
En su enciclopedia utópico-materialista Borrador para un diccionario de las amantes, Monique Wittig y Sande Zeig dan una definición de lesbiana donde la palabra queda vinculada tanto a la vida comunitaria como a la práctica del amor erótico. El libro, publicado originalmente en 1976, traducido al castellano por Cristina Peri Rossi en 1981 y recientemente editado por la editorial Continta me tienes en 2023, es un dispositivo de imaginarios en fuga a la narrativa histórica que explica el mundo como heterorrealidad. En él, las cocreadoras y amantes Zeig y Wittig ofrecen la siguiente aproximación a la palabra «lesbiana»:
«Aquella que vive en un pueblo de amantes, aquella cuyo interés se dirige en primer término a sus amantes, aquella que siente un deseo violento por sus amantes, aquella que “no vive en el desierto”, que no está “perdida”» (2023, p. 135).
Vir Cano, en su trabajo crítico sobre la obra de Wittig, señala cómo el término «lesbiana» en el Borrador se aleja de la afirmación de una esencia identitaria estable, ofreciendo un espacio donde imaginar otras formas sensibles y narrativas de «propiciar un otro-mundo-en-común» (2026, p.101).
Como posición subjetiva y agente en un espacio comunitario, la lesbiana aparece orientada hacia una potencia erótica cuyo destino es el enlace. Esta potencia deseante es violenta, dado que solo por existir ya transgrede un límite –¿material? ¿moral?– al obcecar su deseo hacia las otras. Amantes es un término que en el Borrador se articula en plural: aunque puedan ser dos, o una multiplicidad, refiere a lo comunitario. Siguiendo la lectura del Borrador, el eros lesbiano otorga, desde su diferencia radical, sentido y lazo comunitario. La comunidad, a su vez, tiene la capacidad de multiplicar la alegría y la fuerza de cada amante. Así la práctica del amor puesta en común constituye mundos habitables de contrasentido, mientras que potencia la vitalidad de cada una.
El pueblo de amantes, como forma de organización social, es uno de los motivos más repetidos en el texto. Un pueblo de amantes se establece en distintos territorios y, como vemos en la cita, asegura a sus componentes un tipo de orientación. Nos dicen las autoras que quien vive en un pueblo de amantes no está perdida, sino que perdida está quien «no vive con lesbianas, en pueblos de amantes» (2023, p.170). Como apunta Vir Cano, es importante tener en cuenta que en la obra de Wittig no se da un embellecimiento ni una edulcoración de las realidades afectivas cuir. La orientación que otorga el eros lesbiano pasa por la experiencia de la unión y el conflicto, del encuentro y el desencuentro, del hambre y la distancia, es decir, por una experiencia dulce-amarga del lazo.
Wittig y Zeig enlazan vivir y amar como un continuo. En la entrada «vivir», llegando al final del diccionario, se nos sugiere volver a las ocasiones en las que se utiliza el verbo «vivir» unido a las amantes, y leer retrospectivamente «vivir/amar» (p.208). Amante es la que «vive/ama», no es sujeto constituido que después ama: se constituye como amante en la práctica mediante la cual sostiene cierta disposición vital.
¿Cómo seguir pensando y figurando una comunidad de «practicantes» del amor? Desde la teoría crítica, la obra de Teresa de Lauretis La práctica del amor: deseo perverso y sexualidad lesbiana (2026), traducida por Javier Sáez, ofrece una noción de práctica orientada hacia el registro de la diferencia en el deseo. De Lauretis estudia lo lesbiano no solo como vía hacia la sexualidad sino como «una forma de subjetividad psicosocial que implica una producción diferente de referente y significado» (2026, p.22). Pensar en una práctica subcultural del amor es por tanto sostener la afirmación de que las diferencias en el deseo pueden ser creadoras de mundo.
¿Cómo atender a estas diferencias? Para abrir paso al registro de otros mundos de sentido transitables necesitamos prestar atención a los detalles de las obras que traen consigo un pulso a la matriz simbólica heteropatriarcal, capitalista, colonial y monógama. No es una tarea sencilla, puesto que la atención a la diferencia y a la fuga y su inscripción en lo textual requieren un tipo de lectura insistente, sensible, tan hambrienta y obcecada como el deseo de quienes escribieron los textos que leemos hoy.
