En nuestros días, la proliferación de redes sociales y de pseudomedios de comunicación exentos de editores de contenido ilustran constantemente los peligros de un total acceso a la publicación de información. Sin embargo, el simple establecimiento de algún tipo de «filtro» o etiquetado de información –como el que sugiere tímidamente su falsedad– continúa, con buen motivo, produciendo interminables debates entre organizaciones cívicas, instituciones gubernamentales y plataformas informativas.
En el siglo XVII, el sistema de aprobación de licencia de impresión, otorgado por el Consejo Real no era debatible. Sin embargo, los escribanos, licenciados y censores al servicio de ese sistema distaban de ser las «persona[s] inteligente[s] y discreta[s]» que Cervantes refiere en la cita anterior, acercándose más al alcalde cervantino manipulado por los cautivos falsos ya referido. Tómese por caso la controvertida crónica marcial de Bernardo de Vargas Machuca, Milicia indiana y descripción de las Indias (1598). Un primer censor admite que originariamente el texto estaba lleno de falsedades y afirma enseguida que, habiéndose «eliminado» esas fabricaciones, puede ya pasar a publicarse: «Algunas cosas van tildadas, que por yerro de pluma venían escritas, las quales quitadas me parece que se pueden imprimir, y esperar mediante sus avisos buenos efectos».[27] La aprobación queda corroborada por otro censor que autoriza el texto porque «el autor muestra ser valeroso soldado, y capitán experimentado y cuidadoso, y advertido en los avisos y advertencias que da, y [por]que es digno de loor por haberle compuesto, y… por lo mucho que ha su Magestad ha servido en aquellas partes merece le haga mucha mereced, y que los Señores del Real Consejo se la hagan en dar licencia para que este libro se imprima y salga a la luz».[28] La veracidad y honestidad de la historia queda así supeditada al servicio marcial a la Corona, afirmado en los sonetos introductorios que comparan las dotes bélicas del protagonista, Machuca, con las del «César guerrero» español, Carlos V, y la agudeza del conquistador, con la de Ulises.[29]
No son estos, por tanto, ni historiadores ni censores, como indicara Cervantes, determinados a no dejar que ni el «interés», ni el «miedo», ni la «afición» les hicieran «torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir», como reza el epígrafe de este ensayo. En una sociedad regida por estructuras absolutistas como las de Felipe II y Felipe III, esta pérdida de interés político y personal es imposible, o casi suicida, como se atreve a decir Fernández Oviedo (1535, Libro XXXIX, p. 3) cuando cierra su proemio indicando: «Creo yo que olvida a Dios el que se atreve a decir as u Rey cosa alguna que no sea muy cierta o limpia de cautelas». En esta libre elección entre la «verdad» y la «cautela» primará, por tanto, la segunda. Juan Mariana en su prólogo a la Historiae de rebus Hispaniae (1592 y 1605) explica por qué, al notar que ningún historiador «se atreve a decir a los reyes la verdad: todos ponen la mira en sus particulares».[30] Mariana (1852, p. V) confiesa haber sido consciente de la autocensura, habiendo evitado la crónica de su momento actual, a sabiendas de que, si se hubiera atrevido a decir la verdad, hubiera dañado poderosos intereses monárquicos, mientras que, si hubiera optado por omitir ciertos hechos, hubiera faltado a su obligación de historiador: «No me atreví a pasar más adelante, y a relatar las cosas más modernas, por no lastimar a algunos si decía la verdad, ni faltar al deber si la disimulaba».[31] Al reconocer esta disyuntiva, Mariana desbanca la verdad del tradicional podio historiográfico en el que la enclavaban las crónicas de Indias, contradiciendo la noción de que la verdad constituye la última o gran justificación del discurso histórico.
Las confesiones de Fernández Oviedo y Mariana explican por qué algunas de las reflexiones más agudas sobre la deformación de la historia se encuentran en obras literarias, no historiográficas. Cervantes sí se atreve «a pasar más adelante», a exponer las peligrosas deformaciones historiográficas de su momento, protegido, divertido y frustrado por esos encantadores fabuladores que pueblan las crónicas.
