POR ALBERTO FUGUET

1.

Hace justo una década publiqué una novela acerca de una práctica nueva en el mundo gay masculino, una suerte de cruising digital que, en su momento, me pareció novedoso: ligar sin ojos, sin olfato, usando, por un lado, la tecnología, esto es, la aplicación Grindr para celulares, y, por otro, la palabra, porque además de las fotos de perfil y las enviadas, la dinámica consistía en chatear con desconocidos. Se podía ser audaz, frontal, pero también había distancia, lejanía, un espacio seguro que, de a poco, y si ambas partes lo deseaban, podía ampliarse por fuera del marco del teléfono.

¿Tienes lugar?

La novela la titulé Sudor y, antes de emprender el desafío, me propuse explorar un par de temas que, sentía, no habían sido explorados por escrito y menos en español y, más específicamente, en América Latina. Uno era, por cierto, el deseo homoerótico entre hombres (sin culpa, con algo de intimidad-hermandad-conexión) y, de paso, revelar algo así como las normas o protocolos y rituales de seducción del submundo gay en una ciudad cosmopolita del Cono Sur. La apuesta era escribir una novela gay donde nadie muere por serlo (aunque en ella alguien sí muere de hemofilia) y que, además, se despojara del género de «salida del clóset».

2.

La otra meta era tratar de capturar, para luego, tal vez, desmenuzar el presente como si fuera una novela naturalista. Opté por el año 2013 (el último de la primera administración del expresidente Piñera), no quería que ocurriera todo en el muy presente año 2015, que fue cuando la terminé.

¿Por qué las novelas rara vez ocurren en el ahora? ¿Por qué buena parte de las películas, especialmente las independientes, documentan el presente?

En el cine la razón es porque resulta más barato. Pero, en ficción, el ahora asusta un poco.

3.

La novela causó bastante escándalo. En México me costó una amenaza de muerte. Más allá de que, en parte, se basara en Carlos Fuentes y su hijo maldito (que yo remezclé en un chico de mundo, apátrida, ultragay y fotógrafo-poeta morboso), me amenazaron por no tener filtro, por no medir las consecuencias, por nombrar lo innombrable. Para resumirlo en cuatro palabras: por no tener pena. Además, a muchos les pareció «demasiado gay» para ser tomada en serio. A otros, «desmesuradamente actual»: un entrevistador en la tele me preguntó si acaso no temía que la novela pasara de moda por eso mismo.

De inmediato, Sudor quedó fuera del canon hetero-blanco y aquel al que pertenecen escritores y escritoras ambiciosas que escriben para ganarse el Alfaguara o, mejor aún, el Cervantes. No fue el fin del mundo, pero, de todos modos, sin haberlo deseado ni propuesto, me marginé.

Y me liberé.

A ratos, al mundo de la cultura le gusta vestirse de progre, pero suele ser conservador. Mejor que pase el tiempo y tener perspectiva, siente. En literatura, y algo me dice que en la academia también, se tiende a escindir lo privado de lo público. Si vas a tocar un tema, debe ser porque es político, porque es tendencia o porque ilumina el presente pero siempre desde una muy requerida distancia.

4.

¿Cómo se narra el presente?

¿Cómo se filma?

¿Cómo se estudia?

Sin pena, por cierto.

Y entendiendo que las cosas cambian.

5.

El presente, ahora que estamos en el futuro, dura muy poco. Los cambios generacionales están intrínsecamente ligados a la tecnología. Las relaciones abiertas y el poliamor, por ejemplo, ¿aún son o ya están en el pasado? En ese pasado que partió, tal vez, en 2007 con la irrupción del iPhone.

A veces tengo la impresión de que lo que sucede ahora es una fusión de asexualidad mezclada con un exhibicionismo total. La era de la «sin pena» unida a una profunda vergüenza interna.

Pero no me atrevo a apostar. No me consta. Sí me consta esto: narrar (y estudiar) el presente es clave, urgente. Al menos, a mí me interesa mucho. Como autor (percibir las señales emitidas desde la fiesta, ver lo que otros no ven) y como lector (deseo que expliquen el ahora y tal vez lo que se viene). La literatura y el cine pueden aprender a partir del modo en que se expresan quienes quizás no hacen arte, pero se revelan y desnudan. Algo sucede ahí. Algo vulnerable, expuesto, frágil, que sin duda surge desde una adicción a los likes, a la necesidad de agradar y a la idea de que la verdadera intimidad no se puede exhibir, pero todo el resto sí.