De a dos o varias: múltiples, los amores
«Incluso cuando duermen de a dos o varias» así comienza la definición que el borrador ofrece para la palabra «lecho» (p.133). Espacio material favorito, es referido en el borrador por ser un lugar donde el lazo se refuerza. Dicen las autoras que el lecho lo comparten «dos o varias»: no hay jerarquías de organización y, en esa pluralidad posible, también entran los animales. Perras, pájaras, serpientes, ratitas, gatas tienen lugar en el lecho. Escrito por dos amantes, Wittig y Zeig, que viajaron juntas a Grecia siguiendo la mito-genealogía sáfica, el Borrador destaca por registrar, tanto las historias de amor de pares, como la multiplicidad y la variación en los lazos de deseo.
Mientras que son celebradas Latona y Níobe –por amarse con tierno amor– (p.132), Juana de Arco y Haiviette –por amar, dormir, y combatir juntas– (p.132), la entrada «Múltiples (los amores)» cuenta la historia de las misias y las lidias, que no tenían una amante en particular y preferían los amores múltiples (p.154). Vir Cano (2026) recoge con estas palabras la cohabitación no jerárquica en el Borrador entre la experiencia amatoria del dos y de lo múltiple: «En la ensoñación sáfica de Wittig, el par no está prohibido pero tampoco forzado y las amantes se suman, se mezclan, se confunden, se pierden, se amuchan, a veces desaparecen y otras, simplemente, se dejan caer» (p. 123).
La entrada correspondiente al término «amantes» contiene una frase de Safo que emerge al margen del pensamiento monógamo: «en belleza cantaré a mis amantes» (p.26). Safo, piedra angular de la cultura lesbiana en el Borrador, es amante de más de una. Del mismo modo, a quien Safo ama, es amante de otra. No hay una pregunta sobre si esto sucede en simultaneidad o a través del tiempo, el caso es que como amante Safo queda definida por su potencia de enlace erótico, que no existe orientada a un proyecto de pareja o familia tradicional.
En nuestra opinión, uno de los detalles más bellos del libro es cómo Safo aparece vinculada a una práctica del deseo que lo entiende como potencia no regulada por la ley simbólica, ilimitado en sus devenires e irracional a la par que ético. La práctica de eros escapa a la racionalidad moderna y es ética puesto que se da situada en la comunidad de amantes, espacio afectivo donde coinciden los intereses eróticos de muchas sin llevar a un colapso de la vida en común. Destaca la entrada «Anactoria» (p.28), amante de Atthis y Safo, donde se emula un canto de la poeta griega que sorprende por su intimidad con los fragmentos sáficos originales. En este canto, Safo se conjuga con otra amante de su amada, enuncia el anhelo erótico a través de una triangulación que no es destructiva sino productiva:
«Anactoria, a quien ambas amamos, Atthis, / habita ahora en la lejana Sardes, / pero dice que recuerda / los días en que vivíamos juntas, cuando ella te amaba / como si fueras una diosa / y se complacía con tus cantos. / Ella brilla ahora entre las lidias / como a la caída del sol, Selene, la de rosados dedos, / eclipsando a todas las estrellas, vierte / su luz sobre la sal de los mares y sobre los campos mil veces en flor.
/ Entonces el rocío expande en gotas su belleza, / entonces crecen las rosas, / las delicadas hierbas, las flores del melitoto. / Pero ella, errando sin cesar, / recuerda a la tierna Atthis, y, en su pecho / sediento de deseo, el corazón ensordece de pena, / entonces nos llama y nos invita a venir, / y nosotras dos lo sabemos, / la noche de mil oídos nos lo canta a través de la mar». (2023, pp.28-29)
«Nosotras dos lo sabemos», la voz de la poeta se conjuga con la amante de la amada, Atthis, en un nosotras que la reconoce como sensible y vulnerable, unida por la embestida de eros a Anactoria que también la desea. Referenciando el estilo y los contenidos de los versos sáficos, Wittig y Zeig desarrollan con profundidad conmovedora los indicios de la ética erótica sáfica localizables en la obra original. El poema consigue verbalizar una estructura poliamorosa donde la comunidad de amantes es un sujeto múltiple que se enuncia en la voz singular que escribe. Safo, como creadora, se muestra con «el corazón sosegado» y desde ahí es capaz de cantar a la vez el anhelo en el deseo y la coexistencia temporal de amantes afectadas eróticamente entre sí. Fuera de la agenda heterorreal, los tiempos del amor conviven. No hay exclusión ni oposición en su gramática relacional, hay contemporaneidad a la vez que distancia, sincronía a la vez que diacronía, afinidad a la vez que diferencia. Safo, antepasada y brújula de los pueblos lesbianos, practica el amor con una ética de las amantes, se ocupa de cantar y honrar a quienes conviven y aman.