NOTAS
[1] Todas las citas al texto siguen esta estructura y refieren a la edición de Castalia de 1978.
[2] «[L]os historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa» (II.3, p. 64).
[3] Traducción de la autora.
[4] Fray Pedro Simón (1621, p. 61) afirma que «San Agustín en su tomo de la Ciudad de Dios, libro xv […] trata con autoridad de otros autores del mundo haberlos habido [gigantes]» puesto que «el mismo santo y otros muchos que con él vieron en la costa de úticao Biserta un diente molar de un hombre, tan grande que si le partieran por medio e hicieran otros del tamaño de los nuestros se pudieran hacer ciento, y cree el santo que aquel fue de algún gigante en cuerpo y fuerzas. Atestigua también de estas cosas Virgilio».
[5] A pesar de que esta crónica aparece publicada por primera vez en 1865 en Santiago de Chile, circuló ampliamente en el siglo XVI, influyendo probablemente los Hechos de don García Hurtado de Mendoza de Cristóbal Suarez de Figueroa (Madrid, 1613) y la Historia general del Reino de Chile, Flandes Indiano, de Diego de Rosales (1677) (Casanueva, 1993, p. 125).
[6] El autor, consciente de la hipérbole del hecho, añade varios elementos corroborantes como la existencia de varios testigos oculares capaces de ratificar la veracidad de la batalla. No obstante, termina identificando solo a uno por su nombre: Beatriz de Salazar, mujer de uno de los soldados participantes:
Este fué el fin de la batalla que como testigo de vista, que se halló en ella y peleó entre los demás que se han dicho, testifica el autor haber sido una de las más memorables que en el mundo se han visto, porque vencer trescientos hombres a ciento y cincuenta mil dentro de su tierra, y más siendo gente de mayores fuerzas que los españoles, y con las armas que se han dicho, y, sobre todo, siendo tan arriscados y animosos, cosa es que parece increíble, si no fueran tantos los testigos y el ver que la mesma cosa se lo dice […]. Esta matanza que refiero es certísima, y la testifica el autor como testigo de vista; llamábase esta mujer castellana Beatriz de Salazar, la cual era casada con Diego Martínez, soldado de este ejército, cuya memoria está hoy tan viva en este reino como el primer día (Crónica del Reino de Chile, capítulo 30) (Énfasis añadido).
[7] Relatos como el de Cabeza de Vaca –en último término personales, interesados y subjetivos–, basados en un testimonio propio y nunca corroborable, suponían para autores como Quintiliano (1887, p. 41) una suerte de antihistoria porque «cualquier hombre ruin se toma la licencia de fingir a su antojo en materia de libros… cuanto le ocurre, y con tanta más seguridad» cuando sus fuentes «no se pueden encontrar… Porque en cosas conocidas, es más fácil descubrir la mentira».
[8] Con respecto a esta manipulación de voces en el discurso, véanse Gaylord (2007, pp. 71-78) Diana de Armas (2000), Chicote (2006) y Maura (2011). Como recuerda el último con respecto a Cabeza de Vaca, «Pero Hernández [el supuesto secretario del explorador, que hace de narrador] será a Cabeza de Vaca lo que Cide Hamete Benengeli fue a Cervantes» (Maura, 2011, p. 186).
[9] «[P]ero cuando llegué a escribir la parte que en esta crónica a V. E. pertenece no me satisface con que tuviese un autor solo, sino dos juntos, pareciéndome que por ser cosas tan heroicas y extraordinarias no era razón perdonar punto de la autoridad que se le podía dar a la historia, y para ayudar yo algo (Mariño de Lobera y Escobar, 1960, «Preliminares») (Énfasis añadido).
[10] Énfasis añadido.
[11] Quien «tradujo esta grande historia del original, de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli» encontró una confesión escrita al margen donde Benengeli declara: «No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito» (II.24, p. 223).
