. El tiempo del sedimento, de la maceración; el tiempo que se cuece lento. En ese tiempo largo queda atrás el impulso científico, y jamás encuentro un orden sino más bien una estructura caótica que va engendrando neurosis paliativas, y angustias, y alegrías existenciales encarnadas en personas. No encuentro un orden y, en cambio, escribo. Para bien o para mal escribo, y mientras lucho con las palabras, mientras exploro o malverso la sintaxis, resurgen preguntas que son, a su modo, la forma que tienen la incertidumbre y la memoria de decirnos algo… ¿Se podía narrar así? ¿Es posible hilar discursos que prescindan de la linealidad e ignoren la tiranía de lo homogéneo? ¿Podrían, en una novela, convivir una gaviota y un quásar?, ¿podría un polímata griego encontrar un texto inspirador en la biblioteca de Alejandría mientras un avión despega desde México y cruza el continente hacia el sur, donde acaba de librarse una guerra poscolonial? ¿Cabe escribir acerca de la perturbación y el vacío, y bajar a la playa a escuchar cómo zumban las abejas que polinizan en la vaga distancia astral? ¿Podemos asomarnos a ver el barrio de La Boca colindando con el bosque de Chapultepec y, más allá, las olas del mar que rompen contra las arenas de Asuán bajo el sol cenital en el día más largo del año? ¿Se puede hacer mundo imbricando o yuxtaponiendo los temas cotidianos y la circunferencia planetaria, tendiendo a la conciencia y luego transformar todo eso en una manifestación tipográfica? ¿Vale construir mundos con rompientes y tulipanes, y después soltarlos, dejarlos a la deriva, verlos morir incinerados en el tiempo de la revelación, y más adelante, en el tiempo del sedimento, recoger las cenizas y construir con ellas otro mundo, y otro?

Creo, con Sagan, que se puede intentar.

Con un hormigueo en la espina dorsal, con una sonrisa, con un nudo en la garganta.