Civilización y represión: La ciudad como captura
Los pueblos de amantes que desean se muestran como comunidades que existen al margen de la explotación y la racionalización de la potencia erótica dentro del sistema heterosexual, que dirige esa potencia hacia fines productivos y reproductivos en la organización ideal de la pareja monógama. La figuración de cuerpo amante que nos entregan Zeig y Wittig puede imaginarse entonces como una subjetividad encarnada que emergiera al margen de las tensiones del triángulo edípico, y cuyo conflicto histórico no estuviera recluido en un conflicto de clase entre géneros. El Borrador fantasea una lucha de emancipación no capturada por la diferencia sexual ni la hegemonía de un género sobre el otro. Los cuerpos amantes de los pueblos lesbianos no están capturados en la lucha por la igualdad de género sino que su campo de transformación política se abre radicalmente a una pregunta por los modos de vida, una crítica a la lógica del asentamiento y a la propiedad privada.
A lo largo del libro vemos cómo el destino de la práctica revolucionaria de las amantes está orientado a la abolición de las barreras geográficas y a una ecosofía de la interdependencia y la cohabitación. Los movimientos sociales y debates feministas contemporáneos a la escritura de este libro, y de los que Monique Wittig formó parte, quedan reflejados en sus debates más arriesgados y en sus potencias transformadoras más allá de su secuestro heteropatriarcal en la lucha por los derechos de las mujeres.
La crítica histórica materialista que se desarrolla a través de las figuraciones del Borrador sitúa fuera de la ciudad la posibilidad radical de una práctica vital de amantes. En el libro, la ciudad queda retratada como espacio represivo de acumulación y de ahogo de la pulsión vital. Errante en tensión con la estructura civilizatoria de la ciudad, la amazona es la figuración privilegiada de la amante lesbiana. Pobladoras de la tierra en un tiempo previo a la imposición del trabajo como forma de explotación (edad de oro) vivieron juntas y conocieron el juego y el amor en el jardín terrestre.
El Borrador ofrece un relato fuera y dentro de la historia conocida. Una característica de su construcción figurativa es que en el texto no registra una producción de subjetividad masculina complementaria u opuesta a la de las amazonas. Esto ocurre porque Wittig suspende la propia matriz simbólica heterosexual que vuelve pensable la oposición hombre/mujer. Podemos decir que el conflicto que agita el pensamiento político de la obra se da entre modos distintos de organizar la vida: las prácticas vitales relacionales de las amazonas y las de las madres. Estas son divergentes en su relación con el deseo, la reproducción, el territorio y la comunidad, y se muestran tensionadas por lógicas distintas de asentamiento, filiación y poder. La amazona, a través de comportamientos de acumulación y sedentarismo puede devenir madre, pero originalmente encarna una forma de coexistencia sostenida por la alianza entre amantes.
En la figuración especulativa de Wittig y Zeig, las llamadas madres establecieron la dominación a través del asentamiento y la acumulación, formando ciudades, y minorizando el sentido originario y compartido de “amazona”, dándole al término el sentido inferior de «hija, eternamente niña, inmadura, aquella-que-no-asume-su-destino» (p.26). Las madres acusan a las amazonas de no organizar su potencia vital y su producción cultural en torno al destino reproductivo, así es que las amazonas sufren el destierro de las ciudades de las madres, deviniendo subjetividades combativas y con conciencia revolucionaria por el restablecimiento de una armonía perdida.
La fabulación de Zeig y Wittig posibilita la producción de otros imaginarios y sentidos de reorganización de la vida frente a la aparente inevitabilidad del mundo heterocapitalista. La figuración de la amazona, que encarna la perseverancia del deseo no capturable, se muestra a menudo sosteniendo un arco, como una media luna, y combatiendo al costado de otra amante (p.32). En los peores periodos históricos que fabula el relato, las amazonas están intensamente vinculadas a la lucha y la ruptura violenta. Por su amor a la libertad y su insubordinación, cuenta el Borrador que algunas amazonas capturadas usaban la serpiente áspid contra sus pechos para darse muerte con el veneno.