
Cuando escribo ficción, los materiales que uso se despliegan contagiados de obsesiones personales; cuando hago no-ficción, mi voz articula voces que proceden de otros textos, de otros cuerpos, de otros tiempos. Mi escritura es populosa porque arrastra una herencia literaria y cultural que me atraviesa y me encarna. Un legado femenino, una estirpe de autoras, obcecadas como yo, en extraer de las piedras un sentido a nuestro ardor, a la rabia, a los deseos, al amor, a la existencia. Me resulta imposible establecer distinciones entre cuerpo y escritura, entre palabras y afectos, entre el yo y la otredad, entre experiencia vital y trabajo literario. De mi incapacidad para escindir la escritura de mi propia biografía, de la tensión que emborrona las lindes entre lectora, escritora y persona surge una voz autorial que busca amplificar la intimidad hacia afuera, que propone recorrer la piel del mundo exterior, ser golpe y ser caricia, superficie de contacto.
El tacto es una acción que modifica y afecta a los cuerpos implicados. Por eso la hibridación: junto ensayo y poesía, la no-ficción ficcionada, la narrativa sin intrigas, las preguntas y los huecos, el fragmento y los saltos, las cascadas en el flujo de escritura, el yo central y a la vez el yo que se adelgaza hasta desaparecer en la forma literaria.
*
Pienso la literatura como un cuerpo que está vivo; por eso, cada uno de mis libros tiene un particular sistema respiratorio, una voz y un aliento, silencios, pausas, un ritmo. La literatura es una cadencia lingüística que da forma y encarna inquietudes y preguntas. Tal vez por esa razón cuando escribo no pienso en términos de géneros literarios. Sus fronteras me molestan. Sus convenciones me atan. Mis narraciones no se apoyan en las tramas, mi poesía no hace versos, mis ensayos no operan por tesis y conclusiones. Mi escritura propone un bastardeo de géneros: la hibridación me permite respirar sin restricciones y abordar los conflictos que emanan de estar viva como una indagación: los textos son territorios que se abren a la deriva, a un deambular por los modos en que este mundo me afecta, un rodar por las maneras en que habito lo real, cómo influyo a los demás, cómo nos enzarzamos.
Escribo para encontrar las preguntas adecuadas que no pueden responderse con verdades concluyentes, que no tienen solución. Me interesan los visajes entre la sombra y la luz, esos juegos que intuyen la enorme complejidad de la experiencia humana. Parto de mis vivencias, pero no con la intención de consignar lo que en ellas hay de vida individual; lo que quiero es trascender mi propia intimidad y alcanzar a los otros, convertirme en común a través de la palabra. Que cuando diga mi cuerpo esté diciendo los cuerpos, que si escribo mi deseo esté escribiendo el deseo. No reducirlo o simplificarlo; complejizar la experiencia, adentrarme en los conflictos y en las contradicciones que comparto con vosotros. Conseguirlo. No basta con intentarlo. Yo anhelo convertir el material personal en un lugar literario de construcción de sentido compartido y coral. Ser común no es ser espejo, es salir hacia los otros y explorar las diferencias. Es inventar una grieta y hacer de la fractura una instancia poética y colectiva. Persigo desvincularme del lastre identitario, pero utilizo el yo para borrarme de en medio. En esa contradicción se halla una de las fuerzas que animan mi escritura.
Escribo para buscar lo extraño que hay en mí, para trazar en mis textos caminos para que otros encuentren sus extrañezas y sus propios desencajes. Que el terror y la belleza que nos hace vulnerables transmuten en la aceptación de que la experiencia estética no va a salvarnos de nada pero que puede alumbrarnos acerca de quiénes somos, de quiénes fuimos un día o de cómo proyectar futuros posibles.
*
Invoco a los lectores para que ocupen conmigo las dudas y los vacíos, la esperanza y la derrota, que con su propia experiencia colmen o den sentido a los huecos resonantes que dejo entre dos palabras. Que se apropien de mis textos y que rompan el reflejo que arrojo contra ellos. Lo que busco con mis textos es invitar al lector a que construya conmigo otros imaginarios, o que imagine los propios, un intercambio que ensanche nuestra experiencia de mundo y nuestra intimidad. Porque igual que con el tacto recorro un cuerpo amado, me vuelco en él, me deshago y reescribo mis contornos, la escritura polimorfa me permite desplegarme, encarnar, desencarnar y fundirme en la palabra, una palabra que anhela tocar los bordes de aquello que no se deja atrapar. Escribo y estiro el brazo para tratar de alcanzaros. El ensayo literario es ese espacio (im)posible donde puedo respirar en completa soledad y en urdimbre con vosotros.
