Es fácil coincidir con Lisa Voigt en que la impunidad de la mentira que supone este episodio recuerda una vez más el éxito de cronistas fabuladores como Cabeza de Vaca o López de Gomara, que terminan recibiendo amplias recompensas, más que castigos, por los «embelesos» de sus historias. El hecho de que, en Cervantes, estos falsos cronistas cautivos terminen siendo instruidos en la «verdadera» historia sobre la que mienten recuerda, además, el uso que hacen los historiadores de relaciones más cercanas a los particulares de las tierras y condiciones indianas, como en la Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar Oceáno, de Gonzalo Fernández Oviedo de Valdés (1535, p. 2), en la que el autor recuerda que «después de mi tomassen este cargo de escribir las cosas de estas partes, hallaran ó sabrán muchas novedades, que podrán añadir ó acrecentar en augmentaçion destas historias». Con textos como este, los falsos historiadores no necesitan de suspicaces alcaldes o cautivos para «perfeccionar su historia de manera que no pudieran ser cogidos en la mentira». No parece, por tanto, casualidad que en este mismo episodio del Persiles (III.10), los peregrinos protagonistas sean recibidos con la expectativa de ser farsantes también: «Vosotros, señores peregrinos, … [t]raéis otra historia que hacernos creer por verdadera aunque la haya compuesto la misma mentira?» (III.10, p. 350).
En suma, este capítulo del Persiles ilustra dos razones básicas por las que, cuatrocientos años después, audiencias cercanas y lejanas siguen cautivadas por ficciones deficientes que alimentan el poco fiable ecosistema literario o informativo que las mantiene: la falta de consecuencias reales y/o legales para los autores responsables de esas ficciones y la existencia de un público interesado en el consumo de estos rumores, bulos o fábulas aseguran su popularidad y éxito comercial.[22] Dice José Cervera (2019, p. 10) que el elemento clave para la perpetuación de las noticias falsas no es solo que los lectores o receptores no «est[é]n interesados en información verdadera, sino en información que sirva para aproximar la visión del mundo que ya tienen, y que comparten con otras personas», a lo que se añade la obvia satisfacción, a manera de corroboración personal, que estas historias provocan.[23] Mientras que hoy en día ese deseo de corroboración –o de afirmación de una identidad individual o política– se convierte en el factor aglutinante de todo un colectivo, en el caso del siglo XVII, el gran apoyo del público a los fabulados cronicones indianos parece recabar un «gustoso» deleite menos interesado.
El Persiles demuestra las consecuencias de ese deleite, especialmente cuando, mezclado con una aguda manipulación retórica, consigue suspender el juicio de las autoridades de la comunidad (los alcaldes). Ya en Don Quijote, precisamente con la historia del supuestamente «verdadero» cautiverio de Pérez de Viedma, Cervantes advertía a su lector del peligro de los embelesos de estas historias:[24] «Por cierto, señor capitán, el modo con que habeis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala á la novedad y extrañeza del mesmo caso. Todo es peregrino, y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye; y es de tal manera el qusto que hemos recibido en escuchalle, que aunque nos hallara el dia de mañana entrentenidos en el mismo cuento, holgáramos de nuevo se comenzara» (I.42, p. 514).
Este «gusto», que en la sensata opinión del canónigo de la primera parte de Don Quijote era «ocioso y falso», constituía el éxito de géneros literarios perjudiciales como las «fábulas milesias», narrativas que para el canónigo resultaban objetables por constituir «cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente» (I.47, p. 564).
No es, por tanto, al menos en Cervantes, la embelesada audiencia de un relato (falso o no) la mejor equipada para refutar o descreditar su historia. Ese proceso crítico debiera, en un principio, recaer sobre los hombros del autor (que «es menester [tenga] un gran juicio y un maduro entendimiento» [II.3, p. 64]) y, en su defecto, sobre algún tipo de autoridad editorial encargada de diferenciar las historias verdaderas de las falsas, identificando estas últimas con algún tipo de «maseñal» que, como sugiere la sobrina de don Quijote, sea capaz de indicar la «fábula y mentira» que contienen tales historias que, «ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres» (II.6, p. 81).