6.

Sudor iba a escribirse sin pudor, sin pena. Iba a ser, incluso, porno, en lo impúdico, en lo explícito. Iba a mostrar más de lo que se debe, y no solo en lo sexual, sino en las marcas, los nombres, los chismes. ¿Se podía narrar el deseo y darle un sentido literario a la mirada gay? Pensé: ¿cómo se plasma lo carnal?, ¿puede el género erótico, confeccionado para masturbarse, ser algo más, tener prosa, ritmo, punto de vista?

En ese sentido, ahora me parece producto de una época, de un mundo más pudoroso y donde, por extensión, el deseo es necesariamente una transgresión, parte de un conflicto o una forma enmascarada de conexión.

7.

Lo que más me fascinaba de Grindr era la posibilidad de intimidad, de usar el lenguaje para conversar y penetrar mentes, desactivar miedos, armar una fantasía que provocara querer llegar a algo más, aunque ese algo más fuera un encuentro sexual, algo que yo sentía (y sigo sintiendo) no debiese ser visto como «casual» o poca cosa, porque siempre un encuentro implica una conexión entre dos mundos y un acercamiento, al menos, de dos intimidades, aunque aquello se niegue. Grindr iba a ser, pensé, el lugar desde donde iban a nacer los nuevos poetas.

¿El que escribía mejor lograba mejores resultados?

Eso pensaba.

O pensé.

8.

Me da pena.

Qué pena con usted.

Lo dicen en México, en Colombia, algo en Perú. En Chile: me da pudor, me da vergüenza.

La vergüenza surge tanto de adentro como desde los ojos que miran.

Me da pena sacarme todo.

Qué vergüenza, qué pena, el mandamiento más feroz de la represión.

Esta es la norma en el mundo en que me crie. Un mundo donde el porno era tabú. Los cuerpos existían para esconderlos y, a lo más, para usarlos de manera subrepticia, puertas adentro. Cierto: el arte antes estaba lleno de cuerpos, casi todos cuerpos de mujeres; aunque, sí, estaban también Caravaggio, el David de Miguel Ángel, Hockney… Pero la mirada, the gaze, era masculina, hetero y sublimada casi siempre. Lo más «pasado para la punta», lo más explícito, pertenecía a los márgenes. Estar ligado al porno no era bien visto; menos dedicarse a ello o coquetear con la idea de, como se dice ahora, crear contenido (gran concepto) erótico.

9.

Pero, de pronto, todos se exhiben.

Cero vergüenza.

Conozco a tanta gente desnuda (casi todos hombres, cierto).

A veces la forma de exhibición me provoca pudor. ¿Por qué lo hacen? No me refiero, por ejemplo, a Zipolite, la playa nudista de México; me refiero a Instagram, a TikTok, a X, a las redes sociales. Es la fiesta de la impudicia (¿estoy moralizando?, sí, un poco). Todo de pronto (¿fue para la pandemia?) se expone: ideas, libros, rostros, méritos, vidas, cenas, hijas, hijos, tropiezos y, por cierto, cuerpos.

Todos quieren exhibirse.

Antes «desnudar» se usaba como metáfora. Desnudar a una persona, una alianza política, una clase social. Sacarle la máscara. Ahora todo es literal. Muchas personas desconocidas o «vínculos virtuales» me agregan al círculo verde de los mejores amigos en IG. ¿Lo somos? No. Pero el círculo verde es, en realidad, un código para expresar que «tenemos muchas cosas en común» y, aunque no lo crean, también algo como «estoy disponible» o «sé que eres morboso igual y somos de la tribu de los sin culpa».

No juzgamos.

¿No juzgamos?

No hay pudor. OnlyFans, mejores amigos en Insta.

Cada vez conozco más gente que no solo consume porno sin culpa, sino que lo practica. Se dedican a eso. Y sus bonos no bajan, aumentan.

Mostrarse: para que te vean.

¿Por qué no?

No más pena.

Bienvenidos a la era de sin pudor.