El ensayo que practico, o que espero practicar, busca quebrar los espejos de lo mismo siempre igual, abrir huecos, que por ellos entren el aire y los problemas, que haya respiraderos e indagación literaria. En el ensayo poético o el ensayo ficcional, los referentes reales caen desbarrancados por los vacíos del texto o se pierden embarrados por otras voces ajenas. Autora y nombre no encajan en una sola instancia: son reales y no son. A veces, de vez en cuando, hago magia o jugueteo con la ilusión y el engaño y cruzo como Alicia del lado de la poesía. Lo importante es el cuerpo que se sostiene en la malla de la forma literaria. La hibridación me promete la emergencia de un mundo que existe por sí mismo y que puedo ocupar sin miedo y sin prevenciones y acaso aproximarme a un sentido sin certezas.
Probatura y error.
*
He observado una tendencia que empobrece y atenta contra lo literario. Novelas testimoniales que toman sus materiales de las miserias, los traumas y los daños de un yo no solo como origen o excusa para crear, sino también como espacio de tránsito y de destino; el resultado final son consignas de denuncia, de venganza y victimismo. Su relevancia no tiene que ver con lo literario. No hay manipulación ni trabajo con el lenguaje. No hay historia que complique la experiencia de mundo o que abra hacia los otros signos de interrogación. Su importancia es el tema. Un tema que se impone unívoco y sin conflicto. Sin fisuras, no hay sitio para el lector que no busca en los textos fórmulas tranquilizadoras. No basta con intentarlo o simular con un par de metáforas baratas que el texto es literario. Libros que se presentan sin conflictos y sin sombras, sin dudas y sin agencia. Parecen querer decirnos «Lea el libro que podría haber escrito usted. Mírese en este espejo limpio y esmerilado, siéntase reconfortada». Contra las imposiciones de los relatos que dicen cómo vivir lo real, el ensayo literario ejerce una contrafuerza o debería ejercerla.
Aquí hay una grieta, dice el ensayo, y el lenguaje entra en ella.
La grieta es un silencio o un espacio de crisis, un vacío o un trance. El origen del sustantivo krisis es el verbo griego krinein, que significa separar o decidir. Crisis es separación, una cosa que se rompe y justo porque se rompe debe ser analizada. Nos rompemos todo el tiempo, ahí ubico mi escritura. Persevero en aquello que se resiste a nombrarse. Persevero en el desierto. Escribir es un erial. Se hace desde la sed. Pero la sed es deseo. Un deseo que se escurre como agua entre los dedos. Por eso sigue la sed y por eso, la escritura.
El deseo es el impulso de alejarse del sí mismo a través de otro cuerpo.
El deseo es promiscuo: se abre a la piel del mundo.
Mi escritura se obstina en su anhelo de belleza.
La belleza que es perfecta no puede ser amada ni deseada. Es intacta y sin heridas. No tiene marcas. Es impoluta. Cerrada. No puede dar ni recibir nada. Algo así dice John Berger.
Mi escritura es imperfecta. Mi escritura no alcanza. Mis libros son resultado de un fracaso literario que decide no aflojar y seguir con el problema.
*
Mis ensayos literarios no pretenden ofrecer un estado de las cosas objetivas como son; me interesa atender a qué temblores merecen el asombro y la escritura. «Los albaricoqueros existen» escribió Inger Christensen en su poemario Alfabeto. Desde ese verso inicial, el libro va progresando lentamente, demorado, por las cosas que existen –los susurros, los jardines, las fronteras, los fusiles, las cigarras, las hambrunas, las glaciaciones, el trigo o una noche de junio– y de un modo natural llega a Hiroshima y a Nagasaki. Escribe para llegar al hueso de su dolor: «La bomba atómica existe», dice Christensen. Y luego, a continuación: «Los niños gritan / y casi ahogan el trino de los pájaros». En esa intersección entre vida material y mirada subjetiva, entre las cosas reales y una imaginación que no huye y que se aferra a la experiencia común, es posible la poesía, un universo que tiene su condición de existencia en virtud del folio en blanco. Por eso son importantes los huecos y los vacíos, los silencios, la mudez y el estupor que genera estar vivos.