[12] Bernal vuelve a repetir, por ejemplo, un par de páginas después que mientras «el venturoso y esforzado capitán don Hernando Cortés, que después, el tiempo andando, fue marqués del Valle y tuvo otros dictados… ningún capitán ni soldado pasó a esta Nueva España tres veces arreo, una tras otra, como yo. Por manera que soy el más antiguo descubridor y conquistador que ha habido ni hay en la Nueva España, puesto que muchos soldados pasaron dos veces a descubrirla». Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Aparato para Variantes (Díaz del Castillo, 1939, p. 5). La alusión al hecho de que Cortés terminara siendo «Marqués del Valle» aparece también en el capítulo XIX (Díaz del Castillo, 1939, p. 63).
[13] Bernal alude implícitamente a la malicia humana (envidia) como la causa que ha impedido la justa recompensa de sus servicios: «Y aun como la malicia humana es de tal calidad, no querrían los malos retratadores que fuésemos antepuestos y recompensados como Su Majestad lo ha mandado a sus visorreyes, presidentes y gobernadores» (Díaz del Castillo, 1939, p. 3).
[14] Así, en Don Quijote (II.1, p. 44), el caballero se pregunta:
¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas historias están llenas destas maravillas? y del modo que he delineado a Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión que tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas que hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía sus faciones, sus colores y estaturas.
[15] El pasaje refiere al capítulo X de Don Quijote, en el que este advierte a Sancho que: «Esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante» (I. 10, p. 147).
[16] Para Gaylord (2007, p. 66), resulta definitorio que la rara mención por su nombre a esta figura (Cortés) en el Quijote no aluda a sus supuestas dotes oratorias o «cortés» disposición, sino a su aguda estrategia de «barrenar los navíos» para forzar el avance de «los valerosos españoles» hacia la fama.[17] Énfasis añadido. El celoso extremeño, pp. 175-176.
[18] «The reproval of chivalry in Don Quixote may be read in various ways: as a wish to dismantle the outdated artistic forms of the romantic medieval chivalric fiction, as a wish to destroy the malingering chivalric codifications of Spanish waning imperialistic culture, or as both» (De Armas, 2000, p. 205). Traducción de la autora.
[19] Los «cautivos» describen Argel de manera similar a como Cervantes (1986, III.10, p. 343) había descrito las Indias en el comienzo de El celoso extremeño: como una ciudad para ellos «amparo y refugio de ladrones».
[20] Lozano detalla el «desenmascarmiento lingüístico de los cautivos» (Voigt, 2009, p. 665-667 [nota]).
[21] Énfasis añadido.
[22] Adapto aquí las conclusiones que saca Corner (2017, pp. 1101-1102) sobre la rentabilidad de las noticias falsas.
[23] «Que esas noticias sean verdaderas o falsas es secundario para ellos» (Cervera, 2019, p. 10).
[24] Como nota en Voigt (2012, p. 67).
[25] La expresión «the complex oscillations between truth and fiction» es de Garcés (2005, p. 247).
[26] Énfasis añadido.
[27] Véase la nota aprobatoria de D. Diego Vázquez Arze.
[28] Aprobación de Francisco de Ortega.
[29] «Los límites de España dilatando, / Cumpliendo el Plus ultra el alto que / Conquista , escribe, y doma con su azero, / Del rebelde Gentil la fuerza, el mando. / El bárbaro desorden concertando, / Informa y exercita al que primero/ Supo, y pudo rendir Cesar guerrero, / y Ulises en prudencia aconsejando» (Vargas Machuca, 1598, p. 4). Machuca es además uno de los conquistadores nombrados en el Quijote (I.8 y I.18).
[30] Prólogo de Mariana (1852, p. V) recuerda también que «las crónicas de los reinos están por cuenta de los reyes a su cargo».
[31] Aunque manifiesta ante que «en todo el discurso se tuvo gran cuenta con la verdad, que es la primera ley de la historia» (Mariana, 1852, p. IV).