O, como me aseveró un chico que hace porno y es anfitrión en clubes sexuales: «Me da más pudor conversar, o estar con alguien cenando, ambos vestidos».

10.

Después de Sudor, en vez de escuchar el «coro del decoro», decidí perseverar. Algo estaba pasando con respecto a la moral, pero particularmente con la «representación de los cuerpos» y la «falta de vergüenza».

¿Podía el arte robarle algo al porno?

¿Podía el porno tornarse arte?

Un insight que aprendí post Sudor rodando películas.

Durante Cola de mono, cinta ambientada en los ochenta, mucho antes de la posibilidad de exhibirse en línea, íbamos a rodar una escena de cruising «análogo», en un parque. Los actores tenían todo claro, pero eran solo dos. Necesitábamos más chicos para que se notara que era un lugar de encuentro. «¿De dónde sacamos chicos?», le pregunté al productor, algo desanimado. Además, pensé, no hay dinero, serán extras, deberán salir «medio desnudos» y, ojalá, «tocándose entre ellos». «No hay rollo, llegarán en media hora», me dijo.

Lo anuncié en Instagram. Puse: BUSCO CHICOS PARA UNA ESCENA HOT. Y se llenó el parque.

Todos quieren mostrarse, sobre todo, si es para la cámara.

¿No les da vergüenza? ¿Y por qué les tendría que dar si se sienten lindos?

Quizás no todos son exhibicionistas (palabra moralista), quizás se desnudan para probarse algo, vencer el pudor o para tener un recuerdo futuro de cómo fueron hoy. Posan, tal vez, para saltar una valla personal, para abrazarse y disfrutar sus cuerpos que encierran todo lo que tienen dentro y los vuelve tan especiales, tan únicos.

11.

¿Qué es chudai?

La palabra nueva, el aporte de las redes sociales al morbo. Se usa como hashtag o código. Connota follar, coger, etc., pero también acabar, estallar. Chudai es algo en extremo sexy que produce «cosas». Viene del hindi. Se emplea para saltarse la censura digital y tener otra forma más «amigable» de describir, anunciar o advertir un contenido sexualmente intenso o hardcore.

12.

#Chudai.

En un mundo globalizado, existen vocablos que no necesitan traducción pero que todos entienden: poppers, top, horny. ¿Qué palabra puede ser masculina, sexual, vulnerable y levemente risqué al mismo tiempo? ¿Qué palabra puede alterar y expresar deseo homoerótico? Precum. Líquido preseminal. Una de las secreciones exclusivamente masculinas que, según algunos amigos, prueba que Dios es, al menos, bisexual. Si las mujeres se lubrican naturalmente, ¿entonces por qué un hombre necesita mojarse con una sustancia viscosa? ¿Solo para tener más lubricante natural, o quizás también para poder ingresar a orificios que no se lubrican por sí mismos? El precum es un concepto masculino, que el mundo gay se ha apropiado.

Me mojé; estaba sticky, wet, slippery; puta el hueón mojado.

El precum, tal como las lágrimas, delata: evidencia que un hombre está muy excitado, que ha perdido el control, que está dispuesto a todo, digamos. Un hombre mojado no puede decir que no está embalado.

Precum funciona, pero líquido preseminal…, no es una palabra, es un término médico.

¿Dice algo de nuestro idioma, de nuestra cultura?

13.

Han pasado diez años desde 2016, pero tecnológicamente han transcurrido muchos más. Todo ahora crece y avanza (y retrocede) de mamera exponencial.

Hoy no escribiría una novela acerca de Grindr. Creo que escribiría una novela sobre un chico tímido y solo que, de pronto, gracias a OnlyFans y cierto trabajo sexual, se vuelve famoso.

Podría llamarse Chudai.

 

Alberto Fuguet es autor de Sudor, Ciertos chicos y Ushuaia, entre otras novelas. Su trilogía cinematográfica del cuerpo masculino consiste en las películas Cola de mono; Siempre sí y el documental Todo a la vez acerca de los fotógrafos Paco y Manolo de la revista Kink de Barcelona. Su último guion es para la película Muy adentro, que fusiona el porno con el drama conyugal y fue dirigido por el director mexicano de cintas chudai Omar Flores Sarabia.