*
La escritura fragmentada no solo es inherente a la indagación poética, sino al intento de huir de la propia identidad y convertirla en lenguaje. Inmolarse y a la vez existir como forma literaria: «Llamadme Begoña. Llamadme X. Llamadme Nadie». ¿Qué es un auténtico yo? El que se rompe y se quiebra. Mi pacto con el lector es hacerme responsable de lo ambiguo y de lo frágil, de la duda y la pregunta, de la fricción de un cuerpo con el mundo y con los otros. Mi compromiso se mueve entre el pacto ficcional y el pacto referencial. No busquéis en mi escritura un modo de conocerme. Mi verdad es literaria, neblinosa y precaria.
«Llamadme Ismael».
No me siento responsable de los efectos que un texto que juega con la ficción y con la vida real pueda tener sobre los lectores. No escribo para hacer daño, aunque es cierto que a veces, como ocurre en el amor, se hace daño sin querer. No me siento responsable, no escribo para dañar, pero me gusta pensar que mi escritura incomoda, que en ese desacomodo hay una fuerza que anuda la experiencia literaria con la vida de los cuerpos. Escribo para entender, escribo con ira feminista, con hambre estetizada, alérgica a la carroña. Quiero ser radicalmente elegante, serenamente furiosa, ser el fuego que calienta y no el que quema montes. No me siento responsable de si alguien se molesta, se enamora o se angustia, si se avergüenza o me odia, si le doy felicidad o no le provoco nada. No me siento responsable más que de mi trabajo poético, conmigo misma en el texto, en soledad concurrida, profusamente habitada.
La poesía no es revolucionaria, es un gesto solitario de persona que se asombra, no puede dejar de hacerlo, ante el hecho de estar viva. Escribir es a la vez desear una burbuja y querer embrutecerse con el fango de este mundo.
Escribo para encontrar las preguntas adecuadas sobre el tiempo, la memoria, la identidad y el deseo. Quiero un yo desarrapado, anoréxico y voraz, monstruoso, inmoral, totalmente insoportable. No quiero ser ejemplar, ni un modelo de conducta. Construyo formas poéticas para meterme ahí dentro y convertirme en ficción. Mi esperanza es aliviar la aspereza de estar viva. Pero, como afirma John Berger, «La esperanza es una oquedad cortada a pico. Las esperanzas precisan su propio hueco. Suben o bajan como un ascensor».
Y de nuevo la fisura, el vacío, el fragmento. La indagación de la crisis, de todo lo que anda roto o que se puede romper, lo que quebramos aposta, lo que perdemos. Todo lo que encontramos entre ruinas y escombros. La escritura fragmentada ensaya entre dos silencios; su estructura es invisible y procede en cascada de imágenes vinculadas por anhelos o recuerdos, la asociación sorpresiva, el fogonazo de luz, su retirada a las sombras.
*
Hay textos que hacen imposible cualquier duda sobre si se está leyendo o no literatura. Eso es lo que persigo con mi escritura: complejizar el lenguaje que vehicula la vida porque la vida es terrible y es difícil entenderla y luchamos por fijar un sentido inexistente a tanto pasmo y espanto, a tanto amor y derrota. Ensayar es conseguir que el lenguaje se convierta en un gesto relevante: un nimio contrapoder, un aullido, un susurro. Que exista y que alcance a mover vuestros cimientos, que destruya y rehaga imaginarios comunes, que rompa con la esclerosis que organiza el mundo, que alcance a intuir otros símbolos capaces de ofrecer algún sentido sobre la experiencia humana.
El género del ensayo permite explicitar el proceso de escritura, las costuras del relato, el titubeo, el fracaso, la reescritura, el hallazgo. Es consciente de sí mismo y sin embargo es humilde o tal vez porque es así incorpora el error y la rectificación como conquistas: celebra la imperfección, la incorrección, el tropiezo. Se escribe para saber qué se quiere escribir, cómo se quiere decir lo que se quiere decir. Su espacio es holgado y amplio es su horizonte. Entre la vía imaginativa y la escritura autobiográfica, está el ensayo-ficción o el ensayo poético, ese híbrido modesto donde el yo que se despliega es antiautoritario, trastabilla y da vueltas alrededor de preguntas que no pueden responderse o acaso no del todo.
Y por eso escribir.
Seguir escribiendo.