En Cervantes, mientras la ficción histórica parece impune a cualquier tipo de consecuencia o descrédito, la falsificación literaria parece tener mejor corrección. Las palabras de la sobrina parecen premonitorias del tratamiento que recibe la segunda parte apócrifa escrita por Avellaneda.[25] La «infame» usurpación literaria es expuesta en la «verdadera» segunda entrega de la historia, donde queda indeleblemente marcada a través de claras estrategias con las que se expone o ridiculiza la falsedad del texto. Así, queda patente para todos los lectores la inversión satírica de conocidos alegatos clásicos, como el de que «no hay un libro tan malo que no tenga algo bueno» o la decisión de visitar Barcelona en lugar de Zaragoza para desdecir a su autor falso, sacar así «a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno» y recalcar que «yo no soy el don Quijote que el dice» (II.59, p. 490). Cervantes permite, además, que Quijote y Sancho confronten a un testigo / amigo / alter ego del autor falso, Álvaro Tarfe, al que dejan exponer su impostura antes de descubrir su identidad como verdaderos protagonistas –no los falsos, fictios, apócrifos, «que en falsas historias estos días nos han mostrado» (II.61, p. 507)–.
Como lectores, no asistimos a una clarificación categórica semejante con respecto a la falsedad histórica. Obviamente, la falta de existencia de una verdad histórica, única y objetiva no lo permite, pero Cervantes deja claro, en apartes narrativos, las disposiciones necesarias para llegar a estar más cerca de esa pretendida objetividad y transparencia. Así, don Quijote recalca, por ejemplo, que deben «ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, [para] que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia» (I.9, p. 145).
A pesar de que la literatura se encuentre casi siempre con la historia, parece sumamente difícil recuperar la verdad histórica a través de la literatura; estrategias satíricas, como las de la alusión burlesca (que prima en el Quijote) o las alegóricas (que caracterizan el Persiles o novelas ejemplares como El celoso extremeño), cuentan con claras limitaciones, puesto que una audiencia poco sensible o abierta a la ironía o la metáfora perderá o tergiversará –voluntariamente o no– estos ángulos interpretativos. La exposición o el descrédito de la mentira tampoco se consigue solo con invocar la verdad y nada más que la verdad en el texto, una meta impracticable. Diferentes sectores de la comunicación empiezan a señalar el proceso de revisión editorial como una de las estrategias más productivas para exponer la falsedad, al menos en ámbitos periodísticos (Tandoc, Edson C.; Zheng Wei, Lim y Ling, Richard, 2017).
El gran adalid de la libertad que es Cervantes defiende repetidamente un proceso parecido de revisión editorial, a veces por motivos estético-morales. Al hablar de los historiadores de la primera parte de sus aventuras, interesados en publicar los detalles más humillantes de su historia, comenta por ejemplo don Quijote que «también pudieran callarlos, por equidad… pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué encribirlas si han de redundar en menosprecio del señor de la historia» (II.3, p. 61). La idea vuelve a repetirse en múltiples pasajes y obras, especialmente en el mencionado capítulo de los falsos cautivos del Persiles, donde se recalca que «no todas las cosas que suceden son buenas para ser contadas, y podrán pasar sin serlo y sin quedar menoscabada la historia: acciones que por ser grandes, deben callarse, y otras que por bajas no deben decirse» (III.10, p. 343). Aunque Cervantes asigna este proceso de selección al autor primero, sugiere también la existencia de un entramado editorial encargado de realizar un verdadero proceso de evaluación –o aprobación– de un texto, ya se trate de una comedia, ya de una novela de caballerías:
Y todos estos inconvenientes cesarían, y aun otros muchos más que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen, no solo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen representar en España, sin la cual aprobación, sello y firma ninguna justicia en su lugar dejase representar comedia alguna, y desta manera los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte y con seguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían… Y si se diese cargo a otro, o a este mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz de los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los más ocupados, pues no es posible que esté continuo el arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación (I.48, p. 570